Edición n° 2738 . 21/05/2024

FINGIR DEMENCIA

Javier Milei se presenta como un loco desacatado, demasiado inestable según algunos para ocupar el sillón presidencial, esperanza que romperá con el modo establecido de hacer política para otros. La retórica cuerdista-capacitista con la que se viene analizando el fenómeno de la Libertad Avanza reaparece en nuestra necesidad de fingir demencia para sobrellevar la realidad a la que nos arroja este hijo sano del neoliberalismo. ¿Cuál es el riesgo de naturalizar la locura? Invisibilizar la eficacia de esta performance no solo para imponer atrocidades discursivas y materiales y concretas, sino para impedir que politicemos nuestro agotamiento.

Por: Elian Chali/ Arte: María Elizagaray Estrada//

El masterplan del neoliberalismo de turno nos está sometiendo a la doctrina del shock: no matar del todo, sino someter, empobrecer, humillar. Frente al panorama desolador, el humor en redes nos trajo a la orilla del mar digital una nueva consigna que se instala como camiseta de supervivencia posteo tras posteo: fingir demencia. Está a la vista que los daños son serios y reales. Ni vale la pena discutirlo, nuestras pobres cabecitas están hechas mierda. Pero esta frase que con perfume inocentón invita a ignorar la realidad contribuye a la retórica cuerdista-capacitista con la que se viene analizando el fenómeno de Javier Milei. Entre tanto dedito señalador, el tipo tomó el poder, ¿y ahora? ¿qué hacemos? ¿qué está pasando? / Fingir demencia / ENTER.

El nuevo presidente es un no-normal, un loco desacatado, que para algunos es demasiado inestable para ocupar el gran sillón y para otros, la esperanza-vehículo que romperá con el modo establecido de hacer política en el que ya no creen. Su lenguaje corporal, la relación con sus perros clonados, Dios y las religiones, la hermana, los capitales. Sus tácticas discursivas y la adicción a Twitter, su pelo, su look neo-nazi. Su obsesión con ideas políticas descabelladas. Sus disparates mesiánicos. Características combinadas que modelan un flamante Frankenstein al que se contraataca -entre mucha militancia y rosca- con diagnósticos, escarnio y bullying. 

Durante la campaña, salieron expertos en salud mental de abajo de las piedras. Se sacudían los árboles y caían recetarios. Una vigilancia molecular y farmacológica a la orden del día vecinal como táctica de réplica política. El gran avance logrado en la concientización sobre la salud mental fruto de luchas, disputas de derechos y profundas reflexiones sobre las secuelas de la pandemia, tomó una dimensión extraña y peligrosa desde la aparición de Milei en la política argentina. 

El gran avance logrado en la concientización sobre la salud mental fruto de luchas, disputas de derechos y profundas reflexiones sobre las secuelas de la pandemia, tomó una dimensión extraña y peligrosa desde la aparición de Milei en la política argentina.

Y del mismo modo que a Patricia Bullrich se la desacreditó siempre por su consumo problematico de alcohol, ahora volvemos a sentir el hedor odiante cuando la atacan a Victoria Villarruel por lesbiana. Instrumentar cualquier aspecto que se corra del arquetipo de dirigente correcto y moral para atacar, termina reduciendo todo a una chicana que distrae y desconoce la potencia de intervenir con el lenguaje para dar discusiones que estén a la altura de las circunstancias. Es una ebullición discursiva irritante y debilitada que se torna agresión desmedida a pesar que los costos sea quemar las banderas que defendemos o contradecir derechos por los que luchamos. 

Como buen aikidoka devoto de la ultraderecha líquida y voraz, el nuevo presidente sabe usar muy bien esta fuerza a su favor. El pueril escudo en forma de acusaciones sobre su inestabilidad mental que alzamos como resistencia no nos dió resguardo y, en cambio, entregamos en bandeja con moño multicolor, el lenguaje como herramienta de transformación. A esto le agregamos unas pizcas de eugenesia y allá fue mucho de lo conseguido a través de la desmantelación de las lógicas opresivas, clasistas, coloniales y patriarcales con la bastardeada y precaria “e” inclusiva que tanto costó. 

Esto expone un problema: en esa inclusión no hay lugar para la neurodivergencia, la diversidad corporal o la discapacidad. En esta vereda los sanos, cuerdos y normales, bien pensantes y reflexivos, conectados con la verdad. Del otro lado de la calle los locos, delirantes, esquizofrénicos, incapaces de conducir un país. Al final ¿quién es la ‘gente de bien’? ¿Quiénes están en su sano juicio? ¿Tábula rasa para quién? ¿No le sobrará higienismo a esa posición?.

¿Cuál es la imagen de un loco? ¿Es posible determinar la fisonomía de la locura? ¿Y la de un raro? La cosa se pone aún más peluda porque si Milei encarna el estereotipo de loco sobre el cual tanto se habla  -y que él conjuga con comportamientos a contrapelo de lo que se espera de un presidente- su impostación del imaginario delirante en su proyecto gubernamental gana eficacia. A ningún otro presidente se le hubiera permitido ofensas de tal magnitud y reacciones como las que vemos a diario por redes sociales, sin embargo él hace pasar  atrocidades discursivas -pero también concretas y materiales- justamente por jugar el papel de loco. Mientras su máscara se vuelve cada vez más realista, en simultáneo se corren sus límites de justificación. 

Diagnosticar locura es un instrumento histórico popular para justificar acciones políticas aberrantes desde siempre, cuando en realidad deberíamos echar luz a las sociedades que son las que construyen las posibilidades para que existan hechos espantosos. Tanto para bien como para mal. CFK fue patologizada hasta el cansancio por la prensa -incluyendo respaldos científicos incomprobables y análisis minuciosos de su comportamiento- y a su vez, también se decía que Nestor Kirchner pudo lograr el levantamiento de un país destrozado gracias a que estaba loco. Milei reitera como rueda boba que es un genio y no un loco y que su éxito es la prueba de la diferencia. Celebrar  como éxito esta degradación de las formas de vida, ¿es propio de una persona fuera de sí? Según el metrónomo social del momento y los niveles de odio circulantes, la locura puede lucir positiva o negativa, aceptable o condenable, pero quien siempre termina cayendo en ese agujero discursivo, es la población neurodivergente. 

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Milei no ejecuta la performance de locura profunda la cual produciría otro tipo de reflexión y crítica sobre su figura. Los locos profundos -los apartados de todo, aquellos que no les importan a nadie- en la esfera pública se tratan con lástima y conmiseración, es el lugar que le corresponde a la diferencia en una sociedad neurotípica. En cambio esta locura circense habilita que los “normales” puedan atacar, incluso aludiendo a sus estados pero no sin antes pasar por la reiteración de supuestos diagnósticos. Es decir, como no representa una víctima o un enfermo estereotípico, los adversarios políticos de Milei se sienten autorizados para agredir tratándolo de enfermo y esto deja al descubierto este ring de boxeo que naturaliza la patologización, la vuelve un instrumento válido en la disputa discursiva, para un lado como para el otro. 

La supuesta locura de Milei es equivalente a la irritación, el estrés, o la depresión que acontecen en cualquier barrio a lo largo y a lo ancho del territorio y fue calibrada para promesa electoral a través de la representación disidente de la normalidad. Al nuevo presidente le queda cómodo el lugar del trauma -partidos políticos, infancia, hechos históricos, psicotécnicos negativos-, porque es un lugar de agenciamiento accesible para la mayoría, pero las consecuencias de esas marcas personales las termina pagando toda la sociedad.

Una multitud de votantes encontró en él un reflejo donde alojarse. Otra buena cantidad tramitan su decepción de Cristina cristalizada en tótem y con corazones rotos de a montones, pero muchos también quedaron fuera de todos los relatos, como siempre, a la intemperie de la representatividad partidaria, sin reparo ni orientación. Esta conformación de algunas instancias democráticas que en Argentina no resultan para nada novedosas, logran actualizarse con la irrupción de un personaje nunca antes visto por estas latitudes, pero harto conocido en el resto del globo. 

Según el metrónomo social del momento y los niveles de odio circulantes, la locura puede lucir positiva o negativa, aceptable o condenable, pero quien siempre termina cayendo en ese agujero discursivo, es la población neurodivergente. 

Entonces el teatro de locura estruendosa de Milei funciona como base operativa contra el cinismo incluyente que su plataforma política denuncia como el germen del problema (principalmente K) y lo hace justamente a través de la exclusión. Es decir, LLA termina reproduciendo lo que critica de su adversario -la falsa inclusión- a través de la táctica del disfraz de la libertad neoliberal, que es abandono y segregación. Ese ropaje es la furia celebrada por el 56% de los votantes y nombrada como locura por el 44% restante.

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Milei no está loco, ni por tomar 8 latas diarias de energizante Monster Mango Loco como regulador de azúcar en sangre para dormir, ni por el exceso de fármacos que lo tienen manso cada vez que aparece en público. Milei es un hijo sano del neoliberalismo. La locura no produce violencia pero diagnosticar a ojo sí es violencia. Milei está resucitando la palabra mogólico como insulto y como si no fuera suficiente, desbarató el INADI. Contra él, montones tildándolo de enfermo. Contra nosotros mismos, autodiagnosticándonos con demencia. Disparos de cualquier cosa y en cualquier dirección pero siempre con la salud mental como revolver. Todo desbarajustado y sin criterio, subidos a la locomoción alienante de la velocidad enunciativa, atropellando lo que se cruce en nuestro paso. ¿Acaso el silencio y la sustracción ya no son más instrumentos de poder político?

¿Creímos que la rebeldía, la libertad y la irreverencia serían para siempre intocables, innegociables y robustas? Ahora, casi sin darnos cuenta ya nos producen picazón, aunque todavía sostengamos que no hay que cederlas tan fácil. No son sólo palabras que simplemente se reemplazan por otras, ni tampoco son palabras inocentes, son artefactos gramaticales sostenidos por luchas sociales, experiencias humanas, revoluciones culturales. Terminologías del deseo que nos recuerdan que una vida mejor es posible. Claro que no exentas de problemas, paradojas y contradicciones, sin embargo nos han servido para darle sentido a tanto cuerpo puesto. Talismanes, representaciones, brújulas. Pero ahora que perder el refugio opaco de nuestra lengua nos está empujando al resumidero del desconsuelo, junto a nosotros también están cayendo formas de nombrar la vida. Vienen por el vaciamiento de todo, comenzando por la justicia y la revolución, palabras que tanto nos cuesta rellenarlas. 

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Ya no queda resto para abstraernos, no podemos más. Entonces fingimos demencia. ¿Pero cuáles son las tecnologías de vuelo libre que aún quedan disponibles? ¿fútbol? ¿video juegos? ¿ketamina? ¿sexo? ¿Cómo fugarnos de este plano aunque sea por un rato sin que suponga matar al otro cada vez que lo enunciamos? ¿microdosis de hongos? ¿memes? Inventar otras ficciones son modos de barretear el candado de la realidad, soñar con la liberación que sólo acontece en el terreno de la experiencia y a modo de perspectiva. ¿Pero cómo sostenemos estas gramáticas afectivas tan delicadas y endebles? Los niveles de literalidad que estamos atravesando ensordecen cualquier ensayo de fantasía. Nuestros estímulos hoy se encuentran tan saturados que no hay margen de escucha ni observación de frecuencias sensibles, sutiles o pequeñas. El mundo se nos entromete dentro nuestro a diario y resulta imposible procesarlo, son fuerzas mayores, inmensurables, multiplicadas. ¿Qué psiquis puede articular con tantas temporalidades superpuestas? ¿Cuál ingeniera interna de autopreservación podemos activar hoy que no signifique el repliegue total?.

El teatro de locura estruendosa de Milei funciona como base operativa contra el cinismo incluyente que denuncia su plataforma política.

Tampoco hay que ser respetuoso y obediente con la realidad que se ha vuelto inaguantable, pero la realidad no va a dejar de existir por muchos intentos de camuflaje. Encontrar marcos de sosiego que tan necesarios son para nuestro vuelo libre, requiere foco, audiencia, tacto, tiempo. Cualidades y condiciones muy difíciles de sostener en tiempos brutales como estos, pero que se vuelven aún más inaccesibles si les concedemos el quebradero de nuestra mente y espíritu a quienes buscan división. Preguntarnos sobre cuáles son los efectos y condiciones que nos hacen desear demencia, ayuda a entender las bases de nuestro estado anímico actual y a politizar el agotamiento, hacer de la debilidad un sismógrafo que nos vuelva a ubicar entre tantas cartografías solapadas.

No nos queda otra que volver a mirarnos, escucharnos, atendernos. Ningún suelo sensible se puede rearmar sin solidaridad ni cooperación, incluyendo el fastidio que significa hacerlo con quienes piensan distinto a nosotros. Los niveles de violencia institucional, discursiva y simbólica que estamos presenciando atomizan un estado de precariedad hacia adentro de la psiquis colectiva que tuvo, tiene y tendrá costos altísimos de recupero más allá de cualquier color político. 

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¿Fingir demencia deja secuelas? ¿Puede haber algo de potencia en las tripas de esa frase-maquinita? En este matorral informativo en el que estamos extraviados parece significar hacerse el pelotudo con el otro. Abandonarlo en la intemperie de la vida cotidiana. Fingir individual vs. organización colectiva. Fingir como enmascaramiento de la distancia. Un silencio aséptico religioso de los vínculos. Fingir, aparentar para evitar el contacto, la responsabilidad de transitar el conflicto y soportar los disensos. Fingir como blackout a los problemas ajenos, incluso -pero sobre todo- los propios. Dictadura del wellness y espiritualidad new age ajustando sus botas contra cualquiera que tenga la vibra baja. Sin implicancias, sin compromisos, completamente desafectados y encima con la pesadumbre de estar exhaustos y soñar con el descanso, con que finalmente algún río fluya entre tanto estanco. 

Si sorteamos la disgregación que pretende producir estas políticas egoístas de autosuficiencia, quizás podamos también correr el foco del sujeto individual como responsable único de su situación de vida y volver a apuntar sobre la dirigencia política. Las condiciones adecuadas para la integridad y la salud mental son tarea del Estado y no podemos dejar de exigir respuestas. La dignidad es una deuda de arriba para abajo. 

Los chistes sobre lo hecha mierda que tenemos la cabeza no son autoindulgencia ni reírnos de nosotros mismos, ese umbral ya lo dejamos atrás hace rato. Es decretar el fin de nuestra vitalidad como pan de supervivencia. Un vivir muerto. Y como si no fuera suficiente, la demencia aparece con frecuencia en edades avanzadas. Pero claro, ¿a quien les importan los locos y los viejos?

La demencia estropea la memoria. ¿De verdad vamos a elegir el olvido en estos tiempos? ¿Con una vicepresidenta negacionista, promotora militar y dispuesta a condecorar genocidas? ¿No es ahora cuando más tenemos que ejercitar ese músculo fatigado para que no se seque como elástico al sol?. Al lado del presidente, Victoria Villarruel encarna la sanidad e higiene, actúa por contraste y ecualiza el exceso de testosterona de Javier Milei con su feminidad austera. ¿Cómo hacer para que irnos un rato de nuestra cabeza no signifique que nos desaparezcan? 

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No creo que haya que mudarse al brillantino costado del optimismo resiliente. Pero la desintegración y el deterioro social al que nos están arrastrando va a traer mucho dolor y trauma en los tejidos vinculares que no sanarán tan rápidamente. En el mejor de los casos, serán moretones de largo aliento. En el peor, el olvido y la desarticulación total. Sabemos que las tecnologías de la amistad en las que tanto aprendimos a apoyarnos, a menudo no son suficientes y tenemos que actualizar ese software. ¿Y qué pasa si buscamos modos de resolver conflictos y diferencias que no signifiquen manicomios, cárceles o muerte? Si no desmontamos la noción paranoica de que al lado nuestro siempre hay un enemigo, no hallaremos horizonte posible. No existe imaginación en la reafirmación obsesiva del yo, ahí no cabe más nadie. ¿Cómo secularizar el deseo de la moral militante que tanto amedrenta? ¿Qué hacer con la lengua, que está en la boca, que está en la cara que tenemos que poner para atajar el próximo puñete?