Edición n° 3587 . 17/09/2026
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EL INTERÉS NACIONAL NO PUEDE DISFRAZARSE

(Por Raúl Hutin) La causa Malvinas volvió a despertar un sentimiento profundo durante el Mundial. Pero la soberanía no puede aparecer únicamente cuando conviene políticamente. Mientras el Gobierno endurece su discurso sobre las islas, avanza un modelo que debilita la industria, favorece la extranjerización y deja nuestros recursos estratégicos al servicio de unos pocos.

Los argentinos acabamos de demostrar durante el Mundial cuánto sigue significando Malvinas. El cartel “LAS MALVINAS SON ARGENTINAS” que levantaron nuestros jugadores expresó un sentimiento genuino, profundo y compartido por millones. Por eso resulta difícil aceptar que el presidente Javier Milei pretenda ahora apropiarse de esa causa con un discurso oportunista y electoralista, proponiendo castigos para las empresas que comercien o presten servicios en las islas.

La defensa de la soberanía exige coherencia. Mientras Milei endurece su discurso sobre Malvinas, su Gobierno continúa otorgando beneficios al capital extranjero, favoreciendo a grandes grupos económicos y especuladores financieros y debilitando nuestro entramado productivo. La soberanía también se juega ahí: en las fábricas que cierran, en los puestos de trabajo que desaparecen y en los recursos estratégicos que quedan cada vez más expuestos a intereses extranjeros.

Tampoco parece casual que Malvinas aparezca con tanta fuerza en el discurso presidencial cuando la situación económica y social se deteriora. La industria atraviesa caídas en prácticamente todos sus sectores, la construcción arrastra a cientos de proveedores, el comercio acumula locales cerrados y las economías regionales se movilizan para hacer visible una realidad imposible de esconder.

A eso se suma el endeudamiento de millones de familias para cubrir gastos cotidianos. Frente a esta situación, escuchar al Presidente y al ministro de Economía reducir el problema a una relación “entre privados” resulta alarmante. Las familias se endeudan para pagar servicios, transporte, alimentos, prepagas, educación y otros gastos básicos que aumentaron mientras sus ingresos perdieron capacidad de compra.

El escenario internacional agrega todavía más incertidumbre. La escalada bélica en Medio Oriente presiona sobre el precio internacional del petróleo y afecta combustibles, fertilizantes, transporte y alimentos. Argentina tiene una ventaja enorme frente a esa crisis: producimos energía y alimentos suficientes para abastecer nuestras necesidades. Tenemos soberanía energética y alimentaria. La discusión es para qué la utilizamos.

Hoy ocurre una paradoja difícil de justificar. Vaca Muerta produce cada vez más petróleo y gas, la Pampa Húmeda genera alimentos para millones de personas y nuestros sectores exportadores se benefician de precios internacionales elevados. Sin embargo, esos mismos precios terminan trasladándose al mercado interno. Así construimos una Argentina extraordinariamente rentable para unos pocos y cada vez más cara para quienes viven de un sueldo, una jubilación o una pequeña empresa.

Una política nacional debería aprovechar nuestros recursos para proteger la producción y la vida cotidiana de los argentinos. Separar los precios internos de los internacionales, o garantizar que los ingresos acompañen esos aumentos, permitiría transformar esa riqueza en desarrollo. Hoy sucede lo contrario: crecen determinadas rentas mientras se deteriora la capacidad de consumo de la mayoría.

Para las PYMES el panorama es desesperante. El mercado interno es el corazón de nuestra actividad y se encuentra profundamente debilitado. Sin consumidores caen las ventas, desaparece la inversión, llegan los despidos y finalmente cierran las empresas. Si este rumbo continúa, muchas PYMES que atravesaron décadas de crisis simplemente dejarán de existir.

Por eso Malvinas merece mucho más que una consigna utilizada cuando resulta conveniente. Defender Malvinas significa defender nuestra soberanía todos los días: la tierra, el mar, la energía, los alimentos, la industria, el trabajo y nuestra capacidad de decidir el destino del país.

El Presidente puede viajar por el mundo hablando del “milagro argentino”. Nosotros vivimos todos los días dentro de las fábricas y vemos otra realidad. Todavía hay tiempo para cambiar el rumbo, pero ese tiempo se está agotando.

El interés nacional no se declama cuando conviene. Se defiende.