Edición n° 2735 . 18/05/2024

LAS BATALLAS DE HEBE  

                                                          (In memoriam)

                                                                            

( Roxana Yattah*) Me encontraba escribiendo un análisis pretencioso sobre el resurgimiento del nazismo, cuando de pronto acaeció la muerte de Hebe. Lloré con desconsuelo, como cuando murieron familiares muy cercanos. Sentí desesperación y vacío. En esas líneas que ya estaban avanzadas, rescataba justamente el trabajo de las Madres de Plaza de Mayo, referido a sus luchas, como un intento ejemplar de elaboración de los duelos y traumas padecidos. Además, comparaba estas experiencias colectivas vividas en nuestro país, con la tibieza en el ejercicio de los Derechos Humanos en los países centrales, en los núcleos del poder económico.

Me explico: una cosa son los Derechos Humanos como declaración de ideales de la humanidad,[1]  que no han sabido reconocer el origen fallado y fallido de todo cuanto es humano; y otra muy distinta son los derechos humanos que reclaman grupos que han sufrido el Holocausto o genocidios y claman por Justicia, porque no tienen otro modo de andar por la vida. Pues lo que han perdido es su vida misma: sus hijos, sus nietos, y no pocas veces, sus familias enteras.

Esto mismo señalaba Hebe de Bonafini como resultado de sus periplos por Europa en reclamo de Justicia, cuando se fue desilusionando de los grandes aparatos institucionalizados, a los que terminó criticando y de los que terminó tomando distancia. Así como lo hizo con jueces, gobiernos y poderes toda vez que estos frenaban y obstaculizaban, en lugar de facilitarlas, las búsquedas de Memoria, Verdad y Justicia.

  • La riqueza de los pobres

Hebe solía decir que fue muy feliz en su infancia y juventud, a la vez que no dejaba de recordar sus orígenes de pobreza. En su casa, todo se aprovechaba, se reciclaba; creció con el ejemplo del rebusque, de la economía estrecha. Algo muy rescatable para estos tiempos, todos se mantenían activos, desde la abuela hasta la nieta, por ejemplo, en la fabricación de sombreros, uno de sus recuerdos. Y por supuesto, todos los adultos en edades productivas trabajaban. Sin embargo, a su manera, ella sabía seleccionar aquellas tareas que le gustaban y despreciar otras que consideraba aburridas o “demasiado femeninas” (por ejemplo, bordar le fastidiaba).

Cada vez que hablaba de su familia, tanto la de origen como la que había construido, sobresalían la valoración de los vínculos, el afecto que los ligaba, la alegría, la admiración por el otro, el compañerismo. Era llamativa la felicidad que transmitía Hebe de su vida familiar; no mostraba rencores ni angustias importantes, sino un espacio de afecto, de fecundo intercambio. Nos brindaba así una de las claves más hermosas en la construcción de vínculos: el amor, el respeto, el saber dar (la virtud del don, ese plus que no se mueve dentro de la lógica del intercambio comercial)[2]. Describía al marido como un gran compañero, trabajador y afectuoso con sus hijos.

Pero lo más increíble era el relato de la relación con sus hijos. Hebe se adelantó por lo menos una generación a lo que luego encarnaríamos miles de madres y padres jóvenes: un cambio radical en el modo de dirigirnos aellos, signado por la simpatía, la permisividad, la tolerancia y la expresión de los sentimientos.

Una vez que empezó a desmoronarse el autoritarismo de otras épocas, todo el amor sofocado durante largo tiempo surgió sin tapujos en los vínculos entre padres e hijxs; traduciéndose en un nuevo modo de mirarlos y en una mayor confianza depositada en ellxs.

Toda esto transmitía Hebe cuando recordaba a sus hijos y el clima de su hogar. La ternura, la admiración hacia ellos, el alentarlos en cada cosa que dijeran o hicieran. Le escuché decir en una entrevista que, como solo había hecho la primaria, todo lo que le tocaba vivir después, referido a los saberes, le resultaba maravilloso. Aunque también reconocía que había inocencia en su modo de encarar las relaciones sociales, cierta ingenuidad, rasgos que obviamente frente al dolor de la desaparición de sus hijos, fue perdiendo.

En su casa ya se anunciaba la caída del patriarcado, dando lugar a nuevas formas de relacionarse, basadas en aprender a escuchar y en acompañar a los hijos. Respecto del marido que había fallecido hacía varios años, decía que aún sentía su presencia en las noches, lo sentía a su lado, como un amor que se continuaba a pesar de su ausencia temprana.

Todas estas condiciones nos hacen concluir que Hebe y su familiaestaban lejos de ser pobres, pues estaban dotados de una gran riqueza simbólica, con el manejo de infinitos recursos, tan necesarios en épocas que ya comenzaban a ser de cambios bruscos.

Este mismo rasgo es señalado por el saber popular que sostiene que en realidad los pobres son ricos en recursos, que tienen sabiduría, que son cumplidores, y tantas otras cosas que Hebe supo transmitir con orgullo día a día.

De esto se trata, ni más ni menos, cuando hablamos de “reconstruir la malla social dañada”, agujereada por los embates económicos a la población o por los avatares de las malas políticas e inercias de un Estado que no responde. 

  • ¡Una gran victoria!

 ¡Lo lograste, Hebe, a través de la radio y de tu voz lograste que tu mensaje pasara…! Y los que nos sentíamos solos, dejamos de estarlo; y a los que nos faltaba cinco para el peso, salimos a buscarlo. Y los que claudicaban en sus fuerzas, encontraron una causa por la cual luchar.

¡Y lograste que saliéramos a la calle, y saliéramos de nuestras guaridas y nuestros encierros! Porque la calle fue sin duda tu lugar, el lugar exacto de la denuncia de lo que no anda, el lugar del amparo al desposeído, el lugar de las causas justas, indispensables.

En el marco de estas luchas, cuando tantas veces te atacaron, Horacio González nos regaló la mejor definición sobre tu lenguaje y modos de expresarte:

Floración pura del pensamiento popular”

(…)“Hebe proviene de un habitáculo especial en la lengua, el que se ocupa con las formas desenfadadas y directas del dolor, nombrando sin sordina ni tabiques”[3]

Rompiste con el individualismo enquistado en lo peor de nuestra sociedad. En cambio, nos contagiaste la sensibilidad para con el otro, las y los sin techo, sin trabajo, sin comida. Y esa voz tuya, ese ejemplo, se transformó en incontables voces solidarias, preocupadas por la realidad y el presente, ocupándose del devenir de las luchas. No es otra cosa lo que ocurre en la radio de Las Madres, en definitiva, esas voces cotidianas que escuchamos. La multiplicación de un ejemplo, un gesto, un fervor.

Lo lograste, madre querida, aquí tus recetas que teníamos que transcribir papel en mano, allí tus campañas para juntar todo lo importante para las niñeces; y en la centralidad, en el corazón de todo, las rondas de la Plaza, y tus discursos. Esas palabras que marcaban el antes y el después, primero en nuestras conciencias y luego en la vida política del país. Tu último discurso quedará resonando mucho más porque no habrá otros. Esa fue tu voluntad: ¡Preferiste hablar y gritar para que todos te escucháramos bien clarito!

¡¡¡“PUE-BLA-DA” para echar a estos-hijos-de-puta de la Justicia!!!

Para proteger a los nuestros de sus garras mortíferas. Porque es literal, vienen a matar y a encubrir los asesinatos. Así nos advertiste a voz en cuello, simple y directa, como siempre; con convicción y arrojo. Elegiste que tu final fuera ese gesto de entrega. ¡Gracias también por esto!

 Y después, nos relataron quienes estuvieron junto a vos al final, dijiste algo así como: ¡Ya está bien! ¡Es suficiente! Y partiste en paz.

¡HEBE DE BONAFINI, MADRE DE LA PLAZA!

¡EL PUEBLO ABRAZA PARA SIEMPRE CON GRATITUD TU IRREVERENCIA!

          *Psicoanalista- Periodismo en medios-


[1]Declaración Universal de los Derechos Humanos (Asamblea General de las Naciones Unidas, 1948).

[2] Marcel Mauss, “Ensayo sobre el don”.

[3]Horacio González, Nota en Pagina 12, “Estigmatizando a Hebe”, junio de 2011.