Edición n° 3363 . 05/02/2026

Entrevista a Camilo Gómez Montero: “Puse la cámara donde el poder quería silencio”

(Por Cecilia Miglio/MotorEconómico)

Dialogamos con Camilo Gómez Montero, director y realizador del reconocido y multipremiado documental Lago Escondido, soberanía en juego, una investigación audiovisual que expone el control privado de más de 13.000 hectáreas en una zona estratégica de frontera y las múltiples irregularidades que rodean el acceso al Lago Escondido.

La conversación se dio en el marco de la novena marcha al Lago Escondido, una acción colectiva que vuelve a poner en debate la soberanía territorial, el uso público de los bienes naturales y el avance de intereses extranjeros sobre territorios clave del país. A lo largo del diálogo, Gómez Montero reflexiona además sobre cómo este conflicto local se inscribe en una trama más amplia de disputas globales, donde el poder económico, la extranjerización de la tierra y la concentración del territorio reproducen lógicas similares en distintas partes del mundo.

—Camilo, formás parte de un colectivo que viene acompañando y registrando reclamos de soberanía en la Patagonia. ¿Cómo resumirías tu recorrido hasta llegar a Lago Escondido? ¿Qué te llevó a filmar ese documental y qué creés que lo vuelve urgente hoy?
Y teniendo en cuenta que tus compañeros están ahora mismo participando de una nueva marcha, ¿qué nos podés contar de lo que está ocurriendo en este momento en el territorio?

— Sí, efectivamente hoy me considero parte de un colectivo, en este caso de la columna Juana Azurduy, que en este momento está realizando la novena marcha hacia el Lago Escondido para visibilizar la usurpación por parte del británico Joe Lewis, no solo del lago sino también de trece mil hectáreas en zona de frontera.

Me sumé a la lucha en 2023 de una manera particular, a partir de la idea matriz de hacer una película, un documental que permitiera visibilizar lo que estaba ocurriendo allí. Las marchas venían sucediéndose año tras año, pero observaba que faltaba un registro de imagen y sonido directo que mostrara cómo luchaban esos argentinos y argentinas, y que permitiera, en paralelo, observar desde adentro cómo funciona tristemente un feudo de la corona británica en nuestro país en pleno siglo XXI.

Soy argentino, quiero a mi país, quiero a mi patria. Había estudiado cine, me había formado en la Universidad Nacional de La Plata, ya había hecho algunas películas, y me pareció que podía poner mi oficio al servicio de esta causa desde el lugar donde creía que podía ser más útil. Me parece una lucha justa, tremendamente inspiradora y simbólica, como lo son las marchas al Lago Escondido.

Los compañeros y compañeras de la columna Juana Azurduy —integrada este año por representantes de 17 provincias y 21 organizaciones sindicales, sociales y ciudadanas— están en este momento transitando la ruta hacia el Lago Escondido por el camino de montaña, a la altura de Los Laguitos. Nunca se puede estar del todo seguro hasta dónde se va a poder avanzar, porque esto se juega entre el campo nacional y popular, representado en la columna, y los esbirros, los cipayos que trabajan para el británico Joe Lewis, que todos los años intentan obstaculizar la llegada.

Ellos utilizan la violencia como herramienta; nosotros marchamos de manera totalmente pacífica. Y la policía de Río Negro, lejos de ser neutral, juega sistemáticamente a favor de los intereses del británico.

Agradezco a Motor Económico por la difusión, porque visibilizar lo que sucede en Lago Escondido también es una forma de proteger a quienes marchan pacíficamente. El silencio mediático conspira contra su seguridad.


—El gobierno sostiene que el éxito de una película debe medirse por su taquilla. ¿Cómo se evalúa el “éxito” de una obra que denuncia a un magnate y circula en sindicatos, centros culturales y plazas, más que en las salas de cine?

— El gobierno plantea que una película se mide únicamente por el éxito de taquilla. Nosotros supimos desde el primer momento que Lago Escondido no iba a contar con ningún tipo de apoyo, y así ocurrió. Ni el gobierno de Alberto Fernández mostró interés en apoyarla o proyectarla, ni mucho menos el actual gobierno de Javier Milei.

Es una película incómoda, que atraviesa a gran parte del arco político argentino y pone en discusión la defensa de la soberanía. Hoy la disyuntiva es patria o colonia, y nosotros estamos del lado de la patria.

Llevamos realizadas más de 370 proyecciones en todo el país, superamos los 15.000 espectadores y, en cada proyección, se generan debates que muchas veces duran más que la propia película.

Para nosotros, el éxito no tiene nada que ver con la lógica del mercado. El éxito es generar debate, intercambio, conciencia y movilización cultural. Es una herramienta de militancia y de construcción en un contexto donde los gobiernos neoliberales intentan producir ciudadanos vacíos, sin pensamiento crítico.

Además, la película obtuvo ocho primeros premios en festivales internacionales y recorrió festivales en Europa, varios países de América Latina, en la India, lo que permitió que esta lucha se conozca en otros rincones del mundo.


—¿Qué le ocurre a la identidad de un país cuando su cine deja de ser una política pública y queda librado a la “voluntad” del mercado?

— Hay una frase que me gusta mucho: “un país sin cine es como una casa sin espejos”. No nos reconocemos a nosotros mismos.

Cuando el cine queda librado exclusivamente al mercado, aparece una mirada única, la mirada del mercado, y se pierde la diversidad. La riqueza del cine está en reflejar la variedad, la historia y las luchas de un pueblo.

Un cine raquítico abre paso a la invasión cultural del cine extranjero, principalmente el de Estados Unidos, que termina imponiendo su punto de vista sobre lo que consumimos. Ese proceso va borrando, de manera paulatina, nuestras identidades.


—A un metro tenías a la patota de Lewis bloqueando un camino público. En aquella oportunidad, ¿qué se siente registrar a alguien que actúa sabiendo que es intocable?

— Registrar esa violencia genera dos sensaciones. Por un lado, una dosis de temor, imposible de negar: hay un grupo violento enfrentando a una columna pacífica que no responde con violencia. Pero, por otro lado, aparece la convicción de que lo que se está registrando es muy valioso.

Ese temor se supera con la certeza de que esas imágenes y sonidos van a servir para desmontar el discurso mediático y dar testimonio directo de la violencia de estos cipayos al servicio de un británico.

Se genera una adrenalina particular, vinculada a enfrentar el miedo con la convicción de estar haciendo algo necesario.


—El poder construye figuras como “mapuches violentos”, “terroristas” o “agitadores”. ¿Cómo trabaja tu documental para desmontar ese discurso que legitima el arrasamiento territorial?

— La película muestra con honestidad un feudo comandado por un británico que posee trece mil hectáreas en zona de frontera. No conozco un solo mapuche que tenga trece mil hectáreas en este país.

Mostramos que los pueblos mapuches formaban parte de una columna pacífica, que el camino a Lago Escondido es un camino público y ancestral, y que fue cerrado recién con la llegada de Joe Lewis.

Los mapuches nunca cerraron caminos. Simplemente ponemos la cámara ahí, y la realidad queda expuesta, lejos del discurso sesgado de los grandes medios.


—En estos meses de incendios en la Patagonia, ¿ves el mismo patrón de “territorio liberado” para intereses privados que denunciás en el documental?

— Ningún fuego en la Patagonia es casual. Todo incendio es político.

Cuando el gobierno anuncia que va a derogar la Ley de Tierras y la Ley de Bosques, está habilitando que las tierras incendiadas puedan venderse a capitales extranjeros. El patrón es claro: incendios masivos, derogación de leyes protectoras y remate del territorio.

A eso se suma la intervención del puerto de Ushuaia y la llegada inmediata de aviones norteamericanos. Hay una relación de vasallaje evidente con Estados Unidos. Son políticas de entrega.


—¿Cómo explicás que haya sectores que se desgarran por las Islas Malvinas pero callan —o incluso justifican— lo que ocurre en Lago Escondido?

— Me resulta muy difícil de entender. Son los mismos argentinos que cantaban “el que no salta es un inglés” y luego votan a un presidente que admira a Margaret Thatcher.

Hay un nivel de alienación muy grande, un proceso de zombización producto del bombardeo mediático y del impacto permanente de las redes sociales.


—¿Ves un puente entre los bloqueos y el control territorial en Palestina y las tranqueras de Lewis en el Sur? ¿Es la misma disputa por la soberanía, en escalas distintas?

— Sí, son luchas por la soberanía. Hay un histórico avasallamiento británico sobre la Argentina y uno similar del Estado de Israel sobre el pueblo palestino.

Estados Unidos, Inglaterra e Israel actúan de manera articulada, y hoy vemos cómo avanzan sobre nuestro territorio con la complicidad de un gobierno afín.


—¿Palestina u otros reclamos de soberanía están hoy en tu horizonte de trabajo?

— Me siento identificado con cualquier pueblo que lucha por su soberanía: Palestina, Venezuela, Cuba, México.

Hacer una película requiere recursos, y hoy no tengo la posibilidad económica de encararla, pero sería un honor poder realizar una película sobre la lucha del pueblo palestino.


Si la disputa por el sentido hoy se juega en las pantallas, ¿no debería la escuela secundaria incorporar producción y realización audiovisual para que los jóvenes puedan intervenir críticamente en ese territorio?

El sentido hoy se juega en las pantallas. Por eso llevamos la película a escuelas y universidades, muchas veces en silencio, porque los docentes tienen miedo de ser castigados.

Sería muy valioso que la producción y realización audiovisual formaran parte de la currícula escolar, no como algo accesorio sino como una herramienta central para que los jóvenes puedan intervenir críticamente en ese territorio, desarrollar pensamiento crítico y fortalecer el amor por la patria.