(por Gonzalo Fiore Viani) Desde ser el país más racista, sionista, maleducado, que tenía comprado el mundial hasta las teorías conspiranoicas que circulan por estos días, nadie puede ignorar la campaña antiargentina que vivimos en este mundial. Acá van algunas reflexiones sobre este tema.
Hay quienes consideran que la imagen internacional de un país es una cuestión secundaria, casi decorativa. Algo que tiene que ver con el prestigio, la simpatía o la percepción que otros tienen de nosotros, pero que poco influye sobre los intereses concretos de un Estado. La historia demuestra lo contrario. La manera en que un país es percibido por el resto del mundo puede ―y suele― tener consecuencias políticas y geopolíticas reales: puede contribuir a legitimar su aislamiento, su subordinación, su colonización o, en los casos más extremos, la violencia ejercida contra él. Esto no significa que toda campaña de desprestigio conduzca inevitablemente a una agresión ni que cada acusación contra un país sea parte de una conspiración internacional. Pero sí importa la reputación internacional.
¿Qué sucede cuando sobre nuestro país comienza a consolidarse una narrativa que deja de juzgar las acciones de un gobierno para atribuir determinadas características negativas a su sociedad en su conjunto?
Desde el comienzo del Mundial, las redes sociales se inundaron con comentarios contra Argentina y su Selección que trascendían lo meramente futbolístico y hablaban de supuestas características compartidas por la mayoría de los argentinos. La narrativa de que Argentina es un “país racista” ―que ya había sido esbozada en Qatar― volvió con más fuerza que nunca a tal punto de que cuando, antes, medio mundo quería ver campeón a Lionel Messi, ahora, solo esperaban su caída.
Naturalmente, las redes sociales no representan al «mundo» ni permiten medir con precisión la opinión pública global. Los algoritmos amplifican los conflictos, las posiciones extremas y aquello que genera mayor interacción. Pero sería un error, por eso mismo, considerar irrelevante lo que allí sucede. Este territorio digital es hoy uno de los principales espacios donde se construyen reputaciones internacionales y donde millones de personas forman sus primeras impresiones sobre países que nunca visitaron.
Durante siglos, las potencias europeas construyeron representaciones de los pueblos de África, Asia y América como sociedades atrasadas, bárbaras, salvajes o incapaces de gobernarse por sí mismas. Estas ideas no fueron un simple reflejo inocente de los prejuicios de una época. Cumplieron también una función política: ayudaron a legitimar la expansión territorial y el dominio colonial. El concepto de la «misión civilizadora» es probablemente uno de los ejemplos más claros, así el colonialismo no era una empresa de conquista, sino una tarea moral. Europa no “ocupaba” territorios ajenos, sino “llevaba” civilización, orden, educación, cristianismo, progreso y modernidad a pueblos supuestamente incapaces de alcanzarlos por sí mismos.
La historia del colonialismo demuestra, por lo tanto, que la batalla por la imagen de un pueblo puede preceder a la batalla por su territorio. Y es precisamente por eso que deberíamos prestar atención a lo que sucede hoy con la imagen internacional de Argentina.
La nueva narrativa sobre Argentina
En los últimos meses, y mucho más con el Mundial de 2026, quedó explícita una narrativa internacional que presenta a Argentina como una sociedad especialmente racista, xenófoba o moralmente problemática para el multiculturalismo progresista europeo y estadounidense. El fenómeno no apareció de la nada. Durante los últimos meses, se acumularon episodios que alimentaron esa percepción.

En mayo, The Guardian publicó un artículo titulado «Argentina’s ‘European’ self-image under renewed scrutiny after racist incidents in Brazil», en el que vinculó diversos episodios de discriminación con una discusión más amplia sobre la autopercepción argentina como país europeo. El artículo recogió la afirmación de la cineasta Lucrecia Martel sobre que Argentina debía abandonar «la fantasía de ser un país europeo». La discusión dejó así de estar limitada a hechos concretos de discriminación y pasó a formar parte de un debate más amplio sobre la identidad histórica de la Argentina.
En julio, durante el Mundial, la controversia adquirió una dimensión diplomática. La Embajada de Francia declaró persona non grata a Hebe Casado, vicegobernadora de Mendoza y dirigente cercana al gobierno de Javier Milei, después de que calificara a la selección francesa como un «equipo africano flojo de modales». El episodio fue recogido por medios internacionales y volvió a instalar la acusación de racismo argentino en el centro de la conversación pública.
También hubo una disputa alrededor del partido entre Argentina y Egipto. El entrenador egipcio Hossam Hassan realizó un gesto para denunciar un supuesto episodio de racismo. El hecho generó una reacción del legislador Waldo Wolff, respaldada públicamente por Javier Milei, que pidió una sanción de la FIFA contra el entrenador. La controversia amplificó todavía más el debate en redes sobre la relación entre Argentina y el racismo.
Estos episodios son reales. Y si un argentino realiza una expresión racista, debe ser condenado. No hay ninguna razón para relativizarlo. Sin embargo, una cosa es afirmar que un argentino realizó una expresión racista y otra muy diferente es construir la idea de que Argentina es un país racista. La diferencia, más que semántica, es política.

En las redes sociales, esa frontera parece haberse vuelto cada vez más difusa. En comunidades internacionales de Reddit, por ejemplo, usuarios que no son argentinos describieron durante el Mundial un incremento de lo que perciben como «Argentina hate», y señalaron que las acusaciones de racismo estaban siendo utilizadas para generalizar sobre toda la población y sobre los hinchas argentinos. Otros usuarios denunciaron que se estaba produciendo una asociación automática entre apoyar a Argentina y ser racista, nazi o partidario de Donald Trump. Estas publicaciones no prueban la existencia de una campaña organizada, pero sí muestran que la percepción de una ola de hostilidad contra Argentina existe incluso entre usuarios extranjeros que simpatizan con el país o con su selección.

¿Cómo se vuelve una narrativa dominante? Puede surgir de la convergencia de periodistas, artistas, académicos, activistas, influencers y usuarios de redes que, desde lugares distintos, terminan reproduciendo un mismo marco interpretativo. En ese proceso, el caso argentino presenta una particularidad. La Argentina de Milei se convirtió en uno de los grandes símbolos de la nueva derecha internacional.
El presidente argentino es admirado por sectores conservadores y libertarios de todo el mundo, pero también es rechazado por sectores progresistas y de izquierda. La disputa sobre Argentina dejó, por lo tanto, de ser exclusivamente argentina. Cada controversia relacionada con el país puede convertirse en una pieza más de una disputa ideológica global.
La crítica al gobierno se transforma en crítica al país. La crítica a una figura pública se transforma en crítica a una sociedad y la crítica a determinados comportamientos termina convirtiéndose en una explicación general sobre quiénes somos los argentinos. El país deja de ser juzgado por sus actos concretos y comienza a ser juzgado por una identidad atribuida.
Argentina ante el imaginario progresista europeo
Argentina ocupa un lugar incómodo dentro de determinados marcos del multiculturalismo progresista europeo y desafía las categorías con las que ciertos sectores del progresismo occidental interpretan el mundo. No es un país europeo, pero tampoco responde fácilmente a la imagen de una sociedad latinoamericana definida por una identidad indígena o afrodescendiente. Algunos sectores interpretan la autopercepción argentina como una forma de negación de la diversidad o de «europeísmo» excluyente. El problema aparece cuando esa crítica deja de analizar una construcción histórica específica y comienza a convertirse en una condena moral de la sociedad argentina en su conjunto.
Argentina no encaja perfectamente en ninguna de las categorías simplificadoras con las que suele interpretarse América Latina desde determinados espacios intelectuales europeos. Y quizás parte de la hostilidad que hoy recibe tenga que ver, al menos en algunos casos, con esa dificultad para encajar en determinados marcos ideológicos.

La discusión no debería ser si Argentina es «racista» o «no racista». Una sociedad tan compleja como la argentina tiene, como todas, episodios de racismo, discriminación y xenofobia que deben ser discutidos. La cuestión es si esos problemas deben analizarse dentro de la historia particular del país o si, por el contrario, se utilizan para construir una narrativa más amplia en la que Argentina aparece como una anomalía moral dentro del mundo occidental y latinoamericano.
La reputación también es poder
Argentina atraviesa un momento de enorme exposición internacional; su alineamiento con Donald Trump y con Benjamin Netanyahu coloca al país dentro de algunas de las principales disputas políticas y culturales del mundo contemporáneo. La política exterior tiene consecuencias que van mucho más allá de las preferencias de un gobierno. Si un Estado se identifica internacionalmente con determinados líderes, conflictos o posiciones, inevitablemente también queda asociado a ellos.

El problema es qué imagen queda asociada a la Argentina, los gobiernos pasan, pero las reputaciones pueden durar mucho más. Cuando un país pierde capacidad para generar simpatía o comprensión en el exterior, pierde también una herramienta de poder. El soft power no sirve únicamente para organizar eventos culturales o promocionar turismo. Sirve para construir legitimidad, generar confianza, formar alianzas y conseguir apoyo cuando un Estado enfrenta una crisis.
El peligro de la deshumanización moral
Nuestro país tiene problemas reales de racismo, discriminación y xenofobia, como los tienen prácticamente todas las sociedades del planeta. Negarlos sería absurdo y contraproducente. Lo que deberíamos discutir es qué ocurre cuando la crítica deja de dirigirse contra hechos concretos y comienza a construir una identidad colectiva. La historia demuestra que la deshumanización y la demonización de pueblos y Estados pueden contribuir a crear las condiciones políticas que hacen aceptables medidas de aislamiento. La distancia entre una crítica legítima y una deshumanización colectiva puede ser mucho más corta de lo que creemos.
La Argentina necesita una política exterior que defienda sus intereses nacionales y comprenda el valor estratégico de la legitimidad. Y al mismo tiempo, comprender que la defensa de su reputación no consiste en negar sus problemas. Al contrario, un país demuestra fortaleza cuando puede reconocer sus errores sin aceptar que esos errores sean convertidos en una condena colectiva. Porque hay una diferencia fundamental entre decir que hay personas argentinas racistas y afirmar que todos lo somos. La imagen internacional de un país, muchas veces, es el principal campo de batalla.
*Por Gonzalo Fiore Viani para La tinta.