En su nuevo libro Ética, poder y tecnologías. Redes sociales e Inteligencia Artificial desde el Sur Global (Ciccus), la investigadora y docente universitaria Verónica Sforzin, analiza las disputas geopolíticas detrás de la llamada Inteligencia Artificial, así como el extractivismo de datos y la necesidad de construir un ecosistema tecnológico propio que sirva a los intereses populares y latinoamericanos para enfrentar los discursos y las acciones neocoloniales y posthumanistas.

“Mi primer libro, fruto de mi tesis doctoral, analizó las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) en América Latina en relación al Mercosur, la Alianza del Pacífico y la CELAC. Allí empecé a dimensionar la importancia de la escala regional en un contexto internacional de disputa entre Estados Unidos y China”, comparte Sforzin a Las12.
Su segundo libro, Ética, poder y tecnologías. Redes sociales e Inteligencia Artificial desde el Sur Global (Premio Pensar Nuestra América, Editorial CICCUS), surgió como un ensayo para profundizar una temática estratégica. Con una fuerte mirada desde la economía política, la geopolítica y el compromiso social. Frente a esta nueva etapa del capitalismo financiero, especulativo y tecnocrático, dice la escritora, es clave retomar la idea de una “tercera posición” pensada desde el Sur Global para construir soberanía nacional y regional.
¿De qué manera la tecnología está moldeando nuestras subjetividades en esta etapa del capitalismo?
-A la tecnología hay que ponerle nombre y apellido: consumimos principalmente el ecosistema concebido y diseñado por Estados Unidos, Inglaterra e Israel. Esta estructura nació subordinada al aparato industrial, militar y tecnológico anglosajón. Sin una idea de mundo que ofrecer, este capitalismo tecnocrático busca apoderarse de nuestra atención, para así obtener los datos e información que le permiten construir perfiles psicosociales; predecir y condicionar comportamientos futuros, tanto en términos comerciales como ideológicos y electorales.
No es solo un modelo de negocios; es un proyecto cultural y civilizatorio que intenta imponer un sistema neocolonial. Este marco internacional profundiza la crisis de la democracia, las instituciones e incluso de la propia subjetividad. Este neocolonialismo tecnocrático transforma nuestros datos en materia prima en un sistema de producción social que altera la forma en que conocemos el mundo.
¿Cómo influyó el ocultamiento de este entramado en la falta de regulación sobre el entorno digital?
-Durante la década de 1990, desde el Silicón Valley y desde Estados Unidos se promovió deliberadamente un relato idealizado, yo lo llamo “la historia rosa”: el mito de los genios en un garaje que creaban innovaciones por el bien de la humanidad. Esta narrativa ocultó un factor decisivo: el financiamiento y el impulso estatal de estas corporaciones que desde siempre formaron parte del aparato de defensa de Estados Unidos.
En la región no vimos a tiempo la instalación de esta red corporativa. Por ejemplo, en Argentina, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual reguló el mundo analógico cuando el mundo digital ya se estaba desplegando.
Frente a estas tecnologías orientadas al extractivismo y la acumulación por desposesión, desde el Sur Global debemos hacer un punto y aparte, animarnos a crear y plantear qué tipo de tecnología necesitamos para nuestras sociedades.
¿En qué consiste la actual bipolaridad tecnológica entre Estados Unidos y China?
-Hoy existen únicamente dos países con capacidad para ordenar la cadena de valor global de las tecnologías de frontera: Estados Unidos y China. Por un lado, Estados Unidos cuenta con un entramado corporativo de Big Tech (Alphabet, Meta, Amazon, Apple, Nvidia, Palantir) que es parte del Deep State (Estado profundo) norteamericano y es tanto infraestructura civil, como militar. Por el otro, en China, es el Estado el que, mediante un capitalismo de mercado o un socialismo de Estado, opera con un ecosistema público-privado propio (Baidu, Tencent, Alibaba). La diferencia sustancial radica en que en China es la política estatal el que maneja los tiempos y los modos del desarrollo tecnológico. A su vez, en términos de relaciones internacionales China realiza transferencia tecnológica en el marco de acuerdos regionales, e impulsa el código abierto y considera a los Datos y la Inteligencia Artificial como bienes comunes; mientras que Occidente, sin hacer transferencia tecnológica intenta condicionar a los países imponiendo paquetes cerrados con algoritmos opacos. Sin embargo, ambos persiguen intereses geopolíticos. Lo que debemos preguntarnos es cuál es la necesidad geopolítica y tecnológica de Argentina y de América Latina para no quedar atados a ninguno de los dos bloques.
¿Qué riesgos implica la injerencia de corporaciones privadas y software opacos en los procesos electorales?
-Existe un peligroso alineamiento sin miramientos a los sectores “neorreaccionarios” del Sillicon Valley –Peter Thiel (Palantir), Alex Karp, Elon Musk– volcados hacia la política republicana en Estados Unidos, por parte de los países de la región, como Argentina, Chile, Ecuador. Estas corporaciones mediante microsegmentación, discursos de odio y fake news, bombardean psicológicamente principalmente a ese 15% de la población, mas desorganizados e indecisos que suele definir los comicios. Asimismo, la transición hacia el voto electrónico plantea un peligro estructural si el Estado no garantiza auditorías integrales de las redes y del código fuente. No basta con controlar la logística tradicional; se requiere que ingenieros del campo nacional y popular, de los sindicatos y de los partidos políticos puedan auditar el software para evitar la opacidad y proteger la transparencia democrática.
¿De qué forma se observa esta problemática en el ámbito universitario y cotidiano?
-Cuando debatimos con los estudiantes sobre las consecuencias del uso excesivo de estas plataformas occidentales analizamos temas como adicciones digitales, cuadros de depresión, ansiedad o aislamiento y esto genera una toma de conciencia muy importante sobre el tiempo dedicado a estos entornos, así como los intereses que están detrás de estas tecnológicas. Estos no son temas de cada individuo, sino que son fenómenos históricos y sociales. Incluso, como señala el filósofo Eric Sadin, no se trata solo de una adicción, sino de una relación libidinal donde la subjetividad se construye dentro de plataformas diseñadas para transformarnos en objetos proveedores de datos en lugar de seres humanos en comunidad, para des-subjetivizarnos. El problema no es la tecnología en sí, sino una arquitectura digital occidental que desempodera al sujeto.
¿Qué herramientas o debates son necesarios para construir soberanía tecnológica?
-Es fundamental impulsar una educación digital crítica desde la escuela primaria y secundaria que le permita a las infancias poner distancia frente a las plataformas e hipermediaciones digitales. Tomar distancia para empoderarnos como sociedad, así como exigir políticas públicas que cuiden la salud mental, mientras se construye soberanía digital. También debemos dar la batalla cultural en la academia frente a discursos como el transhumanismo o el poshumanismo que promueven la transferencia de la responsabilidad humana a las corporaciones bajo una lógica eugenésica y elitista. La tecnología debe ser deconstruida y transformada en una herramienta de mayorías, orientada a la comunicación, la socialización comunitaria y la emancipación.
PorInes Hayes/ PÁGINA 12