Cómo no lo vi antes

Por Aldo Ferrer (noviembre de 1983)

Vivir al contado para defender la soberanía

(Por Aldo Ferrer) La actual insolvencia internacional de América Latina confronta a la mayor parte de nuestros países con este dilema central: ¿cómo conducirse para afirmar la soberanía, es decir, el derecho de nuestros pueblos de decidir su propio destino? La respuesta es vivir al contado, afirma el autor. Esto es, mientras dure la emergencia, descansar en los recursos propios para resolver la crisis, reiniciar el crecimiento y recuperar la viabilidad internacional.

En realidad, el dilema estaba planteado mucho antes de que la moratoria de México desatara, en agosto de 1982, la crisis financiera internacional. Con o sin deuda externa, los modelos de desarrollo prevalecientes en América Latina han tocado fondo. Aun antes de la crisis financiera habían perdido viabilidad las políticas sustentadas en el endeudamiento externo. Tampoco es posible continuar modelos de acumulación y crecimiento sustentados en la concentración del ingreso y en la pobreza extrema de segmentos importantes de las poblaciones latinoamericanas. El cambio de las tendencias de la economía internacional, desde comienzos de la década de 1970, revela, además, la inviabilidad de las estrategias de crecimiento asentadas en la integración de las economías latinoamericanas en el mercado mundial. En las condiciones prevalecientes en la mayor parte de América Latina, la integración nacional, el mercado interno y la promoción de nuevas vías de comercio e inserción internacional son las únicas respuestas posibles al subdesarrollo y la dependencia.La deuda externa dramatiza los problemas económicos de nuestros países, pero no es su causa principal. Sin embargo, la insolvencia internacional compromete la posibilidad de ejecutar políticas independientes que respondan a los objetivos nacionales de cada país. La vulnerabilidad financiera ha reducido de tal manera la libertad de maniobra de los Gobiernos que hablar de política económica constituye una licencia de lenguaje. No será posible replantear la estrategia de desarrollo y cambio social sin recuperar la libertad de maniobra indispensable en la conducción de las políticas económicas nacionales.

El ajuste de los pagos internacionales y el saneamiento financiero son, por tanto, indispensables. ¿Pero qué ajuste y qué saneamiento? Este interrogante tiene dos respuestas posibles. Una consiste en aplicar la estrategia ortodoxa, cuyas consecuencias tenemos a la vista. Otra radica en el replanteo de la estrategia de desarrollo a partir de, primero, reformas financieras profundas que eliminen los actuales desequilibrios fiscales y monetarios y, segundo, programas de uso de las divisas disponibles, conforme a prioridades vinculadas a la recuperación de la economía y al cumplimiento posible de la deuda externa.

En situaciones límites, para afirmar el derecho a la soberanía es necesario financiarse con los recursos propios. El potencial de América Latina y su capacidad de pagos externos alcanzan para reiniciar el crecimiento, atender los problemas sociales más urgentes y recuperar la viabilidad internacional. La observación es válida para la mayor parte de la región.

La experiencia actual de los principales países latinoamericanos es comparable a la de las economías europeas en la posguerra. Grandes deudas, gigantescos déficit fiscales, fuertes presiones inflacionarias y severo desequilibrio de los pagos internacionales. En tales condiciones se imponen profundas reformas financieras que restablezcan el equilibrio del sector público, contengan la expansión monetaria y ajusten los pagos externos. Las causas del desequilibrio difieren de país a país. Pero pueden identificarse rasgos comunes en las diversas realidades nacionales.

Crece la burocracia

En todas partes se observa un crecimiento exagerado de las estructuras burocráticas y un sobredimensionamiento del Estado. Han surgido, así, nuevas fuentes de poder y privilegio que poco tienen que ver con el desarrollo, el cambio social y la afirmación de la soberanía de nuestros países. Es indispensable acabar con el feudalismo de algunas empresas públicas y núcleos burocráticos que distorsionan el uso de los recursos. En varios países, como en el caso argentino, las fuerzas armadas emplean recursos más allá de las necesidades reales de la seguridad interna y la defensa nacional. Los gastos militares y las importaciones de armas se han convertido en un importante factor de desperdicio de recursos y de desequilibrio fiscal y pagos externos. Debe rescatarse al Estado como instrumento esencial del desarrollo y de consolidación de la soberanía de cada país. Para ello es indispensable desmantelar las estructuras del privilegio burocrático.

En la mayor parte de América Latina son necesarias, en segundo lugar profundas reformas fiscales que permitan autofinanciar al sector público, transformar la carga tributaria conforme a criterios de equidad social y eficiencia, y orientar el gasto público hacia las prestaciones sociales básicas. Los desequilibrios actuales se reflejan en una creación exagerada de medios de pago y fuertes presiones inflacionarias. Los privilegios internos ligados a las estructuras del subdesarrollo son más difíciles de remover que las ataduras externas. Es más fácil, a menudo, nacionalizar una empresa extranjera que realizar una reforma impositiva.

El tercer factor del déficit fiscal se vincula a los servicios de la deuda pública externa. En Argentina, en el quinquenio 1970-1974, esos servicios representaban el 12% de las ventas totales de las empresas del Estado (energía, petróleo, comunicaciones, etcétera); la proporción es hoy superior al 50%. No es posible restablecer el equilibrio fiscal sin refinanciar la mayor parte de los intereses devengados y la totalidad de las amortizaciones de la deuda externa. En buena medida, el equilibrio del presupuesto y la liberación de capacidad de compra en el exterior dependen de la limitación de los servicios de la deuda externa a la capacidad real de pagos de nuestros países. En el promedio de la región, probablemente, no puede pagarse más de un 10% del valor de las exportaciones en concepto de intereses de la deuda externa.

En esta emergencia, las divisas han vuelto a ser el recurso crítico y más escaso. Dentro de un estricto criterio de prioridades en los gastos externos, las exportaciones de la mayor parte de nuestros países permiten pagar las importaciones necesarias para ocupar la capacidad productiva instalada y la formación de capital. El desequilibrio es actualmente financiero, no comercial. De allí la necesidad de vivir al contado, vale decir, pagar las importaciones con los ingresos corrientes de exportación. A partir de esta decisión de operar con los propios recursos y pagar las importaciones al contado debe fundarse una nueva posición negociadora con los acreedores externos.

Una estrategia nacional

A diferencia del ajuste ortodoxo, una estrategia nacional no implica la contracción generalizada de la producción, el empleo y el nivel de vida. El ajuste necesario enfrenta los desequilibrios fiscales, monetarios y de balance de pagos eliminando privilegios, redistribuyendo el ingreso, replanteando el cumplimiento de la deuda externa y disolviendo estructuras burocráticas improductivas. Al restablecerse el equilibrio fiscal y monetario y liberarse el poder de compra externo es posible expandir la demanda de consumo e inversión, aumentar las importaciones y recuperar el empleo y el nivel de vida. El coste del ajuste no podría recaer en los sectores populares, severamente afectados ya por la recesión y los problemas históricos del subdesarrollo. Por otra parte, la democratización en marcha y las crecientes presiones de participación popular quitan viabilidad política a estrategias ortodoxas asentadas en la desindustrialización y el empobrecimiento.

No queda en América Latina más alternativa que defender sin concesiones la soberanía nacional y el derecho de nuestros pueblos a la libertad y al bienestar. La deuda externa debe negociarse a partir de estas perspectivas. Esto sólo es posible si se pone la casa en orden, vale decir, restableciendo el equilibrio fiscal y monetario y programando estrictamente el uso de las divisas disponibles. En tales condiciones será posible encontrar fórmulas de compromiso que permitan refinanciar las deudas y solucionar la grave vulnerabilidad actual de la banca internacional. Todo el mundo sabe que las deudas sólo podrán pagarse con nuevas corrientes de crédito. Como ha ocurrido, históricamente, siempre. Lo que estamos discutiendo es bajo qué condiciones se reiniciarán las corrientes de crédito que permitirán recuperar la solvencia internacional de los deudores y salvar de la quiebra a buena parte de la banca acreedora. Esas condiciones excluyen la subordinación de la soberanía nacional.

En definitiva, la deuda externa de Argentina, Brasil y México no se negociará en Nueva York o Londres, sino en Buenos Aires, Brasil y la capital mexicana. Porque si nuestros países son capaces, a partir de su propia decisión interna, de restablecer el equilibrio fiscal y monetario y vivir con sus propios medios, el problema de la deuda será satisfactoriamente resuelto. De otro modo, los desequilibrios financieros y las tensiones sociales crecerán hasta límites intolerables. En verdad, la ruta más corta a la cesación formal de pagos internacionales y al repudio de la deuda externa es la insistencia en las estrategias ortodoxas de ajuste.

  • Ex ministro de Economía de Argentina.

(*) Fuente: E País

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