Edición n° 2649 . 22/02/2024

Medios contra la democracia

Por Atilio Borón / Revista Acción

Noam Chomsky dijo una vez que «la propaganda es a la democracia lo que la violencia a la dictadura». Podríamos parafrasear su sentencia diciendo que la propaganda es al periodismo lo que la mentira a la verdad. La sentencia del gran lingüista estadounidense es un buen punto de partida para esta breve reflexión sobre un tema a la vez crucial y apremiante.

Y esto porque en el mundo actual el dominio de las «conciencias y los corazones», como dicen los expertos en las guerras híbridas o de quinta generación, ha adquirido colosales dimensiones y sus alcances llegan mucho más allá de lo que podíamos imaginar hace apenas una década. Primero, por la extraordinaria concentración de los tradicionales medios de comunicación; segundo, por la acrecentada penetración de sus mensajes y la proliferación de redes sociales -o antisociales, pues exaltan el individualismo y desalientan la acción colectiva– que en un país como la Argentina cuenta con unos 36 millones de internautas que utilizan en promedio las redes sociales unas tres horas por día, y son bombardeados con información (de la buena tanto como fake news) en tiempo real todos los días del año.

Tercero, por los impresionantes avances del neuromarketing político capaz de manipular emociones, construir sentidos y creencias y movilizar los deseos de millones de personas, todo lo cual forma una combinación que, con escasas excepciones, hunde en la indefensión informativa a vastos sectores de la ciudadanía. Por eso, muchos expertos y asesores militares estadounidenses señalan que la comunicación social se ha convertido en el principal «teatro de operaciones» del enfrentamiento civilizatorio entre la democracia y las «autocracias», caracterización reservada para los Gobiernos y líderes que Washington no logra someter a su dominio.


Como es público y notorio, los medios de comunicación y las redes digitales han sido protagonistas fundamentales de los planes de desestabilización de Gobiernos progresistas o de izquierda urdidos por el Gobierno de Estados Unidos. En estos casos, el imperio moviliza su propia tropa, sus mercenarios culturales y sus secuaces locales para poner en marcha un plan que comienza por desatar una gran ofensiva mediática en los medios tradicionales y las redes sociales, denostando y satanizando a los líderes inaceptables para Washington y sus organizaciones políticas y sociales.

La demonización de los adversarios, sus gobiernos y sus organizaciones abre las compuertas para una arrolladora catarata de denuncias y difamaciones: denuncias de supuestos actos de corrupción, de violación del orden constitucional, de apelación a la violencia y cuanto pecado pueda achacársele a un líder político. Esta campaña, cuidadosamente programada y coordinada internacionalmente busca impactar en la población y suscitar la conducta política deseada. A ella se le agrega el blindaje mediático de aquellas noticias que podrían desbaratar estos planes o afectar la imagen de sus lugartenientes locales y un torrente de fake news que son instrumentos indispensables en la creación del «clima de opinión» requerido para luego abrir paso a jueces y fiscales y toda la parafernalia del lawfare que se encargará de neutralizar o proscribir, inclusive encarcelar, al líder (o lideresa) rebelde, invariablemente caracterizado como «autócrata» y a su gobierno como un «régimen» que personifica la antítesis misma de la democracia.


Tal como lo recuerda un notable periodista australiano, John Pilger, la manipulación informativa es una de las armas favoritas del imperio y de los enemigos de la democracia. En un artículo reciente escribió que: «A lo largo de mi vida, Estados Unidos ha derrocado o intentado derrocar a más de cincuenta Gobiernos, en su mayoría democracias. Ha interferido en las elecciones democráticas de treinta países. Ha lanzado bombas sobre la población de treinta países, la mayoría de ellos pobres e indefensos. Ha intentado asesinar a los dirigentes de cincuenta países. Ha luchado para suprimir movimientos de liberación en veinte países». (Se recomienda consultar «Silencing The Lambs (How Propaganda Works)» en Eurasia Review, 22 Agosto 2023, disponible en https://www.eurasiareview.com/22082023-john-pilger-silencing-the-lambs-how-propaganda-works-oped/).


Pese al alcance y la magnitud de esta carnicería, observa Pilger, poco o nada de esto ha sido denunciado o siquiera reconocido por la prensa hegemónica, manteniendo a la población desinformada, confundida y, a la postre, embrutecida. En estos días, ante el genocidio en curso en Gaza, la actitud de la prensa del establishment ratifica por enésima vez las críticas de nuestro autor. Se soslaya que el Gobierno israelí ha violado todas y cada una de las resoluciones y recomendaciones de las Naciones Unidas; que continúa invadiendo tierras que pertenecen a los palestinos, que son brutalmente desplazados del lugar; y que el bombardeo indiscriminado sobre población civil ordenado por Benjamín Netanyahu configura un crimen de guerra.

La indignación universal ante este genocidio ha hecho que los medios hegemónicos al menos publiquen algunas fotografías del horror que agobia a los gazatíes.
En conclusión, es imprescindible garantizar una efectiva democratización de la información y de los medios de comunicación, sin lo cual una democracia digna de ese nombre sucumbe asfixiada pues uno de sus prerrequisitos es la existencia de una opinión pública objetivamente informada, cosa que un periodismo devenido en propaganda jamás podrá hacer. Por eso, sin democratizar la información y el sistema de medios no habrá una genuina democracia política.