Edición n° 3376 . 18/02/2026
Logos finales-01

El pensamiento vivo de Francisco

Hay épocas en las que la discusión política se empobrece hasta volverse caricatura: mercado contra Estado, mérito contra asistencialismo, libertad individual contra comunidad. La Argentina atraviesa una de esas etapas. Y en esa reducción aparece una pregunta incómoda: ¿Qué queda de una sociedad cuando se desprecia la justicia social como si fuera una superstición y se celebra el individualismo como si fuera la forma superior de humanidad?

(Por Antonio Muñiz)


En ese clima, el pensamiento político de Francisco opera como un espejo que devuelve una imagen que muchos prefieren no mirar. Porque vuelve a poner en el centro lo que hoy se quiere sacar de la escena: el bien común, la dignidad del trabajo, la primacía de la persona sobre el lucro, y la idea simple y decisiva de que nadie se realiza solo.

No es un asunto religioso. Es una discusión civilizatoria.

La doctrina social como antídoto contra la crueldad “normalizada”

La doctrina social de la Iglesia nació para responder a los excesos de un capitalismo que convertía al trabajador en pieza reemplazable. Desde fines del siglo XIX, la Iglesia fue fijando una línea: el trabajo no es mercancía, la propiedad tiene una función social, el mercado no puede ser un dios y el Estado no puede desentenderse del destino colectivo. Con los años cambian los nombres de los problemas, pero el núcleo se repite: cuando la economía se organiza de espaldas a la dignidad humana, lo que se rompe no es solo la justicia: se rompe la comunidad.

Francisco radicalizó esa tradición al hablar sin eufemismos de “descarte”, de una cultura que expulsa y después moraliza la expulsión. No describe una anomalía: describe un sistema. Y al hacerlo revela algo central: el liberalismo extremo no es solo un paquete de políticas; es una pedagogía que acostumbra a mirar la desigualdad como natural y a culpar a las víctimas por su lugar en el mundo.

En esa pedagogía hay un componente anticristiano, pero también antinacional y antipolítico: disuelve el “nosotros”, convierte al prójimo en competidor, y transforma la vida común en un agregado de trayectorias individuales. Ese es el punto de choque.

“Nadie se salva solo”: política y comunidad contra el mito de la autosuficiencia

La frase “nadie se salva solo” se volvió una síntesis del pontificado. No es un lema de autoayuda. Es una tesis política: sin lazo social no hay libertad real, y sin organización colectiva la vida se vuelve una intemperie. Lo que se presenta como “libertad” suele terminar siendo libertad para pocos y precariedad para muchos.

Francisco insistió en rehabilitar la política en una época que la desprecia. La política, para él, no es el arte de administrar lo dado; es la forma concreta de cuidar el bien común. Y por eso la llama una vocación alta: porque puede ordenar el conflicto sin destruir el tejido social, puede poner límites a la voracidad, puede convertir la economía en instrumento y no en destino.

Dicho sin solemnidad: Francisco nos recuerda que hay cuestiones que no se negocian en una sociedad decente. El derecho a comer, a vivir bajo un techo, a trabajar, a ser tratado como persona. Y recuerda también que el mercado no garantiza esos derechos por sí solo. Cuando se lo deja operar como si fuera una ley natural, el resultado no es armonía: es concentración, desigualdad y resentimiento.

Las “tres T” y el nervio plebeyo de una doctrina

Tierra, techo y trabajo: ese tríptico resume el realismo de Francisco. No habla en abstracto. Habla desde abajo, con un lenguaje que reconoce necesidades materiales como base de cualquier discurso moral. No hay fraternidad posible con hambre, no hay paz social con expulsión permanente, no hay futuro con trabajo convertido en privilegio.

En esa clave, su mensaje incomoda porque desenmascara una operación frecuente: llamar “modernización” a la precarización, llamar “austeridad” al ajuste sobre los mismos de siempre, llamar “libertad” a la demolición de derechos. La doctrina social no discute solo la distribución del ingreso; discute el tipo de sociedad que se fabrica cuando se naturaliza la intemperie.

Teología del Pueblo: una matriz argentina con alcance universal

Francisco no viene de una escuela europea de pensamiento. Se formó en una tradición argentina que mira al pueblo como sujeto con cultura, memoria y dignidad, no como masa manipulable ni como suma de individuos aislados. Esa idea tiene consecuencias: si el pueblo es sujeto, el vínculo social es un bien político; si el vínculo social es un bien, el Estado no es un enemigo; y si el Estado no es un enemigo, la justicia social deja de ser insulto para volver a ser un objetivo a alcanzar.

Esa matriz explica por qué su palabra no se limitó a denunciar: propone comunidad frente al aislamiento, trabajo frente a la especulación, cuidado del ambiente frente al extractivismo depredador, diálogo frente al odio como tecnología política. No se trata de un progresismo genérico. Se trata de una ética de la organización social.

El peronismo que viene: reinventarse sin bajar sus viejas banderas

¿Dónde entra el peronismo en esta escena? En un punto sensible: el peronismo nació, en gran medida, como traducción política de una demanda de dignidad social en un país que se industrializaba y formaba su clase trabajadora. Con sus tensiones y contradicciones, esa traducción puso en el centro el trabajo, la movilidad social, la comunidad organizada y la soberanía.

Hoy, cuando la palabra “justicia social” se quiere convertir en mala palabra, el peronismo enfrenta una elección: resignarse a ser nostalgia o recuperar su raíz plebeya con lenguaje y agenda del siglo XXI. Y ahí Francisco funciona como un recordatorio incómodo: no hay proyecto nacional viable si la comunidad se rompe; no hay desarrollo si el trabajo se destruye; no hay futuro si la economía se desacopla de la vida real.

Pero cuidado: el pensamiento francisquista no significa clericalismo ni marketing religioso. No trata de envolver la política en símbolos sacros. Se trata de asumir un núcleo ético, esencialmente cristiano: la dignidad humana no es un costo a ajustar, la pobreza no es un dato estadístico, y el Estado no es una empresa que terceriza la responsabilidad social.

Por eso Francisco incomoda

En tiempos de liberalismo extremo, el pensamiento político de Francisco no es una pieza de museo ni un repertorio de frases bonitas. Es un marco de interpretación y una advertencia: cuando se niega la comunidad, la sociedad se vuelve un archipiélago; cuando se desprecia la justicia social, la democracia se vacía; cuando se idolatra el mercado, el poder se concentra y el descarte se vuelve normalidad.

Por eso el pensamiento de Francisco incomoda. Porque nos recuerda que la política existe para organizar la esperanza, no para administrar la crueldad. Y porque, en un país como la Argentina, donde la identidad popular se construyó alrededor de la dignidad del trabajo y la vida en común, su mensaje interpela a cualquier proyecto que pretenda llamarse nacional.

El peronismo que viene, si quiere volver a ser futuro, tiene un desafío simple y enorme: reconstruir un “nosotros” sin negar el conflicto, ordenar la vida en común con el pueblo como centro, y volver a hablar —con rigor, sin hipocresías — de justicia social y soberanía popular como condición básica de una libertad real que valga para todos.