Edición n° 2802 . 24/07/2024

NO LOS VOY A DEFRAUDAR

El ascenso político de Carlos Menem desde la gobernación de La Rioja a Presidente de la Nación durante 10 años, debería servir hoy para muchos análisis y discusiones, a más de 30 años de ocurrido.

Su gran importancia es que mirado en perspectiva resultó ser la primera mutación del neoliberalismo para conducir el Estado, luego de agotados los golpes militares.

Eso significa que fue el primer intento de manipular el electorado para conseguir a través del proceso electoral lo que hasta entonces se había conseguido instrumentando al brazo armado institucional.

La “exitosa” tarea tuvo dos etapas:

La primera, al interior del peronismo, para ganar la que fue la última interna nacional del espacio político, doblegando al candidato de los sectores urbanos, Antonio Cafiero.

La segunda, más simple, al adueñarse de la gestión económica, lo cual sucedió sin tapujos comprometiendo al grupo Bunge y Born, más allá del casi inmediato fallecimiento del ministro de Economía designado.

Más allá del relato histórico, la interna del peronismo fue la confrontación de dos métodos claramente diferentes de acumulación de voluntades.

A.Cafiero era posiblemente el último exponente de un liderazgo doctrinario, con muy fuerte fundamento no solo en la trayectoria intelectual personal, sino en su concepción de la política. La lucha por la idea era su centro.

C.Menem, en cambio, era pura y rotunda convocatoria personal. Era una invitación a encuadrarse detrás del líder carismático, garantía del buen resultado futuro. Síganme, no los voy a defraudar, era su consigna, transparente como pocas en su intención y significado.

En una confrontación entre ambas miradas, el resultado dependía y depende de un elemento central: Si el líder doctrinario puede basarse en el éxito histórico de su prédica o no. Si no puede, el líder carismático cuenta a su favor con el rechazo al pasado; su falta de compromiso con ese pasado; su impunidad para prometer la bienaventura a puro discurso.

Quienes quieran manipular la voluntad de la ciudadanía, para que decida aún en contra de su propio interés, tienen una clara tarea por delante.

  1. Deben desacreditar el pasado. Romper con toda continuidad histórica que pueda atesorar éxitos populares y encontrar las causas de los fracasos en las agresiones externas o internas o en errores de gestión evitables a futuro.
  2. Deben construir candidatos sin vínculos con ese pasado y que puedan proclamar el cambio, sin siquiera darle especificidad a esa afirmación, que surge simplemente de rechazar el proclamado fracaso del pasado.

Esta es la tarea que se realizó desde la vuelta de la democracia, para descalificar a Raúl Alfonsín, Antonio Cafiero, Cristina Fernandéz de Kirchner ( Néstor Kirchner quedó fuera porque falleció), Alberto Fernandez, cada uno con sus méritos y deméritos propios, pero todos sometidos al mismo desgaste.

En el medio transitaron Carlos Menem, Fernando de La Rúa (fracasado por méritos propios), Mauricio Macri y ahora Javier Milei, su experiencia límite, ridícula y de vuelo muy corto. 

Los caminos para instalar a los tres M, fueron casi idénticos y están sintetizados arriba.

Los resultados pueden ser desmenuzados y analizados en sus detalles mayores y menores, pero tienen en común que son funcionales a la concentración de riqueza, la consiguiente mayor desigualdad y pobreza, el deterioro de la Nación en beneficio de especuladores internos y externos. Por eso se desgastan cada vez más rápido en el ejercicio del poder, luego del intento menemista, y conducen a crear páramos cada vez más intensos, donde la recuperación es como sembrar en tierra salinizada, cada vez más salinizada.

La pregunta que quien esto escribe se viene haciendo hace mucho tiempo es:

¿Es posible zafar de esta espantosa trampa?

¿Se puede recuperar la confrontación entre la mirada doctrinaria y los personajes carismáticos, con sus perros, ferraris o reposeras, y ganar?

La condición necesaria para el primer camino, el único valioso, es que la doctrina se instale en el tejido social. Néstor y Cristina quisieron hacer un híbrido, construyendo liderazgos carismáticos que a la vez fueran doctrinarios, con el resultado que el neoliberalismo limó y deterioró las dos cosas a la vez.

El camino debe ser diferente. Debe conseguirse centenares de miles, millones de compatriotas que entiendan por qué estamos y estuvimos así, cuales son las causas, cuales son las consecuencias visibles, las estructurales, las cotidianas, los efectos sobre la mirada de cada uno. De esa masa madre debe surgir el nuevo perfil del movimiento nacional. Ese tejido tendrá numerosos predicadores, podrá tener conducciones institucionalizadas, que puedan variar sin drama en el tiempo. 

La tarea es enorme y prolongada. Pero no hay atajos. Cortémosla con las variantes de la consigna original menemista. Preocupémonos por los logros locales, por atender las necesidades comunitarias lugar por lugar.

Como en la inmensa y famosa escena de Milagro en Milán, de Vittorio de Sica, donde los pobres soplan todos juntos la nube de gases lacrimógenos y ahuyentan a la policía, sumemos.   

 Enrique M. Martínez

19.3.24

Tu dirección de correo no será publicada. (Campos obligatorios *)