Economía nacional

Eduardo Blanco/ Instituto para la Producción Popular (IPP)

La otra agenda que sale a la luz

( Eduardo Blanco/ Instituto para la Producción Popular (IPP) En la Argentina, como en gran parte del mundo, se debate la posibilidad de implementar una Renta Básica Universal (RBU), que en el caso local sería la continuidad del actual Ingreso Familiar de Emergencia (IFE). Ni una cosa ni la otra estaban contempladas entre las ideas que se expusieron hace apenas nueve meses, cuando comenzó la campaña electoral por la presidencia. La lista de presuntos imposibles en materia de economía y políticas sociales que se derrumbaron en los tres meses de crisis pandémica es larga, también lo es el mundo de opciones reales que no está basado en el lucro y que ha demostrado que se vuelve imprescindible cuando se trata de atender el interés de la comunidad.

Hasta febrero, la idea de la Renta Básica Universal era un tema de debate académico y de propuestas políticas de partidos con pocas chances de disputar el poder. En la práctica, había muy pocos casos destacables. Uno de ellos en Canadá, una prueba realizada entre 1974 y 1978, en un poblado rural llamado Dauphin, y el otro recién en 2017, en Finlandia, con un programa que eligió a 2 mil ciudadanos a los que se les otorgaba una asignación de 560 euros durante dos años, que podían sumar a sus ingresos. Era una idea que se anotaba en las agendas políticas para tratar en un futuro lejano e incierto.

Cuatro meses después la RBU es un tema central de debate en casi toda Europa, latinoamérica y buena parte de organismos internacionales como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), que lo recomendó enfáticamente en mayo. Incluso a esa idea se sumó la alternativa del Trabajo para Todos (TPT), que propone un sistema con el Estado como empleador de última instancia atendiendo necesidades comunitarias, con un enfoque que renueva la mirada keynesiana.

La magnitud de la crisis pandémica atravesó de tal modo a las sociedades que cayeron gran parte de los prejuicios que impedían poner a las necesidades sociales en el centro del debate. Discutir la RBU, dejar de lado la obsesión por el déficit fiscal o emitir moneda sin atender a dogmas monetaristas. Pero también le dio visibilidad a sistemas que ya existen y que habitualmente quedan ocultos por el papel central que ocupa el debate macroeconómico.

Así como de pronto los medios descubrieron que los trabajadores considerados “poco calificados” son los “esenciales” cuando hay una emergencia, también surge la importancia de cooperativas, mutuales y entramados sociales de todo tipo que tienen una función relevante en las comunidades.

Cooperación y ayuda mutua

“Si en la crisis de 2008 y 2009 todas las empresas españolas hubiesen sido cooperativas, se habría salvado un millón de puestos de trabajo”. Parece una exageración, pero la afirmación de José Antonio Pedreño, presidente de la Confederación Española de Empresas de la Economía Social (Cepes) está fundada en el comportamiento estadístico comparado entre el sector privado y las cooperativas en ese momento. El sector asociativo representa el 13% del PBI español y mostró su fortaleza soportando las consecuencias del parate económico obligado por el coronavirus.

No es la excepción europea. La poderosa industria alimenticia danesa tiene como pilar central un sistema de cooperativas agrarias; en el sector financiero francés el sistema financiero solidario, que impulsa proyectos de economía social, reúne depósitos por 3 mil millones de euros; en la región italiana de Emilia-Romagna la economía se basa en un entramado de 8 mil pequeñas y medianas cooperativas que la convierten en una zona con un ingreso per cápita 50% superior a la media.

El ponderado sistema de salud alemán, uno de los que mejores resultados obtuvo durante la crisis sanitaria del coronavirus, está asentado sobre un sistema en parte estatal y en parte administrado por entidades sin fines de lucro, especialmente mutuales. En el Reino Unido, un estudio comparativo determinó que el 76% de las cooperativas logra sobrevivir en sus primeros cinco años, mientras que de las nuevas empresas privadas solo el 42% pasa de los cinco años iniciales.

Son datos poco conocidos, ausentes de la agenda informativa habitual. Para muchos resulta sorprendente saber que el 50% de la población negra de los Estados Unidos no tiene conectividad y que suplen esa falta de conexión mediante la red de bibliotecas públicas. O que en Corea del Sur van a modificar la legislación de aviación para permitir la creación de aerolíneas cooperativas porque consideran que es el modelo ideal para que superen la crisis provocada por la pandemia. La situación argentina

En la Argentina, como en toda la región, este tipo de sistemas alternativos solidarios está más asociado a la supervivencia de los pequeños productores familiares y los trabajadores pauperizados. No obstante, hay ejemplos de municipios como Devoto, en Córdoba, en el que un tercio de la población participa del grupo cooperativo mutual local y el cooperativismo es la actividad económica dominante.

El potencial que puede tener el desarrollo de una estrategia de promoción de cooperativas y mutuales dedicadas a la atención de necesidades comunitarias es muy amplio. Desde la creación de mercados populares que permitan el trabajo digno de los productores asociados con consumidores que paguen precios lógicos, hasta las posibilidades que abriría un sistema de generación participativa de energías renovables, un modelo popular del servicio de cuidados o la creación de grupos de autoconstrucción de viviendas sociales, sin explotación en ninguna de las etapas.

Es posible que la discusión sobre la Renta Básica Universal o alguna otra idea distributiva surgida de la emergencia pierda fuerza cuando se disipe el riesgo sanitario o que aún en una situación de fuertes dificultades económicas en la postpandemiasiga pesando el discurso de la vieja normalidad. Pero los ejemplos virtuosos que han salido a la luz de lo que ya se está haciendo y funciona es una evidencia que vale la pena aprovechar para renovar la agenda política. La crisis pandémica dejó en claro que la salida solo puede ser colectiva y que hay caminos abiertos para andar.

Instituto para la Producción Popular (IPP)

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