Edición n° 3398 . 12/03/2026
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Cuando la serpiente se muerde la cola.

La caída de la recaudación, el freno del consumo y la asfixia de las cajas provinciales exponen la contradicción central del modelo oficial: el ajuste erosiona la actividad, achica los ingresos fiscales y empuja una nueva vuelta de tuerca sobre provincias, municipios y empresas.


(por Data Política y Económica)La recaudación se volvió uno de los puntos más sensibles del esquema económico de Javier Milei. En febrero, los ingresos tributarios nacionales registraron su séptima caída interanual consecutiva en términos reales, con una baja estimada de 9,7%, según IARAF. Ese retroceso ya impacta de lleno sobre las provincias y los municipios, porque la masa coparticipable también volvió a caer: en febrero, las transferencias automáticas al consolidado de provincias más CABA bajaron 7,4% real, mientras que la coparticipación pura retrocedió 8,8%.

El dato no es menor. En el primer bimestre de 2026, las provincias resignaron cerca de $964.619 millones por la caída de la recaudación nacional, una cifra que se aproxima al billón de pesos. El golpe recae sobre fiscos locales que ya venían tensionados por el recorte de transferencias discrecionales, por la desaceleración de la actividad y por el deterioro del consumo, que sigue sin convertirse en motor de la recuperación que promete el Gobierno.

El consumo no tracciona y el IVA lo confirma

Buena parte del problema está en el corazón mismo del modelo: el consumo. Los tributos que más pesan en la coparticipación, sobre todo IVA y Ganancias, muestran un comportamiento flojo. Según IARAF, esos dos impuestos explican el 94% de la masa coparticipable neta, y en el bimestre registraron una caída real superior al 8%. La debilidad del IVA-DGI, además, funciona como termómetro del mercado interno: si ese impuesto se enfría, se enfría también la actividad comercial que sostiene la recaudación provincial y municipal.

Los datos de consumo van en la misma dirección. CAME informó que las ventas minoristas pyme cayeron 5,6% interanual en febrero, aunque mostraron un leve repunte mensual desestacionalizado de 0,6%. El rebote, sin embargo, no alcanza para cambiar la tendencia: el bolsillo sigue sin reaccionar y la demanda interna continúa lejos de convertirse en un soporte firme para la actividad.

Las provincias sienten el golpe en sus propias cajas

Ese deterioro del mercado interno ya se refleja en los tributos locales. En la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, la recaudación de Ingresos Brutos cayó en términos reales en el inicio del año, mientras en la Ciudad de Buenos Aires también quedó por debajo de la inflación. En cambio, algunos distritos con mayor peso del agro y la minería, como Córdoba, San Juan, Mendoza y Entre Ríos, mostraron subas nominales más altas, lo que confirma que la desaceleración no pega igual en todas las jurisdicciones, pero sí castiga con mayor fuerza a las economías más atadas al consumo, la industria y la construcción.

La consecuencia política es evidente: mientras la Nación celebra rebajas impositivas y presiona contra tasas municipales y cargas provinciales, gobernadores e intendentes ven deteriorarse sus ingresos corrientes y, con ellos, su capacidad para sostener servicios, inversión pública y funcionamiento cotidiano del Estado. La discusión ya no pasa sólo por si la presión tributaria es alta o baja, sino por cómo se financian administraciones locales en una economía que no genera el volumen de actividad necesario para sostener su propia recaudación.

La industria posterga pagos y la cadena se tensa

El otro dato que empieza a cerrar el cuadro es el financiero. La UIA informó que su Monitor de Desempeño Industrial se ubicó en 36,5 puntos en enero, muy por debajo del umbral de 50 que separa expansión de contracción. Fue la decimoquinta medición consecutiva en zona contractiva. Pero además del freno productivo apareció otro síntoma más delicado: el 45,6% de las empresas relevadas reportó atrasos en pagos y las mayores complicaciones se concentraron en impuestos, con 33,2%, y proveedores, con 31,9%.

Ese dato vale más que cualquier consigna. Cuando una de cada tres firmas posterga impuestos y casi la mitad reconoce problemas para cumplir obligaciones corrientes, no se está frente a una simple “recomposición de precios relativos”, sino ante una tensión concreta de caja. El sector industrial ya no discute sólo competitividad o costos: empieza a administrar supervivencia. Y cuando las empresas pagan tarde, los fiscos recaudan menos, los proveedores financian involuntariamente al sistema y los bancos ganan centralidad como prestamistas de corto plazo.

La apuesta de Caputo

En ese contexto, Luis Caputo insiste con una salida basada en menor presión tributaria, formalización y blanqueo de ahorros. En sus presentaciones recientes en Córdoba y Mendoza, el ministro sostuvo que la combinación de reforma laboral e “inocencia fiscal” ampliará la base de contribuyentes y permitirá bajar más impuestos sin resignar recaudación. También defendió la necesidad de mantener un ancla fiscal sólida para consolidar la confianza y atraer inversión.

El problema es que esa hipótesis todavía no encuentra validación en los datos de la economía real. La actividad industrial sigue en rojo, el consumo no reacciona con fuerza y la recaudación cae tanto en Nación como en las provincias. Incluso especialistas tributarios vienen advirtiendo que el esquema de “inocencia fiscal” puede enfrentar obstáculos de implementación por la falta de adhesión plena de las provincias y por la resistencia de distintos agentes de control.

Un ajuste que se traslada hacia abajo

La paradoja del momento es que el Gobierno exhibe la baja de impuestos como una señal de normalización, pero esa decisión convive con un retroceso de la actividad que termina licuando la base misma sobre la que esos tributos se cobran. Así, el ajuste no desaparece: se desplaza. Baja desde la Nación hacia las provincias, desde las provincias hacia los municipios y desde el sistema tributario hacia la cadena de pagos empresaria.

El resultado es un ajuste forzoso, menos visible que el recorte directo del gasto, pero igual de concreto. Si la economía no genera consumo, la coparticipación se achica. Si la industria no vende, posterga impuestos. Y si las cajas locales se vacían, los servicios públicos se deterioran y la política fiscal deja de ser una discusión técnica para convertirse en un problema de gobernabilidad.

En ese punto, la consigna oficial de equilibrio fiscal empieza a chocar con una realidad más incómoda: sin mercado interno, sin crédito accesible y sin actividad que traccione, no hay milagro tributario posible. Hay, en cambio, una recaudación que cae como un piano y unas provincias obligadas a administrar escasez.

REDACCION DATA POLITICA Y ECONOMICA