Edición n° 3438 . 21/04/2026
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Gaza y la generación huérfana

En Gaza, más de 64.000 niños quedaron huérfanos. Algunas historias revelan cómo se construye —en medio de la devastación— el futuro de esa generación.

(Por Rizek Abdeljawad y Cecilia Miglio) En el campamento de desplazados de Khan Yunis, al sur de la Franja de Gaza, las carpas improvisadas con lonas, chapas y cartones se alinean sobre pasillos angostos de arena. Allí viven 270 chicos. La escena se repite en distintos puntos del territorio y deja al descubierto una crisis que no deja de crecer: según el último informe del Ministerio de Desarrollo Social de Gaza, ya son más de 64.000 los niños y niñas huérfanos. La mayoría perdió a uno o a ambos padres; otros miles quedaron completamente solos, sin familiares ni redes de contención.

La destrucción de hospitales, escuelas y viviendas profundiza ese desamparo. Con servicios básicos colapsados, la vida cotidiana se reduce a la supervivencia. En el campamento, los chicos cargan bidones y baldes en busca de agua, en recorridos que forman parte de una rutina marcada por la escasez.

Pero detrás de las cifras aparecen las historias. Relatos que oscilan entre la pérdida absoluta y la necesidad de seguir, de sostener alguna forma de futuro.

A pocos kilómetros de allí viven Rami e Iman Arrouqi. Durante 23 años intentaron tener hijos sin éxito. La adopción nunca había sido una posibilidad concreta hasta que la guerra les mostró otra realidad: bebés y niños llegando solos a los hospitales. Empezaron entonces a cuidar a menores huérfanos de manera transitoria, hasta que un médico cercano les habló de Jannah, una beba de apenas días de vida, sin familiares identificados.

“Nada más importaba. Solo queríamos estar ahí para ella”, cuenta Rami. Tras completar los trámites, la llevaron a su casa. Por primera vez, sintieron que eran una familia. Él recuerda ese día y repite en voz baja “baba” (papá, en árabe), como si todavía intentara comprender el peso de ese momento.

La historia de Jannah, sin embargo, es una excepción en un territorio atravesado por el trauma.

En el mismo campamento de Khan Yunis vive Malak Khadr. Perdió a toda su familia y sufrió la amputación de su pierna derecha cuando su casa fue alcanzada por un bombardeo y quedó bajo los escombros. Su último recuerdo intacto es el de una noche en familia: risas, algunas golosinas. Después, el estruendo. Recuerda haber abrazado a su padre mientras esperaban un alto el fuego. Al amanecer, ya no quedaba nada.

“No me dejaron a nadie”, dice, mirando una foto familiar.

Hoy intenta mantener el equilibrio apoyándose en los postes de una carpa. Se desplaza como puede hasta alcanzar sus muletas. Aun así, sostiene un único deseo: “Quiero una prótesis… para poder volver a caminar y regresar a la escuela”.

Ese deseo choca con una realidad devastada. Muchas escuelas fueron destruidas; otras funcionan como refugios para desplazados. Miles de chicos quedaron fuera del sistema educativo. Ibtihal Al Salibi, a cargo de tres menores huérfanos, advierte que la interrupción es tan prolongada que el mayor ya piensa en dejar de estudiar para trabajar.

A la falta de escolaridad se suman riesgos severos para la salud. Los niveles de malnutrición comprometen el desarrollo físico de los niños y pueden dejar secuelas irreversibles. El impacto psicológico, en tanto, aparece como la herida más profunda. Maysaa Al Rubaie, madre viuda de cinco hijos, lo expresa con claridad: “Mis hijos se despiertan por las noches con pesadillas. El miedo no se va nunca”.

La adopción, en este contexto, es una práctica reciente dentro de la sociedad palestina. Antes de la guerra, el cuidado de niños huérfanos recaía principalmente en organizaciones no gubernamentales, con apoyo internacional —especialmente de países como Turquía, Indonesia y Malasia— y bajo supervisión estatal.

La infancia en Gaza cambió para siempre. Entre quienes logran encontrar una familia y quienes quedan librados a sobrevivir en soledad, el drama de una generación marcada por la guerra, el asedio y la pérdida se resume en una frase de Malak:

“Solo quiero vivir”.

* Fotografías del Campamento de Huérfanos de Khan Yunis por Rizek Abdeljawad