Leonardo Gasparini: «Redistribuir sin pensar en los desincentivos al crecimiento es pegarse un tiro en los pies»

El director del Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (Cedlas) de la Universidad de La Plata consideró que la alta desigualdad es «disfuncional» al crecimiento y «compromete» la democracia

Leonardo Gasparini | Fundación Konex

Por Florencia Barragan

El debate sobre la distribución del ingreso predomina en la discusión a cielo abierto dentro de la coalición gobernante. Este año, Argentina podría volver a crecer dos años seguidos después de una década. En 2021 la actividad subió 10%, bajó el desempleo, la pobreza y la desigualdad, pero empeoró la distribución funcional, es decir, el reparto de la “torta” entre capital y trabajo. En una entrevista con Ámbito, Leonardo Gasparini, autor del libro “Desiguales, una guía para pensar la desigualdad”, analiza las causas y consecuencias de la desigualdad, y las posibles medidas para mejorar la distribución del ingreso. Anticipó que la desigualdad y la pobreza podrían empeorar en 2022 por la aceleración inflacionaria y consideró que el impuesto a la renta inesperada podría tener un “impacto redistributivo positivo”, en un contexto donde el ascenso social quedó “limitado a pocos afortunados”.

Periodista: Para una parte del Gobierno, uno de los mayores problemas que tiene hoy la economía es de distribución. ¿Coincidís con ese diagnóstico?

Leonardo Gasparini: La desigualdad es definitivamente un problema social muy importante. Pero es difícil ubicarlo en un ranking, especialmente en un contexto en el que tenemos tantos problemas. Pese a algunos indicadores coyunturales positivos recientes, seguimos teniendo enormes problemas de crecimiento, de sustentabilidad fiscal, de inflación, de productividad, de inserción internacional, de calidad educativa y por supuesto de pobreza e indigencia. La desigualdad sin dudas pertenece a esta lista de problemas importantes.

P: ¿Cómo estamos hoy en materia de desigualdad, si uno mira una serie de Argentina desde el siglo XXI para acá?

L.G.: La desigualdad hoy está alrededor del nivel de 2011. Luego de una caída pronunciada en los 2000 como efecto del rebote de la crisis de 2001, del contexto internacional muy favorable y de algunas políticas activas, la desigualdad se estancó en los 2010. Desde ese momento ha subido y bajado, pero siempre en torno de un valor amesetado.

P: ¿En Argentina se ve una situación similar a la de la región?

L.G.: Como en el resto de América Latina, la desigualdad en Argentina se redujo en los 2000, se estancó en los 2010, aumentó en la pandemia y ahora está volviendo a niveles pre pandemia. Ese patrón, a grandes rasgos, ha sido semejante en todos los países, lo que habla de la importancia que tienen los factores externos en economías pequeñas como las nuestras. La crisis por la invasión a Ucrania es otro de estos shocks que nos afectan a todos.

P: ¿Qué se puede esperar para este año con el indicador de desigualdad en este contexto de pospandemia, guerra en Ucrania y elevada inflación?

L.G.: Estamos en una coyuntura complicada, con mucha incertidumbre respecto de la recuperación pospandemia, el shock de la guerra en Ucrania y la volatilidad política interna, por lo que hacer predicciones es imprudente. Mi impresión es que la reducción de la pobreza y de la desigualdad ocurridas en el semestre pasado se va a desacelerar o detener en este primer semestre de 2022, en especial como consecuencia de la aceleración inflacionaria. Lo que pueda ocurrir en el segundo semestre dependerá mucho de si todos esos factores de incertidumbre terminan afectando el incipiente proceso de crecimiento.

P: Si estos factores afectan el proceso de crecimiento, ¿Inevitablemente impactarán negativamente en la desigualdad?

L.G.: No inevitablemente, pero sí con alta probabilidad. La volatilidad, la incertidumbre y el estancamiento están generalmente muy asociados al aumento de la desigualdad.

P: El ministro de Economía, Martín Guzmán, dijo en Washington que el G20 debería encontrar mecanismos para atacar la “crisis distributiva que padece el mundo”. El FMI propuso el “windfall profit tax”, y Argentina trabaja en un impuesto a la renta inesperada de las empresas. ¿Podría mejorar la distribución del ingreso?

L.G.: Seguramente impuestos de este tipo tienen un impacto redistributivo positivo. Hay ganancias extraordinarias que podrían ser gravadas sin que esto afecte los incentivos a la inversión o la producción. Pero, dicho esto, me parece muy importante tener en cuenta algunas condiciones. La primera es identificar muy bien a los ganadores para no terminar gravando a quienes no se beneficiaron. La segunda es identificar el valor de las rentas extraordinarias para no transformar a los iniciales ganadores en perdedores. Son dos condiciones no tan fáciles de cumplir. Tercero, creo que no hay que comprometerse a gastos permanentes con esos fondos que luego son insostenibles cuando los precios internacionales bajan. Finalmente, me parece fundamental utilizar parte de los fondos para inversiones que aumenten la productividad y el crecimiento de largo plazo.

P: Dentro de la coalición gobernante se da el debate entre crecimiento y distribución: crecer para distribuir, versus distribuir para crecer. ¿Qué pensás?

L.G.: Es un debate que ocurre en todos lados. Pero entre crecimiento y distribución muchas veces no hay antinomias. Hay medidas que ayudan a los dos objetivos: mejorar la educación de los más necesitados, combatir la evasión, hacer más eficiente el gasto social, mejorar el acceso al crédito para los vulnerables, son todas medidas que reducen la desigualad, aumentan la movilidad y a la vez promueven el crecimiento. Ahí la antinomia no existe. Pero hay casos donde podría haber un conflicto de objetivos. Ahí la solución no es fácil porque depende de juicios de valor. Lo que sí parece seguro es que en esa antinomia hay que evitar los extremos. Hay quienes sostienen que toda desigualdad es injustificada y que el Estado tiene que intervenir fuertemente para eliminarlas, y argumentan que esa intervención no afecta los incentivos económicos. Redistribuir sin pensar en los desincentivos al crecimiento es pegarse un tiro en los pies. Todas las experiencias socialistas o populistas han terminado mal por desconocer algunos principios básicos de los incentivos económicos. Pero en el otro extremo fomentar el crecimiento sin ninguna consideración distributiva tampoco lleva a buen puerto. El capitalismo desregulado no tiene mecanismos automáticos para incluir a todos. Y aun en el mejor de los casos en que el ingreso aumente para todos, si el incremento es muy desbalanceado, es un motivo de conflicto que al poco tiempo va a atentar contra el propio proceso de crecimiento.

P: ¿Cuál sería el peligro para los países de que siga aumentando la desigualdad?

L.G.: Los niveles altos de desigualdad son un problema per se, pero también por sus efectos sobre otros factores como el crecimiento económico o el desarrollo democrático. La alta desigualdad es disfuncional al crecimiento. Aunque no es fácil proveer evidencia fuerte, es muy probable que en parte las dificultades de América Latina en términos de crecimiento tengan también una raíz distributiva. También, la alta desigualdad afecta la dinámica democrática. En los países más desarrollados muchos han advertido que el aumento de la desigualdad económica podría comprometer el propio funcionamiento de la democracia ya que en un contexto de grandes brechas de riqueza el sistema político es más fácilmente capturado o influenciado por los grupos económicamente más poderosos. En ese contexto los mecanismos básicos de la democracia dejan de actuar con normalidad.

P: Decías que la alta desigualdad es disfuncional al crecimiento. ¿Por qué?

L.G.: Una de las razones principales es que la desigualdad implica distorsiones en la asignación de recursos y en las oportunidades de inversión, ya sea en capital físico o humano. La desigualdad de ingresos o riqueza puede implicar que quienes ocupen ciertas posiciones, realicen ciertas tareas o se embarquen en ciertos emprendimientos no sean los más aptos, los más capacitados y eficientes, sino simplemente aquellos que tuvieron la oportunidad económica de hacerlo. Y esas distorsiones terminan afectando la posibilidad de crecimiento.

P: ¿Por dónde debería empezar Argentina para mejorar la desigualdad?

L.G.: Frente a un problema complejo como el de la desigualdad no hay un lugar por donde empezar, sino que son necesarias acciones graduales, pero permanentes, en todos los frentes. Uno de ellos es la educación. Si logramos que un chico de un contexto vulnerable acceda a una educación superior de cierta calidad, la probabilidad de que sea pobre en un futuro no muy lejano será casi cero y la probabilidad que ascienda en la escala social muy alta. La educación sin dudas es el gran ascensor social y la educación pública en Argentina contribuye en ese sentido. Sin educación pública gratuita las posibilidades de movilidad social serían muy inferiores a las actuales.

P: “Subir la escalera social”, como hablas en el libro, ¿sigue vigente hoy en Argentina?

L.G.: La movilidad social hoy en Argentina tiene demasiados limitantes. El ascensor social que es la educación no está funcionando muy bien. Un joven de un hogar vulnerable tiene perspectivas muy distintas a la de otro en un hogar de altos ingresos. El primero seguramente no termine la secundaria, o lo haga en una de baja calidad, con pocas posibilidades de graduarse en la universidad, conseguir un empleo formal, o de iniciar un negocio por falta de crédito. El ascenso social está limitado a solo unos pocos afortunados.

P: Para mejorar la educación o la inversión social se necesita gasto público. ¿Hay margen para aumentarlo?

L.G.: No creo que haya mucho margen para aumentar el gasto como porcentaje del PIB. Por supuesto que si la economía crece eso implica más recursos, que pueden ayudar. Creo que hay mucho más margen en la búsqueda de mejoras de eficiencia y focalización del gasto. Del lado impositivo, veo algún margen para aumentar la progresividad, pero en especial margen para aumentar la recaudación vía un combate más efectivo a la evasión y la elusión.

P: ¿Cuáles son las causas de la desigualdad hoy en Argentina?

L.G.: Existe la tentación a simplificar, pero lamentablemente la desigualdad tiene causas múltiples. Es producto de las asimetrías en la educación, del desbalance en la propiedad del capital y la tierra, de la falta de progresividad del sistema tributario, de la inestabilidad macroeconómica, de la ineficacia del gasto público, de la evasión impositiva, de la corrupción, de shocks externos y tecnológicos, y de tantos otros. Todas estas causas ocurren al mismo tiempo