Edición n° 3393 . 07/03/2026
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8–9M en Argentina: Frente al derrotismo, paro y movilización feminista

(*Emilia Trabucco)

A más de dos años de la instalación del régimen de Javier Milei en el Estado, el movimiento feminista y transfeminista vuelve a declarar el Paro Internacional y movilización el 8 y 9 de marzo. Las mujeres y diversidades trabajadoras irrumpen nuevamente en las calles frente a un programa de hambre, endeudamiento, saqueo y violencia económica que reorganiza la sociedad argentina en beneficio de un capital cada vez más concentrado.

Las consignas convocantes sintetizan la lectura política que se viene construyendo en asambleas y articulaciones territoriales: unir todas las luchas para derrotar las reformas esclavistas de Milei, el FMI y sus cómplices. La ofensiva que atraviesa al país expresa una estrategia más amplia de la ultraderecha fascista que busca destruir la reserva moral e histórica del proyecto popular argentino, golpeando sobre las tres banderas que estructuraron su programa en las últimas décadas: derechos humanos, justicia social y derechos de las mujeres y diversidades.

La aprobación de la reforma laboral, el avance del régimen penal juvenil y los proyectos de reforma previsional delinean con claridad la orientación del régimen. El Estado es reconfigurado para garantizar condiciones de acumulación para los sectores más concentrados del capital, mientras se desmontan las mediaciones que durante décadas permitieron a la clase trabajadora disputar derechos y condiciones de vida.

Ese proceso se despliega en medio de una guerra cultural que produce enemigos internos —“feministas”, “sindicalistas”, “kirchneristas”, “comunistas”— y opera sobre el sentido común mediante el ecosistema digital dominado por las grandes plataformas tecnológicas. En esa neblina circulan hechos fragmentados: proyectos de indulto para responsables de crímenes de lesa humanidad, intentos de militarización de los territorios, desmantelamiento de políticas de género. La violencia se instala como lenguaje político en una sociedad atravesada por una crisis económica y social que empuja a millones a la pobreza.

La pregunta que atraviesa al campo popular surge entonces con fuerza, ¿qué ocurrió entre el ciclo de movilización que logró articular las tres banderas del programa popular en este siglo y el escenario actual donde la ultraderecha controla el Estado?

La secuencia reciente es conocida. La movilización de 2017 que derrotó el fallo del 2×1 a los genocidas. El primer paro feminista contra el programa antipopular de Mauricio Macri. Las jornadas de diciembre de 2017 que frenaron la reforma previsional y laboral de ese gobierno. En aquel momento derechos humanos, justicia social y feminismos populares aparecían enlazados con claridad como programa de las mayorías.

Entre ese ciclo de luchas y el presente median transformaciones profundas. La pandemia interrumpió temporalmente las formas de organización colectiva que habían caracterizado a ese período. A ello se sumó la experiencia de un gobierno elegido para enfrentar al macrismo que no logró responder a las expectativas sociales que habían impulsado su llegada al poder. Ese escenario fue capitalizado por la ultraderecha, que reorganizó el malestar social mediante una estrategia política y cultural sostenida por una red internacional de empresarios, think tanks, influencers y partidos políticos.

El 8M de este año tiene además una marca política ineludible. Es el primer paro feminista con Cristina Fernández de Kirchner presa y proscripta, principal dirigenta del proyecto popular argentino, y a diez años de la detención de Milagro Sala, referenta de la organización Tupac Amaru, punto de partida del ciclo de persecución política que hoy se consolida. Ambas enfrentaron al poder real. El silencio o la vacilación frente a esa persecución expresa una de las debilidades que la ofensiva reaccionaria aprovecha para profundizar su avance.

En los territorios las transformaciones estructurales se vuelven visibles. Endeudamiento cotidiano de los hogares a través de plataformas financieras, precarización generalizada del trabajo, expansión del narcotráfico como economía territorial donde el Estado se retira, deterioro de las condiciones de vida de amplios sectores de la población. Mujeres y disidencias concentran los mayores niveles de informalidad y pobreza, sostienen las redes de cuidado y enfrentan cotidianamente la violencia social que atraviesa los barrios.

Esa experiencia material explica también el lugar político que ocupan hoy los feminismos y transfeminismos populares. Allí se condensan las contradicciones de la nueva configuración de la clase trabajadora. Las organizaciones tradicionales, estructuradas en torno a una clase trabajadora industrial y formalizada, muestran dificultades para procesar estas transformaciones y para representar una base social profundamente distinta.

Desde esos espacios se viene construyendo una lectura política que articula la secuencia del 7 de febrero, el 8 y 9 de marzo y el 24 de marzo como parte de un mismo proceso de acumulación. El 7F apareció como respuesta antifascista y antirracista frente al avance del discurso de odio; en el medio, las manifestaciones contra la reforma laboral finalmente aprobada en el Congreso; el 8M-9M, que vuelve a colocar en el centro la explotación específica que recae sobre mujeres y disidencias trabajadoras; y el 24 de marzo, que reactualiza la memoria histórica del terrorismo de Estado frente a las derivas autoritarias del presente.

En esa secuencia se vuelve a plantear una tarea política de fondo: rearticular las tres banderas del programa popular como horizonte común frente a la ofensiva fascista y antipopular. Y ahora también contra un régimen que pone en discusión el sentido mismo del trabajo, ocultando aún más la relación de explotación y desigualdad con el capital, bajo relatos de mayor libertad que atentan sistemáticamente contra la posibilidad de organizar desde la identidad de la clase. Allí el movimiento feminista y transfeminista viene hace tiempo sosteniendo una consigna para la unidad que combate los relatos y diluye las diferencias históricas al interior de las mayorías que viven de su trabajo: “trabajadorxs somos todes y todas”.

El resultado de esa disputa permanece abierto. Dependerá de la capacidad del movimiento popular para leer las transformaciones estructurales de la etapa, reconstruir sus formas de organización y volver a enlazar las luchas que atraviesan hoy a la sociedad argentina. Las mujeres y diversidades trabajadoras organizadas han vuelto a colocar esa discusión en la calle. Allí donde, una y otra vez en la historia reciente, se definieron los límites del poder y las posibilidades de las mayorías.

*Psicóloga, Magíster en Seguridad. Analista de la Agencia NODAL y del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE) en Argentina.