Faltan un poco más de 24 horas para la final del mundo en la que la Argentina enfrentará al seleccionado español, en lo que se perfila como una de las finales más esperadas por el pueblo argentino en mucho tiempo. Pero la antesala llega cargada de un nacionalismo popular que el propio presidente Javier Milei, sin querer y de forma inesperada, se encargó de exacerbar. Y no por patriota, sino por su servilismo hacia la Corona británica: intentó censurar cualquier expresión que reivindicara la causa Malvinas durante la semifinal que la Argentina disputó contra Inglaterra. No resultó como él esperaba. Tras el triunfo de la Scaloneta y las celebraciones de los jugadores, el Presidente respondió ideológicamente como un inglés enojado, como diciendo «no se le hace eso a Su Graciosa Majestad».
DE MANDADORES Y MANDADOS
Si bien el Presidente nos tiene acostumbrados a su desprecio por todo lo nacional, tras la semifinal mostró su rostro más anti-argentino al alinearse con Inglaterra para impedir cualquier manifestación que reivindicara nuestra soberanía sobre las islas Malvinas, durante el partido en el que el seleccionado argentino venció 2 a 1 al equipo «pirata». Pero donde hay poder también hay resistencia, la respuesta llegó justo desde donde el pueblo argentino más la esperaba. La selección conducida por Leo Messi desplegó, tras el triunfo, una bandera que los propios hinchas le arrojaron desde las tribunas, en la que podía leerse «Las Malvinas son argentinas», mientras los jugadores cantaban «un minuto de silencio, para Inglaterra que está muerto». El gesto no fue instruido por ningún manual de comunicación de la AFA: fue una respuesta espontánea, genuina, popular, que desbordó cualquier intento de control narrativo por parte del gobierno de Milei.
Ese desborde es precisamente lo que el gobierno no supo leer. Consultado sobre el significado de la victoria frente a Inglaterra, Milei pidió no mezclar el triunfo de la selección con el reclamo por las islas: «es un partido de fútbol, hay que entender eso», remarcó; al tiempo que sostuvo que la soberanía «se logra con una diplomacia sabia y no con gestos de patrioterismo baratos, berretas». Incluso llegó a tildar de imprudentes a los propios jugadores: «Las cosas que pasan en la cancha con los jugadores no son parte de la diplomacia; por lo tanto, en el peor de los casos, Argentina sufrirá una sanción económica», y remató calificando esas expresiones de «impertinentes e impropias», propias de «personas intrascendentes».
El gobierno perdió, en el plano comunicacional, la posibilidad de capitalizar un sentir popular genuino. Pudo haber elegido incorporar ese momento, hacerlo propio, como cualquier otra gestión hubiera hecho y sumarse a la épica. Eligió, en cambio, antagonizar con la propia selección, incluso cuando el canciller británico, Stephen Doughty, calificó la bandera de «decepcionante e inapropiado» y remarcó que «las Malvinas son británicas, siguen siendo británicas, seguirán siendo británicas»: una declaración que, lejos de correr a Milei hacia la reivindicación nacional, lo dejó en el incómodo lugar de haber anticipado, casi palabra por palabra, el mismo diagnóstico que el propio gobierno inglés.
LA SKALONETA EN LA BATALLA CULTURAL
Este intento de clausurar el sentir popular no es un hecho aislado ni se agota en el partido contra los ingleses. Se inscribe en una ofensiva ideológica que el gobierno viene desplegando contra la Argentina y su pueblo desde que asumió, alineándose sistemáticamente con intereses extranjeros en detrimento de la soberanía nacional, en lo que el propio oficialismo ha bautizado como parte de la Batalla Cultural.
Como venimos señalando en columnas anteriores, la idea de una batalla cultural implica, ante todo, distinguir los “amigos” de los “enemigos”. En el caso del gobierno argentino —que funciona más como una administración colonial o un gobierno de ocupación que como una gestión soberana— la lista de los “enemigos” ya incluye a los discapacitados, a los jubilados, periodistas, a los docentes, a los trabajadores, a los estudiantes y a todo aquel que se oponga a la narrativa oficial.
Lo novedoso, y lo que convierte este episodio en un punto de inflexión, es que ahora esa lista se amplió a los “intrascendentes”: al calificar de «patrioterismo barato» el gesto del plantel, el gobierno puso al propio seleccionado nacional del lado del enemigo. No es un detalle retórico menor: es la confirmación de que, para esta administración, no hay símbolo patrio exento de sospecha si interfiere con la visión que el gobierno proyecta sobre el conjunto de la Nación. En esa lógica, cualquier reivindicación de la soberanía es leída como una afrenta y, por tanto, debe ser sancionada, reprimida o, en sus propios términos, «eliminada». Porque, para Milei, toda reivindicación de la soberanía es sinónimo de “kuka”.
APOCALIPSIS DEL SUSTENTO INTERIOR
En tiempos de las nuevas derechas, la censura nunca constituye un exceso burocrático aislado, sino la expresión operativa de un programa político que se despliega bajo la estrategia de la batalla cultural. Todo poder necesita producir un régimen de verdad que legitime su accionar y, para ello, requiere la capacidad comunicacional de construir narrativas oficiales capaces de instalar un determinado sentido de realidad. En el caso del gobierno de Milei, ese proceso está orientado a desacoplar todo sentir nacional de la administración pública, impidiendo que esa identidad colectiva interfiera con políticas orientadas a la extranjerización de los recursos naturales y de los activos estratégicos del país.
Malvinas, en ese sentido, les representa un problema, ya que es la prueba viviente de que tenemos nuestros territorios ocupados por una potencia extranjera. Potencia extranjera con la cual el presidente Javier Milei se siente identificado, como ya ha señalado. No obstante, hay que recordar que la soberanía es una causa que no depende del humor de los mercados ni de la geopolítica de turno, sino una prerrogativa de los pueblos.
FEE, FI, FO, FUM
El gobierno de Javier Milei cruzó una raya ideológica que se creía infranqueable, y que va más allá de su conocida admiración por Churchill o por Thatcher. Al optar por criticar a la selección nacional como lo hizo, respondió al igual que un diplomático inglés que buscó acallar las voces que reivindican la soberanía argentina en la contienda deportiva contra la selección inglesa; confirmando su desprecio profundo al pueblo argentino. Mañana, frente a España, el pueblo volverá a cantar lo que quiera cantar y se saldrá a la calle a celebrar nuestra patria más allá de los resultados. Son tiempos de encontrarse, porque por más que pretendan vallarnos, no permitiremos que nos impongan la soledad: “por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”.
Autor/Omar Zanarini/Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA). Docente de la UBA y de la UNDAV, donde se desempeña como profesor de Políticas Internacionales de la Comunicación, co-titular del seminario de Comunicación, Geopolítica y Guerra Psicológica y titular del Seminario TIF de Comunicación Política y Fake News (UBA). Autor y compilador del libro Infodemia (CICCUS). Integrante de la Mutual Manuel Baldomero Ugarte.