La cruda realidad

Por Beatriz Chisleanschi

Cobertura Universal de Salud (CUS), o la #PosVerdadDeOtraMentira

(Por Beatriz Chisleanschi) Casi como un eco que viene desde un lugar muy lejano, vuelven a aparecer con insistencia palabras que parecían haber quedado en el pasado. Flexibilización laboral y del sistema de salud o armonización del sistema jubilatorio. Definiciones que no hacen más que encubrir medidas políticas que apuntan a mayor precarización, modificaciones en la relación medios de producción y trabajo; peor calidad en la prevención y atención de la salud o jubilaciones paupérrimas. Es decir, un sistema, el capitalista, y un modelo, el neoliberal que apunta directo al corazón de la dignidad de los seres humanos.

El gobierno de Mauricio Macri re-avivó en estos días el plan de Cobertura Universal de Salud (CUS), la iniciativa que el presidente anunció en julio del año pasado y que estaría dirigida a unos 15 millones de personas sin prepaga ni obra social. La cobertura será financiada con mil millones de dólares del Fondo Solidario de Redistribución perteneciente a las obras sociales sindicales, y administrado por la Superintendencia de Servicios de Salud.

En el año 1978 en una conferencia mundial que se desarrolló en Kazajstán, los representantes de 134 naciones firmaban la Declaración de Alma Ata (por Almaty capital de la entonces República Socialista Soviética de Kazajstán), en la que oficialmente se declaraba por primera vez que la salud es un derecho humano básico y que, en este sentido, teje lazos inseparables con la lucha por una sociedad más justa y solidaria. Esta afirmación fue considerada un hito, pues por primera vez dejaba de considerarse a la salud como una variable que depende de decisiones individuales y privadas, sino que le daba el carácter de una construcción que requiere de una responsabilidad colectiva, como todo derecho humano.

El objetivo que quedó expresado en la Declaración de Alma Ata, Salud para Todos en el año 2.000 lejos estuvo, y está, de ser cumplido por lo que las mismas han sido objeto de revisión y de planteo de nuevas metas a lo largo de todos estos años.

Pero lo que sí se dio en ese marcatorio año 2.000 fue un cambio sustancial, ya no fue la Organización Mundial de la Salud (OMS) - el organismo que surgió después de la Segunda Guerra Mundial - quien sugería normas en la materia, justas y científicas para todo el mundo, sino el Banco Mundial (BM) que comenzó a auditar, controlar, regular, intervenir, financiar y definir cómo debía ser el sistema de salud en el planeta.

Con la intromisión del BM se desplazó la inversión en salud, en tanto derecho humano esencial, para pasar a tener valor de mercado. La salud se convirtió entonces en otra variable de acumulación de capital y de importantes ingresos para toda una industria desarrollada en torno de ella.

El Estado rehén del poder económico

En los años ´90 y comienzos del 2.000 el proyecto de lo que se conoció como flexibilización de las obras sociales avanzaba como un maremoto dispuesto a arrasar con toda práctica, concepción y construcción solidaria. La lucha organizada que se dio en esos años permitió que no se fuera más allá. Fue la época donde el BM definió una prestación básica conocida como Plan Médico Obligatorio (PMO), el descuento sobre el salario de los trabajadores destinado a la salud ya no era sólo por la aplicación de un porcentaje, sino que se le puso límite a los salarios más altos; se permitió la libre elección de la obra social más allá de la actividad que ejerciese, claros intentos de aniquilar toda construcción organizada y se pretendió, aunque quedó solo en intento, desregularizar totalmente a la salud. El propósito era que el trabajador pudiese elegir libremente entre su obra social, que nació con la concepción de la solidaridad como esencial a su funcionamiento, o un sistema pre-pago, que no es otra cosa que un negocio. Si bien muchas obras sociales realizaron acuerdos con los sistemas pre-pagos, la desregulación total nunca logró concretarse en términos legales. No obstante, desde ese momento a la fecha se produjo un importante flujo hacia la medicina privada de afiliados de obras sociales pequeñas con las que las empresas establecieron acuerdos comerciales.

Por esos años, los sistemas pre-pagos nacían como hongos por todos lados. Luego, como sucede siempre en este sistema, el pez más grande se come al chico y varias de éstos desaparecieron. Una definición surgida del seno de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) sonaba en esos años con vehemencia y contundencia: se estaba asistiendo a un “genocidio por planificación de la desigualdad”.

El CUS, mucho más que una película o una seductora comida

Cuscus es una multipremiada película francesa de Abdel Kechiche, del año 2007, que relata la vida en el sur de Francia, de un padre de familia norte africana, divorciado, que atraviesa una situación muy delicada cuando es despedido de su trabajo en los muelles del puerto marítimo. La adaptación del título, “La graine et le mulet” es el original, se debe al plato de ese nombre que sirve como nexo de unión entre los integrantes de esa familia.

El Cuscus argento, o mejor dicho el CUS, lejos de simbolizar la unión y la fraternidad, representa una medida inequitativa en claro desmedro hacia los sectores más desfavorecidos.

Cumplir con los objetivos de Alma Ata evidentemente resulta casi una entelequia en un mundo donde prima el negocio por sobre la necesidad humana.

Pero se pueden dar algunos pasos hacia adelante camino a lograrlos, como crear planes inclusivos o de protección a la natalidad, niñez o evitar el colecho, como lo fue el plan Qunita, o se puede caminar para atrás e impulsar, como lo hizo el Gobierno la semana pasada en Mendoza, cuando volvió sobre la idea de implementar el CUS.

Como la remake de una película, la salud para unos pocos que puedan pagarla vuelve a ser una realidad. El genocidio por planificación de desigualdad comienza a hacerse visible nuevamente. Quienes accedan al CUS tendrán una canasta básica de prestaciones, las prácticas que realicen por fuera de ella deberán ser abonadas.

El sistema, que destina $44 por persona ya fracasó en países como Colombia, México o Perú.

Las preguntas que surgen son varias ¿por qué se insiste en llevar adelante programas que ya evidenciaron un fracaso?

Si el presupuesto destinado a la salud viene disminuyendo desde el 2015 y lo hará aún más en el 2018, ¿de dónde sacarán el dinero para financiarlo?

¿Por qué se llama universal a una cobertura que está destinada a los más desprotegidos y excluidos y que lejos está de incluirlos?

Como en los ´90 todo indicaría que este plan o sólo es una propuesta de campaña o va camino a desfinanciar el sistema de salud pública y aumentar la inequidad. También aquí estamos frente a la Pos Verdad de otra mentira.

La película de Kechiche dice en su final que no se puede hacer otra cosa que poner el cuerpo a la adversidad y seguir luchando para que “la soledad, el exilio, la humillación, queden atrás”. Tal vez de esto se trate una vez más.

  • Editora de Motor Económico. Periodista. Lic. en Ciencias de la Educación.

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