(Por Estefanía Cendón/ Edición gráfica: Héctor Sosa, editor de Motor) Alfredo Moreno, ingeniero en Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC), analiza el contexto global de desarrollo de la IA. Geodisputa tecnológica y el rol de Argentina en agenda.
«En este enfoque hegemónico, la IA no es solo una herramienta tecnológica, sino un proyecto civilizatorio en disputa, cuyos rumbos exigen la inclusión de formas de conocimientos producidos desde organizaciones y territorios marginales y contra regulaciones insurgentes», explicó Moreno, reconocido por su trayectoria en la empresa estatal ARSAT.

Consultado acerca de la hegemonía global en IA, referenció el analista de contextos digitales: «Es impulsada por una infraestructura de poder que reconfigura dinámicas globales de soberanía, producción de conocimiento y subjetividad. Esta infraestructura tecnológica es controlada por los magnates del Silicon Valley quienes dominan el desarrollo de la IA, los datos para su entrenamiento y los ‘data centers’ para su procesamiento».
En términos de Geopolítica, el docente de la Universidad Nacional de Moreno (UNM) diferenció: «La competencia por el liderazgo mundial está monopolizada por dos superpotencias, concentrando entre ellas el 60% de los científicos de IA del planeta. Estados Unidos en occidente, que mantiene el liderazgo en la creación de software de IA y la inversión de capital privado y diseño de microchips. China ha logrado prácticamente cerrar la brecha de rendimiento técnico frente a los modelos estadounidenses».

«La Patagonia posee locaciones de territorio con abastecimiento energético y de agua, condiciones necesarias para el funcionamiento de estas ciudades tecnológicas que realizan el procesamiento y almacenamiento de datos», explicó Moreno, en diálogo exclusivo con Motor Económico, acerca de las característica que presenta el territorio argentino.
MOTOR ECONÓMICO: ¿Quiénes son los «dueños» de la Inteligencia Artificial?
Alfredo Moreno: La hegemonía en Inteligencia Artificial (IA) es impulsada por una infraestructura de poder que reconfigura dinámicas globales de soberanía, producción de conocimiento y subjetividad; opera como mecanismo de colonialidad digital, extractivismo de datos y dominación epistémica. Esta infraestructura tecnológica es controlada por los magnates del Silicon Valley quienes dominan el desarrollo de la IA, los datos para su entrenamiento y los “data centers” para su procesamiento.
Los dueños de las principales IA son: OpenAI (ChatGPT), dirigida por Sam Altman y cuenta con el apoyo financiero y tecnológico masivo de Microsoft; Google DeepMind (Gemini), pertenece al grupo Alphabet y está bajo la dirección científica de Demis Hassabis; Meta (Llama), es propiedad de Mark Zuckerberg, quien impulsa modelos de código abierto integrados en Facebook e Instagram; Nvidia, liderada por Jensen Huang, controla el mercado del hardware y los semiconductores/microchips indispensables paran los Supercómputos donde se desarrollan las IA; xAI (Grok), es la compañía de inteligencia artificial creada por Elon Musk e integrada en la red social X; Anthropic (Claude), fue fundada por Dario Amodei y otros ex investigadores; Scale AI, especializada en el etiquetado de datos para entrenar modelos, fue fundada por Alexandr Wang.
El modelo actual de desarrollo y aplicación de la IA reproduce lógicas coloniales, relegando al Sur Global a la posición de proveedor de datos, consumidor de tecnologías y territorio de experimentación. En este enfoque hegemónico, la IA no es solo una herramienta tecnológica, sino un proyecto civilizatorio en disputa, cuyos rumbos exigen la inclusión de formas de conocimientos producidos desde organizaciones y territorios marginales y contra regulaciones insurgentes.
ME: ¿En qué estado se encuentra la carrera tecnológica a nivel global con respecto a los desarrollos alcanzados en IA?
AM: La carrera tecnológica se encuentra en una fase de tensión profunda y transición crítica hacia la autonomía absoluta mediante el desarrollo de agentes inteligentes. La cuestión aparece especialmente vinculada con las capacidades de programación de la propia IA. Si un sistema puede escribir o modificar algoritmos utilizados para acelerar el desarrollo de la siguiente generación de modelos, la intervención humana puede comenzar a reducirse. Los laboratorios esperan explorar estos mecanismos mediante ciclos sucesivos, con la posibilidad teórica de que una generación contribuya a perfeccionar la siguiente. A este proceso se lo conoce como automejora recursiva.

Luego de años de experimentación con IA generativas basadas en texto, la competencia ha dejado de centrarse únicamente en quién tiene el chatbot más inteligente para dividirse en tres frentes simultáneos y altamente geopolíticos. Por un lado, la frontera técnica: De responder preguntas a «Agentes Autónomos». El desarrollo de los Modelos de Frontera (Frontier Models) ha avanzado hacia la Inteligencia Artificial Agencial. Los sistemas ya no sólo predicen texto o responden comandos, sino que son capaces de razonar, planificar en múltiples pasos y ejecutar proyectos complejos de forma autónoma (como programar código completo, coordinar cadenas logísticas o realizar investigaciones científicas) con mínima supervisión humana.
Por otro lado, el frente geopolítico: EE. UU. y China. La competencia por el liderazgo mundial está monopolizada por dos superpotencias, concentrando entre ellas el 60% de los científicos de IA del planeta. Estados Unidos en occidente, que mantiene el liderazgo en la creación de software de IA, con empresas como OpenAI, Anthropic y Google, y la inversión de capital privado y diseño de microchips.
China ha logrado prácticamente cerrar la brecha de rendimiento técnico frente a los modelos estadounidenses (reduciéndola a un margen mínimo según el informe AI Index de Stanford). Domina ampliamente el registro de patentes de IA a nivel global y lleva la delantera en la dotación de «cuerpos» a la IA mediante el desarrollo masivo de robótica e ingenierías humanoides.
Por último, otro de los frentes es la infraestructura y la crisis energética. La carrera ya no solo se disputa con algoritmos, sino en el mundo físico. Existe una competencia feroz por asegurar chips avanzados (GPUTs), la construcción de macrocentros de datos y el suministro de energía eléctrica necesario para enfriar y alimentar los servidores. Quien controle la infraestructura de semiconductores, con una fuerte dependencia global de la manufactura en Taiwán, tiene el liderazgo del desarrollo.
ME: ¿Qué sucede con el resto del mundo?
AM: En el resto del mundo ,se puede apreciar que la Unión Europea, al no poder competir al mismo nivel en infraestructura de cómputo, busca moldear la carrera mediante su modelo regulatorio (como la Ley de IA), obligando a las empresas extranjeras a someterse a estrictas reglas de transparencia si desean acceder a su mercado.

América Latina se posiciona como una región principalmente consumidora y adaptadora de tecnologías. Países como Chile, Brasil y Uruguay lideran los índices de adopción e integración local, pero la inversión en infraestructura nativa sigue estando lejos de los polos globales.
Los países que se destacan en toda la cadena de valos del desarrollo de la IA son:
EE UU, China, Taiwán, Países Bajos, Corea del Sur, Inglaterra, Canadá, Israel, Francia y Emiratos Árabes Unidos.
ME: ¿Por qué la Patagonia Argentina es un territorio codiciado para la instalación de data centers?, ¿qué características presenta?
AM: La Patagonia Argentina es una zona geográfica codiciada por inversores como Peter Thiel, en el marco de la ley Super Rigi, para la instalación de data centers con supercómputos; condicón básica para el entrenamiento y desarrollo de la IA y las plataformas de analísis inteligentes de datos. A su vez, la Patagonia posee locaciones de territorio con abastecimeinto energético y de agua, condiciones necesarias para el funcionamiento de estas ciudades tecnológicas que realizan el procesamiento y almacenamiento de datos.
A principios de 2026, el gobierno argentino presentó una supuesta “mega inversión” de OpenAI y Sur Energy por valor de 25.000 millones de dólares para instalar un data center en la Patagonia. Dicha inversión está en el marco del RIGI (Régimen de Incentivos para Grandes Inversiones) que asegura jurídicamente la supuesta inversión por un período de hasta 30 años. El consumo energético de estas plantas de procesamiento de aplicaciones de Inteligencia Artificial (IA/AI) y almacenamiento de datos llega a 500 MW (mega vatios) hora. Si esa energía no proviene de nueva generación renovable y de obras de red financiadas por el proyecto, terminará tensionando el sistema nacional y encareciendo las tarifas.
Además, cuando llegan estos centros de datos disponer de agua en poblaciones o comunidades se vuelve extremadamente difícil ya que los data center la consumen para enfriarlo. Argentina corre el riesgo de subsidiar, con su propia energía, la rentabilidad de una empresa extranjera. La característica de estos centros de datos, al menos a escala actual, son actores relativamente nuevos en el sistema energético global. Se estima que su consumo eléctrico actual ascenderá a unos 415 teravatios hora (TWh), lo que representa aproximadamente el 1,5 % del consumo eléctrico mundial medido en 2024.
El RIGI exige un 20 % de bienes y obras a proveedores locales, condicionado a que exista oferta disponible y a “precio/calidad de mercado”. No impone obligaciones robustas de transferencia tecnológica, ni metas de empleo calificado o de servicios locales. El país pone la tierra, la energía y los beneficios fiscales, sin garantías de fortalecimiento industrial.

Detrás de las cifras hay un esquema que puede perjudicar seriamente los intereses nacionales y configurar en el sur latinoamericano “La Potosí” del S.XXI.