Cómo no lo vi antes

Por Julio Nudler (marzo 2002)

Dólar sin techo, con salarios sin fondo

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(Por Julio Nudler (*)) Que el Gobierno haga como que se desentiende del mercado cambiario (ver declaraciones presidenciales en página 3), permitiendo una flotación más bien libre del peso, puede equivaler en el estado actual de las expectativas, y en ausencia de alternativas financieras, a inducir un aumento salvaje del dólar, con la justificación –nada desdeñable por cierto– de no “rifar” las reservas. Puede sospecharse que esta política se adopta para complacer al Fondo Monetario, que, aun en esta era Bush, no deja de velar por los intereses de los acreedores externos, que se sienten dueños de las reservas. El FMI solo parece dispuesto a mandar algunos dólares el día que los argentinos no tengan ya cómo comprarlos. Vale decir, cuando sus pesos estén completamente licuados y, ni por vía de la emisión monetaria ni de los patacones y otros fiduciarios, hayan podido recargar sus billeteras, impedidos por un extremado rigor monetario y fiscal. En el proceso, los sectores de ingresos fijos pueden quedar aplastados bajo el aluvión de los precios, pero el balance de pagos se habrá saneado. Es evidente que Eduardo Duhalde regresó de Monterrey aleccionado, aceptando que Washington, el Fondo y el G7 no tienen reparos hacia Remes Lenicov ni Blejer sino hacia él y toda la clase política. Que es a la Casa Rosada a la que culpan de todo lo que no les gusta, desde la ley de Quiebras hasta la de Subversión Económica aplicada a los banqueros, pasando por la venia a las provincias para que sigan emitiendo bonos y la pesificación asimétrica. Es la especie de gobierno al que no van a considerar “amigo”, y por tanto no ayudarán. En México Duhalde pareció tomar buena nota de esto. Aprendió también que él no debe hablar del dólar, que es asunto del Banco Central.

Si el nuevo escenario es de no intervención directa –es decir, no ventas masivas del BCRA y sólo aprietes indirectos–, ya no importará calcular cuál puede ser el valor de equilibrio de la divisa ni su cotización “defendible”, definida por la relación entre las reservas líquidas externas del sistema bancario y la cantidad de pesos que hay en la economía. Eso importa poco cuando nadie vende dólares y todos quieren comprar, porque el que se forma en el mercado es una especie de valor nominal, al cual se realizan pocas transacciones. Sin embargo, ese valor actúa como referencia para toda la estructura de precios, como esos déspotas que con una pequeña guardia pretoriana consiguen mantener sojuzgado a todo un pueblo. En este caso, se trata de un mercado relativamente estrecho, dictándole su ley a toda la economía.

La idea dominante en Economía es que hoy, por razones financieras, el dólar no tiene techo, y que en estas condiciones es temerario e inconducente arrojar reservas. La pregunta es qué pasará con el peso si definitivamente le sueltan la mano. Lo que presumen es que el dólar seguirá subiendo, quizás hasta cinco o seis pesos, pero que en algún momento el mercado cambiario se dará vuelta y la cotización caerá bruscamente al aparecer la presión vendedora de la exportación. Un dato a tener en cuenta: las importaciones vienen cayendo en lo que va del año un 65 por ciento, y acelerando su derrumbe. En algún momento, esta inaudita situación objetiva del comercio exterior gravitará sobre el dólar, o eso quiere creer la gente de Remes. Pero, ¿y los precios?

Aunque hay remarcaciones violentas en algunas líneas, el IPC (costo de vida) subiría no más (es una forma de decir) de 4 a 5 por ciento este mes (lejos aún del 10 por ciento que se considera fatal), gracias a varios amortiguadores: los valores provisoriamente congelados de tarifas públicas, alquileres y cuotas de préstamos, más la relativa quietud frutihortícola y la pinchadura de los servicios personales. Junto a esta inflación de estallido retardado se alza la amenaza del desabastecimiento, porque los proveedores retienen stocks ante los espasmos del dólar, que vuelven impredecibles los costos de reposición. Los empresarios se sientan sobre sus mercancías, las retiran de la venta o las ofrecen a valor dólar. Esta conducta se está generalizando entre los mayoristas. Cuando seextienda a los minoristas, el fenónemo golpeará directamente a los consumidores, que ya están empezando a sufrirlo ante góndolas raleadas.

Aun así, el equipo económico cifra su esperanza en que el altísimo y creciente desempleo bloquee el reciclaje de precios a salarios y continúe conteniendo así la inflación por la dilución de la capacidad adquisitiva de los argentinos. De este modo, cada alza del dólar añade más devaluación real del peso, y acerca así el hipotético momento de un vuelco en la relación entre demanda y oferta en el mercado cambiario. En otros términos: si la situación del mercado laboral fuese menos desesperante, el país ya estaría en pleno viaje a la híper.

Lejos del forzado “optimismo” de Economía, con el dólar por encima de 3 pesos cuesta no pensar que la pesificación ha fracasado. Esto significa que la estrategia de Remes puede estar agotada y que comienza para ella la cuenta regresiva. Con el dólar por las nubes y una inflación anual que quizás orbite próximamente en los tres dígitos, ¿qué posibilidad quedaría de reconstruir el peso, totalmente rechazado como reserva de valor? Así como el austral no pudo sobrevivir a la híper, tampoco hay futuro para el peso. Esta vez no habrá nueva convertibilidad que valga: la gente ya descubrió la mentira detrás de la magia.

(*) Fuente: Página 12

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