Edición n° 3607 . 07/10/2026
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Desde las cumbres: soberanía frente al poder anglosionista

La Columna Juana Azurduy puso en marcha Cumbres por Malvinas con dos ascensos en la zona de Esquel y proyecta extender la iniciativa a montañas de distintas provincias. Alejandro “Vikingo” Meyer, docente e integrante del SUTEBA, y Nahuel Niseggi, concejal de Esquel por el Frente Vecinal, enlazan el reclamo por las islas con una discusión más amplia sobre tierra, recursos, Lago Escondido y la necesidad de construir una política de soberanía que sobreviva a los recambios de gobierno. En ese debate, Niseggi introduce la expresión “poder anglosionista” al cuestionar la gravitación de Estados Unidos e Israel y las relaciones de poder que, desde su mirada, condicionan la soberanía regional.

(Por Cecilia Miglio/ los Especiales de Motor Económico ) Una placa llegó a la cima del cerro La Torta, en Esquel, el 11 de septiembre. Lleva el nombre de la montaña, su altura y la distancia que la separa de Puerto Argentino. No pretende ser apenas una señal para montañistas. Es el primer eslabón de Cumbres por Malvinas, una iniciativa de la Columna Juana Azurduy que busca llevar el reclamo argentino por las islas a distintos puntos del país.

Después vino el Nahuel Pan. Y la intención es seguir.

Menos de tres semanas después de aquella primera cumbre, la discusión sobre soberanía territorial reapareció por otro camino. El 29 de septiembre, la Corte Suprema revocó la sentencia de la Cámara Federal de La Plata que había declarado inconstitucional el artículo 154 del DNU 70/2023, con el que el gobierno de Javier Milei derogó la Ley 26.737 de Tierras Rurales. La causa había sido impulsada por el Centro de Ex Combatientes Islas Malvinas de La Plata (CECIM). La Corte rechazó la demanda por falta de legitimación y ausencia de un caso o controversia judicial, sin pronunciarse sobre la constitucionalidad de la derogación.

Una montaña y un fallo judicial parecen escenas alejadas. Para Alejandro “Vikingo” Meyer y Nahuel Niseggi, sin embargo, quedan atravesadas por una misma pregunta: quién decide sobre el territorio, los recursos y el futuro de un país.

Meyer es docente, integra el SUTEBA y forma parte de la Columna Juana Azurduy desde su creación. Niseggi es concejal de Esquel por el Frente Vecinal, se incorporó a la organización en 2022 y actualmente participa de la columna de montaña y de Cumbres por Malvinas.

Los dos parten de recorridos distintos, pero coinciden en algo: Malvinas no puede ser pensada como una causa aislada.

La soberanía no se divide

Meyer ubica a Cumbres por Malvinas dentro de una concepción integral de soberanía: territorial, política, tecnológica, sanitaria, cultural y simbólica. Subir una placa a una montaña es, desde esa mirada, una manera de acercar las islas al continente y de volverlas presentes lejos de los actos oficiales y las fechas conmemorativas.

La iniciativa busca, explica, “fortalecer el sentir patriótico, hacerlas presentes en todo el territorio nacional y fomentar la integración territorial”.

Por eso rechaza que Cumbres por Malvinas represente un abandono de las acciones que la Columna desarrolló durante años alrededor de Lago Escondido.

“Creemos que es una causa común; de hecho, son simbióticas entre sí. La soberanía es integral a la vida de una nación. No se puede defender la soberanía tecnológica pero entregar la soberanía política, o fortalecer la soberanía sanitaria y obviar la territorial”, sostiene.

Lago Escondido y las cumbres son, para Meyer, “variantes tácticas de un mismo objetivo”.

Niseggi llega al mismo punto desde la experiencia concreta de la montaña. Define Cumbres por Malvinas como un proyecto federal destinado a “tender puentes imaginarios” entre los accidentes geográficos del territorio continental y las islas.

Hay algo deliberadamente sencillo en la propuesta: caminar durante horas, alcanzar una cima y encontrarse allí con Malvinas.

Después de la colocación de la primera placa en La Torta, comenzó a recibir fotografías de personas que habían llegado hasta ese punto. Para él, allí aparece una diferencia respecto de otras formas de difusión.

“Encontrarse con un cartel que reivindique la soberanía de nuestras islas ahí inevitablemente va a generar la foto, va a generar la reflexión. También genera: ‘Che, hay alguien que se tomó el trabajo de subir esto hasta acá’”.

Muchas de las grandes montañas argentinas son, además, hitos naturales de frontera o están próximas a límites internacionales y reciben visitantes de distintos países. La intención es que las placas multipliquen también allí el reclamo argentino.

“La causa Malvinas es una causa nacional. Nosotros tomamos esta iniciativa y la vamos a ir replicando en todos los territorios”, afirma.

No hace falta que la misma expedición recorra la Argentina. La propuesta es que organizaciones y comunidades locales puedan impulsar sus propias cumbres y coordinar con la Columna el acompañamiento necesario.

De la montaña a la tierra

La reciente decisión de la Corte sobre la Ley de Tierras introduce inevitablemente otra dimensión. ¿Qué capacidad real tienen provincias, municipios, legislaturas y organizaciones sociales cuando una decisión nacional modifica las condiciones de protección del territorio?

Meyer coloca una herramienta incluso antes que las leyes.

“La primera herramienta que tiene cualquier estamento del Estado, y de la población, es la voluntad de resistir y revertir una situación de vulneración”.

Y avanza:

“Uno es soberano no cuando consigue la completa independencia, sino cuando pasa a tener la férrea voluntad de ser libre y lucha por ello”.

Para Meyer, las herramientas institucionales necesitan una sociedad dispuesta a respaldarlas. Lo ejemplifica con una eventual recuperación futura de activos estratégicos: “La próxima vez que haya que recuperar YPF o cualquier otro activo estratégico del país, tiene que ser con dos millones de personas en la calle”.

Niseggi, en cambio, pone el foco en la organización federal del país. Sostiene que, además de las decisiones nacionales, municipios y provincias cuentan con instrumentos normativos propios que pueden utilizar para proteger sus territorios frente a procesos de extranjerización.

Pero agrega una condición: “Tiene que haber un pueblo movilizado, una conciencia y postura política de un proyecto nacional a largo plazo”.

En Esquel, cuenta, distintas fuerzas políticas intentaron establecer posiciones comunes ante cuestiones que consideran estratégicas. No significa borrar las diferencias, sino reconocer determinados límites.

“Si tenemos ideas distintas, pero nuestro territorio está en riesgo, no estamos entendiendo la gravedad del problema”.

La conversación desemboca entonces en Lago Escondido.

Niseggi recuerda una charla realizada en Esquel antes de la primera Cumbre por Malvinas. Allí, un excombatiente planteó una comparación que él recupera: “El caso Lago Escondido, al lado de Malvinas, es un caso policial, no es un caso militar”.

El razonamiento que desarrolla a partir de esa frase es que, mientras Malvinas supone una ocupación militar británica, los conflictos territoriales dentro del continente argentino se encuentran bajo jurisdicción del propio Estado, que dispone de jueces, fiscales, fuerzas de seguridad y legislación.

Niseggi sostiene que deberían revisarse las operaciones mediante las cuales fueron adquiridas determinadas tierras y que, si se comprobara judicialmente su ilegalidad, correspondería declarar su nulidad. Es su posición política y jurídica; no existe una sentencia firme que haya dispuesto esa solución.

Meyer también desconfía de la capacidad de las instituciones para actuar separadas de las relaciones de poder.

“Las vías judiciales responden al poder real”, afirma.

Y resume con una frase su interpretación de cómo fueron cambiando los mecanismos de condicionamiento político en la Argentina:

“Fueron militares antes, ahora jueces y aparatos de desinformación”.

“No resistimos 30.000 desaparecidos más”

La discusión se vuelve todavía más profunda cuando la pregunta deja de ser cómo recuperar una política determinada y pasa a ser cómo impedir que cada cambio de gobierno destruya lo construido anteriormente.

Meyer utiliza una palabra: acumular. Acumular organización, capacidades científicas, tecnológicas, económicas y poder político. Y hacerlo sin reproducir las tragedias del pasado.

“No resistimos 30.000 desaparecidos más, pero a su vez hay que confrontar, porque sabemos que el poder real no relega posiciones porque uno tenga fundamentos”.

Niseggi ubica esa disputa en el escenario latinoamericano. Sostiene que cualquier proyecto basado en la “soberanía política, independencia económica y justicia social” debe tener en cuenta lo que considera el carácter colonial de la relación de Estados Unidos con la región.

Es en ese contexto que Niseggi utiliza el término “anglosionista”, para caracterizar una articulación geopolítica entre intereses de Estados Unidos e Israel.

Su preocupación está puesta, sobre todo, en la facilidad con que años de desarrollo científico, tecnológico o productivo pueden desmantelarse luego de un cambio político.

“Más barato que comprar misiles hipersónicos es poner a un vendepatria como el que pusieron y que todo nuestro desarrollo termine siempre en manos de quienes piensan a nuestro país como su patio trasero”.

Para Niseggi, la respuesta no es abandonar la democracia sino construir consensos nacionales que no puedan ser dados vuelta por completo cada cuatro años.

“La democracia tiene que ser el cambio de poderes, el recambio dirigencial, pero enmarcado en un proyecto nacional que no puede darse vuelta”.

También propone revisar qué se entiende por nacionalismo. Recuerda que para numerosos pueblos originarios la bandera argentina estuvo ligada históricamente a desalojos, mientras que un gran propietario extranjero puede exhibirla sin que eso implique defender los intereses del país.

Frente a eso reivindica un sentido “sanmartiniano, belgraniano y de Güemes” de la soberanía: menos declamación y más capacidad de decidir sobre la tierra y los recursos.

Una generación que sube

En medio de una conversación atravesada por la Corte, el poder económico, Estados Unidos, la tierra y los límites de la democracia, aparece otra escena.

En la primera Cumbre por Malvinas participaron alrededor de diez personas. Entre quienes se sumaron había adolescentes de 16 y 17 años que se habían ofrecido para cargar materiales y colaborar con los veteranos que inicialmente preveían realizar el ascenso. Niseggi explica que, por cuestiones de salud, los veteranos finalmente no pudieron completar aquella salida.

Los jóvenes siguieron.

Meyer destaca que, después de años de marchas y actividades, actualmente el mayor porcentaje de integrantes de la Columna Juana Azurduy tiene menos de 27 años. Para él, aquella experiencia representó un “verdadero trasvasamiento generacional en la práctica”.

Niseggi, que también trabaja con jóvenes en actividades de montaña, encuentra allí algo más que fuerza para cargar una mochila.

“Siempre los educo en la responsabilidad, en el cuidado colectivo y en asumir esa responsabilidad”.

Después de las cumbres, algunos pidieron remeras, quisieron acercarse a la organización y comenzaron a llevar las discusiones sobre Malvinas, Lago Escondido y soberanía a sus escuelas.

“Hay una juventud que se está despertando, que se tiene que despertar”, dice Niseggi.

Y deja una de las frases que mejor explica el sentido que encuentra en esa participación:

“La juventud tiene que tener un espacio de participación, tiene que encontrar un sentido para poder desarrollarse en un mundo que está en conflictos permanentes. Tiene que saber entender la realidad y endurecerse sin perder la ternura jamás”.

No todos los que quieran acompañar Cumbres por Malvinas tendrán que cargar una placa hasta una cima. Meyer insiste en que el ascenso es apenas el final de un trabajo mucho más amplio: organizar, financiar, difundir, estudiar cada conflicto, promover charlas y construir redes.

“La única forma de participar no es solamente yendo a subir a una cumbre. Esa es la parte final de todo un camino de planificación”.

Incluso el periodismo entra, para él, en esa secuencia.

“La publicación de esta nota es una instancia organizativa”.

Y recurre a una imagen histórica para explicar cómo imagina ese proceso: “Como las cadenas de Obligado, cada eslabón nos lleva a hacer una cadena más larga que colabore en la defensa de nuestra soberanía”.

La primera placa quedó en La Torta. Después llegó el Nahuel Pan. Vendrán, si el proyecto logra extenderse como esperan, otras montañas, otras provincias y otras comunidades.

Tal vez allí esté la fuerza de la imagen: para llegar a una cumbre hay que caminar, cargar peso, mirar al que viene al lado y saber que nadie alcanza solo la cima.

Después se baja.

Y abajo sigue todo: la Corte, la tierra, Lago Escondido, los recursos, las decisiones de un gobierno y las del siguiente.

La disputa por quién decide sobre el país, inevitablemente, se libra abajo. Porque un pueblo no puede limitarse a reclamar soberanía: tiene que reconocerse soberano, ejercerla y estar dispuesto a defenderla.