Edición n° 3389 . 03/03/2026
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Papelón presidencial/La apertura de sesiones más berreta de la historia

La apertura de sesiones más berreta de la historia

Milei hizo su show de panelista de TV ante la falta de resultados concretos para mostrar a la sociedad. Su discurso dejó muchas generalidades y pocas propuestas concretas de lo que vendrá hacia adelante. Múltiples falacias con los datos y una arrogancia alejadísima de la malaria que sufre la mayoría de la sociedad y está lejos de acabarse. La degradación de la política y las instituciones como estrategia.

A pesar de haber expresado muchas veces que no le interesaba la política y que sólo pensaba en la economía, Javier Milei terminó siendo mucho mejor político que economista. En su supuesta área de expertise, el crecimiento económico con o sin dinero, el panelista de TV devenido en presidente hace agua por todos lados. Ya en su tercer año de mandato, la destrucción económica avanza a pasos agigantados con múltiples cierres de empresas, pérdida de puestos de trabajo, caída del salario, del consumo y niveles de inversión negativos récord. Pero aún con ese cuadro indisimulable, el líder libertario consolidó una base social y un bloque político, arrasó en las elecciones de medio término y sometió a todo el sistema con una dinámica del ejercicio del poder implacable. Sin resultados palpables para mostrar en el inicio de su 27° mes de gobierno, el presidente se dio el gusto de hacer gala de su dominio sobre toda la escena en una nueva apertura de las sesiones ordinarias del Congreso.

Si la política es un terreno en el que se mueve mejor que en el económico, está claro que su estrategia es la banalización y la degradación, tanto de la política como práctica transformadora como la de las instituciones como territorio de su ejercicio. Ni más ni menos que eso fue lo que se observó en el patético show del renovado panelista este domingo en el Congreso. Un discurso que duró una hora y media en el que no hubo prácticamente propuestas legislativas concretas, se falsearon decenas de datos, se recurrió a generalidades y abstracciones como “la moral como política de Estado”, y se volvieron a vender los paraísos futuros de inversiones, crecimiento del empleo y prosperidad que siguen brillando por su ausencia. Todo esto, adobado con un uso permanente del estrado, la tribuna de fanáticos y la transmisión oficial para gritos, chicanas burdas, chistes malos y ataques a la oposición que pocos años atrás hubieran escandalizado a todo el país.

La apertura de sesiones más berreta de la historia ya no escandaliza ni llama la atención. Ese es el principal triunfo de un proyecto político que viene a destruir la política como herramientas del pueblo argentino para lograr transformaciones progresistas y que tiendan a una sociedad más justa e igualitaria. Mientras la política siga siendo un griterío sin contenido, las chicanas futboleras reemplacen el debate de ideas y las instituciones se parezcan a un panel de programa de chimentos, el que seguirá ganando por goleada es el status quo que defiende y profundiza el gobierno de La Libertad Avanza.

Aclaración necesaria a esta altura: no estamos frente a un Maquiavelo, un Perón o un Winston Churchill, como se animó a tirar en X anoche Santiago Caputo. El propio Milei admitió en su discurso que su aventura libertaria estuvo al borde de durar menos que el gobierno fallido de De la Rúa, y que no hubiera resistido el segundo año de debacle económica seguido si no hubiese sido por el salvataje de su jefe del norte, Donald Trump. El “león” expuso su debilidad y la fragilidad de su programa económico al admitir que su gobierno estuvo a punto de caer luego de la paliza que Axel Kicillof le pegó en la PBA en septiembre pasado. Si el peor peronismo probablemente desde su nacimiento como movimiento político, la vicepresidenta Villarruel que no tiene una estructura propia, y algunos sectores especuladores de la economía estuvieron a punto de destronar al mejor gobierno de la historia, bien harán los “argentinos de bien” en seguir prendiéndole velas a belicista Trump.

Milei y todo el aparato libertario vendieron el slogan del Congreso más reformista de la historia. Lo cierto es que el presidente anoche no habló de casi ninguna medida concreta, y se limitó a mencionar generalidades para sugerir un trazo grueso de por dónde podrá ir el año legislativo. Habló de reformar la  justicia, el código civil y comercial, el sistema educativo, el sistema electoral, entre muchas otras áreas de la vida pública, pero no dejó un sólo proyecto en concreto para alguno de esos fines. Se suponía que, envalentonado y en ganador como viene, el Gobierno podía avanzar en la agenda con algún debate concreto instalado anoche por el presidente. Milei se limitó, por su parte, a hablar de un paquete de 90 leyes, 10 por cada Ministerio, que irán llegando todos los meses al Congreso. ¿Por qué no explicó ni una?

Las expectativas a futuro vienen en picada para una gestión que no ofrece buenas noticias para su población. ¿Le alcanza al Gobierno con hablar de reformismo para trazar un nuevo horizonte, mientras la economía no para de empeorar?  Es una pregunta abierta que se irá respondiendo con el devenir de los meses, pero el rating del discurso de anoche, menos de la mitad de lo que midió en 2024 y prácticamente igual que el de 2025, muestra que la apatía y el desinterés vienen ganando terreno en la consideración de la población sobre la figura del presidente y lo que tenga para decir.

Tal vez por eso ayer Milei no le habló a la sociedad para ofrecerle un futuro venturoso como en otras ocasiones. El oficialismo tiene claro que las promesas tienen fecha de vencimiento, y con una población pasándola considerablemente peor que hace dos años seguir revoleando futuros fantasiosos a la bartola no era una buena estrategia. Por eso el mensaje estuvo pensado con tres objetivos: volver a mostrar al Milei “original”, el panelista de TV que insulta a los kirchneristas, para consolidar su núcleo duro de adhesión; mostrar vehemencia y agresividad para dar una muestra de poder al conjunto del sistema político; y generar un show que distraiga la atención de la realidad económica, tomada por los cierres de empresas, la pérdida de puestos de trabajo y el aumento de la inflación. 

Las mentiras con los datos son un engranaje clave en la construcción del relato libertario. Milei dijo que habían bajado a cero los piquetes, cuando el año pasado se registraron 3.893 protestas con cortes a nivel nacional; dijo que hubo inversiones récord, pero el 2025 fue el año con peor nivel de inversión extranjera directa en 22 años, con un registro negativo a partir de la cantidad de compañías que abandonaron el país; habló de la decadencia del sistema educativo, cuando los fondos nacionales destinados a la educación obligatoria cayeron un 76,5% en su gestión, y este año sólo invertirá el 0,75% del PBI en educación, aún menos que el 0,88% de 2024; chicaneó al peronismo con que los niños son una prioridad de su gobierno, pero bajo su mandato la tasa de mortalidad infantil aumentó por primera vez desde 2002; habló de crear un millón de puestos de trabajo en la cordillera gracias a la minería, pero el empleo registrado en el sector en junio del año pasado era inferior al de 2023. Son apenas algunas falacias de un discurso plagado de mentiras y fantasías que sólo existen en la cabeza alienada del presidente.

Tal vez el pasaje más jugado de sus palabras fue cuando enunció una frase que puede ser una condena a futuro. “La malaria se acabó”, vociferó triunfante como si el país se encontrara en un círculo virtuoso de crecimiento económico, aumento del empleo, los salarios y el consumo, inclusión de ciudadanos al circuito productivo formal, inflación controlada y caída de la pobreza y la indigencia. Todo lo contrario a lo que muestra la realidad de los argentinos de a pie. La contradicción quedó expuesta en la boca misma del presidente cuando volvió a decir que la justicia social es una aberración, minutos después de afirmar que la AUH creció por encima de la inflación y alcanzó a una población mayor.

El panorama es visible para cualquiera que camine por las calles: los precios suben, los sueldos no, el hambre aumenta y la situación apenas se contiene por los enormes recursos que el Gobierno invierte en la asistencia alimentaria. Lejísimos de una economía virtuosa donde cada quien produce al menos lo que consume. Milei deberá responder por esa sentencia cada vez que la situación de las mayorías empeore, como inexorablemente pareciera que ocurrirá bajo un modelo económico que se vanagloria de destrucción industrial y del mercado interno.

¿Cuánto crédito social le queda al presidente para seguir vendiendo espejitos de colores mientras la economía se cae a pedazos? El oficialismo está en ganador y va a fondo con un ímpetu similar al del inicio de su mandato. Tiene un punto a favor para ello, ahora como entonces: una oposición desarticulada y con capacidad prácticamente nula para generar expectativas y esperanza. Pero también tiene un gran punto en contra: carga con más de dos años de deterioro económico a cuenta suya, sus promesas se acercan a la fecha de vencimiento, y nadie come, produce, compra ni vende reformismo. Si la propuesta oficial sigue siendo así de abstracta y vacía, habrá que esperar mucha más degradación de la política y las instituciones como verdaderas herramientas de cambio. Sólo así se sostienen un castillo de naipes sobre una base de humo.

Nicolás Baccaro

Periodista. Twitter: @Nico_Baccaro