Los últimos reportes de comercio exterior anticipan una agudización de la crisis del sector fabril, ya que se desploman las importaciones de insumos y maquinarias y se multiplican las de bienes de consumo. El caso Fate y la reforma laboral.
Las importaciones ligadas a la inversión productiva registraron en enero una caída alarmante. Las compras de bienes intermedios, es decir de insumos para la elaboración de productos, se desplomaron -18,8 por ciento contra igual mes de 2025. Las de piezas y accesorios, peor: bajaron -36,5 por ciento. Las de maquinarias y equipos disminuyeron -14 por ciento.
Son datos que anticipan una agudización del proceso de desindustrialización que soporta el país. Ya no alcanza ni con el dólar barato para convencer a los industriales a arriesgar capital para producir, en un escenario de achicamiento del mercado interno, mientras que las divisas sí se van cada vez más en importaciones de bienes de consumo, en plataformas como Shein, Temu o Amazon y en autos.
En efecto, las compras de vehículos en el exterior subieron 106,8 por ciento contra enero del año pasado, mientras que la producción nacional de automóviles retrocedió en el mismo mes un -30,1 por ciento interanual. El grupo Stellantis, que produce vehículos Peugeot y Citroën, anunció la suspensión de actividades hasta marzo, por lo cual los trabajadores de la planta de Martín Coronado cobrarán solo el 70 por ciento del salario hasta retomar actividades.
Las importaciones de bienes de consumo aumentaron 5,8 por ciento y las que vienen a través de aquellas aplicaciones se dispararon 95,8 por ciento.
Economistas de distintos perfiles coinciden en adelantar un agravamiento de la crisis del aparato productivo en los próximos meses. “Si las importaciones no suben, la economía no va a salir. No estoy hablando de ropa china, ni de cubiertas. Estoy hablando de importaciones de insumos, o sea, importaciones que tengan que ver con el vigor de una economía”, alertó Carlos Melconian, referente del sector ortodoxo. Pero esas compras son las que más bajan, hasta -36,5 por ciento en piezas y accesorios, como se indicó más arriba.
Daniel Schteingart, de Fundar, ex funcionario del área de industria del gobierno anterior, señaló que hace un semestre que la producción fabril no para de caer, mientras que el cierre de empresas no se detiene -como resonó esta semana el hundimiento de un gigante como Fate, tras ocho décadas de funcionamiento- y la pérdida de puestos de trabajo es constante.
“Hay perdedores muy fuertes como textiles, calzados, cuero, confecciones, gran parte de la metalmecánica, buena parte de la industria automotriz, minerales no metálicos que son materiales para la construcción, todos con declives de dos dígitos contra 2023. Es una parte sustancial de la industria nacional”, describe el especialista. “Para todos estos sectores la apertura importadora es muy nociva. El panorama para los próximos meses no es bueno”, agrega.
“El escenario más probable para 2026 es que la contracción de empresas industriales y de empleo fabril siga. Y los sectores que crecen serán acotados, algunos proveedores de minería o de hidrocarburos, pero no mueven el amperímetro de la industria en general», completa.
Esto yo ya lo vi
Los puntos en común de la etapa actual con lo que sucedió en la década menemista, desde que empezó el plan de convertibilidad en 1991 hasta que voló por los aires en 2001, son evidentes. Dólar atrasado, apertura importadora, retiro de estímulos a la producción. Por ahora una gran diferencia es la disponibilidad de acceso al crédito para las familias, lo que en aquellos años sostenía de algún modo el mercado interno, contra la situación presente en la que el financiamiento no tracciona el crecimiento, sino que tiende a ser el último recurso para la supervivencia.
Otra coincidencia en el enfoque de las políticas económicas de Carlos Menem y Javier Milei es intentar captar inversiones bajando costos empresarios. Eso debería alentar la inversión y derramar en crecimiento, pero antes como ahora se observa que los rubros que crecen concentran la ganancias y los que generan empleo son desplazados de la escena.
Reforma con desempleo
Una de las apuestas más importantes en los ‘90 y ahora es reducir el costo laboral, lo que supuestamente debería destrabar el potencial inversor del sector privado. Con Menem los resultados no podían ser peores. Por la similitud de los procesos, no se prevé algo distinto en la actualidad.
En 1991, cuando se aprobó la primera gran reforma laboral del menemismo, impulsada por Domingo Cavallo y su equipo, la tasa de desocupación era del 6,0 por ciento. La imposición de la llamada “flexibilización laboral” consistió en varias medidas que se repiten estos días:
* Creación de los contratos “basura” por tiempo limitado.
* Se establecieron los Procedimientos Preventivos de Crisis para bajar las indemnizaciones al 50 por ciento.
* Se limitaron las huelgas.
* Se habilitaron los convenios por empresa.
* Se amplió el periodo de prueba y las pasantías.
* Se autorizó el pago de salarios con vales de comida o supermercados.
El resultado de esa ley, dos años después, fue un aumento de la desocupación al 9,3 por ciento. Ahí empezó a quedar en claro que los cambios regresivos en las condiciones de trabajo no generan empleo, sino que transfieren ingresos de los trabajadores a los empresarios.
En 1993 se introdujo una segunda reforma laboral en el marco de la Ley Pyme. Allí se dispusieron las siguientes reglas para ese conjunto de empresas:
* Aumentos de sueldo por productividad.
* Reducción de la base de cálculo para las indemnizaciones por despido.
* Se habilitó la jornada laboral de 12 horas sin computar horas extras y se autorizó el fraccionamiento de las vacaciones.
Dos años después, la fórmula tampoco había funcionado. La desocupación llegó a un récord por entonces del 18,4 por ciento en 1995.
El gobierno de Fernando de la Rúa también intentó con la Ley Banelco, otra reforma precarizadora alentada por el FMI, pero su gobierno no resistió tanta crisis y la explosión terminó catapultando la desocupación a 25 por ciento. Es decir, con todos los cambios laborales a lo largo de una década, el desempleo escaló del 6,0 por ciento al principio al 25 por ciento al final.
Cuando llegó Néstor Kirchner a la presidencia regía la doble indemnización por despido, que el patagónico mantuvo hasta septiembre de 2007. Junto con ello empezó a desmontar las leyes laborales menemistas y del gobierno de la Alianza. Cuando terminó su gestión, la desocupación había caído al 7,5 por ciento.
Cristina Fernández de Kirchner profundizó el proceso, que es exactamente el contrario al actual, ampliando derechos para los trabajadores, impulsando leyes como la del peón rural y la de trabajadoras de casas particulares, y cuando dejó el poder la desocupación era del 5,9 por ciento.
Las evidencias históricas son contundentes. Pero Milei intentará de nuevo por el camino que fracasó.
NOTA DE DAVID CUFRÉ/ PÁGINA 12