UNA POLÉMICA ENGAÑOSA: Deuda en pesos vs. deuda en dólares: ¿es lo mismo?

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Por Norberto E. Crovetto (* )

De un tiempo a esta parte se ha producido una controversia que es a la vez económica y política, recuperando, a pesar de algunos de los participantes, el nombre histórico de economía política. 

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La controversia tiene claramente definidas las diferencias. Por un lado, están los que sostienen que todo endeudamiento público es indiferente si se realiza en moneda nacional como en divisas (dólares, euros, yenes, etc.). Y por otra parte están los que opinan que es esencialmente diferente la utilización de moneda nacional versus monedas internacionales.

La argumentación de los primeros es la siguiente: El origen de la deuda pública es consecuencia del déficit fiscal. El pago de esa deuda con sus intereses requiere de un resultado donde los ingresos fiscales sean superiores a sus gastos, es decir requiere de un superávit fiscal, o bien la renovación de los préstamos. Sin embargo, y siguiendo con los que así piensan, el déficit que dio origen a la deuda debe cesar si el Estado no cuenta con más posibilidades para aumentarla (en general, se sostiene, la economía de un país crece y, dentro de ese límite es posible aumentar la deuda pública).  Pero a largo plazo, para este enfoque, es obvio que la recaudación del Estado debe aumentar o bien el gasto debe bajar, si no se mantiene el endeudamiento dentro de los límites enunciados. Desde esta perspectiva, y yendo a la situación de nuestro país, pandemia mediante y constatación fáctica de que el gobierno anterior agotó la capacidad prestable de nuestro país, el Estado se vio obligado a financiar sus gastos mediante préstamos del BCRA (vulgarmente llamada emisión monetaria).

Nuevamente para este enfoque, el resultado es un proceso inflacionario que es un “impuesto” (que califican de los peores) a quienes mantienen “pesos” sin gastarlos en bienes o con una renta menor que la inflación. Esa pérdida se la apropiaría el Estado. Hasta aquí el resumen de los argumentos del pensamiento hegemónico en los organismos internacionales como FMI, Banco Mundial, Banco Europeo, etc.

El segundo enfoque comienza con una crítica del anterior. Parte de una evidencia: para pagar una deuda en divisas, como el Estado no las recauda, no sólo tiene que juntar los pesos sino también transformar esos pesos en dólares. ¿Cómo lo hace? El Tesoro le transfiere los pesos al BCRA y éste transfiere las divisas a los deudores (utilizando el Banco Nación como intermediario). ¿De dónde salen las divisas? Del sector privado que opera en el mercado de cambios. Es decir, el mercado de divisas debe estar o haber estado con una oferta excedente del sector privado. Y este es un punto central: La oferta excedente del sector privado resuelve la demanda del sector público. Entonces son dos problemas y no uno sólo cuando la deuda es en divisas.

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El Estado debe recaudar pesos, es decir apropiarse legalmente de parte del resultado financiero del sector privado o disminuir sus gastos en salarios, inversiones, etc. Es de hacer notar que en ambos casos disminuyen los ingresos del sector privado, que no necesariamente son de sectores sociales diferentes, ello dependerá de la política impositiva. Si es sobre el consumo, la presión impositiva será conforme la distribución del ingreso y por lo tanto proporcionalmente más alta en los menores ingresos. Y si la solución es vía la reducción del gasto público es casi indiferente pues el 80% del gasto público (excluidos los intereses y movimientos financieros) afectará las remuneraciones al personal (de salud, educación, seguridad, etc.). 

El segundo problema es la necesidad de tener un excedente en el mercado de divisas que normalmente se sostiene con mayores exportaciones que importaciones. Por lo tanto, debemos “vender” al mundo más de lo que le “compramos”, más las remesas por dividendos, regalías, etc. de las corporaciones multinacionales y agentes internos que dolarizan sus excedentes. Y así, el mundo debe estar dispuesto a comprar más de lo que nos vende y recibe por remesas. Sólo imaginemos por un momento que vamos a China y le proponemos que nos compre, aunque nosotros no le vayamos a comprar tanto como le vendemos. El resultado no sólo es incierto, sino que obtendremos una segura negativa. Quizás, y es sólo una posibilidad, nos compren más aquellos países que son acreedores o bien tienen filiales productivas a las que les sea conveniente aumentar su saldo exportador (menores costos, fundamentalmente el salario en “dólares”). Así queda demostrado que son dos problemas y no tan sólo uno, y que conceptualmente es un error técnico grosero sumar ambas deudas.

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Sin embargo, resta otra problemática trascendente y que justifica la definición de economía política: los grados de libertad que tiene nuestro país en la formulación y aplicación de su política económica y dentro de ella el espacio fiscal. Una economía en la que su centro de gravedad es la producción de commodities primarios a granel, con baja industrialización y baja generación de empleo (soja y sus derivados, cereales y carne vacuna conforman más del 85% de nuestras exportaciones) y que requiere para funcionar de importaciones industriales que, además de proveer manufacturas, dan empleo. De modo que tanto el uso de la capacidad instalada industrial como el nivel de ocupación de la mano de obra está fuertemente limitado por el resultado del balance de pagos. 

Por su parte, la producción primaria en general sólo está limitada por la capacidad de producción y la productividad de la explotación del recurso natural. No tiene problemas de colocar su producción al precio internacional vigente con independencia del nivel de empleo de nuestra economía. Sólo tendría problemas con el “clima” o con las crisis de los países centrales que afectarán hacia la baja de los precios de los commodities. En consecuencia, la política económica debe tomar en cuenta esos límites estructurales. Cuando hay deuda en divisas se suman las restricciones y entonces las posibilidades de diseñar una política económica se reducen aún más.

La contratación de la deuda con el FMI para devolver los préstamos en dólares de los Fondos de Inversión Multinacionales, por su volumen nos ha dejado sin espacio propio, de modo que la política económica será diseñada desde la sede del FMI en Washington. Y parece un triste remake de los préstamos tomados a partir de la Baring Brothers en la segunda década del siglo XIX, durante el gobierno de Martín Rodríguez y su ministro de Hacienda Bernardino Rivadavia, donde la mayor parte de las libras prestadas fueron usadas para cancelar deuda en libras por importaciones de Gran Bretaña, al igual que los préstamos que continuaron durante ese siglo y el XX. La diferencia con las deudas de este siglo es su origen de negocio puramente financiero, que no salda resultados negativos de la balanza comercial, sino que son la consecuencia de lo que se denomina vulgarmente “bicicleta financiera” de origen externo. Por tanto, no sólo es un error grosero sumar deudas en pesos y en dólares, sino que es, además, una manifestación más de la colonialidad del poder dominante. 

(*) Acerca del autor / Norberto Crovetto

Licenciado en Economía (UBA) profesor de Historia del Pensamiento Económico (UNAJ y UndAv), de Historia del Pensamiento Económico Nacional (UNAJ) y Teoría Económica en América Latina (UndAv, CCC de Historia).