Edición n° 2657 . 01/03/2024

Para una economía política del humanismo

Incluso la inflación opera como un arma de guerra del conservadurismo, como un sistema de tortura psicológica contra la clase trabajadora. Millones de familias ahogadas en angustia por no poder pagar los aumentos desenfrenados de la dictadura del mercado. Sinnúmero de alteraciones anímicas producidas por la codicia burguesa. Sin ley o con la ley del capricho mercachifle.

Por Fernando Buen Abad Domínguez

“Inflación” es un nombre elegante y enredoso para disfrazar un “rompecabezas” multifactorial en el que generalmente no tiene participación alguna la clase trabajadora. Así es la lógica ególatra de la mercancía y la dictadura de las ganancias. Mientras el poder adquisitivo de la clase trabajadora siga encerrado en los calabozos de la “economía” la deshumanización galopante seguirá de fiesta.

Nos urge profundizar la revolución de la conciencia con identidad de clase. Llamemos a las cosas por su nombre. No importa cuántas maromas den los “expertos” para enredar explicaciones, nosotros sabemos bien el daño material y emocional que produce la codicia contra el poder adquisitivo y cuántas protecciones tienen los “patrones” por parte de algunos gobiernos cómplices que no sólo no se deciden a resolver el problema, a favor de los pueblos, sino que ayudan a fabricar emboscadas ideológicas con palabrerío de “especialistas”. Se hacen llamar “técnicos”. Es pasmoso el “silencio” cómplice de esos “economistas” que ven cómo se desfigura y ensucia la profesión que estudiaron para convertirla en charlatanería basura para desvalijar a los pueblos.

Esto es también un escenario para la disputa por el sentido. La inflación es un ejemplo contundente y doloroso, es una máquina de miedo con el cual ejercen un control psicológico-económico a la velocidad y la ubicuidad del secuestro salarial que a ellos se les antoja. Han desarrollado la tecnología de sus armas de guerra psicológica y han puesto mucho énfasis en las metodologías para atacar a los bolsillos de los trabajadores y las trabajadoras. Son instrumentos de transmisión y de imposición de sentido, con muy alta capacidad de extorsión en el mundo, a una velocidad realmente sorprendente. Roban el producto del trabajo a velocidades escalofriantes con miles de artilugios y con violencia psicológica de modelos de consumo estandarizados y modelos de enunciación estandarizados, estereotipados al calor del culto a la mercancía, de la acumulación de capital. La inflación no es una calamidad metafísica.

Una caracterización general de la inflación es que ataca a la clase trabajadora con una gama de tensiones psicológicas de incertidumbre, de desorientación, de muchas dudas frente a la propia vida diaria. Minuto a minuto. Mientras ellos multiplican estrategias de inflación por los medios digitales, por las redes sociales. Nos planteamos el problema de por dónde resolver esta maraña compleja de la inflación que nos ha impuesto la dominación militar, económica, mediática y cultural en todo el mundo. Este es un campo de trabajo complejo, en el que nosotros debemos trabar disputas diversas, litigio teórico, político, académico, científico, contra la inflación y contra toda la producción de relato chatarra, de discurso “erudito”, o de narrativa servil al modelo de expoliación del salario en el presente.

No estamos liderando una corriente fuerte de combate a la inflación con narrativas emancipadas y a su vez emancipadoras. Y debemos interpelar nuestra capacidad narrativa contra-hegemónica, o anti-hegemónica, o emancipadora o humanista, o como quiera llamársele, frente al modelo económico del discurso único inflacionario y a la noción del capitalismo como verdad única. Y es que, además, tenemos la incapacidad histórica de la unidad y se nos hace difícil conformar un frente único en el que participemos con nuestras diferencias en combates, como el de la batalla anti-inflacionaria, yendo al fondo del modelo económico dominante y transparentando sus hilos, nombres, intereses y soluciones. Y fracasos. No hemos sido capaces de construir una gran fuerza de acción y de organización, siendo que somos la inmensa mayoría generadora de la riqueza y despojada de ella entre otras formas, por la inflación.

Estamos chocando contra una maquinaria semiótica que ha logrado convencernos de ignorar las técnicas del despojo. Esta derrota ya nos convenció de que, como no les es suficiente tenernos con la bota de los militares en el cuello, encima quieren convencernos de que nosotros pensemos que ellos siempre han tenido la razón de tratarnos así, de reprimirnos, porque somos peligrosos, porque somos maleducados, ignorantes. Pero, además, hay sectores convencidos de que eso hay que agradecerlo, y encima eso hay que considerarlo como la mejor herencia para nuestros hijos. Enseñar a los hijos a ser resignados, dóciles, mansitos: a avenirse a lo que hay de manera resignada y aceptar la inflación sin combatirla.

La guerra ideológica ha sido muy eficiente, y nosotros no logramos hegemonizar una economía política del humanismo, revolucionaria y revolucionadora de las conciencias. No estamos construyendo, a la velocidad que se necesita, una corriente continental de semiótica para la emancipación. Una corriente de semiótica emancipada de sus propios lastres para poder acceder a un instrumental emancipado y, al mismo tiempo, emancipador.

Hoy la inflación es una de las distorsiones económicas más devastadoras, porque siembra la desmoralización inducida, sistemáticamente porque no es un asunto mitológico de “dioses griegos”. Hay nombres y apellidos y todo mundo sabe quiénes son y dónde están los que manipulan los precios, sabemos quiénes son y dónde están los principales industriales del continente y se puede “personalizar” la ofensiva inflacionaria con gran precisión, sabemos muy bien de qué manera y quiénes financian sus estrategias. Algunos, incluso, planifican y anuncian los aumentos inflacionarios. que pegan directamente al poder adquisitivo, a los ingresos y a la calidad de la vida emocional de las personas.

Debería decretarse como “delito de lesa humanidad” la inflación. Y es que en los precios se expresa también la calidad moral y ética de quienes dirigen una sociedad. A qué caprichos es sometido el pueblo y cómo se organiza para defender el producto de su trabajo. La solución es que la economía la maneje la clase trabajadora, democráticamente, representada inconfundiblemente por las bases y con un programa superador del neoliberalismo, del FMI, de su inflación y de sus jaurías mediáticas. Nos cuesta enormidades la inflación, principalmente porque nos cuesta vidas y lágrimas.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.