Edición n° 2708 . 21/04/2024

Argentina: En alto riesgo la paz social (la poca que quedaba).

Javier Tolcachier

De conocimiento público en el país son los tristes acontecimientos que se llevaron la vida de un taxista y un chofer de colectivo en la ciudad de Rosario. Hechos que están siendo esclarecidos por la Justicia, mientras que el gobierno, en un alarde de “mano dura”, ha enviado a los barrios carenciados fuerzas del Ejército, Gendarmería, Prefectura y Policía Federal.

La extendida difusión sobre los lamentables sucesos se agrega al diario, continuo y omnipresente reportaje de los medios hegemónicos sobre hechos delictivos y de violencia. Esta agenda amplifica un escenario sesgado, que sume a la población en un estado de tensión, desconfianza y temor permanentes.

Al focalizarse en la incidencia puntual y en los autores ocasionales de los desmanes, se desvía la mirada de los responsables verdaderos de estos crímenes y delitos, que son aquellos, que desde la anestesia emocional y el cinismo, promueven o aceptan la exclusión sistemática de millones de jóvenes sin oportunidades reales de subsistencia o progreso humano. 

El investigador polaco Piotr Chomczyński sostiene en un estudio la idea de la “trayectoria colectiva”, según la cual los reclutadores del narcotráfico se centran en las circunstancias sociales y la extracción social de una persona para disponerla a unirse a una pandilla.  “Me impactó ver cuántas personas de zonas marginadas creen que tienen muy pocas opciones en sus vidas. La exposición continua al crimen organizado por largo tiempo cambia el punto de vista de muchas personas, y no buscan activamente otras opciones. Esta mentalidad es muy común y se transmite de una generación a otra.”[1]

Otra cara de la misma moneda – o más precisamente la falta de ella – es el incremento de la migración forzada por la miseria o la violencia en conjunto con los efectos de fenómenos climáticos como sequías y huracanes.

Lo que, sin embargo, esos medios callan y la mayoría desconoce, es que la instalación generalizada de la violencia delictiva en la región, con su correlato de militarización y control social, es parte de un plan.

El verdadero plan criminal

La confusión entre tareas policiales y militares comenzó en Colombia, siguió en México y en Centroamérica, indica Horacio Verbitsky en una nota para Página 12[2]. “La fomenta Estados Unidos, que suministra entrenamiento, en forma directa o a través de Colombia, siempre advirtiendo que es por excepción mientras mejora la capacitación policial. Un saldo devastador: ineficiencia para controlar el delito y graves violaciones a los derechos humanos.”, añade.

A lo que se suman ingentes partidas de dinero por parte de los EEUU para financiar la militarización, que trae consigo la compra de armas y equipos, que en parte terminan engrosando, según el nivel de corrupción en cada lugar, el arsenal de los mismos grupos delincuenciales que se dice querer combatir.

La estrategia a la que hace referencia el periodista y que tiene como antecedentes principales el Plan Colombia y la Iniciativa Mérida, ha entrado ahora en una nueva fase con el actual proyecto del Comando Sur incluido en el documento 2017-2027 Theater Strategy, presentado por Kurt W. Tidd,  antecesor de la actual comandanta Laura Richardson, un buen ejemplo de “pink-washing” del Deep State norteamericano, como lo fue en su momento el “black-washing” de Obama.

“Este plan es nuestro modelo para defender las vías de acceso del sur del continente americano hacia su interior y promueve la seguridad regional mediante la degradación de las amenazas por parte de las redes ilícitas transregionales y transnacionales, respuesta rápida a cualquier tipo de crisis (desastre natural o humano) y creando relaciones para enfrentar desafíos globales”, señala el documento.

Según el texto, la estrategia del Comando Sur está orientada a “cultivar una red de aliados y coparticipes, y emprender nuestras actividades como parte de un esfuerzo exhaustivo mediante esta red integrada comprendida por la Fuerza Conjunta, las agencias intergubernamentales, las agencias multinacionales y organizaciones no gubernamentales”.

Es significativo señalar cómo esta “red de aliados” cuenta normalmente con los gobiernos de la derecha para implementar su planificación, que se ve por otro lado obstaculizada en los casos en que asumen gobiernos populares, decididos a aumentar la soberanía y la paz.

El proceso injerencista militar – normalmente llamado “cooperación en seguridad” – se complementa con la formación en cursos del Departamento de Justicia de los EEUU de fiscales y jueces, que luego colaboran con la inhibición de candidatos progresistas, la inserción de ONG’s y programas de ayuda humanitaria a cargo de agencias de fachada blanda como la USAID, servicios de inteligencia, cámaras empresariales, grupos académicos, fundaciones y, por supuesto, el accionar de las embajadas en cada país.

Este conjunto de fuerzas permite el avance de objetivos que no serian fáciles de alcanzar solo con el poder militar, en razón de la memoria relativamente reciente de las fechorías cometidas en la región por las dictaduras del siglo pasado.

Pero la inseguridad que produce la violencia delictiva y la percepción extendida en las poblaciones sobre su generalización, fomentada por la propagación mediática, conduce progresivamente a un clamor ciudadano, que termina pidiendo la intervención armada local o extranjera, si aquella no alcanzara. Así se cierra el círculo destructivo y de control social, echando aun más leña al fuego.

Ampliando el foco

América Latina y el Caribe cuentan todavía con un fuerte aporte demográfico de las generaciones jóvenes, al contrario de lo que sucede en otras regiones con una tasa de reemplazo negativa. Sin embargo, la matriz productiva, la financiarización sistémica y la concentración económica hacen muy difícil una absorción social adecuada que permita a estas cohortes vivir sin sobresaltos ni escasez.

Por el contrario, el amplio “ejército de reserva” – según Marx, la parte de la población que resulta excedentaria como fuerza de trabajo relativo a las necesidades de la acumulación del capital – que otrora servía de carne de cañón en las guerras, hoy se enrola obligadamente como mano de obra sin derechos laborales en las corporaciones digitales de servicios, intenta buscar en el extranjero mejores posibilidades o se alista en las bandas delincuenciales del narco y otras pujantes y subterráneas maneras de sobrevivir.

Así es como se explican los problemas de seguridad que afrontan casi todos los países de América Latina y el Caribe, hoy todavía lejos de ser la ansiada Zona de Paz en términos internos. Varios de esos países, como El Salvador, Ecuador, Perú, Haití o Argentina, están optando por establecer mortíferas alianzas con la maquinaria bélica de los Estados Unidos de América, la que lejos de aportar soluciones, traerá, más allá de los discursos oficiales, un aumento de la inseguridad y de la deuda pública.

El cuadro más general está dado por la disputa por la preeminencia económica y tecnológica mundial en un coto capitalista cerrado de crecimiento restringido. En vez de comprender el valor de la colaboración, la lógica obcecada intenta continuar la competencia a cualquier precio para derrotar al rival.

De este modo, ante la imponente nueva revolución que convirtió a China en poco menos de cincuenta años – desde 1978 a la actualidad- en potencia mundial en términos económicos y científicos, el vástago y sucesor del coloniaje europeo, Estados Unidos, fiel a su tradición bélica, está arrastrando una vez más al mundo a una confrontación global.

Atrapado por una entropía interna cada vez mayor, y a pesar de mantener una fuerte presencia militar y diplomática global, los Estados Unidos han perdido terreno en África, Medio Oriente y Asia, conservando una fuerte influencia en territorio europeo a través de la expansión de la NATO e intentando generar alianzas antichinas o antirusas en distintos espacios.

En lo que respecta a América Latina y el Caribe, su cercanía geográfica con América del Norte y sus vastos reservorios de materia prima, hacen que sea una pieza codiciada en esta lucha, que hoy se inclina a favor del adversario, quien ha sabido promoverse como socio regional mediante su poder de compra, de inversión y fuente de financiación. Además, esa sociedad se ha fortalecido por el poco interés chino en inmiscuirse frontalmente en aspectos de política interna de los pueblos latinoamericanos, reservándose a su vez el derecho a evitar toda injerencia en asuntos que considera relevantes para sí como Taiwán o las tensiones secesionistas o religiosas en Tibet y Xinjian-Uighur.

En ese marco, la invasión blanda del aparato estadounidense en la región bajo pretextos de colaborar con la seguridad, como sucede hoy en Ecuador, Perú, Haití o Guyana y con alta probabilidad en el corto plazo en Costa Rica, Argentina e incluso en Guatemala, remite a las mismas prácticas, ya bicentenarias, desarrolladas a partir de la aplicación de la doctrina Monroe. Prácticas que exigen alineamiento y sumisión en la pelea global y auguran nubes negras en el horizonte de nuestros pueblos.

No hay callejón sin salidas

De todo laberinto se sale por arriba, tituló Leopoldo Marechal uno de sus poemas en su obra capital “Adán Buenosayres”. Sin embargo, con el mayor respeto al poeta, “encontrarle la vuelta” – otro prodigio coloquial – a la compleja situación actual,  podría también llevar a hacerlo “desde abajo”, significando con ello la necesidad de reconstruir la unidad perdida de las fuerzas populares para evitar catástrofes mayores.

Dicho lema puede sonar en algún oído como una rémora nostálgica de luchas avejentadas, por lo que vale abundar en su contenido. De lo que se habla aquí es de una convergencia de diversidades bajo el estandarte de propósitos compartidos, sin pretender uniformidad, ni hegemonías internas, estas sí, producto remanente de otras épocas.

Esa unidad en la bienvenida diversidad, esa articulación de luchas particulares hacia la utopía de un desarrollo humano colectivo, es el modo de acometer hoy la contienda frente a la disgregación y la crueldad social que fogonea hoy el fundamentalismo de derecha.

Más allá de la coyuntura política a afrontar con trabajo de base, diálogo sincero e integración de las diferencias, es legítimo pensar más allá. Entonces, puede también servir la sugerencia de “salir del laberinto hacia adentro”, señalando con esto la posibilidad de una tarea simultánea de acumulación política junto a la revisión y modificación en cada persona, de aquellos elementos anquilosados que en nada ayudan a desterrar la violencia social, sino que por el contrario, la acrecientan.

El ser humano no tiene una naturaleza delimitada o determinada y ni siquiera es un ente que puede darse por concluido en sus posibilidades. En ese sentido, desarraigar progresivamente la violencia individual y colectiva podría constituir una gran conquista cultural y un gran portal al futuro. En definitiva, una salida de mayor profundidad histórica al momentáneo callejón en el que nos encontramos.

(*) Javier Tolcachier es investigador en el Centro Mundial de Estudios Humanistas y comunicador en agencia internacional de noticias Pressenza.