Edición n° 3421 . 04/04/2026
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Rodolfo Carrizo:“Fuera ingleses de Malvinas y yankees de mierda, váyanse al carajo”

(Por Cecilia Miglio) El titular del CECIM, Rodolfo Carrizo, apuntó contra el gobierno y sus aliados: “Fuera ingleses de Malvinas y yankees de mierda, váyanse al carajo”
Por Cecilia Miglio

La mañana del 2 de abril de 2026 en La Plata no tuvo clima de efeméride. Bajo un calor otoñal inusual, la Plaza Islas Malvinas —antiguo predio del Regimiento 7 de Infantería, desde donde partieron cientos de jóvenes hacia la guerra— fue escenario de un acto del Centro de Ex Combatientes Islas Malvinas (CECIM). A diferencia de las ceremonias oficiales, los actos del CECIM rehúyen el protocolo institucional. Allí se entremezclan funcionarios, ex combatientes y vecinos en un mismo espacio de memoria compartida. A 44 años del inicio del conflicto en el Atlántico Sur, la conmemoración no se presentó como un ritual solemne, sino como una advertencia política.

Entre los presentes se encontraban organismos de derechos humanos y referentes históricas como Taty Almeida, de Madres de Plaza de Mayo, cuya participación recordó la continuidad entre el terrorismo de Estado y las marcas que dejó la guerra de 1982. Sin embargo, el peso de la jornada recayó en el discurso central de Rodolfo Carrizo, presidente del CECIM.

Carrizo habló desde la experiencia de quien combatió en el terreno. Tenía 26 años cuando la dictadura lo envió como conscripto a las islas. La guerra, impulsada por la Junta Militar de Leopoldo Galtieri, dejó 649 argentinos y 255 británicos muertos. Pero la violencia no terminó con la rendición. Los sobrevivientes regresaron a un país que los invisibilizó, sumiéndolos en una posguerra marcada por el estigma, la falta de atención médica y una alarmante tasa de suicidios. “Esa posguerra va a concluir cuando vos te vayas de esta vida”, suele repetir Carrizo.

De ese abandono nació el CECIM. Con el tiempo, la organización se transformó en un espacio crítico que exige verdad y justicia, reconocimiento que en su oportunidad le valió el Premio Rodolfo Walsh otorgado por la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata.

Desde el monumento a los caídos, Carrizo abrió su intervención con la propuesta de un “gran abrazo malvinero” para apagar “incendios invisibles”, gesto que definió como una necesidad espiritual y colectiva frente a un contexto que fomenta el individualismo.

Su discurso fue más allá de la memoria. A 50 años del golpe cívico-militar de 1976, enmarcó la guerra como una maniobra desesperada de una dictadura sangrienta que, tras destruir el aparato productivo y científico, intentó salvarse a costa de la vida de los conscriptos. Denunció además la influencia del Pentágono y la lógica de la Doctrina Monroe, que concibe a América Latina como patio trasero.

Desde esa lectura del pasado, Carrizo avanzó hacia la actualidad. Señaló un “plan sistemático de negacionismo” y el desmantelamiento institucional bajo el gobierno de Javier Milei. Criticó el decreto 70/23, describiendo un modelo económico que golpea a jubilados, universidades y proyectos estratégicos como el reactor CAREM (el primer reactor nuclear de potencia diseñado en Argentina), mientras busca privatizar empresas clave. Recordó las palabras del presidente —“Vengo a destruir el Estado”— y denunció que la respuesta oficial a la protesta social se resume en “palos, gases y presos políticos”, en alusión a las prisiones domiciliarias de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner y la dirigente social Milagros Sala.

El impacto económico, advirtió, se siente con fuerza en Tierra del Fuego, provincia con jurisdicción sobre las Malvinas. Allí, un desguace industrial deliberado facilita el saqueo de recursos y la injerencia colonial británica.

El punto más álgido llegó al abordar la política exterior. Carrizo rechazó la alianza del gobierno con Estados Unidos e Israel y alertó sobre las visitas del Comando Sur a Ushuaia, que interpretó como parte de un plan para instalar una base de control bioceánico y apropiarse de la biodiversidad y los recursos de la Antártida. “Se llenan la boca con Malvinas y son monigotes de la IV y V Flota de EEUU y la Royal Navy”, disparó.

Pero la interpelación también fue interna. Carrizo marcó distancia con las Fuerzas Armadas. “No somos veteranos”, dijo, exigiendo que no se iguale la experiencia de los conscriptos con la de los militares de carrera. Recordó además que la causa judicial 1777/07, que investiga los vejámenes sufridos en las trincheras a manos de oficiales argentinos, sigue impune en Tierra del Fuego.

La tensión se profundizó al referirse al silencio militar frente a la admiración que el presidente profesa por Margaret Thatcher, responsable del hundimiento del ARA General Belgrano, con 323 muertos. “¿Son ellos cómplices del silencio? Sí, son cómplices”, acusó.

En el cierre, Carrizo inscribió a Malvinas en una causa regional. Relató que en 2025, durante un viaje humanitario, excombatientes lograron plantar juntas todas las banderas de América Latina en el Monte Longdon, como gesto clandestino contra la agresión imperial que ocupa el Atlántico Sur y acecha al continente.

La crítica incluyó el reciente voto argentino en Naciones Unidas, donde el país se negó a declarar la esclavitud como crimen de lesa humanidad. Carrizo calificó la decisión de “infamia”, señalando que Argentina le dio la espalda a los 54 países de la Unión Africana que históricamente apoyaron el reclamo soberano por Malvinas. Su discurso culminó con una expresión que condensó el reclamo territorial: “Fuera ingleses de Malvinas y yankees de mierda, váyanse al carajo”.

Cuando terminaron los oradores, los vecinos se acercaron con flores al memorial. Ahí están los nombres. Uno por uno.

Desde el CECIM lo dicen claro: hay que informarse, educarse para entender, dar la pelea en el plano cultural. Porque desmalvinizar es aceptar ser una colonia. Y Malvinas no es una causa aislada. La ubicaron en la misma trama que Cuba y Palestina, territorios donde la soberanía también se disputa.

La plaza se fue vaciando despacio. Y la causa por conocer y defender la soberanía sigue, sin pausa.