El mandatario revirtió la desventaja de la primera vuelta y se impuso sobre Flávio Bolsonaro. El resultado también golpea la apuesta política de Milei, que respaldó públicamente al candidato de la ultraderecha.
Luiz Inácio Lula da Silva ganó este domingo el balotaje presidencial de Brasil y aseguró su cuarto mandato. El líder del Partido de los Trabajadores dio vuelta una elección que había comenzado cuesta arriba y frustró el regreso de la familia Bolsonaro al poder. Con el 99,77% de las mesas escrutadas, obtenía el 51,76% de los votos válidos, frente al 48,24% de Flávio Bolsonaro, según informó Folha de S.Paulo sobre el recuento electoral.
La victoria marca un antecedente histórico, desde el regreso de las elecciones presidenciales directas, en 1989, ningún candidato brasileño había logrado ganar el balotaje después de terminar segundo en la primera vuelta. Lula había conseguido el 45,16% en esa instancia, detrás del 47,03% del candidato del Partido Liberal.
La remontada se consumó en una disputa que llegó abierta hasta el último momento. Las encuestas de Datafolha y Quaest difundidas antes de la votación ubicaban a Flávio con el 51% de los votos válidos y a Lula con el 49%, aunque dentro del margen de error. Las urnas terminaron por invertir esa ventaja y le dieron al mandatario otros cuatro años de gobierno.
El resultado también tiene una lectura política para la Argentina. Javier Milei había expresado públicamente su respaldo a Flávio Bolsonaro, con publicaciones en redes sociales e imágenes junto al candidato. Por eso, la derrota del dirigente de ultraderecha representa un revés para la apuesta regional del Presidente argentino, que esperaba sumar un aliado ideológico al frente del gobierno brasileño.
Sin embargo, el triunfo del PT convive con un escenario exigente. La diferencia entre los candidatos muestra la profundidad de la división política brasileña, mientras que el fortalecimiento de la derecha en el Congreso anticipa dificultades para la próxima gestión. Lula ganó la Presidencia, pero deberá construir acuerdos para gobernar frente a una oposición con peso propio
Además de su cuarto mandato, la remontada del presidente de Brasil frente a su rival de derecha, Flávio Bolsonaro, dejó otro récord. Desde el regreso de la democracia a Brasil, en 1985, ningún presidente había logrado revertir un resultado adverso en la primera vuelta. El mandatario y candidato del Partido de los Trabajadores sumó en estas tres semanas que separan las dos rondas electorales más de 10 millones de votos mientras que su rival apenas logró añadir 3,6 millones.
La cifra fue lo suficientemente contundente como para que Lula lograra una ventaja mayor a la que obtuvo en 2022, cuando derrotó a Jair Bolsonaro, padre de Flávio y entonces presidente. La remontada, como si no fuera poco, le permite resistir como el líder de la izquierda regional ante el avance de la derecha en otros países de la región, hoy alineados con la Casa Blanca de Donald Trump.
De todas maneras, como hizo su padre hace cuatro años, Flávio Bolsonaro rechazó reconocer el resultado y anunció que solicitará judicialmente la anulación de la elección. El senador cuestionó la decisión del juez del Supremo Tribunal Federal Cristiano Zanin de extender la votación por dos horas y sostuvo que su aplicación desigual habría perjudicado la igualdad de condiciones entre los votantes. “Es imposible reconocer el resultado electoral dadas las circunstancias en que se desarrollaron estos hechos”, dijo.
La declaración de Bolsonaro no empañó las celebraciones del hito de Lula. Pero el poder de la derecha podría sí obstaculizar la fluidez de su nuevo mandato. Su victoria confirma la capacidad de supervivencia política de Lula. Sin embargo, la derrota de Bolsonaro no debilita el poder que la derecha conserva en el Congreso y los gobiernos estatales. Esa es la paradoja de su próximo mandato: una conquista histórica en las urnas y un margen estrecho para gobernar.
Las razones que explican la victoria inesperada
La geografía ayuda a explicar cómo Lula logró revertir la desventaja de la primera vuelta. En Minas Gerais, el estado que tiene el segundo mayor electorado del país, pasó de perder por casi 590.000 votos a ganar por unos 99.000: un vuelco de cerca de 690.000 votos en la diferencia entre ambos candidatos. El estado, que ha respaldado al vencedor de todas las elecciones presidenciales directas desde 1989, volvió a acompañar el resultado nacional. Aunque Flávio conservó la ventaja en los estados de São Paulo y Río de Janeiro, Lula ganó en sus capitales, las dos ciudades más grandes de Brasil, y revirtió el resultado de la primera vuelta en la ciudad de Río.
A ese avance se sumaron su victoria en los nueve estados del nordeste y una mayor participación electoral. La abstención cayó del 21,08% en la primera vuelta a aproximadamente el 19,2% en el balotaje, lo que llevó a cerca de tres millones más de brasileños a las urnas.

El presidente de Brasil, Lula da Silva, en Sao Paulo.Michel Schincariol/AFP/AFP via Getty Images
Esa participación adicional no puede atribuirse íntegramente a Lula, pero muestra la importancia que tenía movilizar a quienes no habían votado: en la primera vuelta, la distancia entre los candidatos había sido de poco más de 2,2 millones de votos.
La disputa también se libró en los teléfonos de los brasileños. Tras quedar segundo en la primera vuelta, Lula reforzó la movilización digital para intentar ampliar su alcance y convertir el apoyo en participación electoral. El desafío no era solo convencer a indecisos, sino conseguir que quienes ya lo preferían acudieran a votar.
La ofensiva estuvo acompañada de medidas y propuestas de última hora dirigidas a preocupaciones concretas del electorado. Lula promulgó una ley que amplía el límite de facturación del régimen de microemprendedores individuales, planteó nuevas iniciativas para renegociar deudas de los consumidores y defendió acabar con las apuestas en línea, cuya expansión ha contribuido al endeudamiento de los hogares.
En materia de seguridad, incluso se acercó a una bandera de la derecha: respaldó reducir la edad de responsabilidad penal para delitos especialmente graves. La señal buscaba responder a la demanda de mayor firmeza contra el crimen, otro de los grandes reclamos de la elección.
La victoria le permite ahora continuar en el poder, pero también lo obliga a responder a las expectativas que alimentó para lograrla.
Y ahora, más de un desafío
El primer desafío de Lula después de celebrar su victoria es legislativo. Los partidos de derecha ocuparán 303 de los 513 escaños de la Cámara de Diputados, frente a 124 de la izquierda y 86 del centro.
En el Senado, la derecha concentrará cerca de dos tercios de los asientos. Eso no convierte a todos esos legisladores en una oposición automática, pero obliga a Lula a construir acuerdos más allá de su base, tanto para avanzar con sus propuestas como para defender las prioridades de su gobierno.
El mapa de los gobiernos estatales también muestra la fuerza que conserva el campo conservador. Tras las dos vueltas, el PL de Bolsonaro conquistó cinco gobernaciones, mientras que Republicanos y el PP obtuvieron cuatro cada uno. El PT ganó cuatro. El PSD, que reúne a dirigentes con distintas alianzas políticas, consiguió otras cinco. Las relaciones con esos gobernadores serán otro terreno de negociación para Lula, que necesitará cooperación regional para llevar adelante sus políticas.
“Una vez que ganamos la elección, ya no tenemos adversarios. Tengo que gobernar para 215 millones de personas”, Lula afirmó en su discurso tras la victoria. También abordó el desafío de negociar con un Legislativo más conservador: “Yo no elegí al Congreso. Lo eligió el pueblo. Y es con ese Congreso con el que voy a votar, trabajar y sacar adelante las cosas”.
El desafío más inmediato será convertir los avances económicos en un alivio que los brasileños perciban en su vida cotidiana. La percepción de la economía fue uno de los principales factores de desgaste para Lula durante la campaña: una inflación más baja no devuelve los precios a sus niveles anteriores, y las mejoras en el empleo no necesariamente compensan la presión de las deudas y los gastos familiares. La insatisfacción con el costo de vida seguirá ahí después de la elección.

Lula da Silva, en el cierre de campaña del 24 de octubre en Sao Paulo.Alexandre Schneider/Getty Images
Responder a ese malestar será más difícil por las restricciones fiscales. La deuda, el déficit y las altas tasas de interés limitan el margen para ampliar el gasto y anticipan disputas sobre cómo financiar las promesas de campaña sin comprometer los programas sociales. Con un Congreso adverso, las decisiones sobre quién paga y dónde se recorta serán también una prueba de su capacidad de negociación.
La seguridad será otro frente de presión. Lula deberá responder a la demanda de medidas más contundentes contra el crimen, ante una derecha que ha hecho de la mano dura una de sus principales banderas. En la recta final de la campaña, ya dio señales de un endurecimiento al expresar su disposición a reducir a 16 años la edad de responsabilidad penal para delitos graves, una medida defendida por la derecha y con amplio respaldo popular. Ahora queda por ver si convierte esa señal de campaña en una propuesta concreta. Y, a sus 80 años, afrontará además el desafío de preparar un relevo para una izquierda cuya capacidad de ganar elecciones presidenciales sigue estrechamente ligada a su figura.
En la región, autonomía y soledad
Los desafíos van también más allá de las fronteras brasileñas. La remontada del líder progresista impidió que Trump consiga la joya de la corona de la ola de triunfos de candidatos derechistas y aliados de la Casa Blanca. Al frente de la economía más grande de la región y con China como su primer socio comercial, el Gobierno de Lula usó su capacidad para hacer frente a los reclamos comerciales y políticos de Washington, una autonomía que pocos vecinos pueden intentar.
Por ello, una victoria de Bolsonaro, elegido por Trump, habría marcado un giro clave en las aspiraciones de Washington de asegurar su hegemonía en el hemisferio y frenar los alcances de Beijing.