Economía Solidaria

Por Marcos Doño / Especial para Motor Económico

UNA ARGENTINA NO EXTORSIONADA

"Una política económica moderna y liberadora debería propender a un sistema de producción de la tierra que compita fuertemente con este feudalismo terrateniente(...) "

(Por Marcos Doño / Especial para Motor Económico y Motor de Ideas) El sueño de una Argentina democrática, libre y con un alto estándar y calidad de vida de sus habitantes es posible y se corresponde con algunas prioridades que deberíamos atender con urgencia. Una es el grado de soberanía económica, estabilidad política y seguridad jurídica que alcancemos durante la próxima década. Dos, el nivel de desarrollo educacional, científico y tecnológico que nos permita articular y proyectar planes de industrialización y modernización en base, esencialmente, a nuestra estructura agrícola ganadera y minera como medio para alcanzar ese status de soberanía. Tercero, la relación de poder que en virtud de esos dos factores sepamos tejer con los países de la región y las potencias, de tal forma que ampliemos y diversifiquemos, en el mediano plazo y de manera sostenida, nuestra oferta exportadora.

Pero para alcanzar estos objetivos hay una condición sine qua non: la instauración de un nuevo contrato social que dé las herramientas para promover un cambio cultural profundo y superador en el del liderazgo empresarial y político. Este cambio estructural debería conformarse en el consenso de que la distribución equitativa de la riqueza es el paso regio e irremplazable para la instauración de un sistema de justicia social que decante en el bienestar general. Inspirados en la idea moral del derecho de todos a vivir de manera justa y libre, surgiría de esta acción y naturalmente la posibilidad de que la cultura productiva reemplace y supere su mayor enfermedad: el capitalismo financiero, cuyas consecuencias serán siempre la exclusión extrema de las mayorías y la degradación del sistema productivo como la única garantía de generación de empleo.

Pero hay también otro factor determinante y es en gran medida el vacío intelectual de una izquierda que no ha sabido dar respuestasa la problemática de estas últimas décadas. Una izquierda que se volvió conservadora, en muchos casos reaccionaria, sobre todo porque no ha sabido interpretar la singularidad de un capitalismo concentrado para el cuál los movimientos financieros han superado con creces las ganancias que antes se obtenían de la producción de mercancías y bienes. Por lo tanto, sus análisis siguen anclados a una estructura conceptual que no interpreta las nuevas necesidades de las mayorías trabajadoras.

Este vacío ideológico y la crisis económica derivada de la pandemia extremaron el descontento social, dejando al descubierto de manera explícita el enorme desamparo al que estaban siendo sometidas las clases más pobres. Sobre este campo orégano comenzaron a avanzar en distintas partes del mundo movimientos y partidos de extrema derecha expresados en el supremacismo racial norteamericano, el etnocentrismo europeo, los movimientos neoliberales autodefinidos como libertarios, y las relativamente nuevas corrientes evangelistas latinoamericanas, que han adquirido relevancia y peso político en estas últimas décadas en países como Bolivia, Brasil y Perú, entre otros.

La saga de este film de catástrofe social que no ha dejado de agregar capítulos, tiene un origen casi preciso y se ubica a finales de los años 80 del siglo XX. El desbalance geopolítico dejado por el fin del comunismo en Polonia, la caída del Muro de Berlín en 1989 y la disolución de la Unión Soviética en 1991, aceleró el ascenso a escala internacional de la concepción neoliberal de la economía y la teoría política. La avanzada de este proceso tuvo a los gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan como la génesis de este nuevo mundo en el que la cultura de lo privado y el achicamiento del Estado se volvieron en la panacea del crecimiento económico y el bienestar.

Casi sin escollos, las corporaciones multinacionales y financieras se vieron además beneficiadas y potenciadas por el desarrollo de la informática como catapulta para el flujo de capitales, legales e ilegales, como nunca antes. Se impuso así un modelo cultural e ideológico que exaltaba el discurso de la especulación en consonancia con el flujo oculto del dinero. Ese discurso engañoso deificó la idea del mérito personal como paradigma del desarrollo de las sociedades, opuesto acualquier idea de emprendimiento comunitario.

LOS ESTADOS

Reducidosa su mínima expresión, los Estados cedieron su poder ante lo privado, que se impuso a lo público como una sólida estructura ideológica que naturalizó las nuevas reglas morales, sociales y hasta estéticas de una época. No es causal que muchas de las inversiones de las megaempresas se direccionaran con especial interés hacia los conglomerados de prensa, los que fueron transformados en propaladores estratégicos del armado de un nuevo imaginario social. Sólo así se pudo a arribar a un mundo en el que sólo el 1% más rico acumula la misma riqueza que 3 mil millones de personas: la mayor desigualdad social en la historia humana.

La obliteración sistemática de los derechos y las conquistas sociales más elementales, terminó por desestructurar y degradar los espacios públicos de los Estado y las sociedades civiles. Bajo un sistema en el que la justicia cooptada dejó de ver a la verdad como su faro, y en el que los grandes medios de prensa dejaron de cumplir con sus papel para volverse en vectores ideológicos de las corporaciones mandantes, el sentido jurídico, social y simbólico de república, libertad y democracia sufrió un proceso de transmutación cultural, quedando restringidos, de manera directa e indirecta, a los criterios discrecionales impuestos por este pequeño grupo conformado por el 1% más rico del planeta. Lo que se podría definir claramente como la construcción de una época.

En cuanto a nuestro país, por historia la cultura especulativa se asentó de manera “natural” en la dominante oligarquía terrateniente y la alta burguesía empresarial que siempre estuvo ligada a los intereses de las industrias multinacionales y los monopolios financieros. Es su preeminencia de clase sobre los distintos gobiernos la que nos sigue teniendo de rehenes. Sin embargo, no se trata de cambiar taxativamente el modelo agroexportador como forma de liberarnos de esta coacción, sino de transformarlo y diversificarlo hacia otro sector social.

Hoy, el desarrollo científico y tecnológico nos muestra con creces que los sistemas de producción de la tierra y sus derivados son infinitamente más rentables y generan menos conflictividad social cuando la propiedad de la tierra no está en manos de pocas familias, como tradicionalmente ocurre en la Argentina.

Una forma de superar este esquema sería con la intervención directa del Estado en la promoción de políticas agrarias para la industria agroalimentaria que esté ligada al desarrollo de pequeños y medianos productores. En este sentido, el primer paso sería implementar un proyecto de mediano y largo plazo que transforme radicalmente en productivas las enormes extensiones de tierras fiscales, tanto las vírgenes como las que fueron apropiadas de forma espuria para su explotación.

Sería un paso fundamental para dejar de ser un país extorsionado por una minoría poderosa, cuyos valores culturales siguen arraigados en la mentalidad decimonónica que construyó, a punta de fusil y sable, el actual modelo concentrado agroexportador. Para salir de este encallamiento, una política económica moderna y liberadora debería propender a un sistema de producción de la tierra que compita fuertemente con este feudalismo terrateniente, y no sólo en el mercado interno sino en las exportaciones de productos no tradicionales con alto valor agregado. Lo que en otras palabras se traduciría en que la masa de divisas de lo producido por las exportaciones ya no dependería del capricho de esta oligarquía.

No es utopía, al contrario. Como ocurrió en otros momentos de nuestra historia, el Estado podría volver a jugar un papel revolucionario, sólo si se decide a cambiar la matriz de un modelo perimido en el que pocos “señores” juegan un papel extorsivo y destituyente, cada vez que las políticas gubernamentales no se ajustan estrictamente a sus intereses de clase. * () Escritor / Guionista / Músico / Periodista. **

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