Edición n° 2790 . 12/07/2024

EL PRESENTE COMO FARSA

La única pregunta realmente relevante es: ¿La resignación del campo popular, es reversible?

Paleo-thatcherismo

“¿Cómo terminaron los gobiernos no peronistas en los últimos 70 años? Muy mal. Pensá conmigo: 1955 Arturo Illia, volteado. 1966 Frondizi, volteado. 1989 Raúl Alfonsín, volteado. 2001 Fernando de La Rúa, volteado. 2019 Mauricio Macri, intentaron voltearlo. El peronismo no aguanta mucho tiempo estar fuera del poder” explicó el puntero político y agitador Jonatan Viale por televisión. Esa mentira grotesca podría ser la base argumental de la campaña oficial para imputar al “peronismo” la enorme ola de malestar e indignación social creada por las políticas públicas mileístas. El peronismo sería en este relato para jardín de infantes una reencarnación trans-histórica de la maldad política, encargado de desestabilizar a la buena gente para poder continuar manteniendo eternamente al resto de lxs argentinxs en la pobreza.

No habíamos visto hasta ahora formular públicamente, en los medios masivos, falsedades históricas de tal magnitud, que incluyen el sorprendente ninguneo de la propia “Revolución Libertadora”, así como el de todos los regímenes autoritarios posteriores, los golpes de mercado protagonizados por la elite argentina, y las agudas crisis sociales provocadas por los fallidos experimentos neoliberales que se implantaron en nuestro país.

Tan preocupante como la propaganda goebbeliana comentada, es que pueda haber público capaz de creer esas patrañas, porque estaríamos hablando de niveles de ignorancia sólo compatibles con seres desarraigados de su propia historia y de su propia geografía.

Por otra parte, estas formas de hacer política parecen ser el resultado inevitable de una determinación thatcherista para buscar un enfrentamiento con alguien a quien someter. Se trata de inaugurar un nuevo ciclo político basado en la derrota de las mayorías populares. Estamos ante un thatcherismo en búsqueda de su prueba de fuerza, y que viene provocando a casi todo el espectro político y social. No a todo, porque el DNU por el que combate este gobierno constituye el verdadero programa económico del poder real de la Argentina.

En ese clima de brutalidad social, aparecen acciones gubernamentales incomprensibles incluso para mentes conservadoras, como la negación de alimentos para comedores populares y escolares, o la discontinuidad de medicamentos para tratamientos oncológicos que hasta ahora sostenía el Estado. Esa crueldad thatcherista aparece, a los ojos del núcleo que rodea a Milei, como un componente necesario de su accionar político y como una declaración de los principios económicos que consideran válidos.

Ya escuchamos este tipo de salvajismo en los ’90, con esa famosa y siniestra frase “hacer cirugía mayor sin anestesia” para aludir a las impiadosas reformas liberales que se introducían a toda velocidad. Pero en aquel entonces quien enunciaba la frase estaba acompañado por un hábil equipo político que procuraba que algo de anestesia se aplicara al sacrificado cuerpo social. Aquí, por ahora, no distinguen entre metáfora y realidad, ni les interesa hacerlo.

Logros truchos

El gobierno se congratuló a sí mismo por los supuestos logros que estaría consiguiendo con su política económica. Pero nuevamente la realidad no es una contienda de tweets en donde no hay forma de zanjar qué es cierto y qué no.

El oficialismo salió a instalar que había logrado ya en enero el superávit fiscal, y que había podido limpiar de deudas (las famosas LELIQs) al Banco Central, con lo que se  estaría avanzando raudamente hacia el saneamiento de las finanzas del Estado, de la moneda y –según la teoría fallida en la que creen— ya se estarían sentando las bases de una economía acondicionada para las inversiones y el crecimiento.

Sin embargo, situándose en el mismo nivel de realidad del derrocamiento de Illia en 1955, el superávit de enero fue una mentira.

Buena parte de los gastos “ahorrados” son en realidad recortes insostenibles al nivel de vida de los jubilados, docentes y empleados públicos, así como al funcionamiento de instituciones que no pueden ser eliminadas. Por ejemplo, no se transfirieron recursos a CAMMESA, el ente que gestiona el funcionamiento del mercado eléctrico mayorista, lo que implica el peligro de colapso de la cadena de pagos del sector y la paralización caótica de la actividad.

La profundización de esta forma antisocial de recorte del gasto va a volver inviable el traslado de la mayoría de la población en transporte público, el gasto en medicamentos, la carga de combustible, y la calefacción de las viviendas en diversos lugares del país. Las administraciones provinciales también están amenazadas de caer en situaciones insostenibles, lo que explica en parte los roces con el gobierno nacional. Dejar de comer es necesariamente un recurso transitorio para ahorrar unos pesos.

Es justo recordar que el plan original del gobierno era aumentar más la recaudación tributaria, pero resultó que los ricos de Argentina rechazaron pagar la parte impositiva que les correspondía. Por lo tanto, lo que quedó por delante es puro recorte salvaje, y pases mágicos para computar “éxitos” de corto vuelo.

Uno de esos pases mágicos es la supuesta “limpieza” de los pasivos del BCRA. Se trata de otra truchada que rápidamente ha sido descubierta. Si bien de las cuentas del Central desapareció la “bomba de las LELIQs”, apareció en el Tesoro la bomba de otros préstamos de muy corto plazo por parte del sector privado al Estado, que además puede ser reclamada su devolución en el cortísimo plazo. Son billones de pesos, que deberían ser emitidos raudamente por… el Banco Central, empapelando nuevamente la economía, y destruyendo el “logro” de haber reducido la base monetaria un 12% real en el mes de enero.

Lo mismo ocurre con la acumulación de más de 8.000 millones de dólares en las reservas: se hizo en paralelo a la acumulación de deuda por importaciones impagas por 7.000 millones de dólares en diciembre y enero. A pesar de ese maquillaje transitorio, las reservas netas del Banco Central siguen siendo negativas en 4.000 millones de dólares.

¿Cuánto tiempo duran las mentiras y los encubrimientos de la prensa que sostiene al gobierno? Hasta tanto los grandes grupos mantengan expectativas de que de Milei y su troupe pueden obtener para ellos derechos adquiridos muy importantes.

Pero la brutalidad del ajuste apunta a que se paralicen las actividades económicas vinculadas al mercado interno (Acindar, General Motors, luego automotrices, luego autopartistas), mientras se derrumban los ingresos, se incrementa aceleradamente el desempleo y se agita crecientemente la sociedad.

El modelo 1990

El ídolo político de Milei es Menem, y su ídolo como economista es Cavallo.

Seguramente encuentra en ese gobierno inspiración para lo que se está haciendo ahora. Cambiando “convertibilidad” por “dolarización”, se puede ver el esfuerzo por repetir la escena, pero a una velocidad mucho mayor.

La convertibilidad no nació de un repollo, ni de la genialidad de Cavallo, sino que debió ser preparada durante 1990, por Erman González en el Ministerio de Economía y Javier González Fraga en el Banco Central. Para que existiera la masa de reservas necesaria para lanzar la convertibilidad en abril de 1991, durante los 15 meses previos se generó a propósito una profunda recesión, precedida por el Plan Bónex que secó la economía de dinero, y por el decreto gubernamental Nº 135, que provocó un fuerte recorte del gasto público. Además no se pagaba casi nada de deuda externa, acción tolerada por los acreedores porque se les dio un premio mucho más suculento: las grandes privatizaciones.

De esa enorme contracción económica, de ese hundimiento del mercado interno (acompañado por inflación del 10% mensual a lo largo de todo el año), surgió el superávit comercial que proveyó las divisas que  pudo acumular el Estado para utilizarlas en 1991 para lanzar la convertibilidad.

La secuencia es: derrumbe económico intencional – saldo comercial favorable debido a la recesión profunda – acumulación de reservas en el BCRA – lanzamiento del plan de estabilización.

De todas formas, debe recordarse que el lanzamiento de la convertibilidad no implicó pasar a inflación cero, sino que se entró en un período de inflación declinante, que hasta llegar a 0 mensual acumuló un 70% adicional de aumento de precios.

Todo experimento de estabilización, luego de haber sufrido altos niveles inflacionarios, es bienvenido por la población. Pero no debemos confundirnos: una cosa es que frene la inflación cuando aún conservamos cierto poder adquisitivo mínimo, y otra es que frene la inflación (y también dejen de moverse los salarios y otros ingresos) cuando tenemos la cabeza debajo del agua.

Este gobierno está sumergiendo la cabeza de millones de argentinos debajo del agua –proceso que continuará aún varios meses- y en algún momento intentará lanzar la estabilización mágica. Pero para crear las condiciones “monetarias” que hagan posible la estabilización-dolarización, está destruyendo la capacidad de consumo, el empleo y la actividad productiva, y enviando el país a la pobreza y la quiebra. ¿Qué piensa estabilizar en esas condiciones?

La medida intermedia, la “salida del cepo”, se podría instrumentar si logran que la brecha entre el dólar oficial y el paralelo se vuelva mínima.

Pero la forma de hacerlo por parte del gobierno en este caso concreto es estrangulando la economía real, para que se equilibre oferta y demanda, por la vía de destruir la demanda de dólares (destruyendo ingresos y actividad económica). Ya podemos imaginar las declaraciones de los funcionarios: “Ahora los argentinos son libres para adquirir cuantos dólares deseen”, mientras los que compraban sus doscientos dólares mensuales  —oprimidos por el comunismo albertista—, ahora tienen que gastar todos sus pesitos en comida, viáticos y alquiler.

La otra pregunta que debe hacerse es: si logran bajar a cero la inflación mediante los mecanismos más arcaicos y brutales, ¿para qué se busca la dolarización si ya se pudo lograr la estabilización?

Nuestra respuesta provisoria, pero apoyada en la lógica ideológica y política de todo este gobierno, y del sector empresarial que lo apoya, es que la dolarización se intentará para despojar al Estado de otro instrumento más de regulación, la política monetaria y cambiaria.

Eso privará al país de poder mantener cierto control sobre su relación con la economía mundial. De Nación nos vamos convirtiendo en territorio.

La discusión sobre la desintegración nacional

La percepción de peligro frente a este gobierno, por parte de quienes conservan una mirada de largo plazo sobre el futuro argentino, está justificada. La acción gubernamental ataca a la Nación en todos los niveles. Agrede el bienestar de las mayorías, socava la soberanía nacional, debilita a las fuerzas productivas, compromete la defensa nacional, boicotea el desarrollo científico-tecnológico, arriesga la banca y el crédito, ataca a la cultura y trata de destruir el orgullo y la auto confianza nacionales.

El episodio entre las provincias patagónicas y el Ejecutivo Nacional fue interpretado por muchos como una advertencia de los riesgos que puede tener esta política neoliberal extrema para la continuidad del proyecto de Argentina como nación unificada.

Vale la pena traer aquí la cita de un gran economista brasileño, Celso Furtado, quien en el año 2000, en un artículo llamado Reflexões sobre a crise brasileira, planteaba lo siguiente:

“Brasil es un país marcado por profundas disparidades sociales superpuestas a desigualdades regionales de niveles de desarrollo, por lo tanto frágil en un mundo dominado por empresas transnacionales que aprovechan esas desigualdades. La globalización opera en beneficio de los que comandan la vanguardia tecnológica y explotan los desniveles de desarrollo entre países. Esto nos lleva a concluir que países con gran potencial de recursos naturales y acentuadas disparidades sociales –el caso de Brasil— son los que más sufrirán con la globalización. Esto porque pueden desintegrarse o deslizarse hacia regímenes autoritarios de tipo fascista como respuesta a las tensiones sociales crecientes. Para escapar a esa disyuntiva tenemos que volver a la idea de proyecto nacional, recuperando para el mercado interno el centro dinámico de la economía. La mayor dificultad está en revertir el proceso de concentración de renta, lo que sólo se hará mediante una gran movilización social”.

Parece casi escrito para nuestro país, y debemos tenerlo en cuenta. Las provincias patagónicas se autobautizaron “Las Provincias Unidas del Sur”. Pero el problema nuestro no es regional: es nacional y tiene que ver con quien comanda al Estado Nacional. No sea cosa que el “provincias unidas” sea un sinónimo impensado de “provincias fusionadas”, proyecto de reorganización neoliberal que ya viene de los años ’90, diseñado en función de acondicionar el territorio argentino para una mejor gestión y explotación por parte del capital global.

Falta un jugador en el partido

Los tropiezos del gobierno hasta el momento tienen que ver con su impericia, con sus inconsistencias, y con las disputas de poder y negocios dentro de la derecha. Los intereses populares están mínimamente representados en el escenario, a pesar de ser los objetos sacrificiales del actual experimento económico.

Todos saben que el escenario es muy dinámico, y por eso el apuro del gobierno por generar hechos consumados “irreversibles”.

Pero, ¿qué es irreversible en la vida social? Tomemos por caso la “dolarización”. Se ha creado una corriente de opinión que cree en la supuesta ley histórica que dice que “de la dolarización ningún país que entró pudo salir”. Pero son menos de 5 países los que se dolarizaron en todo el planeta. El más importante en tamaño es Ecuador, lo que no constituye una ley, sino un caso puntual, histórico, en el que no se pudo superar la postración nacional, debido a cuestiones mucho más profundas, como la correlación de fuerzas sociales (que derivaron en el giro degradado de la vida social y política ecuatoriana hasta la actualidad).

Si nuestro país fuera “dolarizado” (olvidándonos por un momento de los numerosos obstáculos de todo tipo que hay en el camino), y si lo fuera en las condiciones abrumadoras en las que se encontraría si sigue adelante el experimento unos meses más, el país no podría funcionar. La economía no podría suministrar bienes, empleo y los recursos básicos al grueso de la población. Sería como una provincia argentina pobre en los tiempos de la convertibilidad, cuando el gobierno central les negó los fondos elementales para funcionar. ¿Qué hicieron los gobiernos provinciales? ¿Se suicidaron en masa? No. Implementaron sus propias monedas para sostener la vida y el movimiento económico en sus regiones.

No hay dogma económico, ni “ley” berreta, que pueda obligar a un país a suicidarse, o a degradar por completo su vida social, en aras del sueño antinacional de una banda de aventureros.

La dolarización, así como la extranjerización económica, la concentración grosera de la riqueza o el Estado impotente para actuar, son reversibles.

La única pregunta realmente relevante es: la resignación del campo popular, ¿es reversible?

POR RICARDO ARONSKIND