Edición n° 3446 . 29/04/2026
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Los nuevos desafíos del peronismo.

Hay un momento en la vida de cualquier fuerza política que aspira a gobernar en que las derrotas dejan de ser un accidente y se convierten en un diagnóstico. El peronismo llegó a ese momento. Desde 2023, luego del fracaso de su último gobierno, arrastra una crisis que ya no admite lecturas coyunturales. Es estructural, es identitaria y, sobre todo, es conceptual.

(Por Antonio Muñiz)


El debate urgente que el movimiento necesita no es solo ¿Quién conduce, ¿Quién encabeza la lista ni quién representa la versión más auténtica de la tradición?

Es un debate de otra naturaleza, más incómodo y más profundo: ¿Con qué categorías piensa el peronismo el mundo que viene? ¿Alcanzan los slogans, las dicotomías y los antagonismos fundacionales del siglo XX para leer una realidad que ya no se parece a aquella en que esas herramientas fueron forjadas?

La vigencia de las viejas banderas.

Hay algo en la doctrina peronista que resiste el tiempo: la soberanía política, la independencia económica y la justicia social. Las tres banderas no son arqueología; son el horizonte desde el cual cualquier actualización tiene sentido. Lo mismo vale para dos objetivos históricos que el peronismo supo hacer propios con resultados concretos, la industrialización del país y el trabajo humano como ordenador de la vida cotidiana, como principio de dignidad, de pertenencia y de cohesión social.

A eso se suma un modelo organizativo que Perón teorizó en 1949 y que conserva vigencia filosófica, la comunidad organizada. No como nostalgia, sino como contrapropuesta a la atomización individual que promueve el nuevo liberalismo tecnocrático. La comunidad como espacio de realización colectiva, como resistencia a un neoliberalismo que, al quebrar identidades —sindicato, barrio, familia extendida—, produce individuos solos frente a una pantalla.

Las preguntas sobre el futuro.

La inteligencia artificial no es una posibilidad. Es una realidad que ya transforma la economía, la educación y las condiciones laborales en Argentina y en el mundo. El Foro Económico Mundial estimó que el 23 por ciento de los empleos actuales cambiarán de estructura o desaparecerán para 2030 por el avance de la IA generativa, la automatización y la robótica. El Fondo Monetario Internacional proyecta que más del 60 por ciento de los empleos en el mundo desarrollado podría verse afectado en las próximas décadas.

Para el peronismo, esta disrupción plantea preguntas que no puede eludir, ¿Cómo se defiende el trabajo humano como ordenador de la vida social cuando la tecnología amenaza con disolver la centralidad del empleo tradicional? ¿Cómo se construye una propuesta de industrialización para el siglo XXI cuando las fábricas del futuro no tienen nada que ver con el viejo fordismo? ¿Qué comunidad organizada es posible cuando los lazos de pertenencia se tejen —y se rompen— en redes digitales gobernadas por algoritmos que responden a lógicas ajenas al bien común?

Estas preguntas no tienen respuesta en el repertorio de los viejos clichés. Requieren un esfuerzo intelectual real, la disposición a pensar desde el presente y no desde la memoria emotiva de las épocas gloriosas. El propio Perón lo había anticipado cuando sostuvo que la doctrina debía actualizarse porque el mundo cambia y, si la política no acompaña el cambio, termina por quedarse atrás.

El costo de los paradigmas obsoletos

La crisis del peronismo no es solo electoral. Es una crisis de lectura: el movimiento perdió capacidad de interpretar la realidad porque las categorías con que intenta hacerlo ya no capturan lo que esa realidad efectivamente es. En ese marco, el debate interno se fragmenta en tendencias que, cada una a su manera, evaden la pregunta central.

Hay quienes proponen volver a un peronismo clásico, otros a un kirchnerismo puro, sin hacerse cargo ninguno que los ciclos históricos también terminan y el pasado no vuelve. Otros buscan la renovación en identidades nuevas que no arraigan en las tradiciones populares. Y hay quienes creen que renovarse es adoptar el consenso macroeconómico ortodoxo y olvidar el resto de la historia. Ninguna de esas opciones está a la altura del desafío.

La cuestión no es ideológica en el sentido estrecho, es estratégica. El peronismo fue históricamente un partido de poder, no un partido identitario. Su lógica fundacional no fue la pureza doctrinaria sino la capacidad de construir mayorías amplias, de gobernar con eficacia y de producir transformaciones concretas en la vida de la gente. Cuando se convierte en un espacio que solo se reconoce a sí mismo, pero no convence a nadie que ya no estaba convencido, deja de ser peronismo en el sentido histórico del término.

El debate que hay que dar

El debate que el peronismo necesita no es el que tiene. No es la discusión sobre quién tiene más legitimidad para hablar en nombre del movimiento, ni la disputa entre tribus con distintas lealtades personales, ni la búsqueda del responsable de las derrotas acumuladas. Es un debate de ideas sobre el mundo que viene.

Un debate que parta de reconocer que los paradigmas cambiaron y seguirán cambiando.

Que la revolución tecnológica en curso no es neutral, concentra riqueza, destruye empleos de manera no lineal, erosiona las soberanías nacionales y produce formas de dependencia que no se parecen a las del siglo XX pero que son igual de reales.

La industrialización del siglo XXI no es la sustitución de importaciones clásica, es la disputa por la soberanía tecnológica, por el valor agregado en la economía del conocimiento, por la propiedad pública del dato como recurso estratégico.

La defensa del trabajo en la era de la IA no es resistir la automatización sino disputar quién se apropia de su productividad y en qué condiciones se redistribuye.

La justicia social en el siglo XXI incluye dimensiones que no existían en el siglo XX, acceso a la educación tecnológica, regulación de las plataformas, derechos en la economía de plataformas.

La comunidad organizada sigue siendo un modelo válido; pero la del siglo XXI tiene que poder organizarse también en entornos digitales, competir con los algoritmos que fragmentan la atención y la identidad, construir lazos de pertenencia que no dependan exclusivamente del cara a cara territorial. Eso no se hace con consignas del siglo pasado.

Una apuesta que vale la pena

El movimiento que nació como respuesta a la primera gran revolución industrial argentina, el que convirtió la industrialización y el trabajo en banderas políticas cuando nadie más lo hacía, es hoy el que tiene más dificultad para articular una respuesta a la nueva revolución industrial que se despliega ante sus ojos. No porque le falte tradición. Porque las categorías acumuladas le impiden ver las preguntas nuevas.

La renovación intelectual del peronismo no es traición a sus banderas, es la condición de su vigencia. Las tres banderas son el norte, no el mapa. El mapa hay que dibujarlo de nuevo, con instrumentos que sirvan para navegar el territorio del presente. Eso requiere audacia intelectual, disposición al conflicto con las certezas heredadas y la honestidad de reconocer que muchas respuestas que el peronismo dio en el pasado, no sirven para las preguntas del presente.

El mundo cambia, y lo hará con una velocidad sin precedentes. La única constante posible en ese torbellino no son las consignas sino los valores de soberanía, independencia, justicia social. Todo lo demás —los instrumentos, las políticas, las alianzas, los lenguajes— debe estar dispuesto a ser revisado, a encontrar en el presente la forma adecuada de dar vigencia a esos valores.

Ese es el debate que falta. Si el peronismo no es capaz de darse este debate, la historia lo ira dejando atrás.