Edición n° 3542 . 03/08/2026
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La desindustrialización dejó de ser una advertencia: ya está en marcha

Bernardo Kosacoff, economista y exdirector de la oficina de la CEPAL en Buenos Aires, sostiene que el retroceso de la estructura fabril argentina no es un riesgo hacia adelante sino un proceso que ya está ocurriendo. El diagnóstico, planteado en una entrevista con Ámbito, reabre una discusión de fondo sobre la competitividad y la matriz productiva del país.

(DATA Política y Económica en Motor Económico)


La discusión sobre el futuro de la industria argentina volvió a instalarse esta semana con un giro respecto de los términos habituales en que suele plantearse. Ya no se trata de advertir sobre un riesgo futuro, sino de reconocer un proceso que lleva tiempo en marcha. Así lo planteó el economista Bernardo Kosacoff, licenciado en Economía por la Universidad de Buenos Aires (UBA), profesor titular en esa casa de estudios y en la escuela de negocios de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT), y exdirector de la oficina de la CEPAL en Buenos Aires entre 2002 y 2010, en una entrevista publicada por Ámbito.

Bernardo Kosacoff, economista y profesor titular en la UBA y de la escuela de negocios de la UTDT.

Consultado sobre si observa un riesgo de desindustrialización en la Argentina, Kosacoff fue categórico: “Es un fenómeno que ya está sucediendo”. Ubicó el origen del proceso en la década de 1990, durante la Convertibilidad, cuando la estructura industrial argentina —integrada, con una participación relevante de valor agregado nacional— dio paso a un esquema más asociado a la maquila y al ensamblado, con incorporación creciente de insumos, partes y componentes importados en las líneas de producción.

Una competencia que ya no es la de los noventa

La comparación con aquella etapa, sin embargo, no funciona como espejo tranquilizador. Según el economista, la competencia importadora de los años noventa provenía de una China que representaba entonces menos del 10% de la producción industrial mundial, con bienes de bajo valor agregado y una competitividad asentada casi exclusivamente en salarios reducidos: el perfil de mercadería que circulaba en los comercios de saldos. Tres décadas después, ese país concentra alrededor de la mitad de la producción industrial del planeta y compite con innovación, calidad y mano de obra calificada en la mayoría de los rubros. Kosacoff citó además un estudio de la OCDE según el cual buena parte de la ganancia de participación de las exportaciones industriales chinas en el mundo está asociada a los estímulos y las políticas industriales aplicadas por ese país.

A esa asimetría se suma un canal que no existía treinta años atrás: la habilitación de plataformas digitales y servicios de courier que ingresan mercadería con beneficios arancelarios que ningún importador tradicional tiene disponibles, sumado a un nivel de contrabando que el economista describe como creciente desde que se eliminaron los controles sobre los precios declarados de importación.

El error de diagnóstico oficial

Kosacoff cuestionó además la lectura que hace el Gobierno de Javier Milei del fenómeno. A su juicio, el error central es no comprender la heterogeneidad de la industria argentina. Objetó en particular la imagen de la “economía en K” —una rama que crece con inversión y otra que cae en bloque— porque, sostuvo, esa segunda rama es en sí misma heterogénea: incluye sectores con capacidad de recuperación de corto plazo, como la construcción, y actividades que arrastran más de una década de déficit de infraestructura sin resolver.

Para Kosacoff, la industria argentina ocupa un lugar de privilegio entre los países en desarrollo: sostiene que todas las naciones que lograron un desarrollo económico exitoso construyeron, sin excepción, una estructura industrial robusta.

Inversión históricamente baja y el costo de la tasa de interés

El diagnóstico se apoya en un dato que el economista subraya como decisivo: la tasa de inversión argentina se ubica en uno de los niveles más bajos de la última década, sin haberse recompuesto durante la actual gestión. La explicación remite a un concepto elemental de la teoría económica, el wait and see: cuando la incertidumbre sobre el horizonte de rentabilidad es alta y los ciclos políticos acortan la previsibilidad, las empresas prefieren posiciones líquidas antes que activos fijos comprometidos a diez años de amortización.

El propio Kosacoff sitúa el punto de quiebre a mediados de 2025, cuando el Gobierno subió de forma abrupta la tasa de interés para contener el tipo de cambio de cara al calendario electoral. Esa decisión, señala, frenó el ciclo de recuperación de la actividad —que desde entonces alterna picos y valles sin lograr consolidarse— y disparó la morosidad de familias y empresas, en un contexto donde además el fuerte cambio de precios relativos encareció servicios públicos y privados muy por encima de la desaceleración inflacionaria.

Informalidad y pérdida de capacidades

Ese freno tiene, para Kosacoff, un costado menos visible pero igual de estructural: desde 2011 la Argentina no logra generar empleo privado formal adicional, pese a que la población creció más del 15% en el período. El excedente se volcó al trabajo informal —aplicaciones de reparto, changas, servicios sin registrar— y con eso se perdió lo que el economista denomina el proceso de aprendizaje mediante la práctica: la trayectoria del aprendiz que en una fábrica se convierte en oficial calificado a lo largo de los años, acumulando capacidades que luego se traducen en mayor productividad y mejores salarios. Sin ese circuito, advierte, el mercado de trabajo argentino tiende a converger hacia estructuras productivas regionales bastante menos sofisticadas que la propia.

La industria en números, según Kosacoff

  • Productividad argentina: en torno al 40% de la de los países de la OCDE.
  • Empleo industrial: salarios cerca de un 25% más altos que el promedio de la economía.
  • Efecto multiplicador: cada puesto industrial genera aproximadamente 2,5 empleos indirectos.
  • Aporte fiscal: la industria explica cerca del 25% de la recaudación total.
  • Empleo formal: sin creación neta de empleo privado registrado desde 2011, con la población creciendo más de 15% en el mismo período.

La lectura estructuralista: Diamand y el desequilibrio de fondo

El diagnóstico que ensaya Kosacoff —heterogeneidad estructural, capacidades acumuladas, apertura sin igualación de las condiciones de competencia— dialoga con una tradición de pensamiento económico argentino que antecede en varias décadas al debate actual. Marcelo Diamand describió ya en los años setenta el desequilibrio estructural de una economía con dos sectores de productividad muy distinta: uno primario-exportador competitivo en dólares y otro industrial que no lo es sin protección o algún mecanismo de tipo de cambio diferencial. Su advertencia central sigue vigente: estabilizar precios relativos sin resolver esa asimetría de fondo termina, tarde o temprano, licuando la base productiva no primaria. La fórmula de Kosacoff —competir en una economía abierta sin que eso signifique regalar los mercados— es, en rigor, una reformulación contemporánea de ese mismo problema.

La CEPAL que Kosacoff dirigió en su sede argentina construyó buena parte de su acervo teórico sobre la tesis prebischiana del deterioro de los términos de intercambio: las economías especializadas en materias primas tienden a perder poder adquisitivo relativo frente a las que exportan manufacturas, salvo que logren diversificar su matriz productiva. La mención que hace el economista al proyecto de producción de urea —transformar gas en un insumo de mayor valor agregado en lugar de exportarlo sin procesar— se inscribe en esa misma lógica: no se trata solamente de exportar más, sino de exportar con más valor incorporado y más empleo calificado por unidad exportada.

Lo que la estabilización no resuelve por sí sola

El punto de fondo que deja la entrevista es que la estabilización macroeconómica, aun si se consolida, no resuelve por sí sola el problema de competitividad estructural que atraviesa a la industria argentina. Kosacoff lo plantea sin ambigüedad: la brecha de productividad frente a la frontera internacional no se cierra en el corto plazo y requiere inversión pública en infraestructura, financiamiento adecuado, calificación de recursos humanos y condiciones sistémicas que ningún ordenamiento fiscal garantiza por sí mismo. Mientras esa discusión permanece abierta, el proceso que el economista describe como ya en marcha sigue corriendo por una vía paralela a la de los indicadores agregados que el Gobierno exhibe como principal argumento de éxito.