(Por Cecilia Miglio) Durante años, la vida profesional de Marcos Gilligan estuvo marcada por aeropuertos, reuniones comerciales y mercados emergentes. Argentino, nacido en Balcarce y formado en Tecnología de Alimentos y Comercio Internacional, desarrolló una carrera ascendente en la industria alimentaria internacional. Trabajó en empresas como Molinos Río de La Plata, Calidad Pascual y la alemana Zott, siempre vinculado al desarrollo de negocios y la apertura de mercados en África, Medio Oriente y América Latina.

Pero ese recorrido, que a muchos les habría parecido el punto más alto de una carrera corporativa, empezó a dejarle una sensación incómoda.
“Mi carrera profesional siempre estuvo vinculada a exportaciones y desarrollo de negocios internacionales. Yo tenía a cargo regiones de economías emergentes en África, Medio Oriente o Latinoamérica”, recuerda. Ese contacto permanente con otros contextos sociales le dejó una enseñanza que, con el tiempo, sería decisiva.
“No era falta de talento lo que tenían muchas de las personas con las que trabajaba en esos países, sino falta de oportunidades para poder tener un empleo mejor o una vida más cómoda”.
En 2019, después de años de viajes constantes —“pasaba alrededor del 70% de mi tiempo fuera de casa”, dice— decidió replantearse su vida laboral. Tenía tres hijos y una carrera consolidada, pero sentía que necesitaba hacer algo distinto.
“Al dejar esa empresa sentí que era el momento de emprender. Siempre había tenido latente la idea de tener algún negocio propio, pero en este caso quería que tuviera un objetivo: ayudar a personas refugiadas”.
Así nació la idea de lo que después sería Socialty Coffee.
De la multinacional a una pequeña churrería
El proyecto no nació de un plan de negocios sofisticado ni de una estrategia empresarial cuidadosamente diseñada. Al contrario: empezó casi como un salto al vacío.
Gilligan había tenido un primer intento de emprendimiento social en Angola, donde intentó desarrollar un negocio de yogur helado para emplear a madres solteras. La iniciativa no prosperó, pero la idea quedó latente.
Tiempo después, ya instalado en Madrid, encontró un pequeño local en alquiler cerca de su casa. Era una antigua churrería.
“Sin un business plan, sin analizar demasiado el negocio, simplemente lo alquilé. Volví a casa y le dije a mi mujer que había alquilado la churrería. Me miró como diciendo: ‘¿Estás loco?’”.
Ese fue el comienzo.
La licencia del local condicionaba bastante el tipo de actividad que podía realizar, así que el emprendimiento arrancó con churros, chocolate y café. Pero Gilligan quería que el diferencial no estuviera solo en el producto, sino en el propósito.
“Para mí no tenía sentido tener una cafetería o una churrería simplemente por tenerla. Lo que me interesaba era el impacto social que pudiera tener”.
La idea era simple: contratar personas refugiadas y ofrecerles una primera oportunidad laboral en el sector de servicios, donde la curva de aprendizaje es relativamente rápida.
“Me parecía que el negocio gastronómico permitía que alguien sin experiencia previa pudiera incorporarse al trabajo de manera bastante rápida”.
Así nació un proyecto que combinaba gastronomía y acción social.
Una cafetería y un barrio
Socialty Coffee abrió sus puertas en el barrio Salamanca, una de las zonas más acomodadas y tradicionales de Madrid. Gilligan lo describe con una comparación que ayuda a entender el contexto:
“El barrio Salamanca sería algo así como Recoleta en Buenos Aires”.
Ese entorno también significó enfrentarse a prejuicios.

En el local trabajan personas refugiadas de diferentes países: Senegal, Palestina, Armenia, Ucrania o Colombia, entre otros. Pero para algunos clientes, esa diversidad generó preguntas incómodas.
“Al principio mucha gente preguntaba si los empleados tenían papeles o no. Tenías que explicarlo”, recuerda.
Con el tiempo, las situaciones se volvieron incluso más surrealistas. Gilligan relata una conversación con un cliente que comenzó con un comentario sobre unos helados veganos y terminó en un debate sobre demografía y migraciones.
“En un momento empezamos a vender helados hechos a base de coco y arroz. Yo los mencioné como veganos y un cliente me preguntó si entonces ya no íbamos a poder comer carne. Le dije que no, que eso era una elección y que simplemente ofrecíamos esa opción para diferenciarnos”, cuenta.
“Después me dijo que entonces tampoco íbamos a poder tener hijos y lo relacionó con el debate sobre el aborto. Yo le respondí que las leyes no obligan a nadie a hacer nada: cada persona decide si come carne, si toma leche o si quiere tener hijos”.
Según recuerda, el intercambio terminó en un terreno todavía más extraño. “En un momento me dijo que el mundo se iba a extinguir y que en España ya no nacían niños. Yo le respondí que, a nivel global, la tasa de natalidad sigue siendo positiva, sobre todo en África y Asia. Y ahí remató con algo como: ‘Entonces vamos a ser todos negros’. Ese es el tipo de conversaciones que a veces tenía”.
A pesar de esas experiencias, Gilligan intenta responder desde el diálogo.
“Me da mucha pena cuando escucho opiniones superficiales sobre migraciones. Trato de dar mi punto de vista, sobre todo porque trabajé muchos años en esos países y vi otras realidades”.
Para él, el objetivo del proyecto es precisamente ese: generar encuentros que rompan prejuicios.
Historias que cambian la mirada
En los años que lleva funcionando, por Socialty Coffee han pasado alrededor de quince trabajadores refugiados de distintos países.
Más que empleados, Gilligan los define como parte de su vida cotidiana…
“como una segunda familia”.
Entre las muchas experiencias que marcaron el proyecto, hay una anécdota que suele recordar con especial cariño.
Un día recibió un llamado de Universal Music. Querían organizar un pequeño evento en el local. Gilligan pensó que sería una reunión informal de trabajo.
Pero no.
“El artista que vino a presentar su disco era Sebastián Yatra. Yo no tenía idea de quién era”, cuenta entre risas.
Para él, lo importante no fue la visibilidad mediática sino la reacción de su equipo.
“Una chica de Senegal me dijo que había vivido algo fuera de este mundo. No solo por conocer a Sebastián Yatra o salir en un diario, sino por tener una visibilidad que nunca habían tenido en su vida”.
Ese tipo de momentos le recuerdan por qué decidió cambiar de vida.
El desafío de sostener un emprendimiento social
La dimensión humana del proyecto es inspiradora, pero el desafío empresarial es real.
Socialty Coffee nació como una iniciativa sin fines de lucro, sostenida durante años con recursos personales de Gilligan. Eso, reconoce, también fue una decisión difícil.
“Quizás hoy habría sido mejor pensar un modelo que permita vivir del proyecto y al mismo tiempo tener impacto social”.
El local original tampoco resultó fácil de sostener económicamente. La venta de churros y chocolate era muy estacional, con meses de baja actividad.
Por eso decidió transformar el concepto.
El proyecto pasó de ser una cafetería tradicional a una propuesta más amplia: llevar la experiencia de Socialty Coffee al sector corporativo.
La idea es instalar pequeños espacios de café dentro de empresas o eventos, donde los baristas refugiados preparan café de especialidad y comparten sus historias.
“Las empresas solo necesitan ceder un espacio pequeño. Las personas pagan su café y, al hacerlo, participan del proyecto”.
La propuesta también incluye degustaciones de cacao y actividades que combinan gastronomía con conversaciones sobre migración, consumo responsable o integración.
Una taza de café como punto de encuentro
Gilligan está convencido de que el éxito del proyecto no depende solo del discurso social, sino también de la calidad de lo que ofrece.
“No queremos que la gente compre algo por pena o por caridad. Queremos que disfrute un producto muy bueno y además contribuya a un proyecto social”.
Para él, el futuro de Socialty Coffee pasa por ese equilibrio entre experiencia, calidad e impacto.
“Creo que cuando le das a las personas la posibilidad de ser parte de un proyecto, lo eligen”.
Después de años en el mundo corporativo, su visión del éxito también cambió.
Ya no se mide en balances o mercados conquistados, sino en historias individuales.
Personas que llegaron a un país desconocido, aprendieron un idioma, encontraron trabajo y volvieron a empezar.
En el fondo, dice Gilligan, todo vuelve a aquella idea que descubrió viajando por el mundo:
“El talento está en todos lados. Lo que muchas veces falta son las oportunidades”.