«La unidad es la que nos sirve en la lucha»
Con CFK en prisión domiciliaria, el crecimiento de la figura de Axel Kicillof, La Libertad Avanza en caída libre y el peronismo fracturado con estrategias incompatibles, la pregunta sigue siendo urgente: ¿Qué hacer? ¿La unidad? ¿Con quiénes y para qué?
(Por ANTONIO MUÑIZ)
LA UNIDAD COMO CONSIGNA, LA FRAGMENTACIÓN COMO REALIDAD
En estos meses previos al ciclo electoral de 2027, el peronismo vuelve a debatir la unidad al calor de la adversidad. Dirigentes del PJ, del kirchnerismo, del massismo y gobernadores e intendentes repiten la misma consigna con urgencia creciente. La sociedad va a «pedir la unidad», dicen. Los dirigentes tienen que dar esa respuesta, insisten. Pero nadie termina de responder las preguntas que importan: ¿Qué hacer? ¿Qué unidad, con quiénes y sobre todo para qué?
Hoy la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner cumple condena en prisión domiciliaria con tobillera electrónica, con restricciones que le impiden dirigirse públicamente a la militancia. Su influencia sobre La Cámpora y los sectores kirchneristas históricos permanece intacta, pero su liderazgo ya no tiene el peso de otras épocas.

En ese vacío se intentan otros armados y surgen otros liderazgos. El crecimiento de la figura del gobernador bonaerense, Axel Kicillof, es significativo, siendo hoy el candidato de la oposición con mas chances de cara al 27, construyendo su espacio, el MDF, avanzando en una construcción federal.
También el 1 de mayo de 2026 reunió en Parque Norte a más de 4.000 dirigentes y militantes, con veinte intendentes cordobeses como señal de apertura territorial. El documento que cerró el acto lleva por título «Primero las ideas». Ninguna definición de candidaturas. Ninguna mención a CFK en el estrado.
Una táctica consciente que revela, al mismo tiempo, la dificultad de resolver la crisis de liderazgo dentro del peronismo.
¿QUÉ UNIDAD? ¿CON QUIÉNES? ¿PARA QUÉ?
La consigna «unidad» circula en el peronismo como si la historia no hubiera cobrado facturas. Hay en el movimiento una idea persistente: que «somos todos peronistas» y que unidos somos una fuerza invencible. Sin embargo, esto último está lejos de estar demostrado históricamente y el propio Perón lo sabía. No en vano decía que tenía un perro que se llamaba León, y que cuando lo llamaba, León venía, pero él sabía que no era un león, era un perro. Lo mismo pasa, decía, con algunos que se llaman peronistas. Hoy la pregunta sigue siendo, ¿es posible la unidad entre quienes tienen estrategias antagónicas sobre qué hacer con el país?
El peronismo de 2026 opera con bloques que responden a lógicas distintas. Primero, el kirchnerismo duro liderado por La Cámpora y Máximo Kirchner, que sostiene la centralidad política de CFK aún en prisión y rechaza cualquier armado que no la reivindique explícitamente.
Segundo, el espacio de Axel Kicillof, gobernador de Buenos Aires, que lanzó su propio movimiento político —Derecho al Futuro— y avanza hacia 2027 en una posición de equilibrio incómodo.
El resto de los grupos peronistas intentan reorganizarse de cara a la interna partidaria y las elecciones de 2027. A eso se suman los gobernadores que priorizan la consolidación de sus propios territorios —cuidar la “quinta propia”—, con posicionamientos ambivalentes frente al Poder Ejecutivo nacional.
Un ejemplo de esto, que cobro vigencia estos días, es el Peronismo Federal de Olmos, Tolosa Paz, Michel y Achával, que apuesta a un peronismo sin apellidos. Otro armado es el liderado por Pichetto y Moreno, ambos grupos con agenda de ortodoxia macroeconómica, pero con una visión más productivista.

Esa taxonomía no es menor para el debate sobre la unidad: hay quienes se llaman peronistas y acompañaron las leyes y DNU de desguace del Estado en los primeros meses del gobierno anarco libertario; los que guardaron silencio ante la reforma laboral; los que no objetaron el acuerdo con el FMI; los que callaron ante la represión en la calles de jubilados, discapacidades y trabajadores.
La historia juzgará, pero el problema político inmediato es que nadie puede cuestionar a otros con suficiente autoridad.

EL NUEVO CONTEXTO: MILEI CAE, PERO LA OPOSICIÓN NO CAPITALIZA
La gestión de Javier Milei combina las técnicas heredadas de Duran Barba y ahora instrumentados por Santiago Caputo, con una radicalidad ideológica que el macrismo nunca tuvo: destrucción sistemática del Estado, achicamiento del gasto social, amedrentamiento judicial y una maquinaria mediática al servicio del régimen. El resultado político, sin embargo, muestra un desgaste sostenido y medible en todos los sondeos de mayo de 2026.
Según la consultora Zuban Córdoba, el 71,2% de los argentinos considera que «hace falta un cambio de gobierno». La aprobación presidencial cayó al 35% según Opina Argentina —su nivel más bajo desde el inicio del mandato—, acumulando una pérdida de 13 puntos desde enero de 2026. El 62% evalúa que Argentina está «peor» que el año anterior. La brecha de género es estructural: el rechazo entre las mujeres asciende al 69,5%, diez puntos por encima del rechazo masculino.
Y sin embargo, el dato más alarmante para el campo popular no es el deterioro del gobierno sino la incapacidad opositora de capturar ese descontento. La consultora Analogías advierte que el 59,5% de los encuestados considera que la oposición está débil. El 49,7% no se define ni oficialista ni opositor —porcentaje que trepó 7 puntos en un año. En intención de voto, el PJ obtiene entre el 28% y el 32% según el escenario de alianzas, frente a un oficialismo que aún conserva entre el 22% y el 31%.
La figura más competitiva dentro del campo opositor es Axel Kicillof, con 44,1% de intención de voto en proyecciones presidenciales, seguido por Sergio Massa (34,6%). Paradójicamente, Cristina Kirchner aparece tercera en imagen positiva dentro de la oposición con 39% de aprobación —y 59% de rechazo—, lo que ilustra su peso simbólico, pero también un techo estructural del kirchnerismo puro.
CFK DETENIDA: EL LIDERAZGO EN PAUSA, EL DEBATE EN ABIERTO
La situación de Cristina Kirchner es el hecho político determinante de este período. En junio de 2025, la Corte Suprema dejó firme la condena a seis años de prisión por la causa Vialidad —direccionamiento de obra pública en Santa Cruz a favor del empresario Lázaro Báez— y la inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos. El Tribunal Oral Federal 2, presidido por el juez Jorge Gorini, concedió el arresto domiciliario atendiendo a su edad —72 años— y al intento de homicidio que sufrió en 2022.
Las condiciones de la detención son restrictivas en lo político. La resolución judicial le impide dirigirse a la militancia desde el balcón —una liturgia central del liderazgo peronista—, establece un listado cerrado de visitas y la obliga a “abstenerse de adoptar comportamientos que puedan perturbar la tranquilidad del vecindario”. Quienes la frecuentan la describen tranquila, trabajando. Su ascendiente sobre La Cámpora y sectores internos permanece intacto, pero su incidencia política territorial pierde peso.

Este vacío de liderazgo visible no fue cubierto por ninguna figura con autoridad equivalente. Kicillof tiene territorio y encuestas, pero no conducción nacional. Massa tiene aparato, pero carga con el lastre de haber sido el candidato que perdió ante Milei. La Cámpora tiene estructura, pero es rechazada por amplios sectores del propio peronismo. Otros grupos tienen apertura y vocación, pero carecen de síntesis programática y liderazgo reconocidos.
APUNTES PARA EL DEBATE: LAS DOS ESTRATEGIAS EQUIVOCADAS
El peronismo viene ensayando dos estrategias que se presentan como alternativas y que, en el fondo, son igualmente erradas ante la envergadura del desafío histórico que enfrenta el campo popular.
La primera estrategia —el peronismo como sostén de la gobernabilidad— tiene hoy expresión en quienes empujan un peronismo ordenado fiscalmente, dialoguista con los grupos económicos, capaz de ser el recambio funcional del mileísmo cuando este se agote. Nicolás Casullo lo definió con precisión hace dos décadas: cuando se habla de «unidad del peronismo» sin proyecto, lo que prevalece es la derecha peronista y la alianza con los grupos concentrados.
La segunda estrategia —la del centro izquierda progresista— sigue siendo impotente ante la potencia del bloque hegemónico. Un «frepasismo tardío» no construye mayorías populares, como lo demostró la gestión fallida de Alberto Fernández.
La sociedad castigada por el ajuste no necesita un peronismo testimonial, que marque el rumbo correcto desde la oposición; necesita una alternativa que convenza de que puede gobernar diferente.
Evita decía que el peronismo es revolucionario o no será. La razón histórica del movimiento es ser un instrumento de liberación nacional y social. Esa identidad no se recupera mediante el marketing electoral ni la arquitectura de unas PASO. Se recupera desde la construcción política en el territorio, desde los sindicatos, las universidades, los barrios. Desde la «unidad de concepción para la unidad en la acción», como enseñaba Perón en Conducción Política.
EL MOVIMIENTO NACIONAL COMO HORIZONTE
Lo que aún no se discute es el modelo de país que se pretende construir de cara al futuro, ¿Qué hacer con la deuda externa? ¿Qué modelo productivo frente al ajuste estructural de Milei? ¿Qué relación con el movimiento obrero organizado? ¿Qué posición ante la persecución judicial de dirigentes populares? ¿Cómo se posiciona Argentina ante el cambio tecnológico – productivo? ¿Cómo se inserta en el nuevo orden global multipolar?
El peronismo no puede seguir eludiendo esas preguntas esperando que el mileismo se caiga solo y la sociedad le entregue nuevamente el gobierno. Esa estrategia tuvo un fracaso, la construcción fallida de una alternativa solida frente al macrismo abrió el camino al triunfo de Javier Milei.
El horizonte sigue siendo la construcción de un movimiento nacional amplio, que sume a todos los sectores políticos, económicos, empresariales, gremiales y comunitarios en un proyecto común. Esa amplitud es necesaria. Pero la amplitud sin proyecto es promiscuidad política. Las grandes gestas populares se hicieron, como siempre, con oro y barro, con miserias y grandezas.
El peligro de este momento histórico es la fragmentación desde la derrota electoral de 2023 y la prisión de su principal referente. Pero por otro lado surge la oportunidad, es que el régimen se debilita y que el 70% de la sociedad quiere otro rumbo.
En ese marco, bienvenidos los viejos compañeros que se extraviaron en el camino y bienvenidos los nuevos que se suman a la lucha.
Pero que quede claro: primero la unidad es con la gente, detrás de un proyecto, trabajando codo a codo en la fábrica, en el sindicato, en la universidad, en el club del barrio, en la sociedad de fomento. Sin dirigentes providenciales. Sin vanguardias iluminadas. Sin la trampa de creer que la unidad de las cúpulas es la unidad del pueblo.

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