Edición n° 2738 . 21/05/2024

VIDA EN LAS RUINAS CAPITALISTAS

FRAGMENTO DE «LOS HONGOS DEL FIN DEL MUNDO»

Guiada por una curiosidad radical, Anna Tsing sigue los rastros de los matsutakes, una especie de hongo muy particular considerada un manjar gastronómico en Japón, que brota en paisajes alterados por la acción humana y ayuda a los bosques a regenerarse. La antropóloga feminista viaja por los tejidos del capitalismo fragmentario en una aventura poética entre recolectores, transportistas, esporas fúngicas, pinos y robles. «Los hongos del fin del mundo» (Caja Negra) es una etnografía de la acumulación salvaje: devela la trama global, política y ecológica donde se hilvana la supervivencia colectiva.

Por: Anna Lowenhaupt Tsing/Arte: María Elizagaray Estrada/

Las huellas de los hongos son escurridizas y enigmáticas; seguirlas me lleva a hacer un viaje desenfrenado, traspasando todos los límites. Las cosas se vuelven aún más extrañas cuando abandono el ámbito del comercio para entrar en el “enmarañado ribazo” darwiniano poblado de múltiples formas de vida. Aquí la biología que creíamos conocer se vuelve del revés. La interrelación rompe categorías y derriba identidades. 

Estrictamente hablando, el matsutake es el cuerpo fructífero –o esporocarpo– de un hongo. Los hongos son diversos y a menudo flexibles, y viven en muchos lugares diversos, desde las corrientes oceánicas hasta las uñas de los pies. No obstante, gran parte de ellos viven en el suelo, donde sus filamentos, llamados hifas, se extienden en forma de abanico y se enredan formando una especie de cuerdas bajo tierra. Si pudiéramos hacer que el suelo se volviera líquido y transparente, y nos introdujéramos en su interior, nos veríamos rodeados de auténticas redes de hifas fúngicas. Bastaría seguir a los hongos hacia esa ciudad subterránea para descubrir los extraños y variados placeres de la vida interespecífica. 

Mucha gente cree que los hongos son plantas, pero en realidad están más cerca de los animales. Los hongos no se alimentan con la luz del sol como las plantas, sino que, al igual que los animales, necesitan encontrar algo que comer. Sin embargo, la ingesta de los hongos suele ser generosa, puesto que crea mundos para los demás. Ello se debe al hecho de que los hongos tienen una digestión extracelular: excretan ácidos digestivos fuera de su cuerpo para descomponer sus alimentos en nutrientes. Es como si hubieran expulsado su estómago, digiriendo la comida fuera en lugar de en el interior de su cuerpo. Luego los nutrientes son absorbidos en sus células, lo que permite crecer al cuerpo fúngico, pero también a los organismos de otras especies. La razón por la que las plantas crecen en tierra seca (en lugar de limitarse a hacerlo en agua) es que a lo largo de la historia de la Tierra los hongos han estado digiriendo rocas, poniendo así a disposición de las plantas los nutrientes que estas necesitan. Los hongos (junto con las bacterias) crearon el suelo en el que crecen las plantas. Además, los hongos también digieren la madera; de no ser así, los árboles muertos se amontonarían en el bosque para siempre. Los hongos los descomponen en nutrientes que pueden reciclarse para crear nueva vida. Así pues, los hongos son constructores de mundos, configurando entornos para sí mismos y para otros. 

Algunos hongos han aprendido a vivir en asociación íntima con las plantas, y, con tal de que transcurra el tiempo suficiente para adaptarse a las relaciones interespecíficas de un determinado lugar, de hecho, la mayoría de las plantas establecen asociaciones simbióticas con hongos. Los hongos endófitos y endomicorrícicos viven dentro de especies vegetales. Muchos de ellos carecen de cuerpos fructíferos: renunciaron al sexo hace millones de años. Es probable que nunca veamos este tipo de hongos a menos que examinemos el interior de las plantas con un microscopio, pero la mayoría de las plantas están abarrotadas de ellos. Por su parte, los hongos ectomicorrícicos envuelven las raíces de las plantas al tiempo que penetran entre sus células. Muchos de los hongos más apreciados en todo el mundo –como el boleto, el rebozuelo, la trufa y, de hecho, el propio matsutake– son los cuerpos fructíferos de simbiosis vegetales ectomicorrizas. Resultan tan deliciosos, y tan difíciles de manipular para los humanos, justamente porque prosperan en asociación con árboles anfitriones. Únicamente viven gracias a sus relaciones interespecíficas. 

El término micorriza se formó a partir de las palabras griegas mycos, “hongo”, y rhizos, “raíz”; en las simbiosis micorrizas los hongos y las raíces de las plantas se interrelacionan íntimamente. Ni el hongo ni la planta pueden prosperar el uno sin la actividad del otro. Desde la perspectiva del hongo, el objetivo es conseguir una buena comida. El hongo extiende su cuerpo por el interior de las raíces de la planta anfitriona para extraer parte de sus carbohidratos mediante unas estructuras especializadas, forjadas en el encuentro. Los hongos dependen de ese alimento, pero no son del todo egoístas, ya que a su vez estimulan el crecimiento de las plantas, en primer lugar, obteniendo más agua para ellas y, luego, poniendo a su disposición los nutrientes de la digestión extracelular. Las plantas obtienen así fósforo, nitrógeno, potasio, calcio y otros minerales a través de las micorrizas. Para la investigadora Lisa Curran, si los bosques existen, es únicamente gracias a los hongos ectomicorrizos. Apoyándose en sus compañeros fúngicos, los árboles crecen fuertes y numerosos, formando bosques.

Estos beneficios mutuos no se traducen en una perfecta armonía. A veces el hongo parasita la raíz en una determinada fase de su ciclo vital; o, si la planta dispone de muchos nutrientes, también es posible que rechace al hongo. Un hongo micorrícico sin una planta colaboradora morirá. Pero muchas simbiosis ectomicorrizas no se limitan a una mera colaboración: el hongo forma una auténtica red entre plantas. En un bosque, los hongos conectan no solo árboles de la misma especie, sino a menudo muchas especies diversas. Si cubrimos un árbol del bosque, privando a sus hojas de luz y, por lo tanto, de alimento, sus micorrizas asociadas pueden alimentarlo con los carbohidratos de otros árboles de la red. Algunos estudiosos comparan las redes de micorrizas con Internet, e incluso se ha acuñado el término wood wide web para definirlas. Las micorrizas forman una infraestructura de interconexión entre especies que transmite información a través del bosque. También poseen algunas de las características de una red viaria: los microorganismos del suelo, que de otro modo permanecerían siempre en el mismo sitio, pueden viajar a través de los canales y enlaces que proporcionan las interconexiones de las micorrizas. Algunos son muy importantes para la recuperación medioambiental. Así, pues, las redes de micorrizas permiten que los bosques reaccionen a las amenazas.

¿Por qué esta labor de construcción de mundos de los hongos ha sido objeto de tan poca apreciación? En parte, ello se debe a la imposibilidad de meterse bajo tierra para contemplar la asombrosa arquitectura de esa  ciudad subterránea. Pero también se debe a que hasta hace muy poco mucha gente, quizás especialmente los científicos, imaginaba la vida como una cuestión de reproducción especie por especie. En esa cosmovisión las interacciones más importantes entre especies eran las relaciones entre depredador y presa, donde la interacción implicaba eliminarse uno a otro. Las relaciones mutualistas constituían interesantes anomalías, pero no eran necesarias para entender la vida. Esta surgía de la autorreplicación de cada especie, que afrontaba sus propios desafíos evolutivos y medioambientales por sí sola. Ninguna especie necesitaba a otra para mantener su vitalidad, sino que se organizaba por sí misma. Pero toda esta fanfarria de autocreación sofocaba las historias relativas a la ciudad subterránea; para recuperarlas, hay que reconsiderar la mencionada cosmovisión “especie por especie”, así como las nuevas evidencias que han empezado a transformarla.

Cuando Charles Darwin propuso su teoría de la evolución a través de la selección natural, en el siglo XIX, no tenía ninguna explicación para la heredabilidad. Solo la recuperación en 1900 del trabajo de Gregor Mendel en materia de genética postuló un mecanismo mediante el cual la selección natural podría producir sus efectos. En el siglo XX, los biólogos combinaron la genética y la evolución, dando origen a la denominada “síntesis moderna”, un potente relato acerca de cómo surgen las diversas especies a través de la diferenciación genética. El descubrimiento a comienzos del siglo XX de los cromosomas, unas estructuras que se hallan en el interior de las células y transmiten información genética, contribuyó a hacer palpable este relato. Dichos cromosomas contenían las unidades de la herencia: los genes. En los vertebrados que se reproducen sexualmente se encontró un tipo especial de “células germinales”, que son las que conservan los cromosomas que dan origen a la generación siguiente (los espermatozoides y los óvulos humanos son células germinales). Los cambios producidos en el resto del cuerpo, incluidos los cambios genéticos, no deberían transmitirse a la descendencia en tanto no afecten a los cromosomas de las células germinales. Así, la autorreplicación de la especie estaría protegida de las vicisitudes de los encuentros e historias ecológicas. Mientras las células germinales no se vieran afectadas, el organismo se reharía a sí mismo, prolongando la continuidad de la especie.

Este es el núcleo del relato de la autocreación de las especies: la reproducción de las especies es autónoma, autoorganizada e independiente de la historia. Denominar a esto “síntesis moderna” resulta bastante acertado en relación con los aspectos de la modernidad que antes hemos analizado en términos de escalabilidad. Los organismos autorreplicantes representan el modelo del tipo de naturaleza que la destreza técnica puede controlar: son modernos. Resultan intercambiables entre sí, puesto que su variabilidad se ve limitada por su autocreación. Por lo tanto, también son escalables. Los rasgos hereditarios se expresan en múltiples escalas: células, órganos, organismos, poblaciones de individuos que se cruzan entre sí, y, por supuesto, la propia especie. Cada una de esas escalas constituye una expresión ulterior de herencia genética autosuficiente y, por lo tanto, en conjunto, resultan netamente jerárquicas y escalables. Mientras todas ellas sean expresiones de los mismos rasgos, la investigación puede moverse de un lado a otro a lo largo de esas escalas sin la menor fricción. Pero los excesos de este paradigma llevaron a la aparición de algunos indicios de inminentes problemas: cuando los investigadores interpretaron literalmente la escalabilidad, produjeron nuevas y extravagantes historias en las que los genes eran los responsables de todo. Se postuló la existencia de genes de la criminalidad y de la creatividad, que se deslizaban libremente entre las distintas escalas desde el cromosoma hasta el mundo social. El “gen egoísta”, responsable de  la evolución, no requería de colaboradores. En esta concepción, la vida escalable plasmaba la herencia genética en una modernidad autosuficiente y autorreplicante; en la práctica, la “jaula de hierro” de Max Weber.

El descubrimiento de las propiedades de estabilidad y autorreplicación del ADN en la década de 1950 fue la joya de la corona de la síntesis moderna; pero también marcó el principio del fin para esta. El ADN, con sus proteínas asociadas, es el material constitutivo de los cromosomas. La estructura química de sus hebras en forma de doble hélice es a la vez estable y, sorprendentemente, capaz de replicarse exactamente en una hebra de nueva construcción. ¡Qué modelo de reproducción autónoma! La replicación del ADN resultaba fascinante; de hecho, pasó a convertirse en un ícono de la propia ciencia moderna, que requiere la replicación de resultados y, en consecuencia, necesita objetos de investigación que resulten estables e intercambiables en diversas repeticiones experimentales, es decir, carentes de historia. Los resultados de la replicación del ADN se pueden detectar en cada una de las escalas biológicas: proteína, célula, órgano, organismo, población y especie. La escalabilidad biológica se dotó, entonces, de un mecanismo, reforzando así la concepción de la vida rigurosamente moderna; una vida regida por la expresión génica y aislada de la historia.

Pero la investigación del ADN nos ha llevado por caminos inesperados. Consideremos, por ejemplo, la trayectoria de la biología evolutiva del desarrollo. Este campo fue uno de los muchos que surgieron a partir de la revolución del ADN; estudia la mutación y la expresión genéticas en el desarrollo de los organismos, así como las implicaciones de ello para la especiación. Sin embargo, al estudiar el desarrollo, los investigadores no pudieron eludir la historia de los encuentros entre un organismo y su entorno. Entablaron, pues, conversación con los ecólogos, y de repente se dieron cuenta de que tenían evidencias de un tipo de evolución que la síntesis moderna no había previsto. En contraste con lo que propugnaba la ortodoxia moderna, descubrieron que muchos tipos de efectos ambientales podrían transmitirse a la descendencia a través de toda una serie de mecanismos diversos, algunos de los cuales afectaban a la expresión génica, mientras que otros influían en la frecuencia de las mutaciones o el predominio de formas varietales.

Uno de sus hallazgos más sorprendentes fue que muchos organismos se desarrollan únicamente mediante la interacción con otras especies. El pequeño calamar hawaiano (Euprymna scolopes) se ha convertido en un modelo para explicar este proceso. Esta especie de calamar es conocida por poseer un órgano luminiscente que le permite imitar la luz de la Luna, ocultando así su sombra a los depredadores. Pero sus crías solo desarrollan este órgano si entran en contacto con una especie concreta de bacteria, Vibrio fischeri. Los calamares no nacen con esa bacteria: deben encontrarla en el mar. Sin ella, el órgano luminiscente no llega a desarrollarse nunca. Pero puede que el lector crea que los órganos luminiscentes son superfluos. Consideremos entonces el caso de la avispa parasitaria Asobara tabida: las hembras son completamente incapaces de producir huevos sin las bacterias del género Wolbachia; o el de las larvas de la mariposa hormiguera de lunares (Maculinea arion), que no pueden sobrevivir si no son adoptadas por una colonia de hormigas. Incluso nosotros, los humanos orgullosamente independientes, somos incapaces de digerir nuestros alimentos sin ayuda de bacterias, que penetran en nuestro organismo en el momento en que nos asomamos al mundo a través del canal de parto. El 90% de las células del cuerpo humano son bacterias. No podemos prescindir de ellas.

Como escriben el biólogo Scott Gilbert y sus colegas: “Posiblemente casi todo el desarrollo sea un codesarrollo. Por codesarrollo entendemos la capacidad de las células de una especie de contribuir a la construcción normal del organismo de otra especie”. Este concepto transforma la unidad de la evolución. Algunos biólogos han empezado a hablar de la “teoría hologenómica de la evolución”, alu- diendo con ello al complejo de los organismos y sus simbiontes como una unidad evolutiva: el “holobionte”. Por ejemplo, han encontrado que las asociaciones entre determinadas bacterias concretas y la mosca de la fruta influyen en las opciones de apareamiento de esta última, configurando así el camino hacia el desarrollo de una nueva especie. Para resaltar la importancia del desarrollo, Gilbert y sus colegas utilizan el término “simbiopoiesis”, esto es, el codesarrollo del holobionte. El término contrasta sus hallazgos con el enfoque anterior de la vida como una serie de sistemas internamente autoorganizados producidos a sí mismos mediante “autopoiesis”. “Cada vez más –escriben–, la simbiosis parece ser la ‘regla’ y no la excepción […]. Puede que la naturaleza seleccione ‘relaciones’ antes que individuos o genomas”.

Las relaciones interespecíficas devuelven la evolución al ámbito de la historia en cuanto que dependen de las contingencias del encuentro. No constituyen un sistema de autorreplicación interna. Lejos de ello, los encuentros entre especies son siempre acontecimientos, “cosas que pasan”, las unidades de la historia. Los acontecimientos pueden llevar a situaciones relativamente estables, pero no se puede contar con ellos como con las unidades autorreplicantes, ya que dependen siempre de la contin- gencia y del tiempo. La historia desbarata la escalabilidad. La única forma de crear escalabilidad es reprimir el cambio y el encuentro. Si estos no pueden reprimirse, hay que repensar por completo la relación entre las distintas escalas. Cuando los conservacionistas británicos intentaron salvar la mariposa hormiguera de lunares –que ya hemos mencionado antes–, no podían partir de la base de que bastaba una población de apareamiento para reproducir la especie por sí sola, por más que, según la síntesis moderna, las poblaciones se formen a partir de individuos, formados a su vez por genes; no podían prescindir de las hormigas que las larvas necesitan para sobrevivir. En otras palabras: las hormigueras de lunares no constituyen un efecto escalable  del  ADN de  las  mariposas, sino,  por el contrario, el escenario no escalable de un encuentro interespecífico. Esto representa un problema para la síntesis moderna, ya que desde comienzos del siglo XX la genética de poblaciones ha sido la piedra angular de una evolución carente de historia. ¿Habría que dejar de lado la ciencia de poblaciones para posibilitar el surgimiento de una ecología histórica multiespecífica? ¿Y podría basarse esta última en las artes de la observación de las que aquí hemos hablado?

La reintroducción de la historia en el pensamiento evolutivo se ha iniciado ya en otras escalas biológicas. La célula, ataño el emblema de las unidades replicables, ha resultado ser el producto histórico de una simbiosis entre bacterias que vivían aisladas. Hasta el ADN tiene más historia de la que se creía en sus secuencias de aminoácidos. El ADN humano es en parte virus, de modo que hay una serie de encuentros virales que señalan determinados momentos históricos en nuestro proceso de hacernos humanos. La investigación del genoma ha asumido el reto de identificar los encuentros que intervienen en la creación del ADN. La ciencia de poblaciones no podrá evitar la historia por mucho más tiempo.

Los hongos constituyen una guía ideal, ya que siempre se han mostrado renuentes a dejarse encerrar en la jaula de hierro de la autorreplicación. Al igual que las bacterias, algunos son dados a intercambiar genes en encuentros no reproductivos (lo que se conoce como “transferencia genética horizontal”); muchos parecen reacios asimismo a mantener su material genético clasificado en forma de “individuos” y “especies”, por no hablar de “poblaciones”. Cuando los investigadores estudiaron los cuer- pos fructíferos de lo que consideraban una sola especie, el llamado “hongo oruga” (Ophiocordyceps sinensis; un hongo que alcanza un elevado precio en el mercado), se encontraron con que en realidad se trataba de múltiples especies interrelacionadas. Asimismo, al examinar los filamentos del hongo de miel (o Armillaria, un hongo que pudre las raíces de los árboles), encontraron una serie de mosaicos genéticos que hacían confusa la identificación de un determinado individuo concreto. Paralelamente, los hongos son famosos por sus asociaciones simbióticas. Los líquenes, por ejemplo, son hongos que conviven con algas y cianobacterias; y ya hemos hablado aquí de las colaboraciones de estos con plantas. Pero los hongos también conviven con animales. Por ejemplo, las termitas Macrotermes solo pueden digerir su alimento con ayuda de hongos. Estas termitas mastican madera, pero no pueden digerirla; en lugar de ello, construyen “jardines de hongos” en los que la madera masticada es digerida por hongos Termitomyces, que producen nutrientes comestibles. El investigador Scott Turner señala que, aunque se podría decir que las termitas crían el hongo, también cabría interpretar que es este el que cría a las termitas. Termitomyces utiliza el medio del termitero para superar a otros hongos, pero, a la vez, el hongo regula el termitero, manteniéndolo abierto, haciendo que broten hongos cada año y creando una perturbación en la construcción del termitero por parte de las termitas que, de hecho, salva a la colonia. 

Aunque a veces nuestro lenguaje metafórico (en este caso, la actividad de “cría” de las termitas) constituye un obstáculo, en otras ocasiones aporta ideas inesperadas. Una de las metáforas más comunes cuando se habla de simbiosis es la de la “externalización”. En este caso podría decirse que las termitas externalizan su digestión en los hongos o, alternativamente, que los hongos externalizan la recolección de alimentos y la construcción de su nicho en las termitas. Comparar los procesos biológicos con las estructuras empresariales contemporáneas entraña muchos errores; demasiados, incluso, para enumerarlos. Pero tal vez haya aquí una idea interesante. Al igual que las cadenas de suministro capitalistas, estas cadenas de relaciones no son escalables. Sus componentes no pueden reducirse a objetos intercambiables autorreplicantes, sean empresas o especies. Lejos de ello, hay que prestar atención a las historias de encuentros que mantienen la cadena. El primer paso necesario es una descripción basada en una perspectiva de historia natural antes que en modelos matemáticos, tal como ocurre en economía. Se impone la curiosidad radical. Quizás un antropólogo, alguien formado en una de las pocas ciencias que aún quedan que valora la observación y la descripción, pueda ser útil en ese sentido.