Ir por la épica en una cancha inclinada y con todo en contra, es la historia de los pueblos en la resistencia digital
Internet y la inteligencia artificial no cayeron del cielo ni brotaron de un garaje californiano, como nos contaron. Nacieron de un matrimonio a tres bandas: las universidades, el complejo militar-industrial norteamericano y el Estado. ARPANET, el abuelo de la red, fue una criatura de la agencia de defensa de Estados Unidos, parida en plena Guerra Fría. La IA mamó durante décadas del mismo pecho, el de los presupuestos militares y las agencias de inteligencia. Y los dos proyectos compartieron un propósito de origen que ningún folleto de Silicon Valley recuerda: descifrar el mensaje del enemigo o impedir que el enemigo neutralice el propio. Ese es el ADN. Después vinieron el diseño amable, los colores pastel y la palabra “comunidad”, que es lo que se le pone a un cuerpo para que nadie le mire los huesos. La herramienta favorece a quien la forjó. No es conspiración, es arquitectura.
Y sin embargo a nosotros, los que llegamos tarde a la fiesta digital, se nos pide que celebremos la democratización. democratización: el eufemismo con el que se llama “libre acceso” a entrar a una casa ajena por la puerta de servicio. Entramos, sí. Entramos a una cancha que no elegimos, con arcos que no medimos y un reglamento escrito en un idioma que nos van enseñando de a retazos. Y no es una cancha de campaña, que se abre cada dos años y se cierra con el escrutinio. Funciona las veinticuatro horas, los trescientos sesenta y cinco días, sin feriados ni veda electoral. Es el lugar donde la gente se enamora, se informa, compra, se aburre, discute, vota y se desvota. Una ciudad entera mudada a un territorio privado. Por eso el debate del progresismo sobre si conviene o no usar las redes se parece a una asamblea que discute cómo cruzar el río mientras el río cambia de cauce. Cuando alcanzamos el consenso, el agua ya corre por otro lado.
¡Gracias por leer! Suscríbete gratis para recibir nuevas publicaciones y apoyar mi trabajo.Suscribirse
Hay además una asimetría más fina, casi quirúrgica: quien construye la máquina escribe también el manual de usuario, y lo entrega primero a los suyos. Los setenta tuvieron la Escuela de las Américas, donde se formó a militares latinoamericanos en la doctrina del “enemigo interno”. Hoy el aula cambió de nombre y de tono: fundaciones, ONG de alcance global, programas de “fortalecimiento democrático” que capacitan a dirigentes y equipos de campaña en el uso correcto de las plataformas. Nadie lleva uniforme, todos llevan cordón. ¿Y qué enseñan? Algo que ya probaron donde más rinde: en el comercio. Primero se ensayó con las zapatillas, las gaseosas y los bancos; cuando la fórmula demostró que podía fabricar el deseo, se aplicó al voto. Cambridge Analytica fue apenas el escándalo que se filtró: millones de perfiles convertidos en mapa de miedos para vender candidatos como se venden desodorantes. Lo que salió a la luz es la punta; el iceberg sigue navegando con bandera de consultora.
Se repite, con tono de novedad, que la IA entró a la política con ChatGPT. Falso, y la mentira conviene a quien la cuenta. A fines de 2022 el modelo de OpenAI rompió un esquema: de pronto la inteligencia artificial, confinada a la medicina, la ciencia y la industria, quedó al alcance de cualquiera con un celular. Pero la IA ya vivía en nuestras pantallas, y de manera mucho más íntima. Es el algoritmo que decide qué ves primero y qué no ves nunca, que ordena tu feed como quien ordena el cuarto de un hijo, sin preguntar. Es la maquinaria de segmentación publicitaria que hizo funcionar la analítica política. Lo que sí cambió fue la escala: producir contenido dejó de costar tiempo, plata y gente, y pasó a costar casi nada.
Ahí asoma la vieja receta de Steve Bannon, que la formuló sin pudor: hay que “inundar la zona de mierda”. Lo dijo él; Nadie lo acusó, se presentó solo. No se trata de convencer sino de saturar, de tapar la verdad no con una mentira sino con diez mil, hasta que el ciudadano, agotado, se rinde y se queda con lo que le queda más cerca. En inglés a la versión industrial se la llama “slop”, el engrudo que se les tira a los chanchos. La palabra es exacta. Y ojo con creer que producir esa avalancha con calidad es cuestión de escribir una frase y apretar un botón: requiere entrenamiento, criterio, equipos, servidores, plata, tiempo. La inundación tiene dueños, y los dueños de los diques son los mismos de siempre.
Mientras tanto, los nuestros recién aprendimos a subir un posteo. Todavía estábamos descubriendo que se podía hacer política con una foto bien pensada y un mensaje de WhatsApp, cuando llegó la IA a decirnos que lo anterior era la prehistoria. Durante años buena parte del campo popular sostuvo, con la dignidad de quien defiende un principio, que el único territorio legítimo era la calle, y que las redes eran un barro ajeno, casi indecoroso. Cuando por fin dejamos el asco de lado y empezamos a entender la lógica, el poder ya había girado la cabeza hacia otra herramienta. Siempre un paso atrás: esa es la definición exacta de una cancha inclinada. No perdemos porque jugamos mal. Perdemos porque cuando aprendemos la jugada ya cambiaron el juego. Y correr detrás agota: una consultora paga a diez personas para que estudien cada novedad; un equipo militante tiene a una, que además hace de todo y llega a las once de la noche. La velocidad del cambio no es neutral: es una forma de desigualdad con envoltorio de progreso.
Ahora viene lo más incómodo, lo que casi nadie dice en las charlas de capacitación: aprender a usar las herramientas tampoco nos saca de la cancha. Cada militante que se entrena, cada equipo que se profesionaliza, cada campaña que “se pone al día” le firma un check al dueño de la herramienta. Porque ellos no solo inclinan el terreno: **nos venden los botines y la pelota.** Venden el software, la suscripción y los datos, y los venden también a quienes se paran en la resistencia. Si quieres agilizar tu producción de contenido, tenés dos caminos: pagar un servicio privado o correr una IA local, que exige computadoras que la mayoría de nuestros espacios no pueden comprar, en un país donde ya es un lujo tener un celular de gama alta. Entrenarse es la forma más amable de tributar. El que resiste termina sosteniendo el negocio de aquel a quien resiste.
Es un casino, y los casinos no se pierden. Cuando el dueño no gana en el mercado, gana en las urnas: se fabrica un candidato propio, hecho a medida, con la misma plataforma que le sirve para vender zapatillas. Cuando gana el otro, igual cobra, porque el otro también paga la licencia. Gana por el negocio y gana por la democracia. ¿Y la alternativa? Se puede construir otra infraestructura, claro: otra red social, otro buscador, otra nube. El problema es que una red no vale por su código sino por su gente, y la gente ya está adentro de la de ellos. Los millones de usuarios son el muro. Crear la plataforma alternativa es fácil; mudarse a la humanidad, no. Es inaugurar una ciudad perfecta en un desierto, sin ruta que llegue.
Entonces no hay salida limpia, y conviene dejar de venderla. Pero tampoco hay que bajar los brazos: que la cancha esté inclinada no nos exime de entrenar, porque el que no se prepara no pierde por goleada, pierde sin enterarse. Hay que entrenar sin mentirse, sabiendo que cada jugada que aprendemos la juega alguien que cobra la entrada. Y sobre todo, sin dejar que la herramienta nos define: somos una comunidad organizada antes que usuarios, y esa diferencia es lo único que no figura en sus términos y condiciones. Todavía quedan rincones a donde el algoritmo no llega: conversaciones que no se dejan indexar, códigos propios, chistes que ninguna máquina entiende, redes de confianza que viajan de boca en boca y no dejan rastro. Ahí se puede jugar distinto. Por un tiempo, nunca para siempre, porque el que vigila aprende rápido y tarde o temprano va a querer también ese rincón. Pero a veces alcanza con dar vuelta un resultado una vez, con que el casino pague una noche de más. Ilusionarse con los ojos abiertos es la única ilusión que todavía no nos pueden vender.
MULTIVIRAL