Cómo no lo vi antes

Por Julio Nudler (noviembre 2002)

El "festival de bonos" ensombrece el futuro argentino

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El Gobierno acolchonó el dramático golpe del fin de la convertibilidad a cambio de contraer grandes deudas adicionales. Pero lo que volvió menos negro el presente terminó por espesar las sombras sobre el futuro. El problema es si la Argentina, aún con gran sacrificio, podrá alguna vez pagar.

Hay una razón decisiva por la que hoy la Argentina no está tan mal como se predecía en los meses siguientes al estallido de la convertibilidad. Esa razón es que el Estado acolchonó el golpe a cambio de contraer grandes deudas adicionales, con unos y con otros, para el futuro. En un balance provisorio, esos compromisos sumarían unos 30.000 millones de dólares y unos 10.000 millones de pesos. Con esos pagarés públicos -que equivalen a casi 20 meses de exportaciones- se consiguió apaciguar, fundamentalmente, al sistema financiero y a sus deudores y acreedores.

Pero hay dos preguntas que quedan sin respuesta: cómo va a pagarse la factura cuando llegue el momento y de qué manera van a articularse los derechos de estos nuevos acreedores del Estado con los de los viejos, que fueron víctimas del default.

Más allá de la desprolijidad, de las injusticias y de la sensibilidad a los lobbies en el proceso posterior a la devaluación del peso, la alternativa al camino elegido hubiera consistido en dejar que bancos, empresas, ahorristas y deudores sintieran sin anestesia las tremendas consecuencias de la crisis.

Lo natural, después de los tremendos desequilibrios acumulados por la economía argentina desde hacía varios años, era que el derrumbe del 1 a 1 dejase un reguero de quiebras financieras, empresarias e individuales, y probablemente conflictos sociales más graves aún que los vividos, además de las presiones desestabilizadoras de los lobbies.

A fuerza de nuevos bonos, el Estado fue limando aristas, aun dentro del marco adverso de una violenta depresión en la economía real. Pero lo que volvió menos negro el presente terminó por espesar las sombras sobre el futuro. No es extraño que el FMI recele tanto de firmar hasta un acuerdo mínimo con la Argentina: ni el Fondo ni nadie sabe como hará este país para pagar alguna vez.

En este sentido, la Argentina se enfrenta con una trampa. Por un lado, necesita de un dólar bien alto, en términos reales, como el actual, para generar permanentes excedentes externos -es decir, en divisas-, con los cuales servir la deuda.

Pero cuanto más caro sea el dólar, mayor será el ahorro (superavit primario) que deberá realizar el fisco para poder comprar las divisas necesarias. Por ende, la Argentina necesita garantizar que obtendrá año a año amplios superávit gemelos (externo y fiscal), un logro bastante ajeno a su currículum.

Si se considera la situación presente del país, la coyuntura internacional y la actitud de los mercados de capitales, la conclusión es muy dura: aun con una quita considerable sobre la deuda, no habrá manera de crecer sostenidamente a tasas altas y cancelar las obligaciones acumuladas. Sin embargo, no hay por qué suponer las condiciones actuales como permanentes, por ejemplo en cuanto a la disposición de los capitales a tomar riesgos en economías como la argentina, aprovechando activos baratos y apostando a sectores con potencial exportador, quizás en un contexto en que el comercio mundial supere su bache presente.

Por el momento, no obstante, mientras no aparezca alguna mínima claridad sobre el rumbo político de 2003 en adelante, difícilmente mejore el panorama en cuanto a inversiones, y por tanto a crecimiento, aunque pueda afianzarse alguna reactivación.

Y si bien en estas circunstancias depresivas continuará el superávit externo, al fisco le será muy difícil ahorrar para comprarlo con recursos genuinos. Y el Fondo Monetario seguirá desconfiando de las proyecciones que le muestren. Y la Argentina seguirá respondiendo que si la solución consiste en más ajuste, será peor el remedio que la enfermedad.

(*) Fuente Página 12. Nota del 7 de noviembre de 2002

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