Edición n° 2654 . 27/02/2024

Los traidores a Assange

Por John Pilger

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Conozco a Julian Assange desde que le entrevisté por primera vez en Londres en 2010. Inmediatamente me gustó su sentido del humor seco y oscuro, a menudo acompañado de una risita contagiosa. Es un outsider orgulloso: agudo y reflexivo. Nos hemos hecho amigos y me he sentado en muchos tribunales escuchando a los tribunos del Estado intentar silenciarle a él y a su revolución moral en el periodismo.

Mi punto álgido fue cuando un juez de los Reales Tribunales de Justicia británicos se inclinó sobre su estrado y me gruñó: «No es usted más que un australiano errante como Assange». Mi nombre figuraba en una lista de voluntarios para pagar la fianza de Julian, y este juez se fijó en mí por ser quien había denunciado su papel en el famoso caso de los isleños expulsados de Chagos. Sin quererlo, me hizo un cumplido.

No hace mucho vi a Julian en [la prisión de alta seguridad de] Belmarsh. Hablamos de libros y de la opresiva idiotez de la cárcel: los alegres letreros en las paredes, los castigos estúpidos; todavía no le dejan usar el gimnasio. Tiene que hacer ejercicio en soledad en una zona parecida a una jaula donde hay un cartel que advierte de que no se debe pisar la hierba. Pero no hay hierba. Nos reímos; por un momento, algunas cosas no parecían tan malas.

La risa es una coraza, por supuesto. Cuando los guardias de la prisión empezaron a tintinear sus llaves, como les gusta hacer, indicando que se nos había acabado el tiempo, se quedó callado. Cuando salí de la sala mantuvo el puño cerrado en alto, como hace siempre. Es la encarnación del valor.

Entre él y la libertad se interponen aquellos que son la antítesis de Julian: en quienes la valentía es inaudita, junto con los principios y el honor. No me refiero al régimen mafioso de Washington, cuya persecución de un hombre de bien pretende ser una advertencia para todos nosotros, sino más bien a aquellos que todavía pretenden dirigir una democracia justa en Australia.

Anthony Albanese pronunciaba su tópico favorito, «ya basta», mucho antes de ser elegido Primer Ministro de Australia el año pasado. A muchos de nosotros –incluida la familia de Julian– nos proporcionó una esperanza preciosa. Cuando llegó al cargo declaró «no simpatizar» con lo que Julian había hecho. Al parecer, teníamos que entender su necesidad de cubrirse las espaldas en caso de que Washington le llamara al orden.

Sabíamos que Albanese necesitaría un excepcional valor político, si no moral, para levantarse en el Parlamento australiano –el mismo Parlamento que recibirá a Joe Biden en mayo– y decir:

«Como primer ministro, mi gobierno tiene la responsabilidad de traer a casa a un ciudadano australiano que es claramente víctima de una gran injusticia vengativa: un hombre que ha sido perseguido por el único tipo de periodismo que verdaderamente constituyeun servicio público, un hombre que no ha mentido, ni engañado, como tantos de sus homólogos en los medios de comunicación, sino que ha dicho a la gente la verdad sobre cómo se maneja el mundo”.

Si Albanese fuera un primer ministro valiente y con convicciones morales podría decir: “Pido a Estados Unidos que retire su solicitud de extradición: que ponga fin a la farsa perversa que ha manchado los otrora admirados tribunales de justicia británicos y que permita la liberación incondicional de Julian Assange para que pueda regresar con su familia. Que Julian permanezca en su celda de Belmarsh es un acto de tortura, tal y como lo ha expresado el relator de Naciones Unidas. Así es como se comporta una dictadura».

Por desgracia, he perdido toda la ilusión de que Australia vaya a hacer lo correcto por Julian Assange. La forma en que Albanese se ha burlado de la esperanza de Assange y de todos los que defendemos la libertad de expresión se acerca ahora a una traición por la que la memoria histórica no le olvidará, y muchos no le perdonarán. ¿A qué espera entonces?

Recordemos que el gobierno ecuatoriano concedió asilo político a Julian en 2013 en gran medida porque su propio gobierno le había abandonado. Ese mero hecho debería avergonzar a los responsables: a saber, el Gobierno laborista de Julia Gillard.

Tan ansiosa estaba Gillard por colaborar con los estadounidenses en la clausura de WikiLeaks por contar la verdad, que quería que la Policía Federal Australiana (AFP, por sus siglas en inglés) detuviera a Assange y le retirara el pasaporte por lo que calificó de publicación «ilegal». La AFP señaló que no tenía tales poderes: Assange no había cometido delito alguno.

Es como si se pudiera medir la extraordinaria cesión de soberanía de Australia por la forma en que trata a Julian Assange. La pantomima de Gillard arrastrándose ante ambas cámaras del Congreso de Estados Unidos es un teatro que da escalofríos en YouTube. Australia, repitió, era el «gran amigo» de Estados Unidos. ¿O más bien el «amiguito»?

Su ministro de Asuntos Exteriores era Bob Carr, otro político de la maquinaria laborista a quien WikiLeaks desenmascaró como informante estadounidense, uno de los chicos útiles de Washington en Australia. En sus diarios publicados, Carr se jactaba de conocer a Henry Kissinger; de hecho, el Gran Agresor invitó al ministro de Asuntos Exteriores a acampar en los bosques de California, según nos enteramos.

Los gobiernos australianos han afirmado en repetidas ocasiones que Julian ha recibido todo el apoyo consular, a lo cual tiene pleno derecho. Cuando su abogado Gareth Peirce y yo nos reunimos con el cónsul general de Australia en Londres, Ken Pascoe, le pregunté: «¿Qué sabe usted del caso Assange?

“Sólo lo que he leído en los periódicos», respondió riendo.

Hoy el Primer Ministro Albanese está preparando a Australia para una ridícula guerra contra China dirigida por Estados Unidos. Se van a gastar miles de millones de dólares en una maquinaria bélica de submarinos, cazas y misiles que puedan alcanzar China. El flagrante belicismo de los «expertos» del periódico más antiguo del país, el Sydney Morning Herald, y del Age de Melbourne es una vergüenza nacional, o debería serlo. Australia es un país sin enemigos y China es su mayor socio comercial.

Este descabellado servilismo a la agresión resulta evidente en un extraordinario documento denominado Acuerdo de Postura de Fuerzas entre Estados Unidos y Australia. En él se afirma que las tropas estadounidenses tienen «control exclusivo sobre el acceso y el uso» de armamento y material que pueda utilizarse en Australia en una guerra de agresión.

Es casi seguro que esto incluye las armas nucleares. La ministra de Asuntos Exteriores de Albanese, Penny Wong, «respeta» el ambivalente silencio de Estados Unidos al respecto, pero es evidente que no respeta el derecho de los australianos a saber.

Ese servilismo siempre estuvo ahí –no es impropio de una nación de colonos que aún no ha hecho las paces con sus orígenes indígenas–, pero ahora resulta peligroso.

Considerar a China como el “Peligro Amarillo” encaja como un guante en la historia de racismo de Australia.  Sin embargo, hay otro enemigo del que no hablan. Somos nosotros, los ciudadanos. Tenemos derecho a saber. Y tenemos derecho a decir no.

Desde 2001 se han promulgado en Australia unas 82 leyes para arrebatar los endebles derechos de expresión y disidencia y proteger la paranoia de guerra fría de un Estado cada vez más secreto, en el que el jefe de la principal agencia de inteligencia, ASIO, sermonea a los disidentes sobre la necesidad patriótica de ser fiel a los «valores australianos». Hay tribunales secretos y pruebas secretas, y errores judiciales secretos. Se dice que Australia es una fuente de inspiración para el maestro del otro lado del Pacífico.

Bernard Collaery, David McBride y Julian Assange –hombres profundamente morales que dijeron la verdad– son los enemigos y las víctimas de esta paranoia. Ellos, y no los soldados eduardianos que marcharon por el Rey, son nuestros verdaderos héroes nacionales.

Respecto a Julian Assange, el Primer Ministro tiene dos caras. Una cara se burla de nosotros con la esperanza de su intervención con Biden que conducirá a la libertad de Julian. La otra cara se congracia con el presidente Biden y permite a los estadounidenses hacer lo que quieran con su vasallo: establecer objetivos que podrían resultar en una catástrofe para todos nosotros.

¿Apoyará Albanese a Australia o a Washington en el caso de Julian Assange? Si es «sincero», como dicen los partidarios más obcecados del Partido Laborista, ¿a qué espera? Si no consigue la liberación de Julian, Australia dejará de ser soberana. Seremos pequeños estadounidenses. Palabra.

No se trata de la supervivencia de una prensa libre. Ya no hay prensa libre. Hay refugios como esta página a los que podríamos considerar el equivalente de los samizdat. La cuestión primordial es la justicia y nuestro derecho humano más preciado: ser libres.

Este artículo es una versión abreviada de un discurso pronunciado por John Pilger en Sídney el 10 de marzo con motivo de la presentación en Australia de la escultura de Davide Dormino de Julian Assange, Chelsea Manning y Edward Snowden, «figuras de coraje».

John Pilger es un periodista de investigación australiano residente en Londres galardonado con múltiples premios en Reino Unido. Se le puede seguir en su sitio web www.johnpilger.com

Fuente: https://www.counterpunch.org/2023/03/10/the-betrayers-of-assange

Fuente: https://rebelion.org/