(Por Emilia Trabucco*)
La final entre Argentina y España, a pesar de la derrota, fue protagonizada por una selección albiceleste que volvió a emocionar a millones, desterrando además el relato de un resultado previsto por supuestos acuerdos económicos con la FIFA. Emocionó por su recorrido deportivo, pero también porque terminó expresando demandas, memorias y sensibilidades que siguen vivas en la sociedad argentina.

En un torneo atravesado por prohibiciones, protocolos y reglas orientadas a neutralizar cualquier intervención política, el equipo hizo historia dentro y fuera de la cancha. La bandera de Malvinas después del triunfo frente a Inglaterra, la dedicatoria de Messi a Maradona, sus palabras para quienes no tienen trabajo o no llegan a fin de mes y los gestos de los jugadores argentinos durante la premiación mostraron que incluso en el corazón de un espectáculo organizado por el poder global persisten formas de desobediencia capaces de disputar el sentido.
En la entrega de medallas, Donald Trump y Claudia Sheinbaum ocuparon juntos el centro de la ceremonia mientras Messi dejaba el campo entre lágrimas y Cristian Romero evitaba saludar al presidente estadounidense. Esa escena, junto con los debates que atravesaron todo el torneo, dejó abiertas preguntas que no terminan con el resultado de la final. ¿Qué expresó realmente esta selección? ¿Qué distancia existe entre el gobierno de Javier Milei y una sociedad que volvió a reconocerse en ese equipo? ¿Qué nos dice este Mundial sobre la persistencia de símbolos, memorias y formas de identificación que el oficialismo todavía no logró apropiarse por completo? Tal vez allí se encuentre una de las claves para pensar este tiempo, que exige distinguir entre el gobierno, el Estado y el pueblo, y volver a mirar las contradicciones desde las que pueden construirse nuevos alineamientos políticos.
Durante el torneo circuló con fuerza un relato “antiargentina” sostenido por referentes políticos, comunicadores y usuarios de distintos países de la región que identificaron a la selección, sus hinchas y sus símbolos con el gobierno de Javier Milei. La subordinación del presidente argentino a Estados Unidos e Israel, su reivindicación de Margaret Thatcher, la entrega de recursos estratégicos y el apoyo al genocidio contra Palestina ofrecen razones suficientes para enfrentar a su gobierno, el problema comienza cuando esa caracterización se desplaza desde la dirección del Estado hacia el conjunto de una formación social, clausurando las contradicciones que la atraviesan y convirtiendo a la Argentina popular en una prolongación automática de la política libertaria. Milei intentó apropiarse de la categoría “antiargentina” para señalar a cualquier adversario de su proyecto, una parte de sus críticos terminó aceptando el mismo terreno, aunque invirtiendo su signo.
La semifinal contra Inglaterra mostró los límites de una lectura que resulta superficial o al menos, carente de la complejidad necesaria. La bandera de Malvinas apareció en la tribuna mientras el gobierno argentino profundiza una relación de subordinación con la potencia que ocupa las islas. Messi dedicó la victoria a Maradona, definió el triunfo como un regalo para Diego y articuló en un mismo gesto las dos figuras que durante décadas fueron enfrentadas por una antinomia construida desde arriba, como si el pueblo argentino tuviera que elegir entre una tradición plebeya, latinoamericana y rebelde, y otra supuestamente despolitizada, global y compatible con el mercado. Después de clasificar a la final, el Capitán habló además de quienes en la Argentina no tienen trabajo, no llegan a fin de mes o viven peleándola, y ubicó la alegría deportiva en la vida concreta de una sociedad castigada por el ajuste.
Ninguno de estos gestos debe derivar tampoco en la conclusión simplista de adjudicar a los jugadores argentinos una conciencia homogénea. Los símbolos populares constituyen territorios donde distintas fuerzas intentan organizar sentidos, adhesiones y solidaridades; carecen de dueño definitivo y su contenido se modifica dentro de los enfrentamientos sociales. Antonio Gramsci comprendió que la hegemonía se produce en la compleja red de instituciones y prácticas de la sociedad civil, allí donde una clase busca transformar sus intereses particulares en dirección moral de un conjunto. En la Argentina, los clubes, las camisetas, las tribunas y la selección forman parte de esa trama porque fueron modelados durante generaciones por barrios obreros, asociaciones civiles, escuelas, migraciones internas y experiencias comunitarias que preceden al gobierno actual y probablemente lo sobrevivan.
La ofensiva libertaria procura intervenir sobre ese patrimonio, envolver a la selección con la figura presidencial y convertir cada victoria en una confirmación de la supuesta regeneración nacional iniciada en 2023. Pero esa apropiación encuentra un límite objetivo, ya que la conducción del Estado no supone, por sí misma, la conducción de la sociedad. Durante el Mundial irrumpieron gestos que desbordaron la narrativa oficial y restituyeron el carácter disputado del acontecimiento, porque pusieron en evidencia una distancia constitutiva de toda formación social: la dirección política que ejerce un gobierno nunca coincide plenamente con las formas históricas mediante las cuales una sociedad produce sus referencias simbólicas, sus lealtades y sus modos de interpretar la realidad.
Retomando la tradición del Centro de Investigaciones en Ciencias Sociales (CICSO), los acontecimientos adquieren inteligibilidad cuando se los inscribe en las relaciones de fuerza sobre las que intervienen. En este sentido, el Mundial alteró las condiciones bajo las cuales continuaron desarrollándose conflictos que excedían ampliamente al torneo, obligando a distintos actores políticos a redefinir sus intervenciones, o al menos, algunas. Por ejemplo, el gobierno argentino, al día siguiente de la victoria frente a Inglaterra intentó apropiarse del triunfo mientras encontraba dificultades para avanzar con la ley de extranjerización de tierras y, al mismo tiempo, procuraba reconstruir un discurso de defensa de la soberanía sobre Malvinas incompatible con una política exterior fundada en el alineamiento con el Reino Unido y los Estados Unidos. Lo que se disputaba era la capacidad de orientar políticamente el significado de un acontecimiento que millones de argentinos ya habían incorporado como propio.

Ignorar ese terreno bajo la idea de que se trata «solamente de fútbol» constituye un error de apreciación política. Los grandes acontecimientos nunca reemplazan los conflictos decisivos de una época, pero intervienen sobre ellos. Modifican las condiciones en las que esos conflictos se desarrollan, reorganizan identificaciones, habilitan nuevos alineamientos y abren contradicciones que ninguna fuerza política puede darse el lujo de desestimar. También es allí donde las fuerzas construyen iniciativa y disputan legitimidad. Renunciar a intervenir sobre esos acontecimientos equivale a permitir que el adversario capitalice, sin resistencia, toda su potencia política.
Desde esa perspectiva, el discurso «antiargentina» plantea un problema político que merece ser pensado con mayor detenimiento. La identificación entre un pueblo y el gobierno que circunstancialmente conduce su Estado puede contribuir, aun involuntariamente, a fortalecer el intento del mileísmo por presentarse como representante exclusivo de la nación y apropiarse de símbolos cuya construcción histórica siempre fue objeto de disputa. Al mismo tiempo, esa lectura tiende a dificultar la articulación de una fuerza latinoamericana capaz de reunir a quienes comparten condiciones de explotación, endeudamiento y subordinación imperial, aunque sus trayectorias nacionales sean diferentes. El rechazo plenamente justificado al gobierno de Milei corre así el riesgo de estrechar el campo de las alianzas posibles precisamente cuando la reorganización del capitalismo exige ampliar la capacidad de articulación entre pueblos sometidos a un mismo proceso histórico.
Tal vez estas hipótesis parezcan desproporcionadas si se las vincula con un acontecimiento deportivo. Sin embargo, esa incomodidad constituye parte del problema sobre el que se intenta reflexionar. Los fenómenos populares suelen ser relegados a un lugar secundario en el análisis político, como si permanecieran por fuera de los procesos mediante los cuales se construyen relaciones de fuerza, se disputan legitimidades y se organizan identificaciones colectivas. El recorrido realizado hasta aquí invita, al menos, a revisar esa premisa y a interrogar con mayor atención la densidad política de acontecimientos que, precisamente por su carácter masivo, condensan tensiones y disputas que exceden ampliamente el hecho que les dio origen.
Lenin advertía que el análisis de la cuestión nacional debía distinguir a las clases dominantes de las naciones oprimidas y reconocer el derecho de los pueblos sometidos frente a las potencias opresoras, sin disolver por ello la lucha interna contra sus propias burguesías. La Argentina continúa sufriendo la ocupación británica de una parte de su territorio, la apropiación extranjera de recursos, el endeudamiento y la subordinación a centros imperiales, aunque su gobierno actúe como representante local de esos intereses. Confundir ambas dimensiones equivale a abandonar a las clases trabajadoras de una nación dependiente porque una fracción reaccionaria controla temporalmente el Estado.
Si el recorrido propuesto puede parecer excesivo para pensar un Mundial de fútbol, esa impresión también merece ser interrogada. Los grandes acontecimientos colectivos forman parte de las condiciones en que se desarrollan los enfrentamientos sociales y, precisamente por ello, se convierten en objeto de disputa. Lo que allí se pone en juego excede el acontecimiento que les da origen, se abren posibilidades, se revelan contradicciones y se ponen a prueba las capacidades de intervención de las distintas fuerzas políticas. Comprender esa dinámica constituye un problema estratégico para cualquier proyecto que aspire a transformar la realidad.
Los símbolos se disputan porque contienen relaciones sociales acumuladas. Regalárselos al adversario constituye una derrota previa al enfrentamiento, declarar “antiargentina” a la sociedad que produjo esas escenas implica renunciar a organizar aquello que todavía permanece abierto, una fuerza nacional y latinoamericana capaz de reconocer al enemigo en la estructura que empobrece, subordina y fragmenta a nuestros pueblos, y de conducir las reservas morales existentes hacia sus propios intereses históricos.
Psicóloga, Magíster en Seguridad. Directora de NODAL. Analista del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE) en Argentina.