En el ajuste de Milei, las protestas contra la reforma laboral muestran un límite: sin conducción política que unifique los reclamos, el conflicto se fragmenta, se desgasta y el oficialismo conserva la iniciativa.
(por Antonio Muñiz)
La Argentina atraviesa una paradoja que se repite con distintos nombres desde hace décadas: sobran conflictos, falta conducción. Hay protestas, reclamos, paros, movilizaciones, bronca social visible. Pero esa energía, si no encuentra una estrategia política que la organice, termina girando en círculo: se expresa, golpea, conmueve por un momento y luego se desgasta.
Éste es el punto de fondo. El conflicto social, por sí solo, no cambia una relación de fuerzas. Para que tenga eficacia histórica necesita ser encauzado, orientado y dirigido. Necesita pasar de la resistencia a la construcción.
Hoy esa transición está incompleta.
La escena pública muestra múltiples luchas legítimas —laborales, previsionales, territoriales, educativas, productivas— que muchas veces avanzan en paralelo, sin una síntesis política que las unifique. Cada sector defiende lo suyo, con razón, pero el resultado agregado es débil: la fragmentación favorece a quienes gobiernan desde una lógica de disciplinamiento social y administración del desgaste ajeno.
En términos simples: cuando el campo popular actúa dividido, el poder real negocia por partes y conserva el comando del todo.
El problema no es la protesta: es la falta de dirección.
Conviene decirlo sin rodeos. No hay salida por la vía del apaciguamiento moral ni por el llamado abstracto a la “unidad”. La unidad no se declama: se organiza. Y se organiza alrededor de tres cosas concretas:
- *una lectura común de la etapa,
- *un programa mínimo compartido,
- *una conducción con capacidad de decisión y ejecución.
Sin ese trípode, la conflictividad se vuelve episódica. Se gana visibilidad, pero no se construye poder.
La discusión de fondo no es si hay o no malestar. El malestar existe y crece. La discusión es quién lo traduce políticamente y con qué horizonte. Porque en toda crisis prolongada alguien organiza el sentido: o lo hace un proyecto de restauración regresiva, o lo hace una fuerza capaz de construir mayoría social con dirección nacional.
De la suma de demandas al bloque social
Uno de los límites más visibles del presente argentino es la dificultad para convertir demandas sectoriales en voluntad colectiva. Trabajadores formales, informales, pymes, juventudes precarizadas, economías regionales y clases medias empobrecidas padecen, con matices, un mismo proceso de deterioro. Sin embargo, ese diagnóstico compartido no termina de convertirse en sujeto político organizado.
Ahí aparece la tarea que muchos eluden: construir un bloque social que dispute la hegemonía.
No se trata de borrar diferencias ni de uniformar identidades. Se trata de articular intereses diversos en una estrategia común, con prioridades claras y etapas realistas. Cuando eso no ocurre, la política queda reducida a táctica defensiva: se corre detrás de cada crisis, pero no se disputa el rumbo general.
Y sin disputa de rumbo, el oficialismo de turno conserva iniciativa, incluso en contextos de deterioro social.
Conducción política: menos consigna, más arquitectura
La palabra “conducción” suele usarse de manera superficial. Pero conducir, en serio, implica una arquitectura exigente:
- Diagnóstico preciso de la correlación de fuerzas real, no imaginada.
- Definición de objetivos jerarquizados: qué se defiende, qué se recupera, qué se transforma primero.
- Organización territorial y sectorial capaz de sostener el conflicto en el tiempo.
- Narrativa de futuro que unifique y convoque más allá del núcleo militante.
- Formación de cuadros político – técnicos que operen en el territorio, para reconectar la política con la vida cotidiana de las mayorías.
Nada de esto se reemplaza con consignas virales ni con tácticas comunicacionales de corto alcance. En una sociedad cansada y materialmente golpeada, la credibilidad se construye con coherencia entre palabra, programa y práctica.
El riesgo de época: normalizar la impotencia
Hay un riesgo político profundo: que la sociedad naturalice que “nada puede cambiarse de verdad” y que, por lo tanto, sólo quede administrar daños. Esa resignación es funcional al orden vigente. Convierte cada lucha en un expediente aislado y cada victoria parcial en una excepción sin continuidad.
La consecuencia es conocida: crece la frustración social, se erosiona la representación y se expande el desencanto democrático.
Por eso la discusión sobre la conducción no es interna ni secundaria. Es una cuestión de calidad democrática. Donde no hay conducción política del conflicto, emergen dos salidas igual de regresivas: la fragmentación permanente o la autoridad sin mediaciones.
Lo que está en juego
La Argentina necesita más que resistencias: necesita un proyecto.
Más que denuncias: propuestas.
Más que acumulación de agravios: construcción de mayoría.
Porque cuando el conflicto no tiene conducción, se agota en sí mismo. Y cuando se agota, gana el mismo poder que lo produjo.
Conducir el conflicto social no significa administrarlo y menos desactivarlo. Significa darle sentido histórico. Transformar la bronca en organización, la demanda en un programa y la defensa sectorial en horizonte nacional.