Andrea Gamarnik: “Lo que hicimos en pandemia fue una revolución de entrega”

La jefa del Laboratorio de Virología Molecular del Instituto Leloir repasa cómo y por qué trabajaron de forma colaborativa e interdisciplinaria –y casi sin descanso– durante la pandemia. El desarrollo de los test serológicos argentinos para Covid y lo que falta saber. La igualdad de género en el ámbito científico. La música y la Ciencia.

Por Bárbara Schijman

Andrea Gamarnik y su equipo trabajaban con el virus del dengue, en el Laboratorio de Virología Molecular del Instituto Leloir, desde hacía veinte años. Pero todo cambió en 2020. También en la vida de la viróloga argentina, que debió hacer un paréntesis en sus investigaciones sobre los mecanismos de replicación de los virus de dengue y Zika para meterse de lleno en la nueva coyuntura. ¿Cómo detectar anticuerpos contra el nuevo coronavirus? Ese pasó a ser su desvelo, que surgió cuando aún no estaban disponibles los kits importados para proveer a los hospitales del país.

Gamarnik es bioquímica egresada de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires, Investigadora Principal del Conicet y directora del Instituto de Investigaciones Bioquímicas de Buenos Aires, IIBBA-Conicet. Realizó un posdoctorado en virología en la Universidad de California, San Francisco, Estados Unidos, estudiando los mecanismos moleculares de replicación del virus de la poliomielitis y luego trabajó en la industria en el desarrollo de ensayos fenotípicos para los virus VIH, y hepatitis B y C (2000-2001) en ese mismo país. A fines de 2001 regresó a la Argentina para incorporarse al Instituto Leloir, donde creó el primer laboratorio de Virología Molecular, a partir de un programa de repatriación lanzado por la Fundación Instituto Leloir.

Ha recibido numerosos reconocimientos, entre ellos, la incorporación a la Academia Americana de Microbiología, a la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias, el Premio Internacional L’Oreal Unesco “Por las Mujeres en la Ciencia” en representación de América Latina, y Premio Konex en Ciencia y Tecnología, mención a la trayectoria, en Microbiología.

En diálogo con Página/12, y a días de cumplirse dos años de iniciada la pandemia en la Argentina, la viróloga mira hacia atrás y asegura que lo que se hizo “fue una revolución de entrega, eso es lo que había que hacer y no había dudas”.

¿Cuánto aportó su trabajo y su experiencia para desarrollar, en mayo de 2020 y a solo dos meses de iniciada la pandemia en la Argentina, Covidar, el primer kit nacional para la medida de anticuerpos contra el coronavirus?

–Nos pusimos un objetivo: pusimos quinta y cuando vimos que la pandemia venía cada vez peor, me propuse hacer una entrega total. Dejé de hacer todo lo que estaba haciendo. Reuní a mi grupo y le pregunté quién estaba dispuesto a subirse a este bote. “Vamos a trabajar con este objetivo concreto”, les dije. Todos dijeron que sí. La entrega implicaba muchas horas, trabajábamos los fines de semana y la respuesta fue unánime. Armamos un equipo de trabajo, que incluso excedió mi laboratorio. La pregunta es muy pertinente porque si bien el desarrollo del kit fue más rápido de lo que nosotros pensábamos, durante estos dos años hicimos muchísimas cosas.

–En un contexto que exigía mucha flexibilidad…

–Fuimos cambiando, fuimos muy flexibles y estábamos constantemente a disposición del Ministerio de Salud para hacer lo que fuese necesario. En un principio fue el desarrollo del kit, que usamos para un montón de cosas. El blanco cambiaba y nosotros nos adaptábamos. Esa capacidad de adaptarnos es, justamente, porque trabajamos en virología. Este laboratorio tiene veinte años; yo trabajo en virología hace más de treinta. Es como si estuviéramos entrenados para correr maratones mensuales y esto fue como un “chicos, vayan a correr alrededor del parque”. No era un gran desafío en cuanto al reto científico; sí en cuanto a la entrega y a la velocidad con la que teníamos que hacer las cosas. Pero hace muchos años que trabajamos en virología y nos dedicábamos a trabajar en el virus del dengue. Hace más de 20 años que trabajamos en un virus de RNA, muy parecido a la Covid-19. Eso es lo que sabemos hacer y para eso nos entrenamos. Esto era: apliquemos todo lo que aprendimos en todo este tiempo a este problema puntual. Y así fue.

–¿A qué preguntas buscaron dar respuesta en esos primeros meses de pandemia?

–En aquellos tiempos el virus era nuevo y no sabíamos cómo era la respuesta del sistema inmune de las personas infectadas. Nos dimos cuenta de que estábamos en el proceso de desarrollar este kit que era una herramienta útil para algo particular, pero también una herramienta para hacer muchos estudios de cosas que no se sabían. Ahí fue cuando nos asociamos con un montón de hospitales, especialmente con el Hospital de Clínicas, y empezamos a estudiar qué le pasaba a la gente cuando estaba internada durante meses y qué le pasaba a la gente cuando estaba en terapia intensiva y se le daba de alta, o qué le pasaba a la gente cuando estaba en terapia intensiva y luego fallecía. A partir de ahí cambiamos un poco el trabajo y nos enfocamos, en un principio, en estudios epidemiológicos en los barrios vulnerables con el Ministerio de Salud de la Provincia de Buenos Aires y el Ministerio de Salud de la Ciudad de Buenos Aires. Donamos más de un millón de determinaciones a hospitales públicos y privados. La necesidad estaba en todas partes. En ese momento había kits comerciales que se habían desarrollado en Alemania y en los Estados Unidos, pero que no llegaban a la Argentina porque los países desarrollados se los quedaban.

–Dos años después, ¿dónde está el foco del equipo en estos días?

–Desde diciembre de 2020 hasta ahora estamos siguiendo a todas las plataformas de vacunas que se usan en la Argentina, como Sputnik y Sinopharm. Hay muy poca información publicada en la literatura científica mundial sobre esas vacunas. En cambio, hay muchísimo sobre Pfizer y Moderna pero muy poca información si se busca qué pasa con Sputnik al año, qué pasa con los anticuerpos después de tanto tiempo, qué pasa si combinás vacunas con Sputnik o Sinopharm. Lo que no queríamos era generar información que se estaba generando en otro lado.

–¿Por qué hay tanta información sobre algunas vacunas y tan poca sobre otras?

–Tiene que ver con que los países centrales no están utilizando Sputnik; generan información de lo que necesitan. Sputnik no se está utilizando ni en los Estados Unidos ni en Europa, pero si recorrés Latinoamérica hay un montón de países que están utilizando Sputnik y nuestro país es uno de los principales. Desde mi lugar, lo que planteo es hacer estudios y poner todo el esfuerzo y la capacidad que tenemos, todo el equipamiento y el tiempo, para generar información que sea útil para tomar decisiones sanitarias. Por ejemplo, por qué es mejor esperar tanto tiempo para dar una segunda dosis y no darla a los dos meses sino a los cuatro. Hicimos estudios que dicen que tal plataforma es mejor aplicarla en tales condiciones porque el resultado es que hay anticuerpos más altos. Entonces, en base a información sólida y robusta que sacamos después de mucho estudio, el Ministerio de Salud puede decir “es mejor hacer esto que aquello”. Se basan en nuestros resultados porque esa información no está disponible ni se está publicando en otros lugares del mundo.

–La irrupción de la Covid-19 demandó enfoques y trabajos colaborativos de distintas disciplinas, requirió mucho esfuerzo colectivo. ¿Cómo lo vivió desde su lugar?

–Cuando surgió este objetivo claro de “trabajemos en la pandemia” se formó una red de conocimiento complementario. Cada uno aportaba algo diferente. Trabajamos de forma coordinada más de un año. Me enorgullece haber podido formar estos equipos de trabajo transversales, no solo interdisciplinarios sino transdisciplinarios, que se armaron casi espontáneamente en pos de un trabajo colaborativo, con una base de confianza. Había un objetivo común y buena comunicación. Esos fueron los pilares de estos equipos de trabajo. En nuestro país no hay mucha experiencia de trabajo conjunto entre investigadores del Conicet, que hacen ciencia básica, e investigadores que hacen ciencia clínica, que trabajan en hospitales, profesionales de salud. Creo que si logramos articular, formar equipos y trabajar de esta forma sería un gran aprendizaje de la pandemia. Fue muy importante articular entre los distintos ministerios, como el de Ciencia y el de Salud. Las necesidades las impone la salud y la ciencia puede aportar soluciones. Trabajar de forma articulada nos va a permitir hacer un salto cualitativo en la forma en que trabajamos.

–¿En qué estadio de la pandemia están la Argentina y el mundo?

–Por un lado, en la Argentina y en muchos países del mundo está habiendo una disminución en la cantidad de casos. Todo apunta a que la evolución de la pandemia en nuestro país está avanzando en una dirección favorable. Esto es porque tenemos vacunas. Tuvimos mucha suerte porque si uno mira en la historia de la humanidad, hacer una vacuna no lleva menos de diez años. Acá tuvimos una vacuna que no solo se desarrolló y se usó sino que se aplicó en miles de millones de dosis en un año y pico. Al mismo tiempo estamos en una situación de gran injusticia e inequidad en el mundo, con países que ni siquiera vacunaron al 20% de su poblaciónSi no hay salud pública para todo el mundo en este tema, probablemente tengamos pandemia para rato. 

–¿Por qué afirma eso?

–Los virus de ARN son virus que mutan permanentemente y se adaptan y evolucionan muy rápidamente y se adaptan a distintos ambientes. Mientras haya circulación viral en algún lugar del mundo, hay chances de que surjan otras variantes y que surjan variantes máspeligrosas, que se transmitan más o que se escapen más o menos a las vacunas. Con lo cual estamos lejos de decir que es el tramo final de la pandemia. En algún momento tenemos que aprender que la inversión tiene que ser en educación, salud y ciencia. Lo que hay que hacer es prever y anticiparse a esto, y para anticiparse hay que tener ciencia, desarrollo, salud pública y educación. Es la única forma de estar preparados para una cosa así.

Antivacunas

–¿Cómo analiza los discursos antivacuna o las posiciones de quienes desconfían de la vacunación?

–No creo que en nuestro país haya mucha gente que milite realmente en contra de la vacunación. Hay gente que tiene miedo, que tiene desconocimiento, o que piensa que si tiene una dieta saludable no la necesita (aunque es cierto que si uno lleva una vida saludable, come bien, está bien de la cabeza y emocionalmente, hay menos posibilidades de enfermarse, en general). Pero la evidencia dice que no: la gente se infecta igual. También hay quienes se ponen en la vereda de enfrente por una cuestión más política, pero no creo que haya una militancia antivacuna fuerte, como ocurre en lugares de los Estados Unidos y Europa.

–¿Qué sucede con la vacunación pediátrica?

–Es un tema delicado también. Es cierto que estamos frente a una situación en que las vacunas fueron las que permitieron que esto esté bajo control. Sin embargo, es cierto que las vacunas son nuevas. Hay muchas vacunas que usan plataformas y tecnologías conocidas desde hace mucho tiempo y otras que son más nuevas. Son tecnologías que se están aplicando, que ya hace diez años que se venían desarrollando, no son nuevas de ahora, pero son nuevas si uno piensa de acá a sesenta años para atrás. Hay vacunas que son más seguras que otras porque conocemos y sabemos que se aplicaron durante mucho tiempo para otras enfermedades. La que se está sugiriendo para pediatría es la vacuna de Sinopharm, se hicieron estudios y de las vacunas que se están dando son las más seguras. El tema de la vacunación va más allá de lo que piense uno; es un acto solidario.

Transformar la ciencia

–¿Cuánto se ha avanzado en paridad e igualdad de género en el ámbito científico en la Argentina?

–En el Instituto Leloir el 75% de los laboratorios están dirigidos por hombres. O sea que la población de mujeres que tiene cargos de dirigir ciencia es el 25%. En ese 25% somos siete y, de esas siete, cuatro tomamos los cargos más importantes en cuanto al liderazgo de la institución. Lo cual es bastante atípico. Lo que pasa acá es medio anecdótico o a lo mejor refleja que las mujeres toman más compromisos, que seamos menos mujeres y que todas estemos en los cargos. Pero tenemos que ir un paso más allá. Más del 50% de la gente que está en el Conicet son mujeres. La mayoría tiene los cargos más bajos y cuando vas subiendo en la carrera del investigador y llegamos a los cargos superiores, el 75% son hombres y el 25%, mujeres. Eso es lo que está ocurriendo desde hace mucho tiempo. Cuando una mujer llega a un cargo de liderazgo, a un cargo superior del Conicet, a ser investigadora principal, a ser directora de instituto, me pregunto: ¿cómo se hace para funcionar diferente en ese lugar? ¿Qué es lo que le da a un laboratorio tener una mujer al frente? ¿Cambiamos algo de la matriz? Ya sea cómo es la interacción, la generación de conocimiento, los vínculos, sea cómo abordamos los problemas, ¿qué aportamos diferente?

–¿Y qué respuestas se da?

–Creo que aportamos un montón de cosas. Porque si pensamos diferente es porque somos producto de una cultura que nos trató siempre diferente, entonces claro que lo vamos a hacer diferente. Podemos pensar y aportar visiones diferentes y complementarias que sumen un lugar diferente. Esta pandemia mostró eso: muchas mujeres lideramos proyectos interdisciplinarios donde la comunicación fue crucial para el éxito de esos proyectos. Se puede hacer una investigación de cuántas mujeres lideraron proyectos de investigación durante la Covid y vamos a encontrar que son muchas, quizás mucho más que la mitad. También tenemos que preguntarnos hacia nosotras la forma de hacer ciencia, y me meto más profundamente: la ciencia siempre estuvo en manos de hombres; eurocéntrica y vertical. El desafío es cómo pensamos en hacer ciencia de otra forma que sea igualmente productiva y rigurosa, pero con otros condimentos.

Música por la Ciencia

Música por la Ciencia surgió unos pocos meses después de iniciada la pandemia en la Argentina. Andrea Gamarnik y su equipo habían decidido hacer un paréntesis en sus investigaciones sobre los mecanismos de replicación de los virus de dengue y Zika para dedicarse de lleno al desarrollo de los kits nacionales para medir anticuerpos contra la Covid-19. Ese “de lleno” era literal: no había reloj que marcara el cierre de la jornada. Fue cuando Clara Cantore, cantautora y bajista, decidió acompañar esa entrega con música. Una canción dio origen a una alianza de alientos y compañías: una alianza de Música por la Ciencia.

–¿Qué significó Música por la Ciencia?

–En una primera etapa de la pandemia recibíamos un regalo de músicos que admiramos y queremos. Nos mandaban música, nos dedicaban canciones. Ahora redoblamos la apuesta porque lo que decidimos fue hacer un proyecto conjunto entre músicos y científicos. Creamos la Fundación por la Ciencia, que excede a la música y puede incluir a otras formas del arte. Es un proyecto científico, artístico y educativo para visibilizar a la ciencia, para comunicar y hacernos pensar de una forma creativa y disruptiva. Pero también tiene algo que va más allá y que tiene que ver con trabajar juntos músicos y científicos: los músicos para visibilizar a la ciencia y los científicos para dar contenido en procesos creativos que nos permitan comunicar lo que sea necesario para un mundo mejor.Para sentirnos bien haciendo lo que hacemos y darle un sentido a lo que hacemos. 

Fuente: Página 12