Cómo no lo vi antes

Por Julio Nudler (octubre 2003)

Ideas y risas en el FMI

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(Por Julio Nudler) El lector podrá abrigar pocas simpatías hacia el Fondo Monetario Internacional, pero tal vez no esté al tanto de que esa denostada institución escenifica ciertos sorprendentes y refrescantes debates internos, en los que el propio Fondo recibe dolorosas azotainas. ¿Puro camuflaje intelectual? Tal vez. Como ejemplo de lo expuesto se sintetiza en lo que sigue un reciente foro bibliográfico, celebrado en el organismo bajo el lema “El capitalismo y sus críticos”. Participaron en él Jerry Müller, un profesor de historia de la Universidad Católica de América (en el sentido de Estados Unidos), cuyo libro La mente y el mercado: el capitalismo en el moderno pensamiento europeo fue eje del debate. Müller se muestra como un admirador y exégeta de Adam Smith y su mano invisible. También intervino Ann Florini, de The Brookings Institution, que publicó La próxima democracia: nuevas reglas para operar un mundo nuevo. Y finalmente un sueco, ex anarquista, llamado Johan Norberg, que como corresponde escribió un libro llamado En defensa del capitalismo global. Empecemos por citas de Müller:

  • Hoy vemos a países presionando para lograr en la OMC regulaciones que favorezcan a sus influyentes corporaciones, a expensas de la capacidad de otros países de combatir los negativos efectos colaterales del desarrollo capitalista.

  • Aunque es razonable creer que la globalización es en general algo bueno, no hay razón para pensar que no pueda ser pervertida por intereses de individuos y grupos. Por tanto, hay que apoyar la globalización en teoría pero vigilarla en la práctica.

  • Es cierto que el capitalismo se basa en la desigualdad. Pero lo verdaderamente escandaloso no es la desigualdad sino la pobreza. Cuesta enorme esfuerzo lograr que gente que vive con un dólar diario pase a ganar diez. Esta pobreza absoluta es lo oprobioso, no el hecho de que otros ganen mil por día. Pero en el actual movimiento antiglobalización muchos ven en la desigualdad lo escandaloso, lo que los lleva a repudiar el mercado.

  • El capitalismo alivia o elimina desigualdades existentes, pero crea otras nuevas. Todo salto adelante da lugar como mínimo a un período inicial de mayor desigualdad. Ahora bien: el grado de desigualdad puede diferir de una cultura a otra. Escandinavos o japoneses toleran mucha menos inequidad que los estadounidenses.

Citas de Florini, a propósito del libro de Müller:

  • ¿Actuar en interés propio es malo en sí mismo? ¿Lo es la desigualdad? ¿Se plantean estas cuestiones actualmente? En síntesis, ¿hay realmente un movimiento intelectual anticapitalista? Diríase que en algunos lugares sí, pero no donde ustedes esperarían. Ese movimiento anida en trabajos literarios y en departamentos de sociología. Por ejemplo, en el libro Imperio, de Michael Hardt y Antonio Negri, que algunos críticos afirman es el nuevo Manifiesto Comunista. Pero lo cierto es que se trata de un libro ininteligible. (Risas del auditorio.) No consigo descubrir qué dice exactamente. Pero la ininteligibilidad no suele bastar para dar por tierra con las malas ideas.
  • El debate actual dentro del movimiento antiglobalización no es un debate anticapitalista, sino sobre cuestiones como cuáles son las reglas que más efectivamente pueden reducir la pobreza. Son cuestiones legítimas, pero no ponen en tela de juicio al capitalismo en sí. Ni siquiera en la mayoría de los casos a la propia globalización.

  • ¿En qué se equivocó Marx políticamente? En no ver que las sociedades hallarían vías para contrapesar los efectos negativos del sistema capitalista mediante el arbitrio de embridar las fuerzas del mercado dentro de contratos políticos y sociales. La negociación de los términos de esos contratos insumió un proceso largo y sangriento. Pero el resultado es que, a nivel nacional, la sociedad es capaz de controlar, hasta ciertopunto, esas peligrosas tendencias hacia el monopolio y la concentración de poder contra las cuales advertía Adam Smith.

  • El movimiento antiglobalización es, en parte, una protesta contra el hecho de que no existen antídotos para esos mecanismos a nivel mundial. Lo que impera es un sistema de toma de decisiones en el que un puñado de países opulentos y poderosos forja la mayoría de las reglas a las que deberán someterse los demás. Alguien podrá decir que esas reglas a la larga beneficiarán a todos (¿una versión de la teoría del derrame?), pero muchos no comparten este optimismo.

  • No solo que esas reglas no son necesariamente compatibles con los deseos y objetivos de otras sociedades, sino que su proceso de adopción es tan conspicuamente antidemocrático e inequitativo que las despojan de toda legitimidad, más allá de que sean buenas o malas.

  • ¿Pero cómo avanzar? No tenemos la opción de un gobierno mundial que actúe de contrapeso al gran capital, como sí puede suceder a nivel nacional. La respuesta es que deben reformarse las estructuras de gobierno de instituciones internacionales como el FMI, de manera que sean vistas como legítimas por la gente que es afectada por sus decisiones. Y es también preciso desarrollar canales efectivos de participación ciudadana a nivel global. Hay que inventar nuevos medios para vigilar la globalización.

  • Es esto precisamente lo que vemos emerger con el movimiento antiglobalización: una serie de redes transnacionales, redes de la sociedad civil que están comenzando a convertirse en algo parecido a una sociedad civil global.

  • Esta no va a ser más coherente que ninguna sociedad civil nacional, ni tener una única identidad. Pero surge porque la tecnología de la información facilita organizarse por encima de las fronteras, y porque la globalización genera en sí misma causas comunes en torno de las cuales movilizarse.

También porque el crecimiento económico permite que mucha gente tenga más tiempo para participar de estos movimientos.

Así habló Norberg, invitado sorpresa y antiguo anarco

  • Es fácil defender el capitalismo, pero difícil amarlo. El capitalismo acabó con la esclavitud, liberó a la mujer, extendió la democracia, logró que en Occidente (alude sin aclararlo a Estados Unidos, Canadá, Europa del oeste, Japón y Oceanía, por lo que América Latina queda desprovista de su meridiano) las personas comunes sean hoy más ricas de lo que eran los reyes cien años atrás, que la pobreza se redujera en los últimos 50 años más que en los 500 precedentes y que la expectativa de vida subiera de 46 a 64 años en el mundo

  • Nada de esto hubiese sido posible sin la extensión de la economía de mercado, que esparció sus ventajas gracias a que minó culturas e instituciones tradicionales.

  • Pero al capitalismo no se lo ama porque la gente siente incomodidad ante su cultura mercantil, ante el cambio constante, por el cual lo hoy sagrado se vuelve profano al día siguiente. La gente experimenta malestar con el proceso de destrucción creativa, con el hecho de que la fuente de nuestra riqueza radique en el continuo descarte de viejos métodos, el cierre de fábricas y la quiebra de empresas. Esa incomodidad la sienten casi todos, no sólo los globalofóbicos.

  • Si cierra una fábrica, ningún cronista exclama “¡Esto es fantástico! En el futuro tendremos una producción más eficiente, con menos trabajadores. Y los despedidos irán a parar a sectores nuevos, donde desarrollarán nuevas carreras, produciendo nuevos bienes”. Nada de eso: la atención se focalizará en quienes han perdido el empleo y en sus familias. ¡Por eso cuesta tanto amar el capitalismo!

  • Cuando la izquierda tradicional colapsó en Europa, les dijeron a sus votantes que se habían visto forzados a liberalizar por presiones externas. No dijeron que abrazaban la economía liberal de mercado por el fracaso de la planificación centralizada. Hasta Margaret Thatcher defendióla liberalización en el Reino Unido apelando a la doctrina NHA: No Hay Alternativa, en lugar de presentarla como una opción deseable. Igualmente, los países subdesarrollados dicen hoy que deben abrirse por presión de la OMC y no porque la apertura comercial sea en su propio interés.
  • Esto es como amenazar a los chicos con el cuco si no comen la ensalada o se lavan los dientes. El método puede ser efectivo, pero es seguro que esos niños no van a amar al cuco con el que siempre se los anda amenazando. Así que cuando crezcan integrarán el movimiento anticuco. (Risas del auditorio.)

Tras lo cual el moderador Prakash Loungani, funcionario del FMI, invitó a seguir discutiendo cómo ayudar a los pobres mientras almorazaban ricamente.

(*) Fuente: Página 12

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