La despedida del Indio Solari sacó al pueblo a la calle, desbordó los medios y las redes, y dejó un poderoso mensaje de unidad popular y críticas al presidente. El desprecio al pueblo del oficialismo libertario quedó expuesto aún más que antes, así como la responsabilidad y la capacidad de gestión bonaerense. Más de un millón de personas, menos efectivos que para pegarle a los jubilados los miércoles, y ningún incidente en un encuentro popular histórico que volvió a marcar el verdadero ADN argentino: el aguante y la empatía.
Es para vos Milei, te lo dedica el pueblo argentino. Ese pueblo que volvió a las calles, no porque no lo estuviera, pero sí con una masividad y contundencia que habrá que buscar hacia atrás en los libros de historia para encontrar comparación, y que habrá inscribir en los libros de historia hacia adelante. Que lo hizo en paz, acompañándose y cuidándose a sí mismo, demostrando que su comunión es la verdadera esencia y receta de la mejor Argentina. En directa oposición al individualismo cruel y descarnado que, desde Milei para abajo, el oficialismo libertario busca forzar como identidad nacional con su batalla cultural y su gobierno insensible.

La partida de alguien que hizo tan feliz a tanta gente en un momento donde tanta gente está siendo tan infeliz fue una guachada del destino. Pero tal vez como un último mensaje encriptado, de esos que siempre le dio a su pueblo para motivarlo a vivir, el Indio volvió a sacudir todo a través de sus millones de bombas pequeñitas, que desde que se conoció la triste noticia el viernes no paran de explotar todas juntas y al unísono. Y lo hizo, además, en un momento en que se necesitaba y mucho.
La muerte del Indio y su despedida rompieron todas las burbujas, inundaron y desbordaron todo. Desde los medios críticos al Gobierno nacional hasta los canales lacayos, desde los algoritmos ricoteros hasta los más despolitizados, toda la conversación nacional se tiñó del hecho más trascendente desde la muerte de Maradona y los festejos del mundial 2022. Y el mensaje que se escuchó en todas las mesas, en todas las familias y en todas las pantallas fue el mismo: la comunión popular en torno al amor y el dolor colectivo, y la crítica a un Gobierno que no registra y desprecia cualquier forma en la que eso se exprese.

“¡Para vos, Milei!”. La cancha y la música popular se fusionaron como cada domingo o cada recital, y el cantito o mensaje de dedicatoria para el rival de toda la vida esta vez tuvo como destinatario al presidente. Bastaba poner cualquier canal que transmitiera en vivo las concentraciones en Plaza de Mayo, el Obelisco o Avellaneda, o caminar cualquiera de esos inolvidables momentos de encuentro colectivo para escucharlo firme y reiterativo. Las historias personales con el Indio y los significados de su música, se mezclaban permanentemente con un reclamo y un señalamiento de esos que salen de lo más profundo del corazón, portando la máxima sinceridad posible.
Que el Indio no era cualquiera, que es el más grande y que merecía ser despedido en el Congreso o la Rosada, símbolos máximos de la Nación; que le habían faltado el respeto a él, a su familia y “a toda esta gente”; que “se cagaron” en el sentimiento popular; que “Milei la concha de tu madre”; así durante horas y horas, en todas las calles, en todas las pantallas. La síntesis de todo, el “¡para vos, Milei!”, portaba, sin embargo, algo mucho más poderoso que la bronca popular: el orgullo del pueblo sobre sí mismo.
Alrededor de las incontables cuadras que albergaron ayer la despedida florecían gestos de encuentro, de solidaridad, de empatía. “Agua caliente para el mate a colaboración”, “Baño a colaboración”, decían cientos de carteles pegados en las casas humildes de los vecinos de Avellaneda. “Lata bien fría dos mil pesos, para qué te voy a cobrar más”, gritaba una joven vestida de Arsenal de Sarandí a unas cuantas cuadras del Parque Domínico. “¿Me convidás un mordisco?”, preguntó otra joven a un pibe, que le ofreció su hamburguesa, a ella y a sus amigas también. Nadie se quedaba sin lo necesario. Nadie negaba lo que tenía a los demás. La empatía es argentina.

Describir las dinámicas de una misa ricotera excede por escándalo las pretensiones de estas líneas. El centro está en que el Gobierno más anti pueblo en muchísimo tiempo le tuvo miedo a ese pueblo en la calle, lo despreció, sacó a relucir todos sus prejuicios elitistas para descargar en su contra el estigma de siempre, el de la barbarie, la incivilidad, la inconsciencia. Y, una vez más, a este gobierno de crueles nacidos en cuna de oro se le escapó la tortuga.
Porque el pueblo demostró lo que es el pueblo, y se lo demostró a todo el país. No había vallas en la kilométrica fila para el último adiós al ídolo, porque no hacían falta. Nadie se colaba, nadie empujaba, todos esperaban cantando y abrazándose el momento que sabían que llegaría. No había policías en los más de nueve kilómetros que llegó a tener esa fila, y apenas unos cientos rodeaban el predio del velorio. Menos que los el Gobierno dispone todos los miércoles para pegarle a los jubilados, o cuando Manuel Adorni tiene que ir al Congreso a explicar las inconsistencias en su patrimonio desde que es funcionario público.
Y no hubo un solo incidente. Porque cualquiera que haya estado en un encuentro popular sabe que los incidentes siempre arrancan en la provocación de los uniformados con garrote. El pueblo argentino aguanta, espera, sigue. Le mete para adelante sin importar lo difícil que se ponga todo, porque está hecho de esa madera. El aguante es argentino.
Y así como quienes no lo entienden volvieron a despreciarlo, el acierto de confiar en el pueblo estuvo del lado de quienes buscan estar cerca suyo. La familia Solari, en medio de su dolor, comunicó eficazmente un mensaje determinante desde el minuto cero: nadie se quedaría sin la posibilidad de despedir al Indio. El peronismo bonaerense agarró la papa caliente y se hizo cargo, eso que hoy tantos esperan que alguien haga por el país destrozado que dejará Milei.
Kicillof y Máximo Kirchner descongelaron una relación cortada hace meses para trabajar en conjunto con la familia en la organización de un funeral que irá al olimpo de la historia argentina junto a los de Gardel, Evita, Perón, Néstor Kirchner y Maradona. El intendente de Avellaneda, Jorge Ferraresi, puso a disposición el distrito que gobierna y, junto a la PBA, montó un operativo eficiente que estuvo plagados de postas de salud, de hidratación, ordenamiento del tránsito y todo lo necesario para que no hubiera que lamentar un solo hecho. Así fue que sólo se lamentó lo único que había que lamentar, la partida de un gigante. Y se lamentó como había que lamentarla, juntos, en comunión y en paz.
El mensaje quedó clarísimo y expuesto a peronistas, antiperonistas, liberales, macristas y radicales; a hinchas de Boca, de River, de Racing e Independiente y de todos los clubes; a los del interior que viajaron hasta Avellaneda y los que se quedaron en sus ciudades; a los del AMBA que fueron a Plaza de Mayo y los que lloraron desde sus casas; a los que trabajan en relación de dependencia y los que están en negro; a los que tienen laburo y los que no; a los que llegan fin de mes y a los que les cuesta o no llegan; a los ricoteros y a los que, sin serlo, sintieron el impacto de un hecho histórico como los que se dan pocas veces en una generación. Y el mensaje fue simple: el pueblo es la paz, no la violencia; el pueblo es la civilización, la barbarie son quienes lo reprimen; el pueblo quiere encontrarse, el poder lo quiere dividido; el individualismo cruel es la tragedia, la respuesta es colectiva.
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