Cómo no lo vi antes

Por Julio Nudler (abril 2002)

Malcriado por papá Fondo

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(Por Julio Nudler) Algunas de las condiciones que el FMI quiere imponerle a la Argentina, especialmente el corte del gasto público, empeorarán seriamente la depresión. Otras quizá no, pero la insistencia en ‘reformas’ no relacionadas con la reactivación es peligrosa y contraproducente.” Esto lo dicen Mark Weisbrot y Dean Baker, codirectores del Center for Economic and Policy Research, fundado en Washington en 1999 para –según los propósitos que enuncian– “promover el debate democrático sobre las principales cuestiones que afectan la vida de la gente”. WyB se tomaron recientemente el trabajo de refutar, punto por punto, a Nancy Birdsall, presidenta del Center for Global Development, que realizara una exposición bajo el prometedor título de “¿Qué falló en la Argentina?”, y en la cual se alineó con la idea predominante en Estados Unidos, y por ende en el Fondo Monetario, de que las desgracias argentinas son culpa de sus instituciones y su organización social, y de nadie más. La tesis básica de la señora Birdsall sostiene que “la crisis argentina es consecuencia de viejos problemas de chicanería política e injusticia social, combinados con mucha mala suerte en los últimos años. No es debida a errores técnicos en el manejo de la economía, y por eso no puede resolverse sólo desde la economía”. Lo cual puede servir de justificación para no otorgar la ayuda que el país está pidiendo. Pero WyB creen que eso de los “viejos problemas” vale para casi cualquier crisis económica, incluyendo la Gran Depresión de los años ‘30, y que no es posible ni necesario resolverlos para conseguir una reactivación. Y advierten que cuanto más se dilate el relanzamiento de la economía, mayor es el riesgo de una desintegración política y menor por tanto la chance de superar la debacle. “La convertibilidad fue un gigantesco y trágico error de técnica económica”, afirman WyB, rechazando que su colapso haya sido causado por una insuficiente disciplina fiscal o por un excesivo endeudamiento público. Es más simple que eso: “La convertibilidad no era viable”. Estos dos economistas descartan el mito del derroche argentino, ampliamente aceptado y explotado políticamente –según apuntan– con diversos propósitos. Uno, para que el Fondo encubra su fracaso al tirar miles de millones de dólares en la defensa del tipo de cambio fijo. Dos, para justificar fuertes podas del gasto, que profundizan la depresión.

Ya que Birdsall calificó de “mediocre” la administración fiscal argentina en los ‘90, cuando –en su opinión– el país hubiese necesitado de grandes superávit primarios (antes de contabilizar los servicios de la deuda), WyB afirman que ninguna política fiscal hubiese salvado al país del default y la devaluación. Y les suena inconcebible que el sector público argentino hubiese podido alcanzar enormes excedentes, capaces de compensar los tremendos shocks sufridos por el contagio de las crisis monetarias de México, los asiáticos, Rusia y Brasil, y los explosivos costos de los intereses de la deuda. Además, y a contracorriente, tildan de fatal la decisión de privatizar el sistema jubilatorio en 1994, que provocó un terrible agujero fiscal y fue respaldada con entusiasmo por el Banco Mundial.

Birdsall también la emprendió contra el gasto provincial, lo mismo que el Fondo, según WyB para descargar más responsabilidad sobre la Argentina. Pero ellos replican que el endeudamiento de las provincias fue independiente del de la Nación, y sin garantía de ésta, por lo que no puede explicar el aumento del riesgo país. En realidad, fue el FMI quien presionó al gobierno central para que se hiciera cargo de los pasivos provinciales, velando por el negocio de los prestamistas, que habían cobrado altísimos intereses por el riesgo que tomaron, y después, cuando la apuesta les salió mal, pudieron cambiar de deudor.

Aparte de su mala política, Birdsall sostuvo que la Argentina fue un caso de “mala crianza” porque fue la niña mimada del Consenso de Washington, ese decálogo neoliberal que bajó como una receta unisex paratodos los países periféricos. Menem hizo tan bien los deberes que se prestó poca atención a la deuda que iba contrayendo el Estado o a la alta evasión impositiva de los ricos (que, en proporción a los estadounidenses, pagaban una cuarta parte sobre sus ganancias y patrimonios).

Esta argumentación saca de quicio a WyB. Ellos precisan que la Argentina fue endeudándose, no para gastar más, sino para poder pagar los crecientes intereses sobre la deuda ya tomada y para cubrir el bache abierto por la reforma previsional, aclamada por el establishment financiero. Además, “es falso crear la impresión de que el Fondo fue demasiado indulgente, cuando en realidad su insistencia en el ajuste empeoró la recesión y agravó su impacto sobre los pobres”. No admiten que se presente al Fondo como el padre permisivo que malcrió al nene argentino, en una retórica más bien colonialista.

Una mejor analogía, imaginan, es la del FMI como codicioso tío que le presta dinero a su sobrino (la Argentina) con la condición de que éste abandone su modesto pero rentable oficio e invierta en acciones de alto riesgo. Al derrumbarse estas inversiones, el tío acumula más y más deuda del sobrino a tasas crecientes. Entonces, el tío le insiste al sobrino que recorte su básico presupuesto hogareño y liquide otros activos para seguir pagándole intereses y mereciendo su confianza, sin soltar aquellas acciones cada vez más depreciadas. “Cuando todo ese esquema se precipita bajo una montaña de deuda –describen WyB–, el tío se lava las manos y acusa al sobrino de manirroto.”

Birdsall, si bien le reprocha a papá Fondo haber mimado en exceso al pibe argentino, lo amonesta por dos grandes errores finales, que les costaron la cabeza a De la Rúa y Cavallo. En agosto de 2001, haber empeñado más recursos en un último esfuerzo por disciplinar a la traviesa criatura. “Y en diciembre, cuando el niño necesitaba de una guía seria, e incluso de un benigno aliento paternal –rememora–, el FMI y Estados Unidos alzaron sus manos y arrojaron al infante fuera de casa.”

La maternal Nancy también considera que la mala suerte le jugó una carta brava a la Argentina, dándole vuelta la taba: superdólar, devaluaciones de varias monedas, precios de las exportaciones por el suelo, capitales huyendo de los emergentes... “El niño mimado recibió muchos sopapos en los tardíos ‘90, y no estaba preparado para soportarlos”, se conduele. Pero para WyB, lo real es que la convertibilidad era totalmente inadecuada para resistir los embates externos, habiendo sido puesto el país a merced de flujos de capital altamente volátiles y especulativos. “Esas son malas políticas, no mera mala suerte”, sentencian. Y ahora, fustigan, las instituciones que promovieron y financiaron la “reformas estructurales” que metieron a la Argentina en este berenjenal –léase FMI, Banco Mundial y Tesoro norteamericano– abandonan a la Argentina. “Peor aún: coercionan al gobierno para que adopte medidas que prolongarán la depresión.” ¡Pobre changuito!

(*) Fuente: Página 12

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