Edición n° 2794 . 16/07/2024

EL DILEMA DEL ALMACENERO

 Enrique Mario MartinezLa comunidad organizada

Una vez más es tiempo de crisis en la Argentina.

Nada peor podría suceder que acostumbrarnos a ellas y considerar que son irremediables o que provienen de fuentes ignotas y por lo tanto incontrolables.

La explicación económica es clara, aunque no me referiré a ella aquí, porque ya lo hemos hecho antes varias veces. Dolorosamente, no tiene siquiera punto de contacto con la que presenta el actual gobierno.

Estamos seguros de una cosa. Salir de ésta no sólo significa dar en el clavo con las decisiones macroeconómicas, sino también cambiar muchas conductas dentro del tejido social, que se desarrollaron a veces como defensa y a veces como toma de ventajas sobre otros, en un escenario inflacionario, que genera tensiones, incertidumbres y soluciones aparentes, que se convierten en inercia dañina, no sólo para los demás sino también para uno mismo.

La enorme mayoría de quienes producen o comercializan algo, aún las grandes empresas, forman parte de lo que llamamos cadenas de valor, que son secuencias donde se parte de las materias primas más elementales, se les agrega valor en uno o más emprendimientos, se distribuye los bienes generados hasta conseguir la cercanía con el consumidor y luego éste los utiliza para los diversos objetivos de la vida, desde comer a construir una casa.

En todas las cadenas de valor hay cosas que podrían mejorarse, para beneficio de  quienes más importan:los productores y los consumidores. 

Tales mejoras no son meros tecnicismos. En la mayoría de los casos, ni siquiera involucran la intervención del Estado, al que algunas miradas políticas les divierte descalificar. Se trata de redefinir el papel que algunos eslabones cumplen en la cadena de valor, entendido y asumido por ellos mismos.

Veamos el caso del almacenero, que bien podría ser el carnicero o cualquier negocio de venta de alimentos en proximidad.

Los representantes de los almaceneros desfilan por los medios de comunicación quejándose de la inflación, de la que según ellos no son responsables, porque tanto los proveedores directos ( para una minoría de sus ventas), como los mayoristas ( donde compran gran parte de lo que luego venden), fijan los precios y ellos se limitan a agregar su margen histórico (30 a 40%) y van para adelante.

En buen romance, se consideran tomadores secundarios de precios que a su vez atienden a los tomadores finales, los que nada pueden hacer más que decidir cuanto comprar, que son los consumidores. 

Sin cargar las tintas, eso no solo es falso, sino que es bastante hipócrita. El implícito detrás de esa conducta supone que el consumidor final puede absorber cualquier ineficiencia en la cadena, porque todos comen y muchos ni siquiera recuerdan los precios que pagan por cada producto. Con esa base, quien atiende el mostrador final – que nació como un servicio social remunerado – puede considerarse dueño de un negocio, donde la ganancia la conseguirá en cualquier caso y hasta puede añadir alguna especulación para maximizar ese beneficio. 

Así, cuando llega la crisis, en que deja de cumplirse que los consumidores se pueden bancar todo, el almacenero cree tener un único recurso: quejarse y echarle la culpa a los demás.

No es cierto.

¿Por qué razón el almacenero no busca eludir al mayorista y comprar directamente a los productores, ahorrando así entre un 25 y un 40% en algunas compras, rebaja que luego puede trasladar a sus consumidores, recordando su lógica de servicio?

Muchos dirán frente a esto que su compra es pequeña para que un productor los atienda. También dirán que el flete desde el productor puede aumentar su costo y hacer indiferente la opción de ir al mayorista.

Si agrupan sus compras diez minoristas, ¿también la compra es pequeña? ¿También el flete los descoloca?

El proyecto Consumo Popular Organizado (cpo.org.ar), que lleva 3 años de vida, con olas inflacionarias incluidas, demuestra que aún una propuesta pequeña – muy pequeña – puede ofrecer productos llegados directamente de productores tucumanos, catamarqueños, cordobeses, mendocinos, chubutenses, bonaerenses, con diferencias de precio notables con las primeras marcas y ofreciendo algunos alimentos que ni siquiera están en las góndolas habituales.

¿Cómo fué?

Definiendo un objetivo SOCIAL que además debía ser económicamente sustentable. A partir de allí se armó la ingeniería de la cadena de valor, que mejoró mes a mes, manteniendo aún problemas por la dependencia logística de operadores de transporte que no alcanzan a entender el objetivo, pero llegando puerta a puerta de cada consumidor, con compatriotas adheridos desde Jujuy a Santa Cruz, con envíos que parten desde Lanús, en el Gran Buenos Aires.

Por favor, no me digan que el problema de agrupar 10 almaceneros de un barrio de CABA, para bajar el costo de lo que compran, es mayor que el tránsito que recorre CPO. 

En todo caso, en tiempos que cualquier payaso nos moja la oreja con propuestas que van contra el pueblo, invitamos a cualquier grupo de almaceneros que quiera reconciliarse con su papel social que nos contacte y lo ayudaremos a armar su red de proveedores directos que vaya sustituyendo progresivamente al mayorista actual.

La decisión de fondo no está en un gobierno. Está en animarse a cambiar el sentido del trabajo. En este caso y en varios otros, que podremos analizar en futuros documentos.

Enrique M. Martínez

Instituto para la Producción Social