Edición n° 2650 . 23/02/2024

Romper la Argentina

Daniel Rosso reflexiona sobre la violencia de una derecha que busca transformar a la Argentina en escombros. El autor retoma a dos escritores que, con 26 años de diferencia, anticipan a la actual nación desesperada en la que se diseminan los discursos del odio. A un año de la bala que no salió, la dinamita de Milei está entre nosotros y miles de nuevas balas pueden caer sobre la Argentina. El horror aún se puede interrumpir. El estallido es sólo la intersección entre una memoria agotada y un futuro que ya no se nombra.

POR DANIEL ROSSO

Los candidatos que amenazan con hacer saltar por los aires el Banco Central o el Ministerio de Desarrollo Social no son el perro dinamita. Porque son obedientes: dan la patita y hacen el muertito. Son los que ahora se ofrecen a los poderosos de siempre como especialistas en explosivos. Están más cerca del espíritu espectral de Conan que del flower power de Dylan.

Para esta versión del exterminio, el Populismo está inserto entre los ladrillos y el cemento de las paredes de los edificios y el único modo de eliminarlo es dinamitando la Argentina. La desconstrucción del país es su destrucción. Los ladrillos volando en ondas expansivas se mezclan con los ladridos de los perros feroces. Es época de mastines ingleses iracundos y no de collies pelilargos y hiposos.

Las derechas locales proponen la solución final. Por ejemplo, hacer desaparecer ministerios, moneda nacional, científicos, productores audiovisuales, etc. Quieren transformar la Argentina en escombros o en una geografía aún más desarticulada y dispersa. Primero hay que romperla para después rearmarla. Su plan es volver al punto cero de la patria disolviendo la nación fallida. En ese rápido regreso al origen, French y Beruti ya no repartirían cintas sino criptomonedas. Pero hay una memoria del futuro: con 26 años de distancia, dos novelas describen esa Argentina rota. Eduardo Blaustein a través de “Cruz Diablo”, publicada en 1997, y Gerardo Adrogué con “Nos quedamos sin inviernos”, editada en 2023. Los dos, a su modo, son escritores Mileinistas: dinamitan un país, una nación, un nombre inmerecido, un sentimiento desorientado. Hay una Argentina que no alcanza y otra que no aparece. Entonces: el gran protagonista son los escombros.

Se vino el estallido

Cruz Diablo describe la heterogeneidad tecnológica de esa Argentina implotada: junto a edificios vidriados con últimas tecnologías y chips que se injertan en la cabeza de algunos ciudadanos, conviven indios en ala deltas con motores de bicicleta, viejos máuser y una aguerrida F100 con puertas que estallan al cerrar en un estruendo metálico. Ramoncito, un indio norteño, que habla un lenguaje “pueblo originario inclusivo”, utiliza los malones como una estrategia populista. Moreira, el protagonista de la novela, se mueve por llanuras ondulantes mientras el espejo retrovisor de la F100 refleja maquinarias herrumbradas en los costados de las rutas. Pero también hay escombros: “Ciudad Central, la ciudad puerto, es el producto puro del azar y los accidentes humanos. Los descampados que la rodean y aíslan son tierra de nadie, erizados de minas, civilizados por ratas que hasta hoy roen los huesos de los muertos en combate. La avenida Divisoria rodea el inmenso erial encaramada a un talud de escombros de treinta metros de altura y es tanto muro como zona franca”. Los escombros son las marcas de la guerra.

En “Nos quedamos sin inviernos” Adrogué nos presenta a Facundo Dopet, un periodista argentino radicado en Nueva York, que  vuelve a la Argentina en 2037. Desde 2030, el país está en guerra civil. El saldo: 2 millones de muertos incluyendo medio millón de niños, niñas y adolescente y 800 mil desaparecidos.

También esta geografía está colapsada de escombros. La ciudad de Buenos Aires está en ruinas. Todos sus edificios emblemáticos han sido reducidos a trozos de mampostería. El tema de la novela es la violencia pero aún más  la intensidad de esa violencia. ¿Cómo y cuándo los argentinos y las argentinas juntaron tanta furia para hacer estallar Buenos Aires?

El odio y la violencia cambiaron de dirección: en lugar que un bando le dirija la violencia al otro, los dos bandos orientaron la  violencia contra el país. En la falta total de acuerdo de la guerra, hubo un último acuerdo secreto: el de destruirlo todo. Es decir: dejar la totalidad de las cosas en estado de escombros. Romper el país en pedacitos hasta hacerlo desaparecer. El estallido es la intersección entre una memoria agotada y un futuro que ya no se nombra.

Una ciudad de los monstruos

Si una ciudad es una cantidad de trabajo acumulado, la guerra es un gran proceso de desacumulación: los escombros son trabajo destruido. Los argentinos y argentinas no sólo no se pusieron de acuerdo en distribuir: tampoco lograron acordar cómo preservar lo acumulado. El único acuerdo residió en destruir todo entre todos. No hubo distribución ni acumulación: sólo quedaron los escombros.

En el relato de Adrogué, el régimen político fracasó en su tarea de regular la distribución, de continuar la acumulación y, sobre todo, de atesorar lo acumulado. Los argentinos y argentinas en lugar de ponerse de acuerdo en producir valor, se pusieron de acuerdo en destruir el valor creado. En esa transformación de todas las cosas en escombros lo que desaparecieron fueron todas las formas urbanas: quedó una ciudad monstruosa, deforme, carente de luces y de sombras. Esa ciudad de los escombros es la ciudad de los monstruos.

Moreira, el ladino protagonista de la novela de Blaustein, también es un monstruo. Porque en su cuerpo han ingresado otros cuerpos: un chip,  Carfi, un viejo cantor de tangos, y un muerto. Moreira contiene una movilización dentro de él: aloja un inquieto montonerismo intestinal. Es una guarida de otros que han muerto y, por eso, contiene una asamblea de espectros en sus órganos. Es un sepulcro andante.

En esa Argentina dispersa las fracciones están en guerra. Pero se libran batallas entre inútiles: indios, burócratas y viejos montoneros se disparan con ineficacia y desdén. Están en guerra pero de modo displicente y sin ganas. Son una guerrilla desolada, de un heroísmo inútil e inercial. Están más cerca del psicofármaco que de la épica. No hay entusiasmo porque se ha perdido toda disciplina por el entusiasmo. Las miradas, las voces y las risas son algorítmicas: son producidas por las matemáticas. Y, de nuevo, los escombros: “cuando las milicias finalizan las tareas de remoción los vecinos se juntan, festejan y se cuelgan pasacalles victoriosos: quince, diez, ocho, dos años de Restauración montonera. La costumbre es festejar y fechar a partir de la limpieza de escombros y el estreno de lo nuevo”.

La Argentina en escombros, el país fragmentado de Blaustein, la nación desesperada y en pedazos de Adrogué, refieren a la imposibilidad de conservar una patria, es decir, de escuchar los ruidos de la historia allí donde un territorio adquiera su nombre de las emociones de sus habitantes. La memoria del futuro de Adrogué y Blaustein no es una amenaza: es un llamado a trabajar con intensidad para que no ocurra lo que no debe ocurrir. La dinamita de Milei está entre nosotros. La alternativa es un lenguaje nuevo que vuelva a nombrarnos y a entusiasmarnos. A un año de la bala que no salió, la mirada endiablada del mastín inglés marca la dirección de miles de nuevas balas que pueden caer sobre la Argentina. El horror aún se puede interrumpir.

FUENTE: TELAM