Edición n° 2648 . 21/02/2024

Ucrania: el regreso de la propaganda de guerra

por Thierry Meyssan

Interrumpiendo su serie de crónicas sobre el grave conflicto entre Estados Unidos ‎y Rusia, Thierry Meyssan aborda el tema de las mentiras que están siendo divulgadas en el marco ‎de la propaganda de guerra.‎

ndignada ante la guerra en Ucrania, la opinión pública occidental se moviliza para ayudar a ‎los ucranianos que huyen de su país. Los occidentales consideran evidente que el dictador Putin ‎no soporta la nueva democracia ucraniana. ‎

Como en guerras anteriores, otra vez nos dicen que “los otros” son “los malos” y que nosotros ‎‎–en Occidente– somos “los buenos”. ‎

Pero en Occidente la gente se deja engañar por la propaganda de guerra sólo porque ‎olvida lo que ya ha sucedido, lo que ya ha visto antes en los conflictos anteriores y porque de Ucrania no sabe ‎absolutamente nada.‎

Por eso, tenemos que partir de cero. ‎

‎¿QUIÉN EMPEZÓ?‎

El Batallón Azov: el polémico grupo paramilitar nazi integrado en las  Fuerzas Armadas de Ucrania - NIUS

Como cuando los niños llegan a las manos en el patio de una escuela tendríamos que ‎preguntarnos quién comenzó la riña. Pero de eso no hay fotos. Hace 8 años, Estados Unidos ‎organizó un cambio de régimen en Kiev con la cooperación de grupúsculos armados. ‎

Los miembros de esos grupúsculos dicen ser «nacionalistas», pero no en el sentido que damos ‎a esa palabra en Occidente. Los «nacionalistas» ucranianos dicen ser ucranianos “verdaderos”, de origen escandinavo o ‎protogermánico, y no eslavos como los rusos. Enarbolan las ideas de Stepan Bandera (1909-1959) ‎‎ [1], el jefe de los colaboradores ucranianos de los nazis –algunos ‎franceses lo considerarían el Philippe Petain de los ucranianos, pero Bandera es más bien el equivalente de ‎Joseph Darnand, el ministro del Interior del régimen colaboracionista de Vichy, fundador de la ‎Milicia Francesa, que fue posteriormente incorporada a la división Charlemagne de las Waffen SS. ‎Los ucranianos que siempre se han considerado tanto de origen escandinavo y protogermánico ‎como de origen eslavo llaman naturalmente a esos grupúsculos «neonazis».‎

En un país como Francia, la palabra «nazi» es un insulto que suele utilizarse a la ligera. Pero, ‎históricamente, los nazis constituyeron un movimiento que defendía una visión racial de ‎la humanidad para justificar la existencia de los imperios coloniales. Según esa visión del mundo, ‎los hombres pertenecen a «razas» diferentes –hoy se diría más bien a «especies» diferentes. ‎Por consiguiente, los hombres y mujeres de «razas» diferentes no pueden procrear, como los ‎asnos y los caballos, cuyo cruce da como resultado los mulos o mulas, generalmente estériles. ‎Es por eso que los nazis prohibían los matrimonios interraciales. Seguían una lógica según ‎la cual si somos de razas diferentes, ciertas razas son superiores a las otras, lo cual “explica” la ‎dominación occidental sobre los pueblos colonizados. En los años 1930, esa ideología era ‎considerada una «ciencia» y se enseñaba en las universidades, sobre todo en Estados Unidos, ‎en los países escandinavos y en Alemania. Importantes científicos defendían esa «ciencia». ‎Por ejemplo, Konrad Lorenz (Premio Nobel de Medecina en 1973) fue un fervoroso nazi y escribió ‎que, para preservar la raza, había que extirpar de la masa a los homosexuales, como un cirujano ‎que elimina un tumor, para impedir que mezclaran su patrimonio genético con el de otras razas. ‎

Aquellos científicos eran tan serios como los que hace poco nos anunciaban el apocalipsis con la ‎epidemia de Covid-19. Eran considerados “científicos” pero sus conclusiones y objetivos ‎no eran razonables. ‎

La Rusia moderna se construyó en el recuerdo de lo que los rusos llaman «la Gran Guerra ‎Patria», eso que los occidentales llaman la «Segunda Guerra Mundial». Ese conflicto no tiene ‎para los rusos el mismo sentido que para las naciones de Occidente. Veamos por qué. ‎

En un país como Francia, aunque fue ocupado por los nazis, la guerra duró sólo meses y, ‎rápidamente, los franceses creyeron en la victoria nazi y optaron por la colaboración. A partir ‎de 1940, los franceses vieron como los nazis y el régimen de Vichy, encabezado por Philippe ‎Petain, arrestaban a 66 000 personas, generalmente por «terrorismo», o sea por participar en ‎la Resistencia contra la ocupación nazi. Después, a partir de 1942, los franceses asistieron al ‎arresto de 76 000 judíos y a su deportación hacia el este –en realidad eran enviados a los ‎campos de concentración– porque eran una «raza inferior». ‎

Pero en la Unión Soviética, los nazis no arrestaron a nadie porque su objetivo allí era exterminar ‎o esclavizar a todos los eslavos en un plazo de 30 años para “limpiar” el «espacio vital» donde ‎construirían el nuevo imperio colonial previsto en su Generalplan Ost. Por eso la URSS tuvo que lamentar la ‎muerte de 27 millones de personas. ‎

Conclusión: En la memoria colectiva rusa, los nazis son un peligro existencial. Para ‎los occidentales no. ‎

Los que llegaron al poder en Kiev a raíz del putsch de la Plaza Maidan no se declararon «nazis» ‎sino «nacionalistas»… como Stepan Bandera, quien tampoco se proclamaba «nazi» sino ‎‎«nacionalista» pero participaba en el exterminio de eslavos y judíos. El nuevo régimen de Kiev ‎calificó al presidente derrocado de «prorruso», lo cual de hecho era falso, y prohibieron todo ‎lo relacionado con la cultura eslava, principalmente la lengua rusa. ‎

Los ucranianos son mayoritariamente bilingües, hablan tanto ruso como ucraniano, y el nuevo ‎régimen prohibió a la mitad de la población hablar su lengua en los centros de enseñanza y en la ‎administración. La población del Donbass, con gran cantidad de rusoparlantes, se sublevó. Pero ‎también se sublevó la minoría de lengua húngara, que recibía la enseñanza en su propio idioma y ‎que, por cierto, contó con el apoyo oficial de Hungría. Los ucranianos del Donbass exigieron que ‎los distritos de Donetsk y Lugansk pudieran disponer de un estatus de autonomía que ‎les permitiera hablar y enseñar su idioma (el ruso). Esos espacios administrativos (llamados ‎‎oblast) se proclamaron repúblicas, lo cual no significaba que quisieran la independencia, sólo ‎estaban reclamando autonomía administrativa, como las antiguas repúblicas de la Unión Soviética o… la actual República de California en ‎Estados Unidos. ‎

En 2014, el entonces presidente de Francia, Francois Hollande, y la canciller alemana Angela ‎Merkel sentaron al nuevo régimen de Kiev a la mesa con los representantes del Donbass y ‎negociaron los acuerdos de Minsk. Francia, Alemania y Rusia son garantes de la aplicación de esos ‎acuerdos. ‎

Kiev siempre se negó a aplicar los Acuerdos de Minsk, a pesar de que los había firmado. En vez ‎aplicarlos, Kiev armó milicias «nacionalistas» y las envió a los límites del Donbass ‎para que desahogaran allí su odio contra las poblaciones de origen ruso. Así que todos los extremistas ‎occidentales pasaron por el Donbass para hacer prácticas de «tiro al ruso». Según Kiev, esos ‎paramilitares eran 102 000 el mes pasado, representan la tercera parte del ejército ucraniano y ‎están integrados a la Defensa Territorial. También según Kiev, otros 66 000 ‎‎«nacionalistas» extranjeros han llegado a Ucrania como refuerzo, de todas partes del mundo, desde el ‎inicio de la operación militar rusa. ‎

En los 8 años transcurridos desde la firma de los Acuerdos de Minsk, los paramilitares ‎‎«nacionalistas» asesinaron 14 000 personas en el Donbass, también según Kiev. Rusia realizó ‎su propia investigación y contabilizó no sólo los muertos sino también los heridos graves. Y ‎encontró 22 000 víctimas. Al abordar el tema, el presidente Putin habló de «genocidio», no en ‎el sentido de la destrucción de un pueblo sino en el sentido jurídico del crimen que se perpetra, ‎por orden de las autoridades, contra un grupo étnico.‎

En este punto las cosas se complican. El gobierno de Kiev no es homogéneo y nadie dio ‎claramente la orden de perpetrar esa masacre. Pero Rusia considera responsables al presidente ‎Petro Porochenko y a su sucesor Volodimir Zelenski. También Francia y Alemania son ‎responsables, como garantes de la aplicación de los Acuerdos de Minsk.

En efecto, así hay que decirlo: Francia y ‎Alemania también son responsables de la masacre. ‎

Pero eso todavía no es todo. El 1º de julio de 2021, el presidente Zelenski –el mismo que ‎armaba a los paramilitares «nacionalistas» y se negaba a aplicar los Acuerdos de Minsk– ‎promulgó la Ley n° 38 sobre los pueblos autóctonos [2]. ‎

Esa ley garantiza a los tártaros y a los judíos caraítas (judíos que no reconocen el Talmud) ‎el ejercicio de sus derechos, como el derecho a hablar su propia lengua, pero no reconoce esos ‎derechos a los eslavos. Los eslavos… no existen, no hay ley que los proteja, son ‎‎Untermenschen, o sea «subhombres» o «subhumanos». ‎

Es la primera vez en 77 años que un país del continente europeo adopta una ley racial. Usted, ‎querido lector, quizás está pensando que hay muchas organizaciones dedicadas a la defensa de ‎los derechos humanos y que esas organizaciones seguramente protestaron. ¡No! Eso no sucedió. ‎Hubo un gran silencio. Bueno, en realidad no todo fue silencio porque el “filósofo” francés ‎Bernard-Henri Levy aplaudió esa ley.‎

Este es Dimitro Yarosh. Detrás de él puede verse la bandera negra y roja, ‎con el Tridente ucraniano, que enarbolaba el “nacionalista” Stepan Bandera. Dimitro Yarosh es ‎un agente de las redes secretas “stay-behind” de la OTAN. En 2007, Yarosh estableció una ‎alianza entre los neonazis europeos y los yihadistas del Medio Oriente para que todos lucharan ‎juntos contra Rusia. Dimitro Yarosh tuvo un papel central en la operación de “cambio de ‎régimen” realizada en Ucrania en 2014. El presidente Zelenski, lo nombró consejero especial ‎del jefe de las fuerzas armadas, cargo que ocupa actualmente. ‎

¿POR QUÉ RECURRIR A LA GUERRA?

Los prejuicios deforman la interpretación de los hechos, sobre todo en las repúblicas bálticas y en ‎otros países que vivieron bajo la «doctrina Brezhnev». Esos pueblos ven a los rusos de hoy ‎como herederos de los soviéticos. Pero los principales dirigentes soviéticos no eran rusos: Josef ‎Stalin era georgiano, Nikita Jrushchov era ucraniano… ¡incluso Leonid Brezhnev era ucraniano!‎

Cuando los oblast de Donetsk y Lugansk eran ucranianos, la masacre contra sus habitantes era ‎una cuestión exclusivamente ucraniana. Nadie estaba autorizado a protegerlos. Sin embargo, ‎al firmar los Acuerdos de Minsk y someter esos documentos a la aprobación del Consejo ‎de Seguridad de la ONU, Francia y Alemania asumían la responsabilidad de poner fin a la ‎masacre. Pero no lo hicieron. ‎

La naturaleza del problema cambió cuando, el 21 de febrero de 2022, Rusia reconoció la ‎independencia de las dos repúblicas del Donbass. La masacre contra las poblaciones de esas ‎repúblicas dejó de ser entonces una cuestión interna ucraniana para convertirse en un problema ‎internacional. ‎

El 23 de febrero, el Consejo de Seguridad de la ONU se reunió nuevamente –mientras las fuerzas ‎rusas se preparaban para intervenir. En aquella reunión del Consejo de Seguridad, el secretario ‎general de la ONU, Antonio Guterres, no pudo objetar la legitimidad del reconocimiento de las repúblicas del ‎Donbass por parte de Rusia ni la legitimidad de la intervención militar rusa contra los neonazis y ‎se limitó a pedir a Rusia que diera otra oportunidad a la paz [3].‎

El derecho internacional busca evitar la guerra pero no la prohíbe. Y, como aquella reunión del ‎Consejo de Seguridad no arrojó ningún resultado concreto, Rusia estaba en su derecho de acudir ‎en ayuda de las poblaciones del Donbass masacradas por los neonazis. Y eso hizo al día siguiente, ‎el 24 de febrero. ‎

El presidente Vladimir Putin, que ya había esperado 8 años, no podía seguir posponiendo la ‎cuestión, no sólo porque ya había gente muriendo diariamente sino porque el ejército ucraniano ‎estaba preparando una gran masacre para el 8 de marzo [4]. Y también porque, a la luz del derecho ‎ruso, el presidente de la Federación Rusa es personalmente responsable de la vida de sus ‎conciudadanos. En previsión de un posible éxodo, la gran mayoría de los habitantes del Donbass ‎adquirieron la ciudadanía rusa en los últimos años. ‎‎

EL ÉXODO DEMÁS DE MILLONES DE UCRANIANOS

Guerra en Ucrania: el éxodo masivo de ucranianos a países vecinos en  imágenes

Como en todas las guerras de la OTAN, ahora vemos como la población huye del conflicto. Para ‎un país como Francia, eso recuerda el éxodo de 1940 ante el avance de las tropas alemanas. Es ‎un fenómeno de pánico colectivo. En 1940, los franceses creían que la Wehrmacht iba a cometer ‎violaciones en masa, como las que antes se habían atribuido a las tropas alemanas al inicio de la ‎Primera Guerra Mundial. Pero los soldados alemanes que invadieron Francia en 1940 eran ‎disciplinados y no cometieron ese tipo de violencias. Finalmente, la huida de los civiles franceses ‎no tuvo justificación y estuvo motivada sólo por el miedo. ‎

En nuestra época, la OTAN ha desarrollado, desde la guerra en Kosovo, el concepto de ingeniería ‎de los movimientos masivos de población [5]. ‎

Por ejemplo, en 1999, la CIA orquestó el desplazamiento –en sólo 3 días– de más 290 000 kosovares ‎desde Serbia hacia Macedonia. Si usted, estimado lector, tiene más de 30 años posiblemente ‎recuerda los espantosos videos de aquellas largas filas de gente que se desplazaban a pie por ‎decenas de kilómetros a lo largo de las vías férreas. El objetivo era hacernos creer que ‎el gobierno de Slobodan Milosevic había desatado una represión étnica, con lo cual ‎se justificaba la guerra que las potencias occidentales querían iniciar. En realidad, los kosovares ‎no sabían por qué huían pero creían que marchaban hacia un futuro mejor. En Siria, usted ‎recuerda seguramente el éxodo de poblaciones sirias, el objetivo era debilitar el país privándolo ‎de su población. ‎

Ahora, en el caso de Ucrania, lo que se busca es conmoverlo a usted mostrándole mujeres ‎y niños que huyen, pero sin que se vayan los hombres, porque hace falta que luchen contra los ‎rusos. ‎

Siempre se trata de manipular nuestras emociones. Pero el hecho que los kosovares, los sirios o ‎los ucranianos sufran no quiere decir que tengan razón.‎

La Unión Europea acepta todos los refugiados ucranianos. Todos los países de la zona Schengen ‎aceptan a todas las personas que se presentan como fugitivos de la guerra en Ucrania. Según la ‎administración alemana, cerca de un 25% (la cuarta parte) de todos esos “refugiados” que juran ‎que vienen de Ucrania… no tienen pasaportes ucranianos sino argelinos, bielorrusos, indios, ‎marroquíes, nigerianos o uzbekos, personas que evidentemente tratan de aprovechar la puerta ‎abierta para cruzar legalmente las fronteras de la Unión Europea. Nadie verifica que realmente hayan estado antes en Ucrania. Para los patrones de las empresas alemanas se trata de una ‎regularización disimulada de una gran masa de fuerza de trabajo barata.‎

En Occidente tendríamos que preguntarnos por qué el pueblo ucraniano no manifesta ‎masivamente su apoyo al gobierno del presidente Zelenski. Durante la guerra de Kosovo, la ‎población de Belgrado se congregó por días y noches sobre los puentes de su ciudad para impedir ‎que la OTAN los bombardeara. En plena guerra contra Libia millones de personas ‎se congregaron en Trípoli para expresar su respaldo al Guía Muammar el-Kadhafi. Durante la ‎agresión contra Siria, en Damasco se reunió un millón de personas en respaldo al presidente ‎Bachar al-Assad. ‎

Nada de eso se ha visto en Ucrania. Al contrario, nos dicen que patrullas de la Defensa Territorial ‎se dedican a buscar en las calles «saboteadores rusos»… incluso cuando la OSCE reportaba que todavía ‎no había ni un soldado ruso en Ucrania, antes del inicio de la operación militar. ‎

El video del supuesto bombardeo contra la central nuclear de Zaporiyia, ‎donde en realidad no se distingue ningún impacto o disparo sobre la central misma.

EL IMPACTO DE LAS IMÁGENES

El premonitorio vídeo de Zelensky defendiendo el parlamento a punta de  metralleta - Deia

‎De las guerras anteriores tendríamos que haber aprendido que la primera víctima es siempre la verdad.

Desde la guerra de Kosovo, la OTAN se ha especializado en la propaganda de guerra. ‎En aquella época se procedió incluso a cambiar al vocero de la alianza en Bruselas. Y fue ‎sustituido por Jamie Shea, quien llegaba cada día con alguna historia horrorosa sobre los ‎sanguinarios criminales serbios o con algún ejemplo sobre la ejemplar resistencia de los kosovares. ‎En aquel entonces yo publicaba diariamente por fax el Journal de la Guerre en Europe o “Diario ‎de la guerra en Europa”, donde resumía las declaraciones que emitía la OTAN y los despachos de ‎pequeñas agencias de prensa de los Balcanes. Y veía, día tras día, como las dos versiones de la ‎guerra en Kosovo se alejaban cada vez más una de la otra. Pensé entonces que la verdad ‎probablemente estaba en un punto intermedio entre las dos versiones. Pero cuando terminó ‎aquella guerra nos dimos cuenta de que las historias de Jamie Shea eran puros inventos ‎destinados a alimentar las columnas de las publicaciones que las reproducían, mientras que los ‎despachos de las pequeñas y modestas agencias de los Balcanes… sí decían la verdad. Pero aquella verdad no favorecía a la OTAN. ‎

Eso me lleva a ver el consenso mediático occidental con bastante desconfianza. Por ejemplo, ‎cuando nos dicen que Rusia bombardea una central nuclear… recuerdo las mentiras de George W. ‎Bush sobre las armas de destrucción masiva del tirano «Saddam». Cuando nos explican que los ‎rusos acaban de bombardear una maternidad en Mariupol, me vienen al recuerdo los bebés ‎kuwaitíes supuestamente sacados de sus incubadoras por los horribles soldados iraquíes. Y cuando ‎me dicen que el pérfido Putin está demente y que se parece a Hitler, me acuerdo de cómo ‎trataban la prensa y los gobiernos occidentales al líder libio Muammar el-Kadhafi o al presidente ‎sirio Bachar al-Assad. ‎

Eso me impide tomar en serio las alegaciones de Occidente. Ya se sabe, por ejemplo, que los ‎soldados ucranianos que estaban en la Isla de las Serpientes –en el Mar Negro– no fueron ‎masacrados bajo las bombas rusas, como dijo el presidente Zelenski… sólo se rindieron a las ‎tropas rusas –el propio Zelenski acabó reconociendo ese hecho. ‎

También se sabe ya que el memorial judío de Babi Yar nunca fue bombardeado y arrasado por los ‎rusos, quienes respetan a todas las víctimas de la barbarie nazi. Ya se sabe igualmente que la ‎central nuclear de Zaporiyia tampoco fue bombardeada –desde el inicio del conflicto ya estaba ‎protegida por las fuerzas rusas y equipos mixtos de rusos y ucranianos garantizan su ‎funcionamiento. Por cierto, el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) confirmó ‎que nunca hubo peligro de contaminación nuclear en Zaporiyia ni en Chernobil, ni en ninguna otra ‎instalación nuclear ucraniana. Tampoco hubo bombardeo contra inocentes mujeres embarazadas ‎en Mariupol. Las pacientes y el personal de la maternidad de Mariupol habían sido expulsados de la instalación, que ‎fue transformada en cuartel del regimiento Azov, 3 días antes del bombardeo, y Rusia así lo había ‎hecho saber a la ONU. ‎

Así que no me convencen los que claman que hay que matar al «tirano» Putin. ‎

LOS COMBATES

‎¿Y cómo es posible no darse cuenta de que las imágenes sobre las «batallas» victoriosas del ‎ejército ucraniano son siempre las mismas? ¿Cómo es posible no darse cuenta de que sólo ‎nos muestran unos pocos vehículos destruidos? ¿Será que los reporteros de guerra de las ‎agencias occidentales no han visto nunca guerras verdaderas? El público no interpreta las ‎imágenes en función de lo que ve sino según los comentarios que las acompañan. ‎

Nos dicen, desde hace una semana, que las fuerzas rusas mantienen cercado Kiev a una distancia ‎de 15 kilómetros, que los rusos avanzan diariamente… pero siguen a 15 kilómetros… y que están ‎a punto de lanzar el asalto final. Cuando nos dicen que el «dictador» Putin quiere el pellejo del ‎simpático y amable presidente Zelenski –quien arma a los neonazis y promulga leyes raciales… pero es un tipo ‎muy agradable– yo trato de ver qué me dicen los hechos. ‎

Y los hechos dicen que las fuerzas rusas nunca se han fijado como objetivo tomar las grandes ‎ciudades. Se mantienen fuera de ellas, exceptuando Mariupol. Están combatiendo a los ‎paramilitares «nacionalistas», que en realidad son neonazis. Siendo yo francés y admirador de la ‎Resistencia francesa contra la ocupación nazi, las fuerzas rusas tienen toda mi admiración. ‎

El ejército ruso está aplicando en Ucrania la misma táctica que en Siria: cercar las ciudades que ‎sirven de refugio al enemigo, abrir corredores humanitarios para posibilitar la salida de ‎los civiles y finalmente bombardear a las fuerzas enemigas que queden allí. Es por eso que los ‎paramilitares neonazis bloquean esos corredores e impiden la salida de la población para utilizar a ‎los civiles como escudos humanos. ‎

Estamos ante una guerra de movimiento. Las fuerzas rusas se mueven en camiones y en ‎vehículos blindados capaces de desplazarse rápidamente. No hay batallas de tanques, que hoy resultan poco útiles en los teatros de operaciones. En 2006, en Líbano, vimos el Hezbollah convertir ‎en chatarra los tanques Merkava de Israel. Las tropas rusas se desplazan en vehículos ‎motorizados blindados. Como Occidente ha entregado decenas de miles de cohetes antitanques ‎al ejército ucraniano, incluyendo a los paramilitares neonazis, estos tratan de utilizar esas armas para ‎destruir los blindados rusos. En realidad, no hay «batallas», sólo emboscadas.‎

El Estado de Israel ha dado su opinión. Su primer ministro, Naftali ‎Benett, aconsejó al presidente Zelenski que acepte las condiciones que Rusia ofrece para ‎la paz, incluyendo la eliminación de los monumentos que glorifican a Stepan Bandera y a otros ‎colaboradores ucranianos de los nazis y el arresto de los nazis contemporáneos incorporados ‎a las fuerzas armadas ucranianas. ‎

TRES NUEVOS PROBLEMAS

Como si la situación no fuese ya bastante complicada, el presidente Zelenski anunció en Munich, ‎durante la Conferencia de Seguridad y justo antes del inicio del conflicto, su intención de obtener ‎la bomba atómica, lo cual constituye una violación del Tratado de No Proliferación de las armas ‎nucleares, tratado firmado por Ucrania. ‎

Y después de esa declaración, las fuerzas rusas encontraron y publicaron un documento de trabajo ‎del gobierno ucraniano, documento que demuestra que Kiev tenía previsto iniciar un ataque militar ‎a gran escala contra el Donbass y Crimea el 8 de marzo. ‎

Además, el ejército ruso reveló la existencia en Ucrania de unos 15 laboratorios que realizaban ‎investigaciones sobre armas biológicas… para el Pentágono, en otras palabras para el ‎Departamento de Defensa de Estados Unidos. Moscú anunció que va a publicar la ‎documentación hallada por sus fuerzas en Ucrania y que sus tropas especializadas ya destruyeron ‎‎320 contenedores de agentes patógenos. ‎

‎¿Qué quiere decir lo anterior? Que Estados Unidos, potencia firmante de la Convención de ‎la ONU que prohíbe las armas biológicas, respeta esa Convención en suelo estadounidense pero ‎la viola en el extranjero. Documentos que una periodista búlgara había publicado hace 2 meses ‎ya lo demostraban. ‎

El 8 de marzo, el ministerio de Exteriores de la República Popular China solicitó al Pentágono ‎explicaciones públicas sobre los más de 330 biolaboratorios que mantiene en 30 países. Pero ‎la respuesta vino del Departamento de Estado, que publicó un comunicado donde negaba esas ‎prácticas. Sin embargo, en sólo horas, durante una audiencia ante una comisión del Senado, la ‎subsecretaria de Estado Victoria Nuland reconoció que Estados Unidos estaba “colaborando” ‎con programas sobre armas biológicas en Ucrania e incluso expresó inquietud ante la posibilidad ‎de que el material patógeno pudiera caer en manos de las fuerzas rusas [6]. ‎

A pesar de esas declaraciones de la subsecretaria de Estado Nuland, cuando Rusia llevó al Consejo ‎de Seguridad de la ONU la cuestión de los biolaboratorios hallados en Ucrania, las potencias ‎occidentales trataron invertir la situación afirmando que si Rusia emitía esas acusaciones era ‎porque seguramente estaba preparando un ataque biológico bajo falsa bandera. Por su parte, la ‎Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoció que había tenido conocimiento del trabajo que ‎se realizaba en Ucrania con peligrosos agentes patógenos y que había solicitado a ese país que destruyera ‎todo el material patógeno que tenía en su poder porque era necesario evitar todo riesgo de ‎diseminación [7]. ‎

En resumen, el gobierno de Ucrania, que ha conformado una fuerza armada de más de 100 000 ‎‎«nacionalistas» y los ha incorporado a su «Defensa Territorial» y que ha adoptado una ley racial, además realiza ilegalmente investigaciones sobre armas biológicas y proclama su ‎intención de obtener la bomba atómica. ‎

Pero en Francia, como en los demás países de Occidente, hemos optado por olvidar los ejemplos ‎de valentía del líder de la Resistencia francesa Jean Moulin, del hombre que dirigió la Francia Libre ‎en el exilio –el general Charles de Gaulle– y el sacrificio de los hombres y mujeres que ‎en toda Europa siguieron el camino de la resistencia frente a la ocupación nazi. ‎

‎¿Y a quién apoyamos? Al presidente Zelenski, que representa precisamente lo contrario. ‎Thierry Meyssan