Silicon Valley ya no crea aplicaciones.Construye imperios.
(Por Alfredo Moreno/Especial para Motor Económico)JD Vance, impulsado a la vicepresidencia por los 15 millones de dólares aportados por Peter Thiel, se convirtió en el rostro de la gobernanza de la derecha tecnológica. Tras él, la red de Thiel se incorporó a la maquinaria del Estado.Bajo el lema de » tecnología patriótica «, este nuevo bloque construye la infraestructura de control basada en nubes computacionales, IA, finanzas, drones, satélites y redes sociales. Un sistema integrado más rápido, ideológico y totalmente privatizado: un régimen donde las juntas directivas corporativasoperan como poderes estatales: redactan las reglas, ganando licitaciones y exportando su modelo de negocios a masacres humanitarias como la ejecutada por Israel en Gaza.


Elsilencioso secuestro político de Nicolás Maduro, tiene la firma de la corporación Palantir. El destino del del presidente de la República Bolivariana de Venezuela no se ha sellado en los pasillos del Pentágono, ni siquiera en el despacho Oval de Donald Trump.Se empezó a tejer mucho antes, y no por un general con medallas en el pecho, sino por Alex Karp el CEO de Palantir. Doctor en teoría social neomarxista que cita a Theodor Adorno (referente y máximo representantes de la Escuela de Fráncfort) construyo la arquitectura tecnológica de vigilancia total.
Karp, comprendió algo que, sus contemporáneos de Silicon Valley, ocupados en vender publicidad y “likes”, se les escapó: en un mundo peligroso, el software es la espada y el escudo de Occidente. Karp no es un tecnólogo; obtuvo su doctorado en la Universidad Goethe de Frankfurt, bajo la sombra intelectual de su maestro Jürgen Habermas, intentando descifrar cómo el lenguaje y la agresión se entrelazan en la psique humana.
Con estas bases conceptuales diseño el panóptico digital quepermitió a un comando de la Fuerza Delta secuestrar a un jefe de estado sin sufrir una sola baja.Lo que permitió localizar a Maduro no fue una“buchoneada” de un coronel desleal, sino la integración relacional de petabytes de datos: patrones de consumo eléctrico, firmas térmicas, comunicaciones encriptadas y movimientos logísticos sutiles. Todo ello procesado por el Maven Smart System y la plataforma de Inteligencia Artificial (AIP) de Palantir, “es el software más difícil de vulnerar del mundo.”.
Una infraestructura tecnológica de control
A fines de julio de 2025, en lo profundo de la maquinaria burocrática del Pentágono, el Ejército de Estados Unidos cedió silenciosamente una parte de su soberanía.Un contrato de diez mil millones de dólares con Palantir Technologies, uno de los más grandes en la historia del Departamento de Defensa, fue presentado como un paso hacia la “eficiencia”. Este fue el aterrizaje de la corporación en el centro del complejo militar-industrial del siglo XXI. Una transferencia estratégica de funciones militares esenciales a una empresa privada cuyo fundador, Peter Thiel, ha declarado que “la libertad y la democracia ya no son compatibles”.
Mientras digerimos las imágenes de los helicópteros del Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales (SOAR) sobrevolando a baja altura en Fuerte Tiuna y la base de La Carlota, conviene detenerse a mirar más allá de la pirotecnia cinética. Lo que ha ocurrido en Venezuela, bautizado como “Operación Resolución Absoluta”, no es solo una incursión; es el triunfo epistemológico de una nueva forma de hacer la guerra. Es el momento en que los algoritmos y los datosdevoraron al presidente de Venezuela.
Se están privatizando infraestructuras estatales críticas en cinco ámbitos: datos, defensa, espacio, energía y dinero, que constituyen los cimientos del poder democrático. Estos ámbitos conforman la arquitectura de la soberanía privatizada: un régimen tecnológico donde el poder fluye a través de leyes, infraestructura y plataformas automatizadas.
La oligarquía tecnológica de Silicon Valley está construyendo este presente. Los canales están operativos. Los procesos de retroalimentación están funcionando. Las transferencias de soberanía se están completando.La democracia persiste como una interfaz heredada: se mantiene para lograr estabilidad, pero al mismo tiempo se va vaciando y reemplazando sistemáticamente.
La pregunta ahora es si las sociedades democráticas pueden reconocer esta formación por lo que es y construir alternativas antes de que la infraestructura de control se afiance profundamente como para ser desactivada.
La fuente utilizada para documentar partes de estas reflexiones, se encuentra en La pila autoritaria, un proyecto dirigido por la profesora Francesca Bria con xof-research.org que contó Con el apoyo de Rosa LuxemburgStiftung y el financiamiento del Friedrich-Ebert-Stiftung (FES) Future ofWork.
La “pila autoritaria”, mapea una red de empresas, fondos y actores políticos que convierten las funciones estatales esenciales en plataformas privadas. Se basa en un conjunto de datos de código abierto de más de 250 actores, miles de conexiones verificadas y 45 000 millones de dólares en flujos financieros documentados. Para entender este presente convienen navegar estos mapas para visualizar las vinculaciones entre la nueva derecha del Silicon Valley y el poder actual.
Mientras Silicon Valley jugaba a ser pacifista y rechazaba contratos militares, Karp sostenía “nuestro software está en la lucha”, en una carta pública cuando estalló la guerra en Ucrania. Hoy, esa lucha se ha materializado en el Caribe. La “Operación SouthernSpear”, preludio naval de la captura, no fue solo un despliegue de fuerza bruta; fue una red de sensores alimentando a una inteligencia artificial capaz de predecir fallos logísticos antes de que ocurrieran gracias al sistema ShipOS.
Estamos ante el fin de la inocencia digitaly el comienzo de la guerra cognitiva aplicada. Karp, el filósofo en el valle ha entregado a Trump la herramienta definitiva: la capacidad de ver a través de los muros de un palacio presidencial a miles de kilómetros de distancia. La pregunta que flota en el aire no es cómo lo hicieron, sino qué significa para la condición humana que algoritmos y datos decidan el destino de las naciones.
La génesis de Palantir, la corporación que al comienzo de este año 2026 hizo transparente el techo del Palacio de Miraflores, nace de las cenizas del 11 de septiembre. Peter Thiel, el cerebro libertario detrás de PayPal, tuvo una revelación del hecho. El fallo de inteligencia que permitió los atentados no fue por falta de datos, sino por la incapacidad de conectarlos.
La CIA y el FBI tenían las piezas del rompecabezas, pero estaban aisladas en silos burocráticos. Thiel vio que la tecnología que habían desarrollado en PayPal para cazar fraudes financieros —un sistema llamado IGOR que detectaba patrones delictivos en el caos de las transacciones— podía reorientarse para cazar terroristas.
Así nació Palantir, bautizada en honor a las “piedras videntes” de J.R.R. Tolkien, esos orbes mágicos que permitían ver a través del espacio y el tiempo, aunque a menudo corrompían a quien los miraba.
La misión fundacional de la empresa, conocida internamente como “salvar la Comarca”, era proporcionar a Occidente la superioridad analítica necesaria para sobrevivir. Y esa superioridad se manifestó en la “Cadena de muerte” digitalizada que atrapó a Maduro.
Lo que diferencia de la operación en Caracas de cualquier intervención anterior no es la potencia de fuego, sino la logística predictiva.
Los reportes técnicos filtrados sobre la operación, el sistema ShipOS de Palantir, descrito por sus creadores como un “traje de Iron Man de software”, gestionó la compleja coreografía naval en el Caribe. No se trataba solo de mover barcos; se trataba de predecir fallos mecánicos antes de que ocurrieran y optimizar las cadenas de suministro en tiempo real, asegurando que cuando llegara el momento crítico, la maquinaria bélica estadounidense funcionara con la precisión de un reloj suizo.


El Maven Smart System, la plataforma que fusionó imágenes satelitales, intercepciones de radar y datos de redes sociales, no solo dijo a los comandos norteamericanos dónde estaba Maduro; les dijo hacia dónde iba a moverse. Es el triunfo de la racionalización total de la violencia a través de la tecnología con un modelo basado en procesar suficientes datos para que la ubicación de una persona se reduzca a una variable predecible en una ecuación algorítmica.
El filósofo del valle ha demostrado que, en la guerra moderna, el código algorítmico de un software y sus datos son efectivamente, más poderosos que la espada, siempre y cuando ese código dirija a un equipo de Operaciones Especiales con una precisión infalible.
La alineación ideológica con la administración Trump no es casual. Peter Thiel, el cofundador de Palantir y mentor de Karp, fue una figura clave en la transición de Trump en 2016, llegando a tener una influencia tal que Steve Bannon describió su enfoque como la “teoría de gobierno de Peter Thiel”: la idea de deconstruir el estado administrativo desde dentro. Hoy, esa visión ha mutado. Palantir no ha deconstruido el Estado; se ha convertido en su sistema operativo.
La captura de Maduro plantea interrogantes determinantes sobre la soberanía en el siglo XXI. La operación se sustentó legalmente en una acusación de narcoterrorismo construida sobre terabytes de evidencia digital: transacciones financieras, comunicaciones interceptadas y patrones de movimiento, todo procesado por la IA de Palantir. Es el triunfo de la jurisdicción digital sobre la territorial.
Si la producción de algoritmo puede reconstruir tus finanzas y predecir tu ubicación, las fronteras físicas se vuelven irrelevantes.
Es la aplicación definitiva de la “guerra legal” o lawfare, donde la sentencia judicial es el preludio inmediato del misil.
La impunidad con la que Estados Unidos ha operado en un entorno hostil, neutralizando las defensas Bolivarianas, demuestra una brecha tecnológica que la fuerza bruta convencional no puede cerrar. No se trata de cuánta “ferreteria” de guerrase dispone, sino de la calidad del software y los datos para la gestión de la batalla.
Occidente no conquistó el mundo por la superioridad de sus ideas, sino por su superioridad en aplicar la violencia organizada.
Alfredo Moreno

