Edición n° 3333 . 06/01/2026

Fin de año en Argentina: de la privatización a la repolitización del sufrimiento humano

(*Emilia Trabucco ) En miles de mesas argentinas, este fin de año hubo sillas vacías. Y en miles más, platos vacíos. Ausencias que se tramitan en soledad, sin que nadie las nombre y las signifique. Una soledad teñida de desesperanza y de explicaciones individuales para los fracasos que marcan la vida cotidiana; una marea íntima que se extiende como pandemia silenciosa. La época impone esa gramática: privatizar el sufrimiento, encapsularlo en biografías rotas, borrar las causas sociales de las ausencias. En esa operación, la derrota aparece como un destino personal, la miseria como un problema de carácter, el dolor como un asunto doméstico. El poder necesita que las heridas no se toquen entre sí.

Dos personas se suicidan y otras dos lo intentan cada dos horas en nuestro país. La tendencia se profundizó en el último año. Más de mil personas fueron asesinadas a sangre fría por las fuerzas de seguridad. Cientos de seres humanos con enfermedades graves perdieron su vida abandonados por un Estado que se retiró allí donde su presencia era vital. Muertes con causas diversas que desde los centros de poder se trabaja para que aparezcan desarticuladas, aisladas, sin vínculo posible entre sí. Como decía el joven Marx, “el suicidio es uno de los mil y un síntomas de la lucha social general. No pertenece únicamente a los individuos aislados; es un fenómeno que acusa a la sociedad”. Nombrar esa acusación es romper el cerco: devolverle espesor social a lo que la época exige vivir en secreto, sin lenguaje, sin comunidad. 

Quizás resignificar el concepto de “bajas” en la lucha social se vuelve urgente para dimensionar el estado de guerra que el capital ha desplegado contra su enemigo de clase histórico, en tiempos de fenómenos morbosos, donde ayuda también el concepto de “guerra social”, como nos aporta Matías Feito de CICSO con sus reflexiones. Un estado de guerra con métodos y técnicas de sofisticación inédita: disciplinamiento económico, persecución judicial, ocupación mediática, control algorítmico de la palabra, represión territorial y un aparato de inteligencia reconfigurado para intervenir sobre la vida civil. 

La invitación a reflexionar parte de una necesidad básica: romper un tiempo acelerado que no permite pensar; que obliga a sumergirse en la instantaneidad de las pantallas; que despersonaliza; que aumenta la soledad bajo la apariencia de hiperconexión, ocio o evasión de una realidad cotidiana que se vuelve insoportable. Como afirma Lucas Aguilera, “se llama “libertad” a la entrega voluntaria de nuestras mentes y cuerpos a nuevas formas de control. Se llama “felicidad” a placeres planificados, vacíos, efímeros. Se llama “”política” a un espectáculo que simula responsabilidad pero elimina toda reflexión”. Y bajo la dictadura del algoritmo, palabras como “suicidio” o “genocidio” se tornan impronunciables. Y lo que no se nombra, no existe. 

Ir a las causas profundas permite enlazar fenómenos que aparecen desconectados, y sumar elementos para comprender por qué en 2025 se aceleró la consolidación de un nuevo orden de disciplinamiento estructural en Argentina, comandado desde los centros de poder del capital. Un régimen de derecha reaccionaria y antipopular administró el Estado bajo una lógica de guerra interna, restauración oligárquica y demolición de derechos. La proscripción y detención ilegal de Cristina Fernández de Kirchner condicionó desde el inicio toda posibilidad de representación democrática, mientras la ofensiva avanzaba sobre territorios, instituciones y sentidos comunes. En paralelo, se aceleró la desindustrialización, se destruyó empleo formal y se expandió el trabajo por plataformas, articulado con un modelo de acumulación centrado en la valorización financiera y la especulación. El “sinceramiento” fiscal y la desintegración del Estado encontraron sus primeras víctimas en las economías domésticas, las pymes y la trama laboral tradicional, ampliando la desigualdad y profundizando la pauperización general de la vida social.

En ese marco, las elecciones legislativas de medio término fueron una batalla dentro de una disputa mayor por el sentido de la democracia. El mapa electoral expuso una sociedad exhausta, con abstención récord y vaciamiento deliberado de mecanismos de representación. La crisis del sistema de partidos, la ofensiva vertiginosa sobre reglas democráticas y la dificultad del peronismo para reconstruir un proyecto renovado configuraron un escenario donde las derechas —organizadas alrededor de un dispositivo digital, judicial y mediático de nueva generación— ocuparon centralidad política y simbólica. 

El disciplinamiento se expresó todos los días: represión sistemática de movilizaciones de jubilades, criminalización de militantes y periodistas, persecución ideológica contra quienes denunciaron el genocidio en Palestina, militarización creciente del territorio. Reformas legales, reescritura del sistema de inteligencia, habilitación de infiltrados digitales, complementación orgánica entre Fuerzas Armadas y fuerzas de seguridad: un andamiaje represivo que fijó condiciones para un orden basado en miedo y desmovilización. La violencia estatal se articuló con un ecosistema de milicias digitales coordinadas por el círculo de Santiago Caputo y la propia Secretaría de Inteligencia del Estado, instalando categorías como “enemigo interno” o “nuevas amenazas” para justificar la intervención sobre la vida civil. La represión quedó expuesta como modo de funcionamiento del régimen.

En el plano económico, el país quedó subordinado a una hoja de ruta dictada por el Fondo Monetario Internacional y el Departamento del Tesoro de Estados Unidos. Ajuste estructural, destrucción del Estado, privatización de bienes comunes, extranjerización de sectores estratégicos y parálisis deliberada de capacidades soberanas: una arquitectura para profundizar la dependencia y transferir riqueza hacia actores financieros mundiales. La política de seguridad y la política económica constituyeron un único programa: garantizar por la fuerza el orden social necesario para el saqueo. Ese deterioro material convivió con la ofensiva contra organizaciones de trabajadores, seguridad social y sistema científico-tecnológico, mientras se fortalecía una alianza entre capital digital, finanzas y narcotráfico como columna del proyecto reaccionario. El año también expuso una trama de corrupción y negocios espurios —borrada por grandes los medios de comunicación—: coimas, retornos, tráfico de influencias, conexiones con estructuras narco-financieras e impunidad asegurada por un dispositivo estatal y judicial que operó como engranaje del poder concentrado.

Geopolíticamente, Argentina quedó configurada como protectorado de facto: alineamiento absoluto con Washington y Tel Aviv, acuerdos militares y de inteligencia, infraestructura vinculada al Comando Sur, cooperación en vigilancia digital y territorial, cesión de soberanía en áreas críticas. Un laboratorio regional donde se ensaya una forma de intervención que combina injerencia militar, control tecnológico, disciplinamiento económico y producción de identidades políticas reaccionarias. Un gobierno que funciona como operador interno de un proyecto que busca reorganizar el tablero sudamericano y contener la presencia china en la región. La subordinación dejó de ser un gesto ideológico: se volvió administración colonial del territorio y del Estado.

De cara a 2026, el oficialismo buscará exhibir “gobernabilidad” ante el FMI y Estados Unidos impulsando reformas estructurales regresivas: laboral, previsional, fiscal y penal, para legalizar la lógica represiva que ya opera de hecho. La disputa parlamentaria será parte de la escena; el núcleo del poder seguirá en la articulación entre organismos internacionales, embajadas, servicios de inteligencia y el corazón duro del régimen.

El día a día de les argentines en 2025 transcurrió en la profundización de un proyecto que enriqueció exponencialmente a unos pocos a costa del trabajo, la vida y la sangre de millones de trabajadores y trabajadoras, en un territorio constituido como experimento del capitalismo mundial en la región. Mirar el año que se va en perspectiva, desde los intereses de las mayorías, ofrece elementos para leer el sufrimiento en clave social y política: romper el aislamiento, disputar sentido, reconstruir lazo, desplegar colectivamente la capacidad humana de proyectarnos hacia el futuro y torcer lo que nos hacen aparecer como imposible.

Artemio López, analista argentino, nos compartió este fragmento de Alfredo Zitarrosa: “ese mundo a los pies, violento, imbécil, abrumador. Esa novela canallesca escrita por un loco”, que demuestra que sí es posible nombrar, en este caso, a través de la cultura popular, lo que unos pocos no quieren. La invitación para este 2026 es a transformar ese mundo, desentrañar la novela, romper el aislamiento, pensar y actuar colectivamente, reconstruir comunidad. Hacer más humana la existencia, como único horizonte de posibilidad.

*Psicóloga, Magíster en Seguridad. Analista de la Agencia NODAL y del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE) en Argentina.