Edición n° 2772 . 24/06/2024

Generaciones y política en América Latina y el Caribe

Javier Tolcachier

Las fuerzas políticas que valoran la solidaridad humana y el pensamiento crítico quedan azoradas al ver que muchos jóvenes, considerados a priori adalides de la rebelión e impulsores de nuevos imaginarios, se manifiestan en la escena pública adhiriendo a consignas retrógradas o abiertamente fascistas.

En los medios hegemónicos de comunicación aparecen formadores de opinión que, abanderados en la cortedad de miras, opinan que los jóvenes no se interesan por la política y son por ello presa de consignas facilistas. Recíprocamente, la mayoría de la juventud considera que la política no se interesa por ellos y que esos “analistas” hacen gala de su profesión pensando con sus posaderas.

Hay también quienes se quejan de que las nuevas generaciones no han aprendido nada  de la historia y que se está en riesgo de repetir sus peores facetas. Omiten con ello que han sido las generaciones mayores y sus sistemas educativos quienes han estado a cargo de dicha transmisión. Peor aún, la queja inculpa al desacato juvenil por su reticencia a aceptar un relato único de la historia – marcadamente eurocéntrico con fuerte acento hollywoodense – y por sospechar que la memoria de cada generación rescata en su visión histórica tan solo los asuntos que considera más relevantes.

Los planteos más pragmáticos, por su parte, aducen que para captar el interés juvenil hay que modificar la estética y ciertas formas provenientes de un mundo que ya no existe. Incluso hay quienes simplifican al máximo señalando que bastará ocupar con producciones coloridas o humorísticas las plataformas digitales para seducir a las nuevas cohortes.

La exteriorización de la cuestión no logra captar la esencia del mensaje. La revuelta juvenil, que en ocasiones se manifiesta abiertamente y en otras en enconada resistencia silenciosa, es básicamente antisistémica. Señala que la crisis multidimensional no se resuelve con las mismas recetas ni con los mismos protagonismos que la produjeron y que las nuevas generaciones no están dispuestas a dejarse encauzar por los carriles de siempre.

Un repaso demográfico

Según datos de la CEPAL[1] (2020) sobre un total cercano a los 652 millones de habitantes de Latinoamérica y el Caribe, aproximadamente un cuarto son niñas y niños menores de 14 años. Otro 25% (160 millones) son jóvenes entre los 15 y los 29 años. 144 millones de personas tienen entre 30 y 44 años (22%) y 108 millones están entre los 45 y los 59 (17%). Algo más de 62 millones (10%) componen la cohorte entre los 60 y los 74 años y 21 millones (3.3%) sobrepasan ya la barrera de los 75 años.

Una comparación con la década de los 70´, en que la población total de la región era de 286,5 millones (menos de la mitad de la actual), revela que aproximadamente un tercio era mayor de 30 años (90 millones), frente al 51% actual. O sea, hemos envejecido. O visto desde una perspectiva positiva, más personas viven más tiempo.

Entre las razones que promovieron este desarrollo demográfico actúan en simultáneo dos tendencias. En primer término, el alargamiento de la vida humana. A consecuencia de una mejora general de las condiciones de saneamiento y cuidado de la salud – aunque con enormes inequidades entre zonas y segmentos sociales -, la expectativa media de vida al nacer en la región es hoy de 75 años, mientras que en 1970 era de cincuenta y nueve[2].

Paralelamente, en un lapso de tiempo muy corto se verificó un fuerte descenso de la natalidad. La tasa global de fecundidad de América Latina y el Caribe se sitúa hoy en dos nacidos vivos por mujer, mientras que hace cincuenta años el promedio era de cinco hijos.  La liberación femenina del determinismo natural y el mandato patriarcal asume con ello ribetes revolucionarios.

Aun así, el embarazo adolescente, las carencias de educación sexual y la medieval imposición de las iglesias sobre el cuerpo femenino, contrariando la libre decisión sobre la maternidad, continúan haciendo estragos en la región.

Memorias y aspiraciones diferenciadas y comunes

Suponer que las generaciones coexistentes en un mismo espacio de tiempo tienen las mismas memorias es un grave error. Cada generación crece en un paisaje social diferente en el que se forma su sensibilidad. Esto puede observarse en la extrañeza y añoranza que sienten las generaciones encanecidas ante la pérdida o transformación de su entorno, desaparecido a su alrededor pero muy vivo en sus recuerdos.

Lo que no queda circunscripto solo a los objetos, construcciones y ocupaciones, sino también a los valores y costumbres predominantes en cada época. La crítica hacia los hábitos de las nuevas generaciones se vuelve entonces moneda común para los entrados en años, así como también la falsa letanía sobre las bondades de tiempos pasados frente a los actuales.

Del mismo modo, el horizonte vital es configurado – aunque no de modo determinista – en cada generación por las aspiraciones propias de la época, a la par de la condición en la que se nace.

Así, conviven en un mismo tiempo histórico memorias y proyectos generacionales diferentes, los que tratándose de franjas jóvenes en crecimiento frente a las establecidas, están en tensión y entran en fricción.

De este modo, señala Silo, “Las generaciones más contiguas tratan de ocupar la actividad central (el presente social), de acuerdo con sus particulares intereses, estableciéndose con las generaciones en el poder, una dialéctica en la que se verifica la superación de lo viejo por lo nuevo.”[3]

Es cierto también que existe un sustrato de memoria y de imagen futura en común, dado en general por la historia transmitida y la cultura compartida, lo que permite cierta cohesión social. Sustrato que en la actualidad se vuelve más difuso pero también más complejo, por la aceleración histórica, la fragmentación y la interpenetración de códigos de todas las culturas de la tierra a través del contacto directo y la comunicación digital.

¿Qué significa todo esto? ¿Qué implicancias tiene para la vida social y política y su devenir?

Dialéctica generacional

Las irrupciones contestatarias suelen ser disparadas por la generación joven, crítica respecto a los modelos establecidos y en dialéctica con las generaciones precedentes, vistos como los responsables del estado de cosas por acción u omisión.

Las y los jóvenes ocupan siempre la “primera línea” de los cambios, en actitud desafiante a la opresión y la represión que sufren, pero no debe confundirse ímpetu transformador con signo evolutivo. Hay sobrados ejemplos históricos de posicionamiento regresivo, como se  evidenció en el nazismo, la revolución cultural en China o los fundamentalismos religiosos de la actualidad. Incluso debe considerarse al ecologismo radical y al negacionismo del conocimiento científico como una variante presente de las tendencias involucionistas.

La precarización y la exclusión de muchos jóvenes constituyen hoy un factor estructural de la estampida generacional. Sobradamente legítima, por otro lado. Pero el actual alzamiento se produce también en respuesta a la continuada traición ocasionada por las falsas promesas del sistema hacia los más nóveles.

A ello se suma un efecto de “embudo” generacional. Buena parte de las generaciones precedentes, hoy más longevas, se resiste a abandonar sus espacios, impidiendo el acceso a quienes van creciendo e inmovilizando la lógica del reemplazo.

Pero en definitiva, es el rechazo a un sistema de creencias y valores caduco, hipócrita y vacío de sentido, lo que genera en las nuevas generaciones la mayor de las indignaciones.

Reloj generacional y mapa político

El actual reloj generacional de América Latina y el Caribe está conformado por aproximadamente 6 generaciones de muy diferente temporalidad interna. Los más mayorcitos nacieron en el período previo a la segunda guerra mundial. Luego sobrevino la generación que creció en América Latina y el Caribe bajo liderazgos fuertes y proyectos nacionalistas, en los tiempos del cemento y de las grandes obras de infraestructura. Los que hoy superan los 60 años bebieron en su adolescencia de la revolución guerrillera, el rock and roll, la sicodelia hippie, la mística oriental o algo de todas ellas.

Luego de la represión brutal del sistema para eliminar todo rasgo de contracultura, surgió la generación atravesada por el neoliberalismo, la ideología que dictaminaba el fin de la historia y de las ideologías. Ante los efectos desastrosos de un capitalismo sin sordina,  emergió una nueva generación contestataria, que ayudó a construir los proyectos de autodeterminación política y cultural de la región en la primera década del siglo XXI.

En esos entornos político-sociales creció la actual juventud, que, de igual modo que las anteriores, reniega de permitir que sus horizontes sean trazados solamente por los sueños que acariciaron los jóvenes de otras épocas.

Mientras las preferencias políticas de las generaciones adultas tienden en mayor medida a la conservación – aspecto que se agudiza al engrosarse demográficamente las franjas sociales de mediana edad – la postura política de la generación joven dista de ser unívoca.

Una fracción sostiene que los progresismos evitan males mayores, y moviliza con la idea de “todos contra lo peor” sumando a la acumulación de fuerzas para derrotar a las derechas y ultraderechas. Están aquellos que, como ya fue mencionado, optan por las proclamas altisonantes y conservadoras de personajes grotescos surgidos al calor del fracaso sistémico. Un contingente importante de jóvenes, en una crítica más radical al marco institucional establecido, adhiere a la proclama “que se vayan todos”, mientras que otros, impelidos por situaciones de máxima carencia u otro tipo de violencias, ofrecen su apoyo coyuntural – acaso con la nariz tapada – al mejor postor.

La pregunta hoy, para el sector de las generaciones mayores preocupado por el avance social de los grandes conjuntos, es si es posible encaminar un diálogo con las nuevas generaciones, mayormente críticas a modelos propios de imaginarios del siglo pasado. Diálogo cuyo horizonte sea evitar que su justificado rechazo sea funcional a un péndulo funesto hacia la dominancia absoluta del capital, revestida hoy de supuesta innovación digital y verde.

Este dilema se complementa a su vez, para los espíritus menos conformistas de todas las generaciones, con otro interrogante todavía más intrincado: ¿Cómo puede esta juventud animar revoluciones de nuevo tipo cuyo signo sea humanizador? 

La revolución total

Durante los últimos cuatro siglos, la mirada sobre el mundo ha sido permeada por el avance de la ciencia y su hija menor, la tecnología. Hija que, con una total falta de respeto a su progenitora, ha pretendido desligarse de su fundamento, pretendiendo convertirse – con bastante éxito – en ama y señora del planeta.

A la par de los enormes avances logrados por ambas en las últimas centurias, se produjo como contraparte una visión parcializada, en la que toda verdad debe atravesar el cedazo de ciertos parámetros establecidos por la metodología científica para ser aceptada.

Este sistema axiomático de creencias, impuesto en paralelo a la dominación colonial, anonadó otras formas de conocimiento existente en las distintas culturas a la vez que implantó una manera análoga de mirar lo humano como un fenómeno más, meramente externo, sujeto a leyes naturales y con una naturaleza definitiva e inamovible.

Este abordaje de lo humano sepultó, o al menos colocó en lugar subalterno la importancia del mundo interno, de la subjetividad individual y colectiva, relegándola a un papel secundario.

En dialéctica con esta mirada objetal y tecnocrática, surgió en rechazo su némesis idealista, adhiriendo un conjunto significativo de personas a las reglas de un reino regido por esencias inmateriales. En un resurgir del mundo que se creía ya liquidado por la Ilustración racionalista, reapareció con fuerza la variante teísta, manipulada en gran medida por intérpretes religiosos, visión que propició una corriente política de fuerte contenido regresivo. En su vertiente predominantemente atea, la cuestión derivó hacia un absolutismo espiritualista, alejado en general de cualquier atisbo de acción colectiva en el campo político, considerado contaminado y espurio.  

Acaso las nuevas revoluciones necesarias tengan un carácter integral, no sitúen lo político social en contradicción con lo existencial, sino que postulen una interacción continua entre la interioridad humana  – favorecida en su evolución por mejores condiciones de vida para todas y todos – y una sociedad no violenta, posibilitada por el cambio de valores en el mundo interno de cada quien.

Esta complementación de supuestos opuestos, de lo denso y lo sutil, de lo terreno y lo eterno con sentido de ascenso y desarrollo humano, puede constituir la síntesis creativa e integradora de las diferencias.

Si las nuevas generaciones y una parte de las anteriores hacen propia la idea de simultaneidad en las transformaciones tanto en la esfera social como en la existencial, se podrá saciar de manera paralela tanto las necesidades del cuerpo como las del alma, ambas apremiantes. La revolución tendrá entonces consistencia y permanencia en el tiempo.

Ese nuevo mundo se abre como posibilidad ante nosotros. Toca saltar la barrera de lo conocido e intentarlo.

(*) Javier Tolcachier es investigador del Centro Mundial de Estudios Humanistas y comunicador en agencia internacional de noticias con enfoque de paz y no violencia Pressenza