(Por Omar Zanarini[*])
Hay una escena que resume todo. Un atril en Casa Rosada, luces, periodistas con sus libretitas en mano, a la espera de que llegue el turno para indagar al jefe de Gabinete de Ministros. Se escuchan las primeras preguntas. La cara de Manuel Adorni muta entre sonrisas socarronas y cara de piedra. En la pantalla, el cuadro se abre: sentados en primera línea, los funcionarios que acompañaron para mostrar que el jefe de Gabinete, no está sólo. De fondo, su “coach”, el hombre que hace a la narrativa y construye los mitos de gobierno, Santiago Caputo. Llega la pregunta sobre las inconsistencias en su declaración jurada. Adorni responde: “partamos de la base que apenas sos un periodista, no sos un juez” y continua “con mi dinero hago lo que quiero”. Las caras se desfiguran. El coach agacha la cabeza. Con esas declaraciones se desquebraja la narrativa oficial, los ubica en una posición defensiva y, lejos de aclarar, vuelve aún más opaco el aura turbia que rodea a los hermanos Milei. Ya no es posible una defensa política, se torna en una defensa patrimonial. La moral falla, se trastoca, se vuelve inverosímil, y el mito se cae cuando le señalan la luna y responde por el dedo.
Un mero periodista. Jonathan contra Goliat.
La frase rebotó por todos los medios, incluso en aquellos señalados como oficialistas. En las redes sociales fueron lapidarios. De los trolls, ni noticia. Su tiempo ya no es el de la política, sino la de una carrera para salir del centro de la atención; en lo corto del clip, en lo reactivo del meme y, sobre todo, en la vertiginosa actualización de la información, se juega la imagen del presidente Javier Milei, que va en caída[1].
Y es que en un gobierno que hizo de la moral su principal arma política, ver a su “primer general de la batalla cultural”[2] defendiendo privilegios personales es algo más que un error o una mera equivocación, como pretenden instalar desde la narrativa oficial. Es una derrota en el frente que ellos mismos eligieron. Porque si alguien entendió, durante más de dos años, que en la Argentina de Milei el juicio moral es la política, ese era él. Y cuando la moral se convierte en política de Estado, la inconsistencia personal se vuelve, también, una derrota política.
Ah, Foucault. Siempre hubo guerra. No hay metáfora.
En el mileísmo, la política no se concibe como gestión de conflictos sino como guerra, cómo decía el teórico francés, la política no es sino la continuidad de la guerra. Guerra cultural, para decirlo en los términos que el propio oficialismo re elabora de Antonio Gramsci, a quien odian sin duda por comunista. La idea es clara: sin hegemonía cultural no hay poder que se sostenga; sin controlar el sentido común de época, ningún gobierno dura demasiado. Generar un mito de gobierno a partir de épicas narradas como grandes triunfos contra la casta, es lo que lleva a consolidar posiciones hegemónicas que sedimentaron en el sentido común y que hasta el momento resultaron efectivas gracias al papel que jugaron los medios oficialistas y el rol de las “fuerzas del cielo” troleando en las redes sociales.
La derecha libertaria adaptó esa matriz, vía Agustín Laje, que sistematiza en clave militante que la cultura es el verdadero campo de batalla: quien domina los valores dominantes, el lenguaje de la conversación pública y los marcos morales, domina el poder. De ahí el mantra mileísta: no somos la casta, somos distintos, venimos a limpiar.
En esa arquitectura simbólica, Adorni no era un mero vocero administrativo. Era la cara diaria del relato, el que ponía el cuerpo para verbalizar el contraste moral con el “régimen anterior”. De ahí la definición de varios analistas: el general de la batalla cultural. Su autoridad no provenía de una expertise técnica, sino de encarnar discursivamente la diferencia moral.
Guerra Cultural, Guerra Cognitiva o agárrate el bolsillo que viene un libertario.
La Guerra Cultural que nos proponen no es sino la forma en que por estas pampas adquiere la Guerra Cognitiva, y esta es otra dimensión del caso Adorni que permite encuadrar y ejercer una parresia, especialmente desde una perspectiva de la comunicación política.
La disputa por el dominio del entorno informativo, digital, el control de los marcos interpretativos y la capacidad de instalar certezas antes de que el adversario siquiera formule sus dudas definieron desde el inicio la estrategia comunicacional del gobierno, que, bajo la lógica del ataque preventivo, tuvo en Manuel Adorni al vocero de una política basada en afirmar que ellos no eran casta y que los enemigos de la sociedad eran todos aquellos que se oponían a un cambio cultural y a una moralidad otra, que no se encontraba en la Justicia Social sino en el sano entendimiento del sálvese quien pueda. En esa lógica, que revierte aquel otro relato del “nadie se salva sólo”, todo opositor político se homogenizaba el mote de “kuka” o “comunista”, sin importar origen o procedencia partidaria.
Ahora, esta tarea que fue compartida por medios afines —con periodistas devenidos en relacionistas públicos— y por los grupos de tareas digitales o trolls encargados de librar la batalla en redes, le permitió a Adorni ejercer su generalato al pie de la letra: informaba e instalaba narrativas en conferencia de prensa para que luego sus agentes cognitivos las replicaran en plataformas digitales, mientras figuras oficialistas como Luis Majul, Cristina Pérez o Jonathan Viale funcionaban como amplificadores propagandísticos que vendían las políticas de ajuste como parte de una cruzada moral contra la casta, buscando que ese relato impregnara no solo el sentido común, sino también las actitudes y conductas de la población para que se sometiera a ellas.
Lo que otrora podría haberse entendido como una tensión cognitiva, que podía resolverse con la aparición de Milei o Karina reencauzando la narrativa y denunciando fake news o bien una operación y restablecía, de ese modo, el equilibrio entre los propios electores del gobierno, hoy se vuelve una disonancia que resulta difícil poder reencauzar hacia la narrativa oficial. Y es precisamente la disonancia moral la más difícil de contrarrestar, ya que el sesgo de moralidad que construyó el gobierno fue el pilar desde donde sostuvo su narrativa anti-casta. Una vara tan alta y un “error” que estalla frente a las audiencias, supone una caída que resulta imposible flanquear.
Cronos del derrumbe. Un relato de “casta”: el avión, la secretaria y la contradicción perfecta.
El derrumbe empieza con un fin de semana largo de Carnaval. Adorni, su esposa, sus hijos y el periodista Marcelo Grandio se suben en San Fernando a un avión privado rumbo a Punta del Este para alojarse, según el propio Adorni, en la casa de Grandio. A esta altura, es vox populí que Grandio no es un amigo cualquiera: es conductor de la TV Pública y su productora factura al Estado argentino.
Cuando la prensa revela el viaje, las versiones se contradicen en cadena. Grandio primero dice que Adorni pagó; luego que cada uno pagó lo suyo; después afirma que lo pagó Adorni “con plata del Estado”. El piloto, Agustín Issin, en sede judicial, declara que ambos tramos los pagó la empresa de Grandio. La factura de regreso aparece emitida tres semanas más tarde, el mismo día que estalla el escándalo. En eso llaman a declarar a su secretaria del piloto, Vanesa Tossi. Declara lo mismo que el piloto, el vuelo fue pagado por Marcelo Grandio. Éste, mientras aquella declaraba, le envía un mensaje: “Vane ¿estás?”. Mensaje que es interpretado como un apriete a la testigo por parte de Grandio, a quien luego le ponen una perimetral.
A la polémica del jet se suma el viaje a Nueva York. La esposa de Adorni viaja en el avión presidencial con la comitiva oficial. Interpelado, el funcionario lo admite y lo justifica con una frase que condensa toda la lógica, como señaló el diputado Rodolfo Tailhade, parvenu (nuevo rico) del caso: “vine a deslomarme a Nueva York y quería que mi esposa me acompañe”. La escena se torna absurda: el gobierno de la austeridad justificando que la esposa del jefe de Gabinete viaje en avión oficial a un tour con suites de lujo mientras la mayoría no llega a fin de mes.
Una de Star Wars
La trilogía se completa con las propiedades que no estarían declaradas: una casa en Martínez, un country en Exaltación de la Cruz, un departamento en Caballito. Esta última propiedad, supuestamente comprada con la plata donada al jefe de Gabinete, por quienes vendían el inmueble (yo te vendo la casa y te presto la plata para que me la compres). Consultadas las prestamistas por un periodista del diario La Nación, niegan que conozcan a Manuel Adorni y mucho menos que le hayan prestado dinero para que le compren su departamento en Caballito.
No decimos que todo esto es escandaloso porque sería redundante. La cronología cuenta una contra-épica que resuelve la historia como una gran tragedia que sin necesidad de adjetivos permite ver un entramado que vuelve al mito de gobierno en la validación de hechos que no cuadran con la moral como política. Salvo que en este cambio de significante, todo lo malo es bueno y todo lo bueno resulta en casta. De ser así, la moral del gobierno fue siempre la misma. Ya lo decía el presidente Milei, cuando aún era candidato, los héroes en esta trama son los narcos, los fugadores y todos aquellos que roban, no para la corona – eso lo resuelven con políticas de Estado – sino para sí. Y de allí que toda denuncia que evidencie “las torpezas” de sus funcionarios que se “desloman” resulten en un operación.
De flashbacks y fastforward
Y como si la vida tuviera sentido del montaje, reaparece un video de archivo: agosto de 2024, el mismo Adorni, en el mismo atril, anunciando un decreto que prohíbe el uso de aviones del Estado para fines privados. Y nuevamente, un año después, anuncian un endurecimiento de las penas por corrupción para luego – es decir esta semana – anunciar que se endurecerán todas las penas por delitos comunes, pero no para los casos de corrupción. Austeridad filmada, recortada, convertida en meme. El guion se escribe solo. Aunque dejamos el final abierto porque estamos en Argentina, donde los buenos son malos y los malos son los héroes.
Crisis de Credibilidad y daño reputacional: la relatividad del dato objetivo
Las recientes mediciones de imagen y opinión dan cuenta que los hechos que van saliendo a la luz embisten directamente en la narrativa anti casta construyó el gobierno de Javier Milei. Si bien hubo un blindaje mediático que absorbió los embistes simbólicos de las denuncias contra el gobierno, ganaron tiempo: volvieron a tener iniciativa en redes, los periodistas oficialistas se encuadraron con el gobierno y tanto a las filtraciones de Spagnuolo sobre el pedido de coimas del 3% en la Agencia de Discapacidad (ANDIS) para “el jefe”, Karina Milei, como la estafa Libra, quedaron por un tiempo en stand by.
Aunque ésta última vuelve a navegar las agendas periodísticas por los avances en la causa, en marzo se devaluó aún más la imagen del gobierno, producto de la inflación de los casos de corrupción que van saliendo a la agenda pública. Pero en la centralidad de la escena, Adorni aparece como la maquinita que imprime los billetes de la moral que deprecia la credibilidad del gobierno nacional y aumenta la desconfianza en quienes llegaron al poder para combatir a la casta. [3].
Pero más allá del dato numérico, como diría Jauretche, en la constatación personal también resulta coincidente. Basta con que uno salga a la calle a preguntarle a cualquier cristiano qué opinión les merece el gobierno que la cosa se cuenta sola.
No obstante, lo cual.
Hasta el cierre del presente artículo, Manuel Adorni continuaba en funciones. El presidente y “el jefe” ya coleccionan selfies y declaraciones de apoyo público para con el general de los galones gastados, al deslomado por la Batalla Cultural aún no le pican el boleto. Pero no todo esfuerzo vale la pena, y es que desde la comunicación política, y el sentido común sobre el cual ellos mismos batallaron, ya no es sostenible la narrativa moral como política de Estado: las pruebas que se acumulan en contra, del vocero y jefe de gabinete, ante la justicia se convierten en un lastre que acompaña el derrumbe de la ya deteriorada imagen del gobierno. FIN.
[1] La consultora AtlasIntel, en un sondeo realizado entre el 20 y el 24 de marzo para Bloomberg News, midió la aprobación de Milei en 36,4% —su piso histórico desde que asumió—, con una desaprobación que trepó al 62%. Hugo Haime & Asociados confirmó la tendencia: 37% de aprobación, también el nivel más bajo de toda la gestión. Pulso Research marcó 37,2% con una caída de siete puntos respecto al mes anterior.
[2] En una entrevista con el diario Tiempo Argentino, el consultor Zurban Córdoba caracterizaba a Manuel Adorni como el “general más importante de Milei en la batalla cultural”: https://www.tiempoar.com.ar/ta_article/general-batalla-cultural-escorado/
[3] Según la encuesta de OK Media: el 73,6% de los argentinos quería la renuncia de Adorni. El 61,3% consideró que el caso perjudica la imagen de Milei. Y lo más revelador: dentro del propio electorado oficialista, el 30,3% creía que Adorni debería irse.
[*] Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA), trabajador docente e investigador de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad de Avellaneda. Co-titular del seminario de Comunicación, Geopolítica y Guerra Psicológica, y titular de Seminario TIF de Comunicación Política y Fake News (UBA). Autor y compilador del libro Infodemia (CICCUS). Integrante de la Mutual Manuel Baldomero Ugarte.